Mi vida de instagram CAPÍTULO 3 Todos tienen llave
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CAPÍTULO 3 Todos tienen llave

Todos tienen llave

El almuerzo del sábado estaba organizado desde hacía dos semanas, y cancelarlo habría sido lo sensato.

Por eso no lo cancelo.

No quiero que Sofía sepa que su mensaje ha funcionado. Tampoco quiero quedarme a solas con ella. Invito a Carla a última hora, confirmo que mi madre vendrá y le pido a Nora que se quede a comer aunque su turno termine a las dos. Lo convierto en una mesa llena, ruidosa, imposible para una confesión.

Rodrigo me observa enviar mensajes desde la cama.

—¿Vas a decirme por qué estás organizando una cumbre familiar a las siete de la mañana?

—Ya estaba organizada.

—Carla no venía.

—Ahora viene.

—Y tu madre acaba de preguntar si tiene que traer las joyas buenas.

—Mi madre pregunta eso para ir al supermercado.

Rodrigo apoya la cabeza en la mano. El pelo le cae sobre un ojo.

—¿Tiene que ver con la fotografía?

—Quiero ver a todos.

—¿A todos o a alguien?

—A todos.

No me acusa de mentir. Se levanta, se pone una camiseta y comprueba desde el teléfono que las puertas siguen cerradas.

Después despierta a los niños con una canción espantosa sobre tortitas.

Su capacidad para aceptar una respuesta incompleta debería hacerme sentir segura.

Hoy me hace pensar que quizá yo no soy la única persona que sabe callar.

A las doce y media, el viento empuja aire caliente desde las lomas y deja una película fina de polvo en los cristales.

Nora y yo ponemos la mesa dentro en lugar de en la terraza.

La piscina sigue brillando detrás de las puertas, demasiado azul para una mañana en la que llevo tres veces la mano al bolso para comprobar que el sobre continúa allí.

Nora coloca ocho platos.

—Yo puedo comer en la cocina —dice.

—No eres una institutriz de una novela inglesa.

—No sé qué hacen las institutrices de las novelas inglesas.

—Comen solas y descubren cadáveres. Siéntate con nosotros.

Sonríe. Lleva un vestido azul sencillo y el pelo recogido en una cola alta. No hay brillo en sus labios. Me siento aliviada y luego avergonzada por sentirme aliviada.

—¿Rodrigo come? —pregunta.

La pregunta es normal. He colocado un plato para él. Su chaqueta no está en la entrada.

—Tiene que pasar por el estudio. Llegará tarde.

—Vale.

Nora no muestra decepción. O yo no quiero verla.

Adela entra a las doce y cuarenta y siete sin llamar.

Mi madre conserva una copia de la llave principal desde que nació Hugo. Le hemos pedido tantas veces que avise antes de utilizarla que la petición ha adquirido el valor de una tradición familiar: nosotros la hacemos, ella la ignora y todos fingimos que existe un sistema.

—El aire está demasiado fuerte —dice antes de saludarme—. Se te va a poner la cara rígida.

—Hola, mamá.

—Lo digo por ti.

Adela tiene sesenta y un años, el pelo teñido de un castaño que no ha existido nunca en la naturaleza y una habilidad extraordinaria para convertir cualquier preocupación ajena en una cuestión presupuestaria.

Me besa en las dos mejillas, deja el bolso en el lugar donde todos pueden tropezar y mira la mesa.

—¿Solo nosotros? Pensé que vendría gente de la marca.

—Es un almuerzo familiar.

—Entonces, ¿para qué me he puesto la chaqueta buena?

—Para nosotros.

—No es lo mismo.

Ve a Nora y cambia de sonrisa.

—Qué guapa estás, niña. Aprovecha ahora, que después de los treinta todo cuesta dinero.

—Gracias —dice Nora, sin estar segura de haber recibido un cumplido.

—¿Rodrigo?

—Trabajando.

—Ese hombre no para. Tú has tenido una suerte…

Adela mira la casa al decirlo, no a mí.

—Mamá, llevamos doce años juntos. Ya no se llama suerte.

—Todo lo bueno se sigue llamando suerte cuando puede acabarse.

Se sirve agua. Yo escucho esas palabras dirigidas a mí. Antes de que pueda preguntar, mi madre baja la voz.

—Necesito que luego hablemos de una cosa pequeña.

—¿Cuánto?

—No todo es dinero, Eva.

—¿Cuánto?

—Dos mil. Pero no ahora.

—¿Y cuándo vamos a sacar Bruma ? —añade, sin relación aparente con la deuda.

—La sacamos hace dos semanas.

—Sin mí.

—Estabas en el bingo.

—Porque avisasteis con un día de antelación. Una lancha en Pasito Blanco no sirve para nada si la familia no puede organizarse.

—Se lo explicaré al puerto.

Carla llega con una botella de vino y una caja plana.

Nos abrazamos con el cuidado de dos personas que fueron amigas antes de convertirse en una comparación permanente.

Es un año mayor que yo y durante mis primeros meses en redes hizo casi todas mis fotografías.

Entonces tenía una cámara prestada, una imaginación feroz y la convicción de que un día las dos contaríamos aquella época como el principio de algo compartido.

Ahora yo tengo una empresa y Carla sigue recordando quién sostuvo el reflector.

—He encontrado esto —dice, levantando la caja.

—¿Qué es?

—Historia.

—Si son las fotos con flequillo, es material de chantaje.

—Algunas valdrían dinero.

No sonríe al decirlo.

Mi madre ya está abriendo el vino.

Sofía llega la última de las mujeres. Toca el timbre aunque conoce el código y ha entrado sola cientos de veces. La veo en la pantalla del recibidor: pantalón negro, gafas de sol, una carpeta bajo el brazo. No mira a la cámara. Cuando abro, me ofrece la mejilla en lugar de un abrazo.

