Capítulo 40
Capítulo
Poco antes de las dos de la tarde, Noelia terminó de retirar de la mesa las tazas del almuerzo y volvió a comprobar que tuviera todo preparado.
Había dejado tres cuadernos, varias hojas, lápices y dos libros abiertos junto a una carpeta donde guardaba los ejercicios que había preparado durante la semana. En uno de los extremos de la mesa había colocado también una jarra con agua y cuatro vasos.
Osvaldo apareció desde la cocina llevando el último plato.
—¿Algo más?
Noelia recorrió el comedor con la mirada.
—Creo que no.
Él dejó el plato junto al lavaplatos y volvió hacia ella.
—Son tres estudiantes, Noelia. No viene el Ministerio de Educación.
Ella lo miró.
—Precisamente por eso quiero que salga bien.
Desde el jardín llegó un ladrido, seguido por la voz de Vicente.
—¡Niebla, suelta eso!
Osvaldo se acercó a la ventana.
—Eso sí puede ser un problema.
Noelia se situó a su lado.
Cristóbal corría detrás del perro mientras Vicente intentaba quitarle una pelota que Niebla sostenía entre los dientes.
—Habías dicho que te ocuparías de ellos.
—Y pienso hacerlo.
—Lejos.
Osvaldo volvió el rostro.
—¿Qué significa lejos?
—Que yo no escuche a Vicente gritando cada treinta segundos y que Niebla no aparezca debajo de la mesa en mitad de una explicación.
—Eso limita bastante nuestras posibilidades.
Noelia sonrió.
—Invéntate algo.
Osvaldo se acercó y le apoyó las manos sobre la cintura.
—Estás nerviosa.
—No estoy nerviosa.
Ella bajó la vista hacia los cuadernos.
Habían pasado casi tres semanas desde aquella mañana en que volvió del colegio con la notificación doblada dentro de la cartera.
Durante los primeros días había hablado con algunas antiguas apoderadas, dejado pequeños avisos en dos almacenes y comentado a conocidos que comenzaría a recibir estudiantes que necesitaran reforzamiento.
Los primeros llamados habían tardado en llegar.
Después apareció una madre de una población cercana preguntando si podía ayudar a su hija.
Otra mujer se enteró por ella y consultó por su hijo.
Cavieres, de una manera que Noelia no esperaba, le había mencionado que uno de sus sobrinos estaba teniendo dificultades y necesitaba prepararse mejor para las evaluaciones del primer semestre.
Aquella tarde sería la primera vez que trabajaría con los tres al mismo tiempo.
Noelia acomodó una de las hojas.
—Hace años que hago clases.
—Está bien.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
Antes de que Osvaldo pudiera responder, escucharon el sonido del portón.
Niebla fue el primero en reaccionar y atravesó el jardín ladrando.
—Ahí tienes tu primera tarea —dijo Noelia.
Osvaldo salió detrás del perro.
Noelia se alisó la falda casi por reflejo y caminó hacia la puerta.
Cavieres estaba al otro lado del portón acompañado por un muchacho alto y delgado que sostenía un cuaderno contra el pecho. Debía de tener unos quince años. Llevaba el cabello demasiado largo sobre la frente y parecía interesado en cualquier cosa menos en haber llegado allí.
Osvaldo sujetó a Niebla por el collar mientras abría.
—Si sigue ladrando así, va a terminar dando él las clases —dijo Cavieres.
—Y cobrando por adelantado —respondió Osvaldo.
Noelia se acercó.
—Hola, Cavieres.
—Profesora.
Hacía tiempo que nadie relacionado con la parroquia la llamaba de esa manera y la palabra le produjo una sensación extraña, aunque agradable.
Cavieres puso una mano sobre el hombro del muchacho.
—Él es Andrés, mi sobrino.
—Hola, Andrés.
—Buenas tardes.
—Mi hermana dice que está flojo —continuó Cavieres.
El muchacho levantó inmediatamente la cabeza.
—No estoy flojo.
—Entonces estás teniendo dificultades con mucho entusiasmo.
Noelia disimuló una sonrisa.
—Vamos a ver qué necesita reforzar. Para eso estamos.
—Aquí trae algunas pruebas del año pasado y lo que les han pasado estas semanas. Su mamá trabaja hoy, por eso lo traje yo.
