Mi última plegaria antes de ti Capítulo 41 #2
94%

Capítulo 41 #2

—Estoy intentando que lleguen vivos a la noche.

—Eso va a ser más difícil.

Durante la tarde prepararon algunas cosas sin demasiado orden. Noelia dejó una bolsa sobre una silla para guardar comida a la mañana siguiente, mientras Cristóbal insistía en que debían llevar una pelota y Vicente apareció con dos juguetes, una frazada y el barco de madera.

Niebla seguía dentro de la casa. Cada cierto tiempo se acercaba a las ventanas y observaba el movimiento de la calle, pero ya no ladraba con la misma frecuencia. Parecía haberse acostumbrado, al menos en parte, a las bocinas y a las voces.

Alrededor de las seis, Noelia abrió una ventana unos centímetros para dejar entrar aire.

Un automóvil avanzó lentamente por la calle porque varias personas caminaban ocupando parte de la calzada.

Noelia cerró un poco la ventana.

Detrás de ella, la música seguía sonando.

Osvaldo estaba sentado en el suelo con los niños, tratando de explicarles un juego de cartas que ninguno de los dos parecía dispuesto a aprender siguiendo las reglas.

—Eso no vale —protestó Cristóbal.

—Sí vale.

—Lo acabas de inventar.

—Las reglas las estoy explicando yo.

Osvaldo lo miró.

—Así no funcionan los juegos.

Niebla dormía cerca de ellos, ajeno por fin al ruido exterior.

* * *

La tarde fue pasando sin que hicieran mucho más.

Afuera, el movimiento no disminuyó; de vez en cuando llegaban voces desde la calle, motores que avanzaban con dificultad y alguna bocina que conseguía que Niebla levantara la cabeza antes de convencerse de que no valía la pena abandonar su lugar junto a la mesa.

Cuando comenzó a oscurecer, Noelia encendió una lámpara y recogió las cartas que habían quedado desperdigadas en el suelo.

Los niños volvieron a hablar de la cabaña mientras ella preparaba algo ligero para comer.

Vicente quería saber a qué hora tendrían que levantarse, Cristóbal calculaba cuánto demoraría el viaje y Osvaldo intentaba responder sin comprometerse con un horario que todavía dependía de los cortes anunciados para la mañana siguiente.

—Si salimos temprano, mejor. Antes de que empiecen a cerrar las calles.

—¿Qué es temprano? —preguntó Vicente.

—Temprano.

—Eso no es una hora.

—Siete y media.

Vicente hizo una mueca.

—Eso es demasiado temprano.

—Hace cinco minutos querías ir.

—Quiero ir, pero después de dormir.

Noelia sonrió desde la cocina.

—Entonces acuéstate temprano.

El niño pareció comprender demasiado tarde que había caído en una trampa.

Después de comer dejaron algunas cosas preparadas para la mañana.

Noelia guardó pan, una botella con agua y un paquete de galletas en una bolsa, aunque decidió que terminaría de organizarla al levantarse.

Cristóbal dejó la pelota junto a la puerta y Vicente consiguió autorización para llevar el barco de madera, después de prometer que sería él quien lo cargaría durante todo el viaje.

En algún momento volvieron a encender la radio, pero bastaron pocos minutos para encontrarse nuevamente con una entrevista sobre la visita.

Hablaban de los lugares donde se instalarían los asistentes, de la hora en que comenzarían los cierres y de las delegaciones que seguían llegando desde otras ciudades.

Noelia bajó el volumen.

—Mañana, cuando salgamos, esto queda aquí.

—En la cabaña casi no se escucha la radio —dijo Osvaldo.

—Mejor.

Cristóbal levantó la mirada.

—¿No hay televisión?

—No.

—¿Nada?

—Hay árboles.

—Eso no es lo mismo.

—También hay mar.

Vicente intervino enseguida.

—Entonces yo prefiero el mar.

—Tú preferirías cualquier cosa donde puedas mojarte —dijo Noelia.

A eso de las nueve, el cansancio comenzó a imponerse.

Los niños subieron después de que Noelia les recordara dos veces que debían dejar preparada la ropa para la mañana siguiente.

Niebla intentó seguirlos, pero se quedó a mitad de la escalera al escuchar otra bocina en la calle y terminó regresando al primer piso.

—Déjalo abajo —dijo Osvaldo—. Está más tranquilo ahí.

Noelia miró al perro, que ya buscaba dónde echarse.

—Mientras no se le ocurra ladrar toda la noche.

Niebla se acomodó cerca de la entrada del comedor, apoyó el hocico entre las patas y cerró los ojos.

Noelia y Osvaldo permanecieron un rato más abajo.

Recogieron los últimos platos, revisaron que la puerta del jardín estuviera cerrada y dejaron la bolsa para la cabaña junto a una silla.

Afuera todavía pasaban grupos de personas; algunos hablaban en voz alta y otros caminaban cargando frazadas hacia el centro.