—¿Dónde está Rodrigo? —pregunta.

—Hola, Sofía.

—He dicho hola en el mensaje.

—Anoche.

—Sigue siendo válido.

Se quita las gafas. Tiene mis mismos ojos marrones y una manera distinta de utilizarlos. Los míos buscan aprobación incluso cuando atacan. Los de Sofía parecen haber nacido cansados de concederla.

—Rodrigo llegará tarde —digo—. Puedes hablar ahora.

Mira por encima de mi hombro. Escucha la voz de Adela y la risa de Carla.

—Te pedí a solas.

—Es una comida familiar.

—Es una emboscada con ensalada.

—Si no has hecho nada, no tienes por qué sentirte emboscada.

Sofía se queda quieta.

—¿Qué se supone que he hecho?

—Tú sabrás.

—No. Precisamente por eso pregunto.

Alma aparece corriendo con una corona de plástico. Sofía cambia de cara al verla y se agacha.

—Su alteza.

—Soy una veterinaria.

—Perdón, doctora.

La niña le coloca la corona. Sofía entra sin volver a mirarme.

El timbre suena otra vez cuando nos sentamos. Es Gabriel.

—El sensor de la piscina —me recuerda.

Lo había olvidado. Rodrigo le pidió anoche que revisara una alerta intermitente y él dijo que pasaría antes de comer.

Gabriel Torres trabaja en Ladera del Sol desde antes de que compráramos el terreno.

Tiene cincuenta y un años, manos grandes, camisas siempre planchadas y la deferencia exacta de alguien que sabe demasiado sobre las casas de otros.

Controla la garita, coordina reparaciones y recuerda qué residentes dejan una ventana abierta cuando viajan.

También conserva una llave maestra de servicio.

—Pasa —digo.

—No tardo nada, señora Rivas.

—Eva.

—Sí, señora.

Cruza el salón hacia la terraza con una tableta bajo el brazo. Lo sigo.

—Gabriel, ¿quién puede entrar en casa si nosotros no estamos?

Se detiene frente al cristal.

—¿Entrar físicamente?

—No conozco otra forma.

—Ustedes. La señora Adela tiene código familiar. La señorita Sofía figuraba antes como autorizada, no sé si sigue. Nora tiene acceso de empleado en sus horas. Y está la llave de servicio.

—La tuya.

—Precintada en la garita.

—¿Quién controla las cámaras?

—Las exteriores, yo. El interior es del sistema del señor Lago.

—Rodrigo —corrijo.

Gabriel inclina la cabeza.

—La cuenta de propietario es suya. Su estudio hizo la instalación. Yo solo veo perímetro, entrada y servicio.

—¿Puedes borrar grabaciones?

La pregunta lo hace mirar hacia la mesa, donde mi madre gesticula con una copa y Sofía finge no observarnos.

—Puedo gestionar almacenamiento.

—Eso no responde.

—Los borrados quedan registrados.

Es casi la misma frase que utilizó Rodrigo.

—¿Me enseñarías esos registros?

—Tendría que solicitarlo a administración.

—Tú eres administración.

—De la urbanización, señora Rivas. No soy el propietario de los datos.

—¿Quién lo es?

—Ustedes.

Una conversación circular es una puerta que alguien ha decidido pintar en la pared.

—Rodrigo te llamará —digo.

—Por supuesto.

Gabriel sale a revisar el sensor. Desde dentro, parece un hombre competente haciendo su trabajo. Desde la fotografía de mi cabeza, lleva una llave capaz de abrir la casa y acaba de evitar tres respuestas seguidas.

Nos sentamos sin Rodrigo. Sirvo pescado, papas pequeñas y una ensalada que nadie toca. Durante los primeros minutos hablamos de los niños. Es el territorio seguro de las familias que tienen demasiados asuntos pendientes.

Adela cuenta una historia sobre Alma que no presenció. Carla corrige la fecha. Sofía bebe agua. Nora corta el pescado de la niña aunque no está trabajando ya. Hugo pregunta si puede irse y acepta quedarse cuando le prometo postre.

—Tu directo ha salido en una revista —dice Carla.

—Mi directo sale en revistas todos los domingos.

—Esta vez dicen que parecías rara.

Sofía la mira.

—Qué útil, Carla.

—Solo lo comento.

—Tú nunca solo comentas. Archivas el comentario, le pones precio y esperas.

Carla apoya el tenedor.

—Algunas tuvimos que aprender a poner precio tarde. Otras consiguieron una campaña grande y dejaron de mirar atrás.

La caja plana descansa junto al aparador.

—¿Qué fotos has traído? —pregunto.

—Las primeras. Las buenas, antes de que todo tuviera que parecer beige.

—La primera campaña de verdad la hicimos en el hotel —dice Adela—. Aquello sí fue suerte.

Sofía deja de mover el vaso.

Es mínimo. Cristal sobre madera. Silencio.

Yo estaba esperando ese sonido.

—La campaña de Aurelio Valdés —digo.

Nora sigue cortando pescado. Carla busca pan. Mi madre asiente sin reconocer nada más que un apellido con dinero.

Sofía me mira.

—El grupo se llamaba Costa Valdés —corrige—. Aurelio no salía en la campaña.

—Pero la pagó él.

—Supongo que sus empresas pagaban muchas cosas.

—Algunas más que otras.

—¿Qué quieres, Eva?

—Hablar de nuestros comienzos.

—No. Quieres que diga una palabra concreta delante de seis personas y no sé por qué.

—Cinco —dice Hugo—. Yo no estoy escuchando.