Mi vida de instagram
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PRÓLOGO
La primera vez que encuentro una fotografía mía dormida, mi reacción no es gritar.
Es pensar que la luz me favorece.
No es una reflexión de la que me sienta orgullosa, pero tampoco voy a mentir ahora.
En la imagen estoy tumbada de lado, con una mano debajo de la almohada y el pelo extendido sobre la sábana.
La claridad que entra por las cortinas borra la línea más dura de mi mandíbula.
Si la fotografía no estuviera impresa en papel mate y escondida entre mis sujetadores, hasta podría gustarme.
La sostengo por una esquina.
Son las siete y doce de la mañana. Dentro de cuarenta y ocho minutos tengo un directo desde la cocina y llevo puesta una bata que no enseñaría ni en una historia para mejores amigos.
Abajo, Alma canta algo sobre un cocodrilo.
Nora intenta convencerla de que las fresas cortadas y las fresas enteras son la misma fruta.
Hugo arrastra una silla; reconozco el sonido porque lleva diez años arrastrando todo lo que podría levantar.
La casa está despierta.
Yo también lo estaba cuando abrí este cajón.
La fotografía no.
Miro hacia la puerta del vestidor. Sigue entornada como la dejé.
Desde donde estoy puedo ver un trozo del dormitorio, la esquina de la cama y la hendidura limpia en la almohada de Rodrigo.
Él lleva dos días en Tenerife supervisando la reforma de un hotel y no vuelve hasta esta tarde.
Anoche me llamó desde la terraza de su habitación.
Detrás de su cabeza, el océano era una mancha negra y su pelo se movía con el viento.
Me dijo que cerrara bien la puerta del jardín.
Me preguntó tres veces si Alma seguía con tos.
La fotografía está tomada desde su lado de la cama.
No sé cuándo.
Podría ser de hace dos noches. Podría ser de hace un mes. No llevo nada que permita fecharla y las sábanas blancas tienen la virtud comercial de conseguir que todos los días parezcan el mismo.
Le doy la vuelta.
No hay nada escrito detrás.
El alivio me dura lo que tardo en ver el papel doblado al fondo del cajón.
Es una tira recortada con tijeras. Letras negras, impresas, demasiado grandes. La despliego sobre la palma y las palabras ocupan más espacio del que deberían.
¿TU ESPOSO SABE QUE TE REVOLCABAS CON TU SUEGRO?
Me siento en el banco del vestidor.
No porque vaya a desmayarme. Nunca me he desmayado y me molesta la facilidad con que en las películas las mujeres pierden el conocimiento justo cuando más información necesitan. Me siento porque las rodillas dejan de ser una parte fiable de mi cuerpo.
La frase es mentira.
No del todo. Las mentiras que funcionan nunca lo son.
Me acosté con Aurelio Valdés una vez. Una.
Ocurrió doce años atrás, antes de conocer a Rodrigo, y entonces no sabía que Aurelio era su padre.
Sabía otras cosas. Sabía que era dueño de hoteles, que podía conseguirme la campaña que llevaba meses intentando alcanzar y que su invitación a subir a la suite no tenía nada que ver con enseñarme las vistas.
No me obligó. Tampoco me enamoré. Tomé una decisión que a los veintitrés años fui capaz de convertir en estrategia y que a los treinta y cinco todavía no sé nombrar sin defenderme.
Tres semanas después conocí a Rodrigo.
Dos meses más tarde descubrí su nombre completo.
Y callé.
Aurelio no era mi suegro aquella noche. Se convirtió en eso después, como se convierte un desconocido en una fotografía familiar: por proximidad, por fechas, porque alguien escribe un nombre debajo.
Pero quien ha redactado la nota no busca precisión.
Busca suciedad. Quiere meter doce años dentro de la palabra revolcabas y dejar que Rodrigo imagine el resto.
Se me enfrían las manos.
Aurelio murió hace siete meses.
Rodrigo no lo sabe.
Solo hay otra persona que conoce toda la historia.
—Mamá —grita Hugo desde abajo—. Nora dice que hoy no podemos salir en el vídeo.
—He dicho que primero hay que preguntaros —responde Nora, elevando la voz—. No que no podáis.
—¡Es lo mismo!
—No lo es —digo yo, aunque ninguno puede oírme.
Dejo la nota junto a la fotografía y abro la aplicación de las cámaras.
La entrada principal está cerrada. La puerta de servicio registra la llegada de Nora a las seis y cuarenta y nueve.
El jardín, vacío. La piscina es una lámina azul que parece generada por ordenador.
En la planta alta no hay cámaras porque hace cuatro años discutí con Rodrigo hasta convencerlo de que una familia también tiene derecho a un pasillo en el que rascarse sin producir pruebas.
Compruebo las ventanas. Cerradas.
La puerta de la terraza. Cerrada.
El vestidor no tiene otra entrada. El dormitorio sí: la escalera, el pasillo, la misma ruta que utiliza cualquiera que sepa el código de la casa o tenga una llave.
Mi pulgar abre Instagram sin que yo se lo pida.
Hay cuatrocientas treinta y dos notificaciones. Un vídeo de ayer ha rendido mejor durante la noche. El gráfico sube en una curva verde y durante medio segundo —uno completo, quizá— siento alivio. Después vuelvo a ver mi cara dormida sobre las rodillas.
Cierro la aplicación con fuerza, deseando romper algo.
Fotografío la fotografía por delante y por detrás.
Hago lo mismo con la nota. Las guardo en una carpeta protegida del teléfono, aunque la palabra protegida acaba de perder bastante prestigio dentro de esta casa.
Después meto los originales en un sobre y lo escondo en el bolsillo interior de un bolso que no uso desde que Alma nació.
Está en la balda más alta, detrás de dos cajas naranjas que conservo porque las cajas caras también son una forma de patrimonio.
Pienso en llamar a Rodrigo.
Imagino su silencio al otro lado. No sus gritos: Rodrigo casi nunca grita.
Imagino cómo se le quedaría la mirada al pronunciar el nombre de su padre.
Cómo volvería a preguntarme la fecha. Cómo comprendería que durante once años he visto su odio hacia Aurelio y he elegido no darle la única información que podía cambiar la manera en que me miraba.
No marco su número.
Busco el de Sofía.
Antes de tocarlo, aparece un mensaje suyo.
Sofía: No olvides nombrar a Rodrigo en el directo. La gente lleva dos días preguntando por él. Y llámame en cuanto termines. Tenemos que hablar.
Leo el mensaje dos veces.
Mi hermana conoce mis horarios, mis contraseñas antiguas, cada rincón de esta casa y el secreto que hay en la nota. También conoce el efecto que Rodrigo produce en la audiencia. En las camareras. En las madres del colegio. En ella.
—Mamá —vuelve a gritar Hugo—. Faltan treinta minutos.
—Veintinueve —corrige Nora.
Miro la hora. Siete y treinta y uno.
Me levanto, cierro el cajón y me observo en el espejo de cuerpo entero. Estoy blanca. Ojeras. Bata gris. Nada que no arreglen corrector, una luz frontal y la costumbre de sonreír antes de sentir ganas.
Dentro de veintinueve minutos voy a enseñar mi casa perfecta a cientos de miles de personas.
Y alguien que ya ha entrado en ella sabe exactamente qué parte de mí no sale nunca en cámara.