CAPÍTULO 4 Tu hermana sabe
Tu hermana sabe
Lo abro treinta y seis segundos después.
No es valentía. Es que dejar una amenaza cerrada exige una clase de autocontrol que yo no tengo ni para esperar a que terminen de cargar las estadísticas.
Utilizo un pañuelo para sacar el contenido.
Primero cae una fotografía pequeña, recortada de una hoja mayor.
En ella tengo veintitrés años, el pelo mucho más oscuro y una acreditación del grupo Costa Valdés colgada al cuello.
Estoy apoyada contra la pared de un pasillo del hotel, mirando fuera de plano.
Detrás de mí hay una puerta de servicio y un número dorado: catorce.
No recuerdo que me hicieran esa foto.
Sí recuerdo el pasillo.
La campaña se producía en la planta doce. La suite de Aurelio estaba dos pisos más arriba.
Le doy la vuelta. Nada. Dentro del sobre queda otra tira de papel, del mismo blanco grueso que la primera.
TU HERMANA SABE LO QUE HICISTE.
Esta vez no necesito sentarme.
La rabia sostiene mejor que las piernas.
Sofía estuvo arriba. Sofía desapareció de la mesa. Sofía buscaba un cargador a tres metros de mi dormitorio y acaba de admitir que ha copiado archivos sin permiso. Tiene la fotografía, el secreto y una razón para querer que yo crea que alguien más los posee.
Hay un problema: si mi hermana ha escrito la nota, se está señalando a sí misma.
Lo resuelvo con la facilidad de quien lleva doce años resolviendo cosas que no desea mirar.
No pretende que piense que es ella. Pretende que piense que habló.
Que entregó el secreto a Carla, a una revista o a cualquiera dispuesto a entrar en mi casa.
Quiere asustarme sin tener que asumir la amenaza con su propia voz.
También existe otra posibilidad.
Que alguien haya escuchado la confesión que solo le hice a Sofía.
No me gusta porque abre demasiadas puertas, así que la cierro.
Fotografío el sobre, la nota y la imagen. Compruebo la hora: siete y veintidós. En el baño, Rodrigo sigue negociando con Alma para que salga del agua. La niña exige tres minutos más. Él ofrece uno. Ella pide seis. Es evidente de quién ha aprendido.
Abro el armario y reviso el interior.
Nada parece alterado. Los vestidos siguen agrupados por colores porque yo los ordené para una fotografía que nunca publiqué.
Las cajas de zapatos están cerradas. En la balda inferior hay un castillo de plástico, una bolsa con ropa pequeña y un conejo al que le falta una oreja.
Cualquiera pudo introducir el sobre en dos segundos.
Nora entró varias veces para cambiar a Alma.
Adela subió a buscar su chaqueta.
Carla fue al baño de invitados.
Sofía estaba en este pasillo cuando la encontré.
Gabriel recorrió la terraza y el acceso de servicio.
Rodrigo llegó tarde.
La lista debería tranquilizarme porque ofrece posibilidades. Consigue lo contrario. Una vida perfecta necesita muchas personas para funcionar. De pronto, todas tienen manos.
Abro la galería y reconstruyo el almuerzo con las fotografías que hicimos.
A la una y cincuenta y cuatro, Adela sostiene una copa junto a la piscina.
A las dos y tres, Carla fotografía la caja que ha traído.
A las dos y siete, Sofía aparece al fondo de una imagen de Alma con la corona.
A las dos y veintiséis, Rodrigo ya está sentado a la mesa.
Entre esas horas hay veintitrés fotografías y cuatro vídeos. Podría parecer una vigilancia perfecta. No lo es. Las imágenes solo prueban dónde estaban las personas cuando a mí me apeteció apuntarlas con un teléfono.
Amplío un vídeo en el que Hugo protesta porque Carla ha cogido una papa de su plato. Detrás se ve la silla de Sofía vacía. En el siguiente, grabado seis minutos más tarde, mi hermana vuelve a estar sentada y bebe agua. Nadie pregunta de dónde ha regresado.
Reviso el archivo original, no la copia publicada. La hora coincide. Dos y doce.
Sofía pudo subir, entrar en el dormitorio de Alma, colocar el sobre y bajar antes de que yo terminara de discutir con Gabriel. También pudo ir al baño. La diferencia entre ambas versiones cabe entera fuera de plano.
Busco a Nora. Aparece cruzando la cocina con una fuente a las dos y once y limpiando la mesa a las dos y dieciocho.
Mi madre está casi siempre visible porque tiene el talento de colocarse frente a cualquier cámara aunque asegure que las redes le parecen una tontería.
Carla graba tres historias desde la terraza.
Gabriel no sale en ninguna durante nueve minutos.
Rodrigo aparece solo al final.
Ese dato debería eliminarlo de la escena.
En cambio, me descubro calculando cuánto se tarda en conducir desde su reunión, qué acceso utilizaría alguien que diseñó la casa y si pudo llegar antes sin que el Aston Martin cruzara la entrada principal.
Borro el pensamiento antes de terminarlo.
Rodrigo me llamó desde el coche. Rodrigo entró cuando todos lo vimos.
Rodrigo es la persona a la que todavía no le he contado que existe una segunda amenaza.
