Mi vida de instagram CAPÍTULO 2 La fotografía
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CAPÍTULO 2 La fotografía

La fotografía

Sofía tarda tres horas en contestar a mi pregunta.

Durante esas tres horas llevo a Hugo al colegio, acompaño a Alma al pediatra, apruebo un presupuesto, rechazo dos fotografías en las que mi piel parece demasiado real y compruebo catorce veces si mi hermana está conectada.

También subo una historia diciendo que voy a pasar la mañana lejos del teléfono.

La historia funciona especialmente bien.

A las doce y siete, Sofía escribe:

Rodrigo volvía mañana en el calendario. Si ha adelantado el viaje, nadie me lo ha dicho.

Es verdad. La obra terminó antes una fase y él cambió el vuelo anoche, después de hablar con ella. Podría explicarlo todo. El mensaje, la fecha, la urgencia.

Podría.

Pero una explicación no borra el segundo de silencio cuando le he preguntado por las fotografías antiguas.

Estoy sola en el dormitorio. Nora ha llevado a Alma al parque antes de recoger a Hugo y la villa produce esos pequeños crujidos que solo hace cuando no hay nadie hablando dentro.

El viento empuja una rama contra el cristal.

La piscina arroja reflejos al techo. Cada pocos minutos, el sistema de climatización exhala detrás de mí y mi cuerpo decide interpretarlo como una respiración.

He sacado la fotografía del bolso con unos guantes de cocina. Son verdes y me llegan hasta los antebrazos. Si alguien entrara ahora, parecería que intento realizarle una autopsia a una lasaña.

Amplío en el teléfono la copia que hice esta mañana.

No hay reflejos claros. No hay una sombra con cara. El encuadre corta la parte superior de la cama y deja fuera la puerta de la terraza. Quien la tomó estaba de pie, cerca de la almohada de Rodrigo. La altura no significa nada: cualquiera puede levantar un teléfono.

Compruebo la fecha del archivo. La aplicación solo reconoce la hora a la que fotografié la copia impresa. El papel no tiene marca. Podría haberse impreso en cualquier tienda, en cualquier oficina o en la impresora fotográfica que guardamos en el estudio de contenido.

La misma que Sofía ha utilizado cientos de veces.

Marco su número.

—No puedo hablar —dice al responder.

—Solo una cosa.

—Eso en tu idioma siempre significa nueve.

—¿Cuándo entraste por última vez en casa?

Silencio otra vez.

Empiezo a odiar los silencios de mi hermana. Siempre han existido. Antes los llamaba paciencia.

—El martes —responde—. Dejé los contratos en el estudio.

—Nora dice que no te vio.

—No sabía que necesitara una escolta para dejarte papeles.

—¿Subiste al dormitorio?

—No.

—¿Al vestidor?

—Eva, ¿qué ha pasado?

Miro la nota, todavía dentro del sobre. Leo la palabra suegro sin sacarla.

—Nada.

—No me llames para interrogarme y luego digas que nada.

—Necesitaba saberlo.

—Pues ya lo sabes. Mañana iré a comer. Hablamos entonces.

—¿De Aurelio?

El nombre cambia el aire al otro lado.

—No digas eso por teléfono.

—Está muerto.

—No es él quien me preocupa.

—¿Quién, entonces?

Sofía baja la voz.

—Tú. Cuando empiezas a tirar de ese hilo no sabes parar.

—¿Conservas fotos de la suite?

—¿Qué suite?

La pregunta llega demasiado deprisa.

—No he dicho que fueran de una suite.

—Porque sé de qué estás hablando. Porque solo existe una razón para que pronuncies ese nombre como si tuvieras a alguien detrás. ¿Está Rodrigo contigo?

Miro la puerta abierta.

—No.

—Mañana —dice—. Y no hagas nada hasta que hablemos.

Cuelga.

No hacer nada es un consejo que siempre ofrecen las personas que ya han tenido tiempo de hacer algo.

Vuelvo a guardar el sobre y bajo al estudio. La impresora está apagada. Abro el compartimento del papel. Faltan hojas, pero llevo dos meses sin contar cuántas hay porque hasta hoy no sabía que debía administrar el material de oficina como si fueran balas.

Busco impresiones recientes. El historial se vacía automáticamente cada semana.

Rodrigo configuró esa limpieza cuando instaló el sistema.

La idea aparece y desaparece sin dejar marca.

Rodrigo configura todo. Las luces, el riego, los sensores, las copias de seguridad.

Diseñó esta casa antes de que existiera, cuando solo era un terreno inclinado y yo veía una cifra que me daba vértigo.

Si empiezo a convertir su competencia en sospecha, también puedo acusarlo de que el sol salga sobre la piscina a la hora exacta.

A las cinco y nueve, oigo el Aston Martin antes de verlo.

El motor tiene un sonido grave y contenido, menos parecido a un rugido que a una amenaza educada.

