CAPÍTULO 8 El marido perfecto
El marido perfecto
A la mañana siguiente hay nueve fotógrafos frente a la entrada de Ladera del Sol.
Gabriel los mantiene fuera de la urbanización mientras asegura que no sabe cómo han averiguado mi dirección. Rodrigo lo escucha con una expresión tan inmóvil que el conserje termina ofreciendo revisar sus propios registros sin que nadie se lo pida.
Hugo ve las cámaras desde el coche.
—¿Es por la foto? —pregunta.
—Sí —digo.
—En el colegio dicen que estabas drogada.
Las palabras salen con una naturalidad que me parte algo.
—No lo estaba.
—Ya lo sé.
—Estaba cansada y había bebido. Tu tía hizo una fotografía en un mal momento.
—¿Por qué salió en el vídeo?
—Eso es lo que intentamos averiguar.
Rodrigo conduce con las dos manos sobre el volante. No responde por mí ni suaviza lo que digo. Cuando llegamos al colegio, se vuelve hacia Hugo.
—Si alguien te enseña imágenes de mamá, no tienes que defenderla ni explicarla. Dices que es un asunto de adultos y llamas a uno de nosotros.
—¿Y si se ríen?
—Te apartas.
—Eso suena a perder.
—Apartarte de un idiota no hace que gane. Solo hace que tenga que ser idiota sin público.
Hugo considera la idea. Después baja del coche.
Dos madres nos observan desde la acera. Una de ellas saluda a Rodrigo con una sonrisa demasiado luminosa para las ocho y media. Él levanta la mano sin bajar la ventanilla.
—Te estaba mirando —digo cuando nos alejamos.
—Hay fotógrafos en la puerta de nuestra casa y tú sigues teniendo energía para vigilar a una madre del colegio.
—No requiere energía. Es automático.
—Eso es lo que me preocupa.
No lo dice como una broma.
De regreso, anuncio que voy a publicar una respuesta.
—No —dice Rodrigo.
—No te he pedido permiso.
—Y yo no te lo estoy negando. Te estoy diciendo que es una mala idea.
—Si no digo nada, otros van a contar la historia.
—Ya la están contando. Alimentarlos no va a devolver esa fotografía al libro.
—Una marca ha pedido explicaciones.
—Entonces sí se trata del dinero.
—Se trata de mi trabajo.
—Nuestro hijo acaba de preguntarnos qué debe hacer cuando se rían de una foto de su madre. Se trata de él.
La discusión continúa en la cocina. Nora juega con Alma en la terraza y finge no oír.
Rodrigo quiere que entreguemos todo a la policía y desaparezcamos unos días de las redes.
Yo quiero controlar al menos una parte de lo que se dice.
Él utiliza la palabra seguridad. Yo utilizo la palabra empresa.
Ambos decimos hijos cuando necesitamos ganar.
—Voy a hacerlo contigo o sin ti —digo al final.
Rodrigo apoya las manos en la encimera.
—Sin los niños.
—Por supuesto.
—Sin mencionar el colegio, la distribución de las cámaras ni lo que todavía no has querido contarme.
La última frase me detiene.
—¿Qué se supone que significa eso?
—Que hay algo escrito junto a esas fotos y todavía no estás preparada para enseñármelo.
Se me seca la boca.
Rodrigo no parece satisfecho por haber acertado.
—No voy a obligarte —continúa—. Pero tampoco puedes dar pistas públicamente mientras nosotros no sabemos con qué estás negociando.
—No estoy negociando.
—Entonces deja de actuar como si pudieras controlar a quien hace esto ofreciéndole una versión mejor editada.
Quiero enfadarme. El problema es que tiene razón de una manera tan limpia que no encuentro dónde golpearla.
—Un vídeo —digo—. Dos minutos. Confirmamos que alguien está utilizando material privado y pedimos que no se difunda.
—Y dejamos claro que no hay ninguna crisis entre nosotros.
—¿No la hay?
Rodrigo se acerca.
—Hay miedo. Hay cosas que no me cuentas. Hay una discusión sobre tu teléfono que llevamos teniendo diez años. Pero si alguien espera verme salir por esa puerta y dejarte sola, va a cansarse.
Me besa la frente.
Acepto el acuerdo.
Grabamos en el salón, con las cortinas abiertas y la piscina desenfocada detrás. No utilizo la cocina porque empieza a parecerme obsceno sentarnos junto a una cafetera patrocinada para hablar de que alguien entra en nuestras habitaciones.
Rodrigo lleva una camiseta gris y vaqueros. Le pido que se peine. Se pasa una mano por el pelo y consigue empeorarlo de una forma que la cámara interpreta como una decisión estética.
—Odio que puedas hacer eso —digo.
—Yo odio el corrector automático. Todos tenemos un enemigo.
Nora sostiene el teléfono. Antes de grabar, Rodrigo comprueba que Alma no pueda aparecer por el cristal y que no haya fotografías de los niños en el plano.
—Cuando quieras —dice Nora.
Empiezo yo.
—Ayer, durante un directo, apareció una fotografía privada que nunca autoricé a compartir.
No voy a responder a las teorías sobre una imagen tomada hace más de diez años.
Sí quiero pediros que no la difundáis, porque hacerlo significa colaborar con una persona que está intentando asustar a mi familia.
