Mi vida de instagram CAPÍTULO 1 En directo
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CAPÍTULO 1 En directo

En directo

A las ocho en punto ya no queda ninguna mujer amenazada en mi cocina.

Hay una madre trabajadora con una coleta deliberadamente imperfecta, una camisa blanca que no se arruga y una familia que empieza el día entre fruta fresca y risas.

Hay una cafetera encendida que no contiene café porque la primera toma siempre se enfría.

Hay un cuenco de harina colocado cerca de Alma para que meta la mano y ocurra algo adorable.

Hay un espacio vacío junto a la encimera en el que debería estar Rodrigo, si no fuera porque el hotel de Tenerife ha decidido necesitar más a mi marido que yo.

La cocina de la villa ocupa casi toda la planta baja, aunque en las fotografías parece que ocupa el mundo.

Piedra clara. Madera sin tiradores. Cristal desde el suelo hasta el techo.

Más allá de la terraza, las casas blancas de Ladera del Sol descienden hacia el sur de Gran Canaria y el océano se ve entre ellas como una promesa que alguien ha retocado demasiado.

—El paño —digo.

Nora retira un paño amarillo del respaldo de una silla medio segundo antes de que empiece la cuenta atrás.

—Gracias.

—¿El agua?

—Que se vea.

—¿Mi dibujo? —pregunta Alma.

—Tu dibujo es lo más importante.

—Has dicho que la cafetera era lo más importante —señala Hugo.

Tiene diez años y ha desarrollado una intolerancia precoz a la publicidad, probablemente como mecanismo de supervivencia.

—La cafetera paga parte del colegio —le digo.

—Entonces es más importante.

—Hoy solo se te verán las manos, como hemos acordado.

—Y mi voz.

—Y tu voz si quieres.

Hugo se encoge de hombros, que en su idioma significa que sí pero que piensa negar cualquier entusiasmo si se le pregunta después. Alma, en cambio, se planta delante del teléfono con los brazos abiertos.

—A mí toda.

—A ti toda durante un minuto.

—Diez.

—Uno.

—Cinco.

—Dos y es mi última oferta.

Alma tiene tres años y negocia cada límite hasta convertirlo en una propuesta distinta. Todavía pronuncia algunas palabras a medias, duerme con un conejo sin una oreja y cree que una cámara es otra persona de la familia. Cuando se enciende la luz roja, saluda antes de preguntar quién está mirando.

Nora sonríe detrás de la luz circular. Tiene veinticuatro años, la piel morena sin una marca y esa clase de belleza que todavía no sabe cuánto cuesta mantener porque de momento se mantiene sola. Lleva ocho meses con nosotros. Los niños la adoran. Yo también, la mayoría de los días.

Hoy noto que se ha puesto brillo en los labios.

Rodrigo vuelve esta tarde.

El teléfono inicia el directo antes de que pueda sentirme miserable por haber unido las dos cosas.

—Buenos días —digo, y la sonrisa aparece en mi cara con la precisión de una persiana automática—. Sí, ya sé que es pronto, pero esta casa lleva despierta desde las seis y alguien ha decidido que la harina es un producto de belleza.

Alma obedece la profecía y se pinta una mejilla de blanco.

Los primeros comentarios suben tan deprisa que apenas puedo leerlos.

Saludos. Corazones. Preguntas por la camisa, por las tazas, por la tos de Alma y por el nombre de la planta que hay detrás de mí.

Una persona pregunta si Hugo ha crecido.

Otra dice que no debería exponerlo. Una tercera exige verlo.

En menos de veinte segundos, varias desconocidas ya han decidido qué clase de madre soy.

Me muevo por el guion sin mirarlo. Presento la cafetera, explico dos funciones y dejo que Hugo pulse el botón con una mano que ya no parece de niño pequeño. Alma echa harina donde no debe. Nora se ríe fuera de plano. Yo también. Es natural porque lo hemos ensayado lo suficiente.

A los seis minutos miro la cifra de espectadores.

Solo un instante.

A los siete vuelvo a mirarla porque ha bajado.

A los ocho cambio el orden de la demostración para llegar antes al sorteo. La cifra se recupera. Noto cómo se me afloja algo detrás de las costillas y odio que mi cuerpo responda a un número con más obediencia que a mí.

—¿Papá va a verlo? —pregunta Alma.

Los comentarios cambian de velocidad.

¿Dónde está Rodrigo?

Necesitamos dosis del marido perfecto.