Salgo a la terraza superior. El Vantage verde oscuro cruza la entrada de Ladera del Sol y reduce la velocidad junto a la garita.

Gabriel levanta la barrera. Dos mujeres salen de la villa de enfrente con ropa de tenis; una toca el brazo de la otra y las dos miran el coche hasta que se detiene frente a casa.

Rodrigo baja.

Después de doce años, mi marido todavía puede producirme una sensación absurda de victoria.

Lleva pantalones oscuros y la camisa azul de esta mañana, arrugada ahora en la espalda.

Se ha quitado el casco, pero no ha conseguido domesticar el pelo.

Al cerrar la puerta tiene que agachar un poco la cabeza.

Las mujeres de enfrente siguen andando sin avanzar mucho.

Rodrigo levanta la vista hacia mí.

Sonríe.

Y durante un instante muy breve entiendo por qué una persona podría odiar a otra solo por tener algo que desea.

Alma abre la puerta antes de que yo llegue a la escalera.

—¡Papá!

Rodrigo deja la bolsa en el suelo y se agacha justo a tiempo para recibirla. Alma se lanza con la confianza de quien nunca ha dudado de que unos brazos estarán ahí.

—A ver esa tos terrible —dice él.

—Ya no tengo.

—Qué casualidad.

Le pone una mano en la espalda y escucha mientras ella respira con exageración. Después le entrega una goma de pelo con dos pequeñas estrellas. La compró en el aeropuerto porque ayer Alma lloró al perder una idéntica en el baño.

Hugo intenta mantener la dignidad durante cuatro segundos. Luego corre también.

—He reforzado la base.

—Eso me han contado.

—Mamá no ha ayudado mucho.

—Eso también me lo imaginaba.

Rodrigo me mira por encima de sus cabezas.

No dice que estoy pálida. No pregunta delante de ellos. Besa a Hugo en el pelo, carga a Alma con un brazo y se acerca hasta apoyar la boca junto a mi oído.

—¿Qué ha pasado?

Su olor es familiar: jabón, avión, el rastro seco del día al sol. Cierro los ojos una fracción de segundo.

—Luego.

—Vale.

No insiste. Esa es una de las cosas que hace mejor que nadie: dejar espacio sin irse.

Esperamos a que los niños merienden. Rodrigo escucha la explicación completa de la maqueta, pregunta a Nora por el jarabe de Alma y lleva su bolsa arriba. Yo lo sigo al dormitorio.

Cuando cierro la puerta, él deja de deshacer el equipaje.

—Enséñamelo.

—No sabes qué es.

—Sé que llevas toda la tarde tocando el bolsillo derecho del pantalón y que has mirado dos veces detrás de mí mientras subíamos.

Saco el teléfono. Le muestro la copia de la fotografía, no la nota.

Rodrigo no habla durante unos segundos. Amplía la imagen con dos dedos. Se fija en la cama, en las cortinas, en el ángulo. Luego levanta los ojos hacia el lugar exacto desde el que fue tomada.

—¿Dónde la encontraste?

—En un cajón del vestidor.

—¿Cuándo?

—Esta mañana.

—¿Antes del directo?

—Sí.

—¿A qué hora?

—Sobre las siete y cuarto.

Asiente y encaja la respuesta dentro de un plano invisible.

—¿La has tocado?

—Solo por una esquina. Luego usé guantes.

—Bien.

—Eran los de fregar.

—La policía tendrá que sobreponerse.

Me río. Una vez. El sonido me sorprende.

—¿Había algo más? —pregunta.

Aquí está el momento. Una puerta abierta en una frase sencilla.

Pienso en decirle que sí. Sacar el sobre, pronunciar Aurelio, dejar que los doce años caigan donde tengan que caer. Rodrigo me mira sin sospecha. Sin impaciencia. Los ojos verde grisáceo se le oscurecen cuando está preocupado y conozco cada cambio de esa cara mejor que la mía sin maquillaje.

—No —digo.

La puerta se cierra.

Rodrigo vuelve a mirar la imagen.

—Alguien entró aquí mientras dormías.

No dice quizá . No dice que pude imprimirla y olvidarlo, que estoy cansada o que llevo semanas demasiado pendiente de las estadísticas. No busca una versión más cómoda.

—¿Me crees?

Frunce el ceño.

—Hay una fotografía, Eva.

—Podrías pensar que la hice yo.

—¿La hiciste tú?

—No.

—Entonces te creo.

Me cubro la boca con la mano. No sabía que estaba tan cerca de llorar.

Rodrigo deja el teléfono sobre la cómoda y se acerca.

—No estás imaginando esto —dice—. Alguien hizo esa foto y alguien la puso en tu cajón. Vamos a averiguar quién.

—No podemos llamar todavía a la policía.

—Claro que podemos.

—En cuanto haya una denuncia, habrá una filtración. Una foto mía dormida, la casa, los niños… Ya has visto lo de esta mañana. Todo se convierte en contenido aunque no sea mío.

—Eso no puede ser lo que decida si estás segura.

