Capítulo 41
Capítulo
Desde temprano, Puerto Ceniza parecía otra ciudad.
Las primeras bocinas comenzaron antes de las ocho y, a medida que avanzaba la mañana, el ruido fue aumentando.
Automóviles, camionetas y buses atravesaban las calles cargados de personas que llegaban desde pueblos y ciudades cercanas.
En las ventanas de algunas casas colgaban banderas chilenas y, junto a ellas, banderas blancas y amarillas del Vaticano que se movían con el viento.
También habían aparecido en negocios, postes y balcones, mientras cuadrillas municipales terminaban de instalar vallas en las avenidas por donde al día siguiente circularía la comitiva.
Las clases estaban suspendidas en todo Puerto Ceniza y buena parte de los comercios y oficinas tampoco abriría con normalidad.
Desde la tarde anterior se habían anunciado cortes de calles, desvíos y restricciones para ingresar al centro.
Algunos buses ya no llegaban hasta sus terminales habituales y dejaban a los pasajeros en las afueras, desde donde continuaban a pie cargando bolsos, frazadas y termos.
La radio llevaba horas hablando únicamente de la visita.
Noelia la escuchaba desde la cocina mientras preparaba el desayuno.
Una voz masculina describía la cantidad de personas que se esperaba recibir durante las siguientes veinticuatro horas.
Después habló una autoridad municipal, luego un encargado de seguridad y más tarde una mujer de alguna comisión organizadora que recomendaba llegar con varias horas de anticipación a los sectores habilitados.
Cristóbal estaba sentado frente a la mesa con una marraqueta abierta entre las manos.
—¿Cuánta gente viene?
Noelia dejó una taza frente a él.
—La suficiente para que no salgamos de la casa.
Vicente miró hacia la ventana.
—Afuera hay más gente que ayer.
—Y mañana habrá más todavía —dijo Osvaldo.
Estaba sentado junto a la ventana, con una taza de café entre las manos.
Por primera vez en varias semanas no había tenido que levantarse antes que los demás para alcanzar el bus hacia la ferretería.
Sergio había decidido mantener cerrado el local durante el viernes y el sábado; el movimiento en las calles, los cortes de tránsito y las restricciones hacían inútil intentar trabajar con normalidad.
Niebla permanecía echado debajo de la mesa.
Cada vez que una bocina sonaba demasiado cerca levantaba la cabeza, movía las orejas y miraba hacia la puerta.
Durante la mañana habían intentado dejarlo un rato en el jardín, pero después de que un grupo numeroso pasara frente a la casa cantando y agitando banderas, el perro había empezado a ladrar sin parar y Noelia terminó haciéndolo entrar.
—Hoy te quedas adentro —le dijo, empujándole suavemente el hocico cuando trató de acercarse a su plato.
Niebla dejó escapar un suspiro y volvió a instalarse bajo la mesa.
En la radio, el entrevistador preguntaba por los lugares donde pasarían la noche quienes habían llegado sin alojamiento.
—Se han habilitado algunos recintos —respondió el hombre—, pero también hay personas instalándose en plazas y espacios públicos. Estamos pidiendo colaboración y, sobre todo, que se respeten las vías de emergencia.
Cristóbal dejó de comer.
—¿Van a dormir en las plazas?
—Algunos parece que sí —respondió Noelia.
Vicente se mostró impresionado.
—¿Con frío?
—Con frazadas, supongo.
—Yo no dormiría en una plaza.
Noelia dejó una fuente con pan sobre la mesa.
—Coman.
La radio pasó directamente a otro entrevistado.
Esta vez era una autoridad eclesiástica que hablaba de la importancia histórica de la visita, de la preparación espiritual de la comunidad y de la oportunidad que significaba para Puerto Ceniza recibir al Santo Padre.
Osvaldo continuó tomando café sin hacer ningún comentario.
Noelia lo observó apenas.
Meses antes, cada noticia relacionada con aquella visita había tenido alguna consecuencia sobre ellos.
Había reuniones, decisiones, llamadas, advertencias.
Ahora la voz del sacerdote llegaba desde la radio como cualquier otra voz, mezclada con el sonido de las cucharas y con Vicente intentando convencer a Cristóbal de que podía comerse otra marraqueta aunque todavía no hubiera terminado la primera.
Cuando terminaron de desayunar, Noelia recogió las tazas y apagó la radio.
El silencio duró menos de un minuto.
Desde la calle llegó una nueva bocina y después varias voces que se alejaron hacia el centro.
—Es peor sin la radio —dijo Cristóbal.
Noelia lo pensó.
—Puede ser.
Encendió nuevamente el aparato, pero esta vez buscó otra estación.
Encontró música.
—Mucho mejor.
A media mañana, Osvaldo salió hasta el portón con Cristóbal para observar el movimiento de la calle.
No llegaron más lejos. Había grupos caminando en ambas direcciones, algunos cargando bolsos y otros llevando pequeñas banderas.
Un bus se detuvo a media cuadra y bajaron de él varias personas con mantas enrolladas sobre los hombros.
Niebla los observaba desde una ventana.
Cuando una motocicleta pasó haciendo sonar la bocina, comenzó a ladrar.
—Tranquilo —dijo Vicente, abrazándolo por el cuello.
El perro continuó mirando hacia afuera.
—Está asustado.
—No está acostumbrado a tanta gente —respondió Noelia.
