Capítulo 42 #2
Noelia tomó aire, pero el llanto volvió a cerrarle la garganta.
—Los libros, las fotos de los niños, las cosas… todo estaba ahí.
Osvaldo se acercó hasta que su pecho tocó la espalda de ella y le pasó los brazos alrededor del cuerpo.
—Estamos los cuatro.
Noelia cerró los ojos.
—Somos cinco.
Osvaldo apoyó la mejilla contra su cabello.
—Cinco.
Se quedaron así algunos segundos, mirando la Casa Amarilla oscura y humeante mientras el agua seguía cayendo desde una de las ventanas del segundo piso.
Poco antes de las dos de la madrugada, los bomberos les permitieron acercarse solamente lo suficiente para confirmar que no podían sacar nada.
La casa permanecería cerrada hasta que amaneciera y se pudiera evaluar el daño.
Osvaldo habló una vez más con el hombre que le había prometido buscar a Niebla, y este volvió a asegurarle que revisarían apenas fuese seguro entrar.
No tenían nada que recoger.
Cristóbal llevaba los mismos pantalones con los que había bajado la escalera y los zapatos mal puestos; Vicente seguía envuelto en el chal de la mujer que se lo había prestado, y Noelia estaba con la ropa con que había salido de la cama.
Osvaldo apenas había alcanzado a ponerse el pantalón antes de abandonar el dormitorio y todavía llevaba una camiseta manchada de hollín.
Elvira abrazó nuevamente a Noelia.
—Voy a venir temprano.
—No hace falta.
—No te pregunté.
Noelia consiguió sonreír apenas.
Elvira besó a Cristóbal y a Vicente, le pidió a Osvaldo que los cuidara y finalmente se apartó con su marido.
Cavieres esperó hasta que estuvieron listos.
Caminaron las cuatro cuadras en silencio.
Puerto Ceniza seguía despierto. En una de las plazas había personas acostadas sobre frazadas y cartones, otras conversaban alrededor de termos y bolsos, y desde una esquina llegaba el sonido bajo de una radio donde todavía hablaban de la visita del Papa.
Nadie de aquella gente sabía quiénes eran.
Algunos los miraron al pasar, probablemente por sus rostros tiznados y la ropa húmeda, pero nadie preguntó nada.
Vicente caminaba tomado de la mano de Osvaldo.
—¿Crees que Niebla sabe volver?
Osvaldo apretó suavemente su mano.
—Mañana lo buscamos.
Cristóbal caminaba junto a Noelia sin hablar. En un momento ella pasó un brazo por sus hombros y él se acercó, apoyando brevemente la cabeza contra ella mientras continuaban avanzando.
La casa de Cavieres estaba en una calle más tranquila. Era antigua, de dos pisos y mucho más grande de lo que Noelia había imaginado, con ventanas altas y un pequeño antejardín cercado por una reja oscura.
Cuando llegaron, la puerta se abrió antes de que Cavieres alcanzara a sacar las llaves.
Una mujer mayor apareció en el umbral.
—Por Dios…
Era su madre.
Cavieres entró primero.
—Mamá, ellos son Noelia, Osvaldo y los niños.
La mujer no esperó más explicaciones. Se acercó a Noelia y le tomó ambas manos.
—Entren, por favor.
Bajo la luz del vestíbulo pudieron verse por primera vez con claridad.
Noelia descubrió el hollín sobre el rostro de Osvaldo, una mancha negra que le cruzaba la frente y otra alrededor del cuello.
Él, al mirarla, encontró pequeñas marcas oscuras sobre sus mejillas y el cabello apelmazado por el humo.
Cristóbal tenía los ojos completamente enrojecidos y Vicente parecía más pequeño dentro del chal que todavía llevaba puesto.
La madre de Cavieres se llevó una mano al pecho.
—Qué noche han pasado.
Noelia quiso responder, pero no encontró palabras.
La mujer la condujo hacia un salón donde todavía había una lámpara encendida y la hizo sentarse en un sofá.
—Quédese aquí. Voy a preparar algo caliente.
—No hace falta…
—Sí hace falta.
Noelia no insistió.
Se quedó sentada mirando sus manos.
Tenía las uñas negras.
Durante varios segundos las observó como si pertenecieran a otra persona.
Cavieres se acercó a Osvaldo.
—Voy a buscar ropa para los niños.
Osvaldo miró a Cristóbal y Vicente, agotados junto a la puerta.
—Primero hay que bañarlos.
—Hay un baño arriba y otro al fondo del pasillo.
—Gracias.
La madre de Cavieres regresó poco después con una bandeja. Había preparado manzanilla y dejó una taza frente a Noelia antes de sentarse junto a ella.
Noelia rodeó la taza con ambas manos, aunque no bebió.
El vapor le rozó el rostro.
—No sé qué hacer —dijo finalmente.
La mujer apoyó una mano sobre la suya.
—Esta noche no tiene que saberlo.
Noelia cerró los ojos y volvió a llorar.
Osvaldo permaneció unos instantes junto a Noelia, pero cuando volvió a mirar a los niños comprendió que el cansancio estaba terminando de vencerlos.
Vicente se había sentado en uno de los sillones con el chal todavía alrededor de los hombros y Cristóbal permanecía a su lado, en silencio, con los brazos cruzados sobre el pecho.
Los dos olían a humo y tenían restos de hollín en el cabello, de modo que Osvaldo se acercó y les pidió que lo acompañaran arriba.
Cavieres apareció poco después con varias prendas dobladas entre los brazos.
—Esto era de mis sobrinos. Mi mamá guarda ropa como si esperara una nueva guerra.