Mi voz suena firme. He aprendido a parecer tranquila antes de aprender a estarlo.
Rodrigo toma mi mano.
—No sabemos aún quién está haciendo esto —dice—. Sabemos que alguien ha accedido a material privado y ha entrado en espacios de nuestra casa. Estamos conservando pruebas y siguiendo asesoramiento profesional. Eva no está inventando lo que ocurre. Yo la creo.
No mira el guion. No mira a Nora. Mira al objetivo como si detrás hubiera una sola persona a la que pudiera obligar a entender.
—También os pedimos —continúa— que dejéis fuera a nuestros hijos. No tienen que pagar el precio de la curiosidad de ningún adulto.
Me aprieta la mano una vez.
—Gracias por preocuparos —concluyo—. Si hay algo que debamos contar, lo haremos nosotros.
Nora detiene la grabación.
Durante unos segundos nadie habla.
—Una toma —dice ella—. Yo tardo veinte en grabar un vídeo para mis amigas.
—El truco es llevar doce años repitiendo que todo va bien —respondo.
Rodrigo me mira. Le duele, aunque no sé exactamente por qué.
Publicamos el vídeo sin música ni subtítulos dramáticos. En diez minutos supera las reproducciones del directo interrumpido. En veinte, el fragmento de Rodrigo diciendo Yo la creo circula separado de todo lo demás.
Los comentarios cambian.
Así se protege a una esposa.
Necesito un Rodrigo en mi vida.
Ese hombre mide dos metros hasta sentado.
Eva, no estás sola.
Perdón, pero si mi marido me mirara así yo también contaría mi desayuno.
Me río con el último. Después compruebo el perfil de la mujer que lo ha escrito. Tiene treinta y nueve años, vive en Madrid y está casada. La información no sirve para nada. Aun así, la registro.
—Dámelo —dice Rodrigo.
—Estoy leyendo apoyo.
—Estás investigando a una desconocida porque ha dicho que soy guapo.
—No eres tan guapo.
Nora deja escapar una risa desde la puerta y la convierte en tos cuando la miro.
Rodrigo sonríe.
—Eso sí que deberíamos denunciarlo.
Apago la pantalla por voluntad propia. Una pequeña victoria, bastante menos fotogénica de lo que esperaba.
Rodrigo lleva al despacho las tarjetas de las dos cámaras. Crea carpetas con fechas, guarda los originales y descarga enlaces de las publicaciones que están difundiendo la foto.
—La policía necesitará una cronología —explica.
—Pareces haber nacido esperando una investigación.
—Soy arquitecto. Si algo sale mal, alguien pregunta quién firmó cada plano.
Abre una hoja de cálculo. Anota la hora de inicio, la caída de la fotografía, el final del directo, mi petición de retirar el teléfono y la publicación del vídeo conjunto.
—Pon también que Nora estaba presente —digo.
—Ya está.
—¿Y que tú llegaste después?
—También.
Me enseña la pantalla. No oculta ninguna columna.
—¿Ves? —dice—. Hechos. No interpretaciones.
Apoyo la cabeza en su hombro.
—Gracias.
—No me des las gracias por creerte.
—Todo el mundo dice eso hasta que creer cuesta algo.
Rodrigo gira la silla y me atrae entre sus piernas. Apoya la frente contra mi estómago.
—A mí me costaría más no hacerlo.
El correo llega a las cuatro y doce.
Asunto: Revisión urgente de colaboración — Casa Serena
La marca que debía renovar conmigo el contrato anual solicita una reunión antes de continuar. Hablan de contexto, seguridad y protección reputacional. Ninguna frase dice que vayan a abandonarme. Todas están escritas para poder hacerlo.
Miro las cifras del vídeo. Siguen subiendo.
Por primera vez comprendo que una audiencia puede adorarte mientras una empresa decide que ya no puede permitirse tu cara.
REGISTRO DE INCIDENTE 04
Fecha: miércoles, 18:00–19:07
Lugar: estudio de contenido de la vivienda familiar
Fuentes: grabación principal, cámara secundaria y observación presencial
Descripción objetiva:
Durante una emisión comercial, E. R. localiza una fotografía antigua entre las páginas de un libro utilizado como soporte. Interrumpe la exposición verbal, necesita tres intentos para finalizar la transmisión y comienza a consultar de forma repetida las reacciones públicas.
En los veintisiete minutos posteriores, actualiza comentarios y reproducciones en al menos treinta y cuatro ocasiones. No responde a dos peticiones verbales de N. S. para abandonar el dispositivo. Continúa consultándolo pese a manifestar miedo por la difusión de material privado.
R. V. L. llega a las 18:41. Confirma que los menores no se encuentran en el estudio y solicita conservar las grabaciones sin editar. E. R. pide expresamente que retire el teléfono de su alcance. El dispositivo queda visible y recuperable en todo momento.
Elementos relevantes para la seguridad de los menores: ninguno presente durante el episodio. A. V. se encuentra dormida bajo supervisión de N. S.; H. V. permanece fuera de la vivienda.
Conducta posterior: E. R. recupera el dispositivo por iniciativa propia tras recibir una notificación. Al día siguiente insiste en realizar una comunicación pública pese a la recomendación de reducir temporalmente su exposición.
Nivel de cooperación: variable.