Por eso decidieron mantenerlo dentro durante el resto del día.
El jardín, que normalmente era suyo, había quedado demasiado cerca de aquel movimiento constante.
Cada vez que alguien gritaba desde la calle corría hacia el portón y se ponía a ladrar, y Noelia temía que terminara escapándose detrás de algún grupo.
Poco antes del mediodía encendieron el televisor.
Cristóbal había insistido porque quería ver dónde estaba el Papa.
La imagen tardó en estabilizarse y Osvaldo tuvo que mover ligeramente la antena.
Después de algunos segundos apareció una transmisión especial.
El Papa estaba en otra ciudad, rodeado de personas, autoridades y sacerdotes.
La cámara mostraba calles llenas, gente extendiendo los brazos y niños agitando banderas.
Vicente se sentó en el suelo.
—¿Ese es?
—Ese es —respondió Osvaldo.
—Pensé que era más alto.
Noelia, que iba entrando hacia la cocina, se volvió.
—¿Cómo sabes cuánto mide?
Vicente siguió mirando la pantalla.
Un periodista explicaba el itinerario de la jornada y recordaba que la llegada a Puerto Ceniza se produciría al día siguiente durante la tarde.
Después apareció una entrevista con otra autoridad.
Noelia se quedó escuchando unos segundos.
El hombre habló de organización, seguridad, recorridos, horarios y nuevamente de la importancia histórica de la visita.
Cuando comenzaron a repetir imágenes que ya habían mostrado, Noelia se acercó al televisor.
—Ya.
Lo apagó.
Cristóbal protestó.
—Estaba viendo.
—Llevamos toda la mañana escuchando hablar del mismo tema.
—Pero ahora lo estábamos viendo.
—Peor todavía.
Osvaldo sonrió.
—Tu mamá ha decretado suspensión papal dentro de la casa.
Noelia lo miró.
—Exactamente.
Encendió el radiocasete y buscó uno de sus casetes.
La música llenó el comedor.
Niebla levantó la cabeza desde su rincón y volvió a apoyarla sobre las patas.
—Ahora sí —dijo Noelia.
Había decidido preparar fideos con carne para el almuerzo. Puso agua en una olla grande y comenzó a cortar cebolla mientras Osvaldo aparecía detrás de ella con las mangas de la camisa dobladas.
—¿Qué hago?
—Puedes poner la mesa.
Cristóbal y Vicente terminaron ayudándolo después de que Noelia amenazara con apagar también la música si continuaban discutiendo por una pelota dentro de la casa.
A la una y media estaban los cuatro alrededor de la mesa.
Niebla se había instalado nuevamente debajo.
El olor de la carne y la salsa había conseguido que olvidara durante algunos minutos todo lo que ocurría en la calle.
Vicente enrolló una cantidad excesiva de fideos alrededor del tenedor.
—Mañana va a estar peor, ¿cierto?
Osvaldo levantó la vista.
—Mucho peor.
—¿Vamos a salir?
La pregunta quedó unos segundos sobre la mesa.
Noelia miró a Osvaldo.
Él terminó de masticar antes de responder.
—Podríamos salir temprano.
—¿Adónde? —preguntó Cristóbal.
Osvaldo apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—A la cabaña de mis padres.
Los niños reaccionaron al mismo tiempo.
—¿Qué cabaña?
Noelia sonrió.
Cristóbal fue más rápido.
—¿Dónde queda?
Osvaldo les explicó que estaba fuera de Puerto Ceniza, suficientemente lejos del centro y de las principales rutas que se cerrarían durante la visita.
—¿Tiene playa? —preguntó Vicente.
—Cerca.
—¿Puede ir Niebla?
El perro levantó la cabeza al escuchar su nombre.
—Claro que puede ir.
Vicente pareció considerar resuelto todo lo demás.
Noelia tomó un poco de agua.
—¿Quieres ir mañana precisamente?
Osvaldo la miró.
—Si salimos temprano podemos estar afuera antes de que empiecen los cortes grandes. El Papa llega por la tarde.
Desde la calle llegó otra bocina y, poco después, un grupo comenzó a cantar mientras caminaba frente a la casa. Niebla salió de debajo de la mesa y se dirigió hacia la puerta.
Osvaldo lo siguió con los ojos.
—He pasado casi un año escuchando hablar de esta visita.
Noelia esperó.
—Mañana quiero levantarme, tomar a los niños, llevar a Niebla y pasar el día con ustedes en otra parte. Sin radio, sin horarios, sin gente preguntando dónde está el Papa o a qué hora llega.
Vicente dejó el tenedor.
—Yo no he preguntado eso.
Cristóbal le dio un golpe suave con el codo.
—No está hablando de ti.
Osvaldo sonrió.
Noelia también.
—Entonces vamos.
Vicente levantó ambos brazos.
—¡Sí!
Niebla comenzó a ladrar junto a la puerta, probablemente convencido de que la celebración tenía alguna relación con él.
—Y tú también —le dijo Vicente.
Después del almuerzo, la idea de la cabaña terminó ocupando a los niños mucho más que la llegada papal.
Querían saber si había camas, si podían bañarse, si había árboles, si Osvaldo había pescado alguna vez allí y cuánto demoraba el viaje. Él contestó lo que pudo mientras ayudaba a Noelia a retirar la mesa.
—No les cuentes todo —dijo ella—. Déjales algo para mañana.