Eva, comparte, mujer.

Ese hombre debería venir con advertencia.

Sonrío.

Antes me hacían gracia. Aún me la hacen, si no pienso demasiado.

Con Rodrigo ocurre algo que incluso una cámara frontal barata entiende: la imagen se ordena cuando él aparece.

No posa bien. No conoce su lado bueno. No lo necesita.

Mide uno noventa y lleva el pelo oscuro, lacio, un poco más largo de lo que corresponde a un arquitecto que asiste a reuniones con inversores.

Cuando se inclina sobre el objetivo, los mechones le caen en la frente y sus ojos parecen más verdes.

La audiencia interpreta su falta de esfuerzo como una forma superior de elegancia.

Yo la interpreté igual la primera noche.

Mi móvil personal vibra junto al fregadero. En la pantalla aparece Rodrigo .

—Hablando del rey de Roma —digo.

No debería responder durante una colaboración sin avisar a la marca. Respondo.

Su cara ocupa la pantalla que acerco al teléfono del directo.

Lleva casco blanco y una camisa azul arremangada.

Detrás de él hay una terraza sin terminar, dos hombres revisando planos y una mujer con chaleco reflectante que tarda un segundo de más en apartar la mirada cuando comprende que está en cámara.

No culpo a la mujer. La registro. Es distinto.

—Buenos días —dice Rodrigo.

Los comentarios se convierten en una hemorragia de corazones.

—Tu hija quiere saber si estás viendo el directo.

—Tu hija lleva quince minutos intentando llamarme desde tu tableta.

Alma se tapa la boca, encantada de que sus delitos produzcan audiencia.

—Papá, he hecho café.

—¿Sí? ¿Y te lo vas a beber?

—No. Es asqueroso.

Rodrigo se ríe. La mujer del chaleco vuelve a mirar. Esta vez nota que la observo y se concentra con una intensidad extraordinaria en una pared sin terminar.

—¿Cómo sigue la tos? —pregunta él.

—Bien —contesta Alma.

—Eso no es lo que me ha dicho Nora esta mañana.

—Nora miente.

—A mí me cae bien —dice Rodrigo—. Voy a creerla.

Hugo acerca una pieza de cartón a la pantalla.

—He reforzado el puente.

Rodrigo se quita el casco para verlo mejor. El pelo le cae sobre los ojos.

—Luego me enseñas la unión de abajo. Si aguanta ahí, puedes ponerle el peso que quieras.

No pregunta cuánta gente está mirando. No saluda a la audiencia hasta que yo se lo pido. Se acuerda del puente y de la tos y, cuando ya voy a despedirlo, me observa con esa quietud suya que siempre consigue hacerme sentir demasiado visible.

—¿Y tú? —pregunta.

—Perfecta.

La respuesta sale deprisa.

—No te he preguntado cómo estás para el directo.

Nora baja los ojos. Hugo finge ocuparse de su puente. Los comentarios celebran esas palabras como si Rodrigo las hubiera escrito para ellos.

—He dormido poco —admito.

—Te llamo cuando acabes. ¿A qué hora cortas?

—Ocho y treinta, más o menos.

—¿Y empezaste a las ocho exactas?

—Como una profesional.

—Entonces te llamo a las ocho y treinta y cinco. Te quiero.

—Yo también.

La llamada termina. Durante unos segundos, la cifra de espectadores sigue subiendo aunque el producto que debo vender ha desaparecido del plano.

—Lo contratamos para la próxima campaña —digo.

Me río. Todos se ríen. Continúo.

Termino a las ocho y treinta y dos. Dos minutos por encima de lo pactado, once segundos por debajo de mi mejor tiempo para despedirme.

En cuanto corto, la cocina pierde profundidad.

La luz circular ya no parece sol; parece un aparato apoyado en un trípode.

El café huele quemado. Alma tiene harina hasta dentro de una oreja.

Miro los resultados.

—Mamá —dice Hugo—, ¿me ayudas con la base?

—Un segundo.

El pico de espectadores ha sido bueno. La retención, peor de lo previsto antes de la aparición de Rodrigo. Abro el desglose. Actualizo. El número de guardados tarda en cargar.

—¿Ahora? —pregunta Hugo.

—Déjame ver una cosa.

Alma intenta alcanzar la jarra de leche. Nora la aparta, pero la niña golpea el vaso y un río blanco atraviesa la isla de piedra.

—No pasa nada —dice Nora.

Ya tiene un paño en la mano. El amarillo que quité del plano.