Una pareja se detuvo unos segundos frente al portón para consultar una dirección y luego continuó hacia la plaza.

—Van a dormir allá —comentó Noelia cuando cerró la cortina.

—Eso parece.

—Ojalá no llueva.

Osvaldo miró hacia la ventana.

—No anunciaron lluvia.

—Mejor para ellos.

Subieron poco después de las diez.

La Casa Amarilla fue quedándose en silencio a medida que cada uno encontró su lugar. Cristóbal todavía habló algunos minutos desde su pieza y Vicente le respondió desde la otra hasta que Noelia tuvo que recordarles que al día siguiente querían levantarse temprano.

Después ya no se escuchó nada.

Afuera, Puerto Ceniza continuó despierto.

De vez en cuando el ruido de un vehículo atravesaba la calle o llegaban voces desde alguna esquina, pero dentro de la casa todo había adquirido la quietud de cualquier otra noche.

A las once y cuarenta y cinco, Niebla comenzó a ladrar.

Osvaldo abrió los ojos.

Durante unos segundos permaneció inmóvil, tratando de distinguir si el sonido formaba parte de un sueño. A su lado, Noelia se movió entre las sábanas.

El perro volvió a ladrar.

Esta vez fueron tres ladridos secos, seguidos de un gruñido.

Noelia se incorporó.

—¿Qué pasa?

Osvaldo ya estaba sentado en la cama.

—No sé.

Niebla ladró otra vez desde el primer piso.

Los dos se miraron.

Después de todo el movimiento que había habido durante el día, la primera idea llegó casi al mismo tiempo.

—¿Entró alguien? —susurró Noelia.

Osvaldo se levantó y buscó el pantalón que había dejado sobre una silla.

—Quédate aquí.

—Osvaldo…

—Voy a mirar.

Se puso el pantalón sin terminar de abrocharlo y abrió la puerta del dormitorio.

El corredor estaba oscuro.

Niebla seguía ladrando abajo, pero ahora entre los ladridos se escuchaba un ruido distinto, irregular, parecido al crujido de madera.

Osvaldo avanzó hacia la escalera.

—¿Quién anda ahí?

No hubo respuesta.

Dio otro paso.

Entonces percibió el olor.

Se detuvo.

No era el olor de la chimenea ni el de algo quemándose en una olla. Era más áspero, más denso, y aumentaba con cada respiración.

—Noelia.

Ella ya estaba detrás de él.

—¿Qué pasa?

Antes de que Osvaldo pudiera responder, una nube de humo apareció desde el hueco de la escalera y comenzó a extenderse por el corredor.

Noelia se llevó una mano a la boca.

—Dios mío.

Abajo, Niebla comenzó a ladrar desesperadamente.

Osvaldo bajó dos peldaños y alcanzó a ver un resplandor anaranjado que se movía en dirección a la cocina. El humo cubría parte del comedor y, detrás de él, las llamas trepaban por uno de los costados de la pared.

—¡Fuego!

La palabra salió con tanta fuerza que despertó a los niños.

Una puerta se abrió.

—¿Mamá? —gritó Cristóbal.

Osvaldo se volvió.

—¡No bajen!

Noelia corrió hacia las habitaciones mientras él subía nuevamente.

El humo avanzaba rápido por la escalera. En pocos segundos había dejado de ser una nube baja y comenzaba a ocupar el corredor, entrando en los dormitorios.

Cristóbal apareció en la puerta tosiendo.

—¿Qué pasa?

Noelia lo tomó por los hombros.

—Hay fuego abajo. Ponte los zapatos.

—¿Dónde está Vicente?

Noelia miró hacia la otra habitación.

—¡Vicente!

No hubo respuesta.

Osvaldo llegó primero.

Entró y encontró al niño sentado en la cama, desorientado, todavía intentando comprender por qué todos gritaban.

—Levántate.

—¿Qué pasa?

—Ven conmigo.

Vicente vio el humo detrás de él y abrió los ojos.

Osvaldo lo levantó prácticamente en brazos.

Desde abajo llegó un golpe seguido por un estallido. Y las llamas iluminaron durante un instante el hueco de la escalera.

Noelia apareció con Cristóbal.

El muchacho llevaba los zapatos puestos a medias y se cubría la boca con una manga.

—No veo —dijo.

El humo ya alcanzaba el segundo piso.

—Agáchense —ordenó Osvaldo—. Noelia, quédate detrás de mí.

—¿Y Niebla?

El perro ya no ladraba.

—Está en el primer piso.

—¡Niebla!

Noelia se acercó a la escalera.

Osvaldo la sujetó del brazo.

—Primero los niños.

El tono de su voz hizo que ella se detuviera.

Osvaldo bajó llevando a Vicente contra el pecho. Cada peldaño los acercaba al humo más espeso y al calor que comenzaba a subir desde la cocina. Cristóbal venía detrás, inclinado, mientras Noelia mantenía una mano sobre su espalda.