—Dame un día.

—Eva.

—Un día, Rodrigo. Revisamos la casa. Las cámaras. Hablamos con quien tenga acceso. Si no encontramos una explicación, denunciamos mañana.

No le gusta. Lo veo en la manera en que aprieta la mandíbula, un movimiento mínimo que en cualquier otro hombre pasaría inadvertido y en él consigue que hasta el enfado parezca diseñado.

—Doce horas —dice—. No veinticuatro.

—Dieciocho.

—Doce.

—Catorce.

—He echado de menos discutir contigo.

—Trece y no vuelvo a negociar.

—De acuerdo.

Recorre el dormitorio sin teatralidad. Comprueba el cierre de la terraza, el sensor de la ventana y la puerta del pasillo. Fotografía el cajón. Me pide que no toque nada más. Después baja al despacho y abre el panel de la casa desde su ordenador.

Me siento a su lado.

—Tu cuenta solo muestra actividad exterior —explica—. La mía conserva los eventos internos de administración. No hay cámaras arriba, pero puedo revisar aperturas, cambios de alarma y dispositivos conectados.

—¿Y Gabriel?

—Tiene la consola de la urbanización y una llave de servicio precintada. Mañana le pediré el registro completo.

—¿Puede borrar cosas?

Rodrigo tarda en contestar lo justo para ser exacto.

—Puede gestionar la parte exterior. Borrar debería dejar rastro.

—¿Debería?

—Los sistemas los hacen personas, Eva. Cuando alguien te prometa que algo es imposible, normalmente quiere venderte una versión más cara.

Revisa la pantalla durante casi una hora. Me enseña cada menú que abre. No encuentra una entrada forzada ni un dispositivo desconocido. La ausencia de una respuesta no parece tranquilizarlo.

En la cena, no menciona nada delante de los niños.

Corta el pollo de Alma, escucha a Hugo explicar por tercera vez por qué el puente necesita más peso y corrige con paciencia un cálculo.

Cuando Alma se niega a lavarse los dientes, él la sube sobre sus hombros y la lleva al baño mientras ella anuncia que está siendo secuestrada.

—Un secuestro con hilo dental —dice Rodrigo—. Los peores.

Nora lo mira desde la cocina.

No es una mirada larga. No es culpable de tener ojos. Aun así, noto el brillo de labios otra vez y me pregunto si se lo ha puesto después del parque.

Rodrigo ni siquiera se vuelve hacia ella.

Más tarde ayuda a Hugo a pegar la base del puente. Sentado en el suelo, con las mangas subidas y el pelo cayéndole sobre la frente, parece la clase de padre que una agencia elegiría después de descartar a cientos de candidatos por resultar poco creíbles.

Levanto el teléfono.

—No —dice Hugo.

Lo bajo al instante.

—Perdón.

Rodrigo me mira, pero no comenta nada. Esa discreción me irrita más que una crítica.

—Puedes decirlo —le digo cuando los niños ya duermen.

—¿Qué cosa?

—Que debería ser capaz de pasar una noche sin grabar.

—Deberías ser capaz de pasar una noche sin pensar que estoy evaluándote.

—Estabas mirándome.

—También miro las paredes mal pintadas. No significa que quiera discutir con ellas.

—Muy romántico.

—He estado dos días con inversores. Es lo mejor que tengo.

Es un desacuerdo viejo, casi cómodo. Yo le reprocho que no entienda que el contenido sostiene una empresa. Él me recuerda que nuestros hijos no firmaron un contrato. A veces tiene razón. Otras veces tiene razón de una manera tan organizada que dan ganas de llevarle la contraria por higiene.

Nos acostamos con la luz del vestidor encendida.

Rodrigo se tumba detrás de mí y me rodea la cintura. Su cuerpo ocupa el hueco del colchón desde el que alguien tomó la fotografía. Durante un momento me pongo rígida.

Él lo nota.

—Puedo dormir en la puerta —dice.

—Mides uno noventa. No cabes en la puerta.

—En diagonal.

Me vuelvo. Tiene los ojos cansados y una línea roja donde el casco le ha presionado la frente. Acerco la mano para apartarle el pelo.

Podría decírselo ahora.

Podría empezar por antes de conocerte y esperar que el orden de las palabras consiga salvarme.

—Mañana lo veremos con luz —dice Rodrigo.

—¿Y si ha sido alguien que conozco?

—Entonces conoceremos a esa persona un poco mejor.

—¿Y si no podemos demostrarlo?

—Lo demostraremos.

La seguridad de su voz me permite cerrar los ojos.

Mi teléfono vibra en la mesilla.

Rodrigo ya respira despacio cuando estiro la mano y leo el mensaje.

Sofía: Sé que ya ha vuelto. Tenemos que hablar. Y no puede estar Rodrigo.

Miro a mi marido dormido.

Después miro la puerta iluminada del vestidor.

Por primera vez desde que encontré la fotografía, sé exactamente de quién tengo miedo.