Capítulo 42
Capítulo
A las doce y dieciocho de la madrugada, las llamas más altas habían desaparecido, aunque la Casa Amarilla seguía exhalando humo por las ventanas y por algunos sectores del techo.
Los bomberos continuaban trabajando, entrando y saliendo entre las mangueras que atravesaban el jardín, mientras el agua corría hacia la vereda arrastrando ceniza, pequeños trozos de madera y hojas ennegrecidas.
Noelia lloraba con el rostro apoyado contra el pecho de Osvaldo. Él la sostenía con ambos brazos y, cada cierto tiempo, volvía la cabeza hacia Cristóbal y Vicente, que se habían apartado apenas unos metros para llamar a Niebla desde el portón.
—¡Niebla! —gritó Vicente otra vez.
Cristóbal esperó unos segundos antes de llevarse las manos a la boca.
—¡Niebla!
No hubo respuesta.
Una ráfaga de viento atravesó el jardín y levantó algunos pétalos chamuscados de los rosales.
Giraron en el aire por un instante, mezclados con pequeñas partículas de ceniza, y terminaron cayendo sobre el pasto mojado.
Algunos rosales habían quedado aplastados por las botas y las mangueras; otros seguían en pie, aunque con hojas oscuras y flores quemadas en los bordes.
Noelia levantó la cabeza y miró hacia la casa.
Ya casi no quedaba nada de aquel amarillo que podía distinguirse con claridad durante el día.
La fachada estaba empapada y oscura, las ventanas del primer piso parecían huecos negros y desde el segundo continuaban saliendo humo y vapor.
De vez en cuando aparecía un resplandor breve en algún sector del interior y enseguida una descarga de agua caía sobre él.
—Mi casa —dijo.
Osvaldo apretó los brazos alrededor de ella.
Noelia volvió a apoyar la frente contra su pecho, pero esta vez el llanto le sacudió los hombros.
—Nuestra casa, Osvaldo.
Él cerró los ojos.
No sabía qué decirle. Cualquier frase que intentara ofrecerle parecía demasiado pequeña frente a lo que tenían delante.
Vicente volvió corriendo.
—No aparece.
Osvaldo extendió un brazo y lo hizo acercarse.
Cristóbal también regresó desde el portón, con el rostro manchado de hollín y los ojos rojos por el humo y el cansancio.
Durante unos instantes quedaron los cuatro abrazados, amontonados torpemente en medio del jardín, mientras detrás de ellos los bomberos gritaban instrucciones y cambiaban la posición de una de las mangueras.
Osvaldo pasó una mano por el cabello de Vicente y luego apoyó la otra sobre la nuca de Cristóbal.
—No se separen de nosotros.
—Pero Niebla puede estar afuera —insistió Vicente—. Puede estar buscándonos.
—Lo vamos a buscar.
—¿Ahora?
Osvaldo miró hacia la calle, llena todavía de personas.
—En cuanto podamos.
Una mujer llamó a Noelia desde el portón.
—¡Noelia!
Ella levantó la cabeza.
La señora Elvira venía abriéndose paso entre la gente, acompañada por su marido. Llevaba un abrigo oscuro sobre un camisón, como si se hubiese vestido mientras salía de casa. Apenas cruzó el portón comenzó a llorar.
—¡Ay, mi niña!
Noelia se soltó de Osvaldo y caminó hacia ella.
Elvira la recibió con los brazos abiertos.
—Señora Elvira…
Noelia no pudo continuar. Se aferró a ella y volvió a llorar con una fuerza que parecía haber estado conteniendo desde que salió de la casa.
—Lo sé —repitió Elvira acariciándole el cabello—. Lo sé, mi niña.
Su marido llegó hasta los niños y les puso una mano en los hombros.
—¿Están bien?
Cristóbal asintió.
Vicente lo miró.
—Niebla se perdió.
El hombre bajó la cabeza hacia él.
—Capaz que se haya asustado y haya salido corriendo.
—Pero no sabemos si salió.
—Los perros encuentran por dónde escapar.
Vicente quiso creerle.
A pocos metros, Noelia continuaba abrazada a Elvira.
El agua había empapado parte de sus pies y el borde de la ropa con la que había salido de la casa, pero parecía no notarlo.
Elvira se separó apenas para mirarla y entonces vio las manchas negras sobre su cara, el cabello desordenado y las marcas rojizas que el humo había dejado alrededor de sus ojos.
—Gracias a Dios salieron.
Noelia miró hacia Cristóbal y Vicente.
—Estaban durmiendo.
—Pero salieron.
—Si Niebla no hubiera ladrado…
La frase se quebró antes de terminar.
Elvira le sostuvo el rostro entre las manos.
—No pienses en eso ahora.
Osvaldo se apartó del grupo cuando vio a uno de los bomberos salir desde el costado de la casa. El hombre llevaba el casco bajo el brazo y tenía la ropa completamente mojada. Osvaldo se acercó mientras el bombero bebía agua de una botella que otro compañero acababa de entregarle.
—Disculpe.
El hombre lo miró.
—¿Usted vive aquí?
—Nosotros sí. Pero había un perro en el primer piso.
El bombero cerró la botella.
—¿Lo vio salir?
Osvaldo negó con la cabeza.
—Estaba ladrando cuando despertamos. Después, cuando bajamos, ya no lo escuchamos. Lo llamamos, pero con el humo no se veía nada.
El hombre miró hacia la casa.
—Ahora no podemos revisar.
—¿Hay alguna posibilidad de que siga dentro?
El bombero tardó un poco en responder.
—Puede haber escapado. Con puertas y ventanas abiertas, un animal asustado busca cualquier salida.
