Mi vida de instagram CAPÍTULO 3 Todos tienen llave #2
14%

CAPÍTULO 3 Todos tienen llave #2

—Hazle caso al niño —interviene Adela—. Además, ese hombre está muerto. A la gente muerta hay que dejarla tranquila, sobre todo si no dejó nada.

—Qué criterio espiritual —murmura Carla.

La puerta principal se abre.

No hace falta ver a Rodrigo para saber que ha entrado. Nora levanta la cabeza. Carla interrumpe una sonrisa. Incluso Sofía aparta los ojos de mí y, traicionada por el movimiento, los fija en su plato.

Dos mujeres de la empresa que recoge el menaje pasan por el ventanal camino de la villa contigua. Una dice algo a la otra. Ambas miran hacia nuestra entrada.

Rodrigo aparece en el salón.

Lleva una chaqueta ligera sobre una camiseta negra y el pelo sujeto detrás de las orejas. Se detiene al ver la mesa completa.

—Definitivamente era una cumbre.

Alma baja de la silla y corre hacia él. Rodrigo la levanta, besa a mi madre, saluda a Sofía y a Carla y apoya una mano en el hombro de Nora al pasar porque ella está retirando una fuente caliente. Es un gesto de dos segundos para evitar que choquen.

Nora se pone roja.

Sofía no lo mira.

Mi madre sonríe, adjudicándose una aportación genética a su aspecto.

—Cada día estás más guapo —le dice.

—Eso no puede ser sostenible, Adela.

—Las mujeres de esta familia envejecemos bien. Algo se te habrá pegado.

Rodrigo me besa. Su mano se queda un instante en mi nuca.

—¿Todo bien?

—Perfecto.

—Entonces no.

Sonríe solo para mí y ocupa su lugar. Durante el resto del almuerzo pregunta a Carla por su trabajo, escucha la petición de dinero de mi madre sin ofrecerse a resolverla y consigue que Hugo termine de comer sin una sola amenaza.

Cuando saco el teléfono para fotografiar el postre, el niño cubre su plato.

—He dicho que hoy no.

—Solo el postre.

—Se ve mi mano.

—Eva —dice Rodrigo.

No levanta la voz. No necesita hacerlo.

Bajo el teléfono.

—Tienes razón. Perdona, Hugo.

Mi hermana observa el intercambio. Hay algo en su cara que se parece a la satisfacción y me enfurece porque quizá solo sea alivio.

Después del café, Gabriel entra para anunciar que el sensor funciona, aunque ha encontrado una pérdida de conexión antigua.

Rodrigo sale con él a la terraza y ambos comparan las tabletas.

Desde mi silla veo a mi marido señalar opciones, ampliar registros, entregarle el dispositivo a Gabriel sin reservas.

Transparencia. Competencia. Luz de mediodía sobre su perfil.

Si una persona quisiera diseñar al hombre menos sospechoso del mundo, no podría mejorar la imagen.

Cuando vuelvo la cabeza, la silla de Sofía está vacía.

La encuentro en la planta alta.

Está frente al armario del pasillo, a tres metros de nuestro dormitorio, con un cable blanco en la mano.

—¿Qué haces?

Se vuelve sin sobresaltarse.

—Busco un cargador.

—Hay tres abajo.

—Dos no funcionan y el otro lo está usando Hugo.

—Podías pedirlo.

—Podías no seguirme.

Miro la puerta del vestidor. Cerrada.

Sofía sigue mi mirada.

—¿Esto tiene que ver con las preguntas de ayer?

—¿Has entrado en mi dormitorio alguna vez cuando yo no estaba?

—He vivido media vida entrando en tu dormitorio. Te organicé ropa para campañas, recogí maletas, cuidé a Hugo cuando nació. Sabes que sí.

—Últimamente.

—No.

—Estuviste aquí el martes.

—Dejé contratos en el estudio.

—Nadie te vio.

—Porque no organicé una rueda de prensa.

—Tienes código.

—Tenía código. Rodrigo cambió los accesos hace meses.

No lo sabía.

—Podrías pedírselo a mamá.

—También podría romper una ventana. Puestos a inventar delitos, intenta que tengan un poco de estilo.

Se acerca. Es cuatro centímetros más baja que yo, pero durante toda nuestra infancia consiguió mirarme desde arriba.

—Dime qué buscas.

—La verdad.

—No. Buscas una persona a la que poder culpar sin cambiar nada de tu vida.

—Siempre has pensado que no merezco esta casa.

—He pensado que a veces no sabes cuánto te ha costado a los demás ayudarte a construirla.

—¿Y Rodrigo?

Por fin la precisión se rompe en su cara. No mucho. Un parpadeo. La mano se cierra sobre el cable.

—¿Qué pasa con él?

—También crees que no lo merezco.

—Rodrigo no es una casa, Eva.

—No he dicho eso.

—Lo dices cada vez que cuentas quién te mira lo que tienes.

—Tú lo miras.

Sofía palidece y luego se ríe, pero no hay humor en el sonido.

—Todo el mundo mira a Rodrigo. Tú te has encargado de ponerlo delante de un millón de personas y después castigas a cada mujer que tiene pupilas.

—No has respondido.

—Tampoco pienso hacerlo mientras me interrogas en un pasillo.

Me entrega el cable convertido en prueba.

—Mañana te mandaré los documentos que quería enseñarte. Voy a cambiar mi relación con la empresa. Eso era lo que no quería discutir delante de Rodrigo porque el negocio es nuestro, o lo era antes de que empezaras a confundir familia con propiedad.

—¿Te vas?

—Estoy decidiendo cómo.

—¿Y copiaste los archivos?

La pregunta la detiene.

—¿Cómo sabes eso?

No lo sabía.

Ahora sí.

—Baja —digo.

—Eva…

—Baja de mi planta.

Sofía me mira durante unos segundos. Sus ojos se humedecen, aunque podría ser rabia.

—No sé qué te está pasando —dice—, pero deja de mirarme como si necesitaras que fuera yo.

Se marcha.

No abro el vestidor hasta oír sus pasos en la escalera. El bolso sigue en la balda alta. Las cajas naranjas no se han movido. Meto la mano en el bolsillo interior y toco el sobre.

Sigue ahí.

Al final de la tarde se van todos. Adela se lleva comida y deja pendiente la conversación sobre los dos mil euros.

Carla olvida la caja de fotografías junto al aparador.

Sofía no se despide de mí. Gabriel entrega a Rodrigo un informe parcial del sensor y promete enviar el resto mañana.

Nora recoge su bolso y Rodrigo le da las gracias por quedarse fuera de horario. Ella vuelve a ponerse roja.

Cuando la puerta se cierra, la casa parece exhalar.

Rodrigo baña a Alma. Yo recojo dos copas, borro una fotografía del postre porque no me gusta la sombra y la restauro treinta segundos después al comprobar que ya tiene más interacciones de las esperadas.

Después subo a buscar el pijama de mi hija.

Su habitación huele a champú de manzana y plastilina. Hay estrellas fosforescentes en el techo, una montaña de animales junto a la cama y cuatro vestidos colgados en el exterior del armario porque Alma considera que elegir ropa es una actividad de alto riesgo.

Abro la puerta izquierda.

Entre el vestido amarillo y el abrigo que nunca necesita en Gran Canaria hay un sobre blanco.

No estaba allí esta mañana.

Reconozco el papel antes de tocarlo.

Abajo, Rodrigo hace la voz del cocodrilo. Alma se ríe con tanta fuerza que empieza a toser.

Yo me quedo frente al armario, con una mano suspendida en el aire.

Esta vez no abro el sobre.