Mi última plegaria antes de ti Capítulo 42 #3
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Capítulo 42 #3

Cavieres descruzó los brazos.

—Dormir, sí, pero primero deberían bañarse.

Osvaldo se miró la camiseta.

—No tenemos ropa.

—Ese problema tiene solución. Voy a buscarte algo de mi clóset y prometo elegir lo más sobrio que encuentre.

La madre de Cavieres dejó escapar una pequeña sonrisa.

—Ay, Cavieres, no empieces con tus bromas.

—Estoy intentando ser hospitalario.

—Sé hospitalario sin molestarlos.

Osvaldo sonrió apenas. Era la primera vez desde el incendio que algo conseguía aflojarle el rostro.

La mujer se volvió hacia Noelia y le tomó la mano.

—Usted tampoco se preocupe, señora Noelia. Tengo blusas, pantalones, zapatos, ropa para dormir. Mañana vemos qué más hace falta.

—No quisiera quitarle…

—No me quita nada. En esta casa hay más cosas guardadas de las que necesitamos.

Cavieres salió y regresó pocos minutos después con ropa para ambos. Para Osvaldo había encontrado un pantalón oscuro, una camisa y ropa interior nueva que, según explicó, seguía guardada en un paquete. Para Noelia un pantalón cómodo, una blusa y un pijama.

—Esto es lo más serio que pude encontrar para ti —dijo Cavieres entregándole las prendas a Osvaldo.

—No le hagas caso —dijo su madre.

Osvaldo recibió la ropa.

—A esta altura me pondría cualquier cosa.

Cavieres señaló la escalera.

—La pieza del fondo es de ustedes. Tiene baño propio, así que no necesitan andar por la casa. Dejé toallas limpias. Si necesitan algo, mi habitación está al otro lado del pasillo.

Noelia consiguió ponerse de pie. Antes de subir, la madre de Cavieres la abrazó con cuidado y le pidió que intentara descansar. Noelia le dio las gracias, esta vez logrando pronunciarlo con claridad, y siguió a Osvaldo por la escalera.

El dormitorio era amplio, con una cama grande, un armario antiguo y dos ventanas cubiertas por cortinas gruesas. Cavieres había dejado toallas junto a la puerta del baño. Osvaldo cerró detrás de ellos y, por primera vez desde que todo comenzó, quedaron completamente solos.

Noelia avanzó hasta la cama y se sentó en el borde.

No hizo nada. Después extendió las manos sobre las piernas, con las palmas hacia arriba, y observó las líneas oscuras. Tenía pequeñas manchas de hollín en los dedos y bajo las uñas. Una lágrima cayó sobre una de sus palmas y se mezcló con la suciedad.

Osvaldo dejó la ropa sobre una silla y se sentó a su lado.

Le tomó una mano, la llevó hasta sus labios y la besó lentamente. Después dejó la otra sobre el vientre de Noelia.

—Cinco.

Ella bajó la mirada hacia la mano que descansaba sobre su cuerpo. El llanto volvió a llenarle los ojos y respiró profundamente antes de conseguir responder.

—Sí. Somos cinco.

Osvaldo acarició su vientre.

Noelia cerró los ojos.

—Seis, en realidad.

Él levantó la mirada.

—Con Niebla somos seis. Espero que esté vivo, Osvaldo.

La voz volvió a quebrársele y él acercó la frente a la suya.

Noelia respiró varias veces intentando calmarse. Cuando volvió a abrir los ojos, encontró la mano de Osvaldo todavía sobre su vientre.

—¿Cómo le vamos a poner? —preguntó él.

Ella lo miró durante algunos segundos, como si la pregunta hubiera llegado desde un lugar completamente distinto de aquella noche. Luego puso su mano sobre la de Osvaldo y volvió a respirar profundamente.

—Osvaldo.

Él no entendió de inmediato.

—¿Qué?

—Así se va a llamar.

Osvaldo permaneció inmóvil.

Noelia acarició sus dedos.

—Osvaldo.

Él bajó la cabeza y besó nuevamente la mano de ella. No dijo nada porque sintió que cualquier cosa que intentara responder terminaría rompiéndose antes de salir.

Cuando se puso de pie, la observó con una fragilidad que nunca antes había visto en ella.

Noelia seguía sentada en el borde de la cama, con los hombros caídos y el cabello endurecido por el humo, todavía vestida con la ropa húmeda y sucia con la que había escapado de la casa.

Parecía no tener fuerzas ni siquiera para comenzar a quitársela.

Osvaldo se arrodilló frente a ella y le desabrochó los zapatos.

Noelia lo miró hacerlo sin protestar.

Él le quitó primero uno y después el otro, dejando ambos junto a la cama, y al descubrir sus pies manchados de barro pasó las manos por sus tobillos con delicadeza. Luego se incorporó, la tomó de las manos y la ayudó a ponerse de pie.

—Ven.

Noelia se dejó llevar.

Osvaldo comenzó a quitarle la ropa lentamente.

No había deseo ni vergüenza entre ellos, solamente cansancio y la necesidad sencilla de librarla del olor a humo que todavía permanecía adherido a su cuerpo.

Desabrochó las prendas con cuidado, apartándolas una a una hasta dejarlas amontonadas lejos de la ropa limpia que Cavieres había preparado.

Después se quitó la camiseta, el pantalón y la ropa interior, todo impregnado de humo y hollín.

Entraron juntos al baño.

Osvaldo abrió la ducha y esperó hasta que el agua estuviera tibia.

Noelia entró primero y cerró los ojos cuando el chorro le cayó sobre la cabeza y los hombros.

Durante unos segundos permaneció inmóvil, dejando que el agua descendiera por su rostro, su cuello y sus brazos, formando pequeños regueros grises antes de desaparecer por el desagüe.

Osvaldo entró detrás de ella.

Tomó el jabón y comenzó a limpiarle suavemente los brazos. Pasó las manos por sus hombros, por la espalda y por el cuello, deteniéndose cada vez que encontraba una marca oscura que el agua todavía no había arrastrado. Noelia se sostuvo de él y dejó que la cuidara.

Cuando Osvaldo comenzó a lavarle el cabello, ella inclinó la cabeza hacia atrás. Él puso champú entre sus manos y lo distribuyó con lentitud entre los mechones, retirando con los dedos pequeñas partículas de ceniza que habían quedado atrapadas allí.

Noelia comenzó a llorar otra vez.

Al principio las lágrimas se confundieron con el agua que le corría por el rostro. Después su respiración cambió y Osvaldo comprendió que ya no estaba intentando contenerse.

La rodeó con los brazos.

Noelia apoyó la frente contra su pecho y se aferró a él con ambas manos.

Osvaldo cerró los ojos y, por primera vez desde que había cargado a Vicente por la escalera, dejó de intentar sostenerlo todo.

Las lágrimas le corrieron por el rostro mientras abrazaba a Noelia bajo el agua, y permanecieron así durante largo rato, sin hablar, hasta que la respiración de ambos comenzó lentamente a calmarse.

Osvaldo volvió a lavarle el cabello.

Mientras separaba con los dedos uno de los mechones, notó algo pequeño atrapado entre ellos. Lo tomó con cuidado y lo retiró.

Era un pétalo de rosa amarilla, chamuscado en uno de sus bordes.

Lo sostuvo apenas un instante sobre la palma mojada.

El agua terminó llevándoselo entre sus dedos.