Capítulo 41 #3
A mitad de la escalera ya apenas podían distinguir el comedor.
—¡Niebla! —gritó Vicente.
Cuando Osvaldo alcanzó el primer piso, vio que el fuego había tomado buena parte de la cocina. Las llamas se levantaban detrás del marco de la puerta y comenzaban a extenderse hacia el techo. El calor golpeaba el rostro y el humo hacía arder los ojos.
La salida principal estaba al otro extremo del comedor.
—Pegados a la pared —ordenó.
Avanzaron.
Cristóbal tosía detrás de él y Noelia lo empujaba suavemente para que continuara. A pocos metros, una de las cortinas comenzó a ennegrecerse por el calor.
—¡Niebla! —gritó Vicente.
Osvaldo llegó hasta la puerta principal y trató de abrirla.
No cedió.
—¡Osvaldo!
—Espera.
Volvió a intentarlo.
La madera se había hinchado o el pestillo estaba trabado. Empujó con el hombro mientras sostenía a Vicente con un brazo.
Osvaldo lo dejó en el suelo.
Golpeó la puerta con el pie.
El pestillo cedió.
La puerta se abrió de golpe y entró una corriente de aire que hizo que las llamas detrás de ellos se agitaran con violencia.
—¡Afuera!
Cristóbal salió primero.
Noelia empujó a Vicente hacia el jardín y cruzó detrás de él.
Osvaldo se volvió.
—¡Niebla! —gritó.
Osvaldo salió y cerró parcialmente la puerta detrás de sí, aunque ya no tenía sentido. El humo escapaba por las ventanas y el resplandor de la cocina comenzaba a reflejarse sobre los vidrios del comedor.
Los cuatro quedaron en medio del jardín, tosiendo, sin comprender todavía que estaban afuera.
Entonces comenzaron los gritos desde la calle.
—¡Se está quemando una casa!
—¡Llamen a los bomberos!
—¡Hay gente adentro!
Personas que caminaban hacia las plazas y los lugares de concentración se habían detenido frente al portón. Algunos dejaron bolsas y frazadas en el suelo. Un hombre corrió hasta una casa vecina para buscar un teléfono y otro intentó acercarse con una manguera de jardín.
Noelia abrazó a Vicente y a Cristóbal al mismo tiempo.
—¿Están bien?
Cristóbal tosió.
—Sí.
—Mírame.
Le tomó el rostro entre las manos.
—¿Te quemaste?
—No.
Después hizo lo mismo con Vicente.
—¿Y tú?
El niño negó con la cabeza, pero lloraba.
—Niebla.
Osvaldo miró hacia la casa.
El fuego había alcanzado una de las ventanas de la cocina. El vidrio estalló hacia afuera y varias personas retrocedieron al mismo tiempo.
—¡Aléjense! —gritó alguien.
Osvaldo tomó a Noelia por el brazo.
—Más atrás.
Cruzaron el portón.
La calle estaba llena.
No solamente de vecinos. Había personas que no conocían, visitantes que habían llegado a Puerto Ceniza para la jornada del día siguiente y que ahora se detenían frente a la Casa Amarilla.
Una mujer se quitó un chal y se lo puso sobre los hombros a Vicente.
—Toma, mi niño.
Noelia intentó agradecerle, pero la tos no la dejó hablar.
A lo lejos comenzó a escucharse una sirena.
Después otra.
El sonido se acercaba con dificultad entre bocinas y motores. Algunas personas comenzaron a apartarse de la calle mientras otras gritaban que dejaran espacio.
—¡Corran los autos!
—¡Vienen los bomberos!
La primera máquina apareció al final de la cuadra.
Avanzó lentamente entre los vehículos hasta que consiguió detenerse frente a la casa. Los bomberos bajaron casi antes de que terminara de hacerlo. Arrastraron mangueras, apartaron a la gente y comenzaron a preguntar si quedaba alguien dentro.
—¡No! —gritó Osvaldo—. Salimos todos.
Noelia lo miró.
—Niebla.
Él volvió hacia el bombero.
—Había un perro, pero…
El hombre asintió y siguió dando instrucciones.
Otra ventana estalló.
Esta vez las llamas comenzaron a verse desde el comedor.
El agua golpeó la fachada con un estruendo y después desapareció atravesando una de las ventanas. Una segunda manguera fue extendida hacia el costado de la casa, mientras varios bomberos entraban por el jardín.
Los rosales se doblaban bajo el paso de las botas y el agua comenzaba a correr por el sendero.
Vicente lloró con más fuerza.
—Mis cosas están adentro.
Noelia lo apretó contra ella.
Cristóbal no decía nada.
Miraba la casa.
Osvaldo se acercó y puso una mano sobre su hombro.
El muchacho levantó los ojos.
—¿Dónde está Niebla?
Osvaldo miró hacia las llamas.
No pudo responder.
La sirena de otra máquina llenó la calle. Alguien gritó que se apartaran todavía más y un bombero corrió cargando una herramienta hacia la parte posterior.
Noelia buscó la mano de Osvaldo.
Él la encontró sin apartar los ojos de la casa.
Allí dentro estaban los libros de Noelia, las fotografías, las caracolas, los cuadernos de los niños, la ropa que habían preparado para la mañana siguiente y la bolsa que había dejado junto a una silla para llevar a la cabaña.
Pero ninguno se movió hacia el portón.
El fuego ya había tomado el segundo piso.
Cristóbal se acercó a su madre y Vicente quedó entre ella y Osvaldo, envuelto todavía en el chal de la desconocida.
Los cuatro permanecieron juntos en medio del jardín mientras el agua caía sobre la Casa Amarilla.
A su alrededor continuaban los gritos, las órdenes de los bomberos y el murmullo de decenas de personas que observaban desde las veredas.
Noelia lloró.