—Uno nunca sabe cuándo puede hacer falta —respondió la mujer desde el salón.
Cavieres sonrió y le entregó a Osvaldo dos pantalones, unas camisetas y un par de prendas para dormir.
—Les van a quedar grandes, sobre todo al pequeño, pero por esta noche sirven.
—Gracias.
Osvaldo tomó la ropa y miró a Noelia antes de subir. Ella continuaba sentada con la taza entre las manos y la madre de Cavieres a su lado. Noelia levantó los ojos apenas y consiguió asentir, como si entendiera que él se haría cargo.
El baño del segundo piso estaba al final de un corredor amplio.
Osvaldo abrió el agua caliente y esperó hasta que la temperatura fuera agradable antes de llamar a Vicente.
El niño se dejó quitar el chal y la ropa sin protestar, agotado después de tantas horas, y recién cuando entró en la tina y el agua comenzó a arrastrar las manchas oscuras de sus brazos pareció darse cuenta de lo sucio que estaba.
—Mira el agua —dijo.
Osvaldo le lavó el cabello y pasó cuidadosamente una esponja por su espalda y sus brazos. Vicente permaneció tranquilo durante algunos minutos, hasta que volvió a preguntar por Niebla.
—¿Tú crees que salió?
Osvaldo continuó enjuagándole el cabello.
—Creo que tuvo tiempo de hacerlo.
—Pero no lo viste.
—No.
Vicente bajó la cabeza.
—Él nos despertó.
—Sí.
—Si no hubiera ladrado…
Osvaldo dejó la esponja a un lado y apoyó una mano sobre su hombro.
—No vamos a pensar en eso ahora. Mañana, apenas podamos volver, lo vamos a buscar.
—¿Aunque esté lleno de gente?
—Aunque tengamos que recorrer Puerto Ceniza entero.
Vicente lo miró para comprobar si hablaba en serio y, al parecer satisfecho con la respuesta, permitió que terminara de bañarlo.
La ropa de los sobrinos de Cavieres le quedaba demasiado grande.
Osvaldo tuvo que doblarle las mangas de la camiseta y ajustar el pantalón todo lo que pudo, pero Vicente no protestó.
Cuando salió del baño, Cristóbal lo miró y por primera vez desde el incendio apareció algo parecido a una sonrisa en su rostro.
—Pareces espantapájaros.
Vicente se miró.
—Tú vas a quedar igual.
Y así fue. El pantalón que encontró para Cristóbal tampoco correspondía exactamente a su talla, aunque le quedaba bastante mejor.
Osvaldo lo ayudó a lavarse el cabello y comprobó que no tuviera ninguna quemadura ni herida que antes no hubieran advertido.
Cristóbal habló poco y solo cuando salieron del baño preguntó si al día siguiente podrían volver a la casa.
—Vamos a volver —respondió Osvaldo—, pero no sé si nos van a dejar entrar.
—¿Se quemó todo?
Osvaldo dobló la toalla y la dejó sobre una silla.
—Todavía no sabemos cuánto se perdió.
Cristóbal bajó la mirada hacia sus manos limpias.
—Mi pieza estaba arriba.
Osvaldo entendió lo que quería decir, aunque ninguno necesitó completar la idea.
—Mañana vamos a saber más.
Los llevó hasta una de las habitaciones que Cavieres había preparado. Había dos camas separadas por una mesa pequeña y una lámpara de pantalla amarillenta. Vicente se metió bajo las mantas casi inmediatamente, mientras Cristóbal se sentó primero en el borde de la suya.
Osvaldo acomodó las mantas de Vicente y le apartó el cabello húmedo de la frente.
—¿Vas a dormir aquí?
—Mi pieza está cerca.
El niño volvió a mencionar a Niebla antes de cerrar los ojos. Osvaldo le repitió que regresarían temprano a buscarlo y, esta vez, Vicente ya no hizo más preguntas. El agotamiento pudo más y pocos minutos después respiraba profundamente.
Cristóbal seguía despierto.
Osvaldo se sentó a su lado.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Te conozco.
Cristóbal jugueteó con una esquina de la manta.
—Pensé que no íbamos a poder salir.
Osvaldo lo miró.
El muchacho no lloraba, pero tenía los ojos nuevamente húmedos.
—Yo también tuve miedo.
Cristóbal levantó la cabeza, sorprendido quizá de escucharlo admitirlo.
—¿Mucho?
—Mucho.
Osvaldo pasó un brazo alrededor de sus hombros y Cristóbal se dejó atraer hacia él. Permanecieron un momento así, sin necesidad de hablar de la escalera, del humo ni de las llamas que habían visto subir desde la cocina.
—Ahora estamos aquí —dijo Osvaldo finalmente—. Trata de dormir.
Cristóbal se acostó y Osvaldo esperó unos minutos más, hasta que vio que había cerrado los ojos. Antes de salir dejó la puerta entreabierta y la luz del corredor encendida.
Cuando bajó nuevamente, encontró a Noelia en la misma posición en que la había dejado.
La taza de manzanilla estaba sobre la mesa, apenas probada, y ella mantenía la mirada detenida en algún punto del suelo mientras la madre de Cavieres permanecía junto a ella.
Cavieres estaba de pie cerca de la chimenea, con los brazos cruzados, y levantó la cabeza al verlo entrar.
—Se quedaron dormidos —dijo Osvaldo—. Están agotados.
Noelia pareció regresar lentamente a la habitación.
Osvaldo se acercó, se inclinó delante de ella y le acarició una rodilla.
—Creo que es hora de que subamos nosotros también. A ver si conseguimos dormir algo.