Cuando una sospecha amenaza el lugar donde una duerme, el cerebro aprende a llamarla absurdo.
Guardo la nueva prueba dentro de una funda transparente de las que utilizo para contratos.
La llevo al vestidor y la introduzco en el mismo bolso que contiene la primera.
Esta vez no me limito a esconderla. Coloco uno de mis cabellos sobre la cremallera, sujeto los extremos con dos gotas de laca y hago cuatro fotografías desde ángulos distintos.
Después regreso a la habitación de Alma.
Dejo el armario como estaba y fotografío cada balda.
Pego un fragmento casi invisible de cinta entre la puerta y el marco.
Mido la distancia entre el abrigo y el vestido amarillo utilizando una tarjeta.
Es la misma disciplina con la que preparo una imagen de producto: nada queda al azar, nada se mueve sin que yo pueda comparar el antes y el después.
Solo que esta vez no intento vender nada.
—Mamá.
Me vuelvo tan deprisa que golpeo la puerta con la cadera.
Hugo está en el umbral.
—¿Qué haces?
—Ordeno.
Mira el armario de su hermana. Después mira mi teléfono, la tarjeta y la cinta.
—Eso no es ordenar.
—Es ordenar con pruebas.
—¿Alma ha robado algo?
—No.
—Entonces eres tú la rara.
Lo dice sin crueldad, como quien resuelve una operación sencilla. Se acerca y baja la voz.
—Papá dice que estás preocupada por una foto.
—Papá habla demasiado.
—No me lo dijo. Lo oí cuando hablaba con Gabriel.
—¿Qué más oíste?
—Que mañana van a revisar las cámaras.
Mañana. La palabra me molesta. Quiero saberlo ahora, antes de que alguien tenga tiempo de borrar otra cosa.
—No te preocupes —le digo.
Hugo apoya un hombro en el marco.
—Eso se dice cuando hay que preocuparse.
—También se dice cuando tu madre tiene una situación controlada.
—Tú dices que todo está controlado antes de los directos y luego gritas por un paño.
—El paño era amarillo.
—Ya.
Me abraza de lado, con la cabeza a la altura de mi hombro. Hace dos años todavía podía levantarlo. Ahora sus brazos empiezan a parecer los de alguien que un día cerrará una puerta y tendrá derecho a no explicarme qué hay detrás.
—Baja —le digo—. Voy enseguida.
Cuando se marcha, compruebo la cinta otra vez.
Encuentro a Hugo detenido en el rellano. No ha bajado. Está escuchando la tos de Alma al otro lado del pasillo.
—¿Crees que alguien quiere entrar? —pregunta.
—No. Creo que alguien entró antes.
La corrección sale sin pensar. Veo el miedo llegarle a la cara y deseo recoger las palabras con la mano.
—Pero no puede volver —añado—. Papá y yo vamos a revisar todo.
—¿Entonces por qué pones cinta?
—Porque comprobar también ayuda.
—Papá dice que comprobar muchas veces hace que el miedo mande.
Rodrigo se lo explicó cuando Hugo tuvo una etapa en la que necesitaba mirar debajo de la cama tres veces. Una comprobación para estar seguro. La segunda alimenta al monstruo. La tercera le prepara una habitación.
—Esta cuenta como la primera —digo.
Hugo mira la cinta, pero acepta la mentira. Baja y yo espero hasta que desaparece antes de comprobarla por segunda vez.
Rodrigo aparece unos minutos después con Alma envuelta en una toalla. Lleva el pelo de la niña recogido en lo alto de la cabeza y una camiseta mojada sobre el pecho.
—La doctora veterinaria se niega a ponerse el pijama —dice.
—Los veterinarios no duermen —informa Alma.
—Eso intento explicarle.
Rodrigo me mira. La broma desaparece solo de sus ojos.
—¿Es la fotografía o ha pasado algo más?
La pregunta es tan exacta que me permite escoger.
—La fotografía.
Otra mentira. Más pequeña al pronunciarla, más grande en cuanto queda entre nosotros.
—Puedo abrir ahora el panel —dice.
—Acuesta a Alma.
—Nora puede hacerlo.
—Te está esperando a ti.
Alma se aferra a su cuello para confirmar mi argumento.
Rodrigo me estudia durante un instante. No insiste. Besa mi frente y entra con la niña en brazos.
—Mañana, a primera hora —dice.
—Mañana.
Abro la aplicación familiar antes de llegar al dormitorio.
Las cámaras exteriores dividen el día en pequeños bloques con una miniatura. Entrada. Jardín. Piscina. Servicio. Deslizo hasta la hora del almuerzo. A las dos y siete, Sofía está sentada a la mesa. A las dos y ocho, la imagen se vuelve gris.
La siguiente miniatura disponible marca las dos y veinticinco.
Pulso el espacio vacío.
ARCHIVO NO DISPONIBLE.
Vuelvo a contar.
Diecisiete minutos.
El tiempo suficiente para subir una escalera, abrir el armario de una niña y regresar a una mesa fingiendo que nunca te has movido.
El tiempo suficiente para que mi hermana deje de ser una sospecha y se convierta, en mi cabeza, en una respuesta.