Osvaldo volvió a mirar la fachada.
—Mis hijos quieren saber.
—Lo entiendo, pero todavía tenemos zonas muy calientes y parte de la estructura quedó inestable. No voy a mandar a nadie a revisar por un perro mientras exista riesgo de que algo se venga abajo.
Osvaldo asintió, aunque le costó apartar los ojos de la casa.
—¿Cuándo podrán entrar?
—Cuando amanezca, si ya está completamente frío y podemos revisar la estructura. Ahí buscamos.
—Por favor.
—Lo vamos a hacer.
Osvaldo le dio las gracias y regresó hacia los demás.
Vicente fue inmediatamente a su encuentro.
—¿Qué dijo?
Osvaldo se agachó frente a él.
—Que ahora no pueden entrar porque todavía es peligroso.
El niño apretó el chal alrededor de su cuerpo.
—¿Y si no está?
Osvaldo apoyó una mano sobre su hombro.
—Entonces significa que salió.
—¿Y cómo lo encontramos?
—Lo vamos a buscar por todo el barrio si hace falta.
Vicente bajó la mirada.
—Puede estar asustado.
—Seguramente está asustado.
—No le gusta el ruido.
Osvaldo recordó las bocinas del día anterior, la gente en las calles, las voces que habían mantenido al perro dentro de la casa durante toda la jornada.
—Ya lo sé.
Vicente se acercó y lo abrazó por el cuello.
Osvaldo permaneció agachado, sosteniéndolo, hasta que escuchó una voz conocida detrás.
—Osvaldo.
Se volvió.
Cavieres estaba junto al portón.
Llevaba un pantalón oscuro, una camisa mal abotonada bajo el abrigo y el cabello revuelto. Noelia también lo había visto y ninguno dijo nada. Cavieres contempló primero la casa, después a los niños y finalmente a Osvaldo.
Cruzó el jardín.
—Me avisaron hace un rato.
Osvaldo se puso de pie.
Cavieres llegó hasta él y lo abrazó.
Fue un abrazo breve pero fuerte, sin palabras. Cuando se separaron, miró hacia Noelia.
—¿Están todos bien?
—Sí —respondió Osvaldo—. Por suerte.
—¿Los niños?
—Respiraron humo, pero están bien.
Cavieres observó nuevamente la casa.
—Dios mío.
Noelia se acercó acompañada por Elvira.
—Hola, Cavieres.
Él tomó una de sus manos.
—Lo siento mucho, profesora.
Noelia asintió. La palabra volvió a golpearla de una manera extraña, como aquella tarde en que Cavieres había llevado a Andrés a su primera clase particular, aunque esta vez no consiguió sonreír.
—Gracias.
Durante unos minutos nadie supo qué agregar.
Los bomberos seguían entrando al jardín, aunque el movimiento comenzaba a disminuir.
El incendio estaba controlado y ahora se concentraban en revisar los sectores donde todavía salía humo.
La multitud también había empezado a dispersarse; algunas personas recogían las frazadas y los bolsos que habían dejado sobre las veredas, mientras otras permanecían observando en silencio.
Cavieres se dirigió a Cristóbal y Vicente.
—¿Dónde van a dormir?
La pregunta hizo que Noelia levantara la cabeza.
Osvaldo la miró.
Hasta ese momento ninguno de los dos había pensado realmente en ello.
Noelia volvió los ojos hacia la casa. Las ventanas estaban abiertas, parte del segundo piso había quedado destruida y el agua seguía cayendo desde el interior.
—No sé —respondió.
Elvira se adelantó.
—Pueden venir con nosotros.
Su marido asintió de inmediato.
—Nos acomodamos.
Antes de que Noelia pudiera responder, Cavieres habló.
—Mi casa está a cuatro cuadras. Tenemos espacio de sobra.
—No queremos molestar —dijo Osvaldo.
—¿Molestar?
—Son cuatro personas a esta hora.
Cavieres lo miró fijamente.
—Osvaldo, vivo con mi mamá en una casa donde sobran piezas. No seas idiota.
El marido de Elvira bajó la cabeza para disimular una sonrisa.
Cavieres continuó antes de que Osvaldo pudiera protestar.
—Hay camas, agua caliente y ropa. Mis sobrinos dejan de todo cuando van a quedarse. Los niños pueden dormir juntos si quieren y ustedes tienen una pieza.
Noelia se volvió hacia Elvira.
—Vayan —le dijo la mujer—. Los niños necesitan acostarse.
Vicente estaba apoyado contra su marido y apenas conseguía mantener los ojos abiertos. Cristóbal tampoco parecía tener fuerzas para discutir nada.
Osvaldo terminó asintiendo.
—Solo por esta noche.
Cavieres levantó una ceja.
—Mañana discutes conmigo cuánto tiempo. Hoy vienes.
Noelia volvió a mirar hacia la casa.
—No puedo irme todavía.
Nadie intentó obligarla.
Cruzó lentamente el jardín hasta acercarse a los rosales.
El agua corría entre sus zapatos y la tierra se había convertido en barro.
Se detuvo junto a uno de los arbustos más cercanos a la ventana del comedor.
Varias ramas estaban dobladas y las flores habían perdido pétalos por el calor y el agua, aunque una rosa amarilla permanecía todavía sujeta al tallo, oscurecida por uno de sus bordes.
Noelia extendió la mano y tocó apenas los pétalos mojados.
Elvira se quedó con los niños.
Osvaldo observó a Noelia durante unos segundos antes de acercarse.
Ella no se volvió cuando lo sintió detrás.
—No tenemos nada.
Osvaldo miró la casa.
La frase era cierta y al mismo tiempo no sabía cómo aceptarla.