Yo sigo mirando el teléfono.

La escena dura quizá cuatro segundos: Nora limpiando, Alma pidiendo perdón, Hugo con el puente entre las manos y yo comprobando si un grupo de desconocidos ha guardado suficientes veces un vídeo sobre café. Nadie me acusa. Por eso duele más.

Bloqueo la pantalla.

—Ven —le digo a Hugo—. Vamos a salvar esa estructura.

—Ya la ha salvado papá.

—Papá ha dado instrucciones. Las personas que dan instrucciones se llevan demasiado mérito.

—Tú das instrucciones todo el rato.

Nora se muerde el labio para no reírse.

Mi teléfono vibra.

Lo miro antes de poder impedirlo.

No es Rodrigo. Es Sofía.

Me encierro en el pequeño estudio de contenido mientras Nora prepara a los niños para el colegio.

En las paredes hay rollos de fondo, estantes con productos sin abrir y una mesa de madera que parece artesanal aunque llegó desmontada en tres cajas.

A esta hora la luz entra de lado y convierte el polvo en algo bonito.

—¿Qué pasa? —pregunto al responder.

—Buenos días para ti también.

La voz de mi hermana suena tensa, aunque con Sofía la tensión es un ajuste de fábrica.

—Tengo poco tiempo.

—Acabas de terminar. Rodrigo me ha dicho que cortabas a y media.

Miro la puerta cerrada.

—¿Has hablado con Rodrigo?

—Anoche. Por el contrato de la casa de vacaciones. ¿Por qué?

—Por nada.

—El directo ha ido bien cuando ha aparecido él. Antes estaba un poco plano.

—Gracias por la delicadeza.

—Me pagas por mirar números, no por acariciarlos. La marca va a pedir el informe antes de mediodía.

Abro la carpeta protegida. La miniatura de mi cara dormida aparece encima de la nota.

—¿Entraste ayer en mi nube? —pregunto.

Silencio.

No llega a un segundo. Me basta.

—Entro en el archivo de la empresa todos los días, Eva.

—No he dicho el archivo de la empresa.

—Entonces dime de qué estás hablando.

—De las carpetas antiguas. Las del principio.

Sofía suelta el aire despacio.

—¿Otra vez con eso?

—¿Con qué?

—No hagas esto por teléfono.

—No estoy haciendo nada.

—Acabas de preguntarme por las carpetas del principio con una voz que conozco desde que tenías nueve años y rompiste el jarrón de la abuela.

—Lo rompiste tú.

—Exacto. Y tú utilizaste esa misma voz hasta que mamá me castigó.

Podría sonreír. No lo hago.

—¿Conservas las fotografías de la primera campaña del hotel?

Esta vez el silencio dura más.

—¿Ha pasado algo? —pregunta.

—Solo quiero saberlo.

—No lo sé. Puede que haya copias en los discos viejos. Carla hizo parte de aquel material.

—Tú tenías todo.

—Teníamos todo. Era nuestra empresa antes de que empezaras a hablar de ella como si hubieras nacido con un equipo de doce personas y un aro de luz.

Ahí está. El filo habitual. Hoy parece otra cosa.

—¿Por qué me has escrito que tenemos que hablar?

—Porque hay cambios que no quiero discutir por teléfono.

—¿Qué cambios?

Oigo una puerta al otro lado, voces, el ruido de una calle.

—Luego —dice.

—Sofía.

—Tengo una reunión.

—Yo también.

—No, tú tienes que dejar de mirar el informe del directo durante cinco minutos y llevar a tu hijo al colegio.

La llamada se corta.

Permanezco con el teléfono junto a la oreja. En la pantalla vuelve a aparecer mi reflejo: la camisa blanca, la coleta perfecta, la cara que hace diez minutos sabía exactamente qué emoción correspondía a cada segundo.

Abajo se cierra una mochila.

—¡Eva! —llama Nora—. Nos vamos.

Estoy a punto de salir cuando llega otro mensaje de Sofía.

Sofía: Mañana voy a tu casa. Tenemos que hablar antes de que vuelva Rodrigo. A solas.

Rodrigo vuelve hoy.

Sofía lo sabe. Gestiona mi calendario, sus apariciones y hasta la hora a la que su cara mejora una campaña sobre cafeteras.

Leo el mensaje una tercera vez.

Después abro los resultados del directo, porque hay miedos que no sé calmar y números que, durante unos segundos, todavía fingen obedecerme.