—Perfecto.
Cavieres miró hacia el interior de la casa y después nuevamente a Noelia.
—Me alegra que esté haciendo esto.
Noelia sostuvo su mirada.
—A mí también.
Cavieres dio una pequeña palmada en la espalda de su sobrino.
—Paso a buscarte a las cuatro.
—Puedo volver solo.
—Tu mamá dijo que te buscara.
—Tengo quince años.
—Y yo tengo instrucciones.
Andrés puso los ojos en blanco.
—A las cuatro —repitió Cavieres.
Se despidió y regresó hacia la calle.
Pocos minutos después llegaron los otros dos estudiantes, una muchacha llamada Andrea y un joven algo menor que ella, Pablo. Vivían en una población situada hacia el sector norte de Puerto Ceniza y habían llegado juntos caminando.
Cuando los tres estuvieron instalados alrededor de la mesa, Noelia dejó de prestar atención al jardín.
Osvaldo apareció un momento en la puerta.
—Nosotros nos vamos afuera.
Vicente asomó la cabeza por detrás de él.
—¿Hasta las cuatro?
—Hasta las cuatro.
—¿Y qué vamos a hacer?
Osvaldo lo miró.
—Algo que no incluya gritar junto a la ventana.
Cristóbal apareció con la pelota debajo del brazo.
—Podemos jugar atrás.
—Eso mismo.
Niebla intentó entrar al comedor, pero Osvaldo lo interceptó.
—Tú también tienes clases.
El perro movió la cola.
—Pero afuera.
Noelia negó con la cabeza, divertida, y cerró parcialmente la puerta.
Después se volvió hacia los estudiantes.
—Bien. Antes de empezar quiero saber una cosa: ¿qué es lo que más les cuesta?
Andrés miró a Pablo.
Pablo miró a Andrea.
—Perfecto. Ya tenemos una primera dificultad.
Los tres la miraron.
—Escuchar lo que pregunta la profesora.
Andrea rió y Andrés bajó la cabeza para esconder la suya.
A partir de ahí todo comenzó a resultar más fácil.
Noelia revisó primero las pruebas que habían llevado, después les entregó un texto breve y les pidió que lo leyeran sin preocuparse todavía por las preguntas.
Durante los primeros minutos Andrés se movió constantemente en la silla y Pablo respondía apenas con monosílabos, pero poco a poco fueron participando.
Noelia caminaba alrededor de la mesa mientras explicaba, se detenía junto a alguno de ellos cuando encontraba una respuesta incompleta y volvía a formular la pregunta de otra manera hasta que conseguían llegar solos a lo que buscaban.
Desde el jardín llegó una carcajada de Vicente.
Después otra de Osvaldo.
Los estudiantes levantaron la cabeza cuando Niebla apareció corriendo frente a la ventana con la pelota en la boca y Cristóbal detrás.
Noelia esperó hasta que desaparecieron.
—En esta casa hay algunos problemas de concentración que todavía no he conseguido resolver.
Pablo sonrió por primera vez desde que había llegado.
La clase continuó.
Cerca de las tres, Noelia ya había olvidado completamente los nervios de la mañana.
Había llenado varias hojas con ejemplos, corregido ejercicios y descubierto que Andrés entendía mucho más de lo que sus notas hacían pensar, pero se apresuraba tanto al leer que terminaba respondiendo antes de comprender las preguntas.
A las cuatro menos algunos minutos, Noelia les entregó algunos ejercicios para la semana y anotó en cada cuaderno lo que debían revisar antes del sábado siguiente. Cuando terminaron de guardar sus cosas, se escuchó nuevamente el portón.
Cavieres había regresado.
Osvaldo apareció desde el jardín con el cabello revuelto y una mancha de tierra en una de las rodillas del pantalón. Detrás venían Cristóbal, Vicente y Niebla, los cuatro con aspecto de haber aprovechado bastante bien las dos horas.
Noelia salió a recibir a Cavieres mientras Andrés terminaba de guardar sus cosas.
—¿Sobrevivió? —preguntó él.
—Perfectamente.
—No pregunto por él. Pregunto por usted.
Noelia sonrió.
—También.
Andrés apareció junto a ellos.
—La próxima semana tienes que traer las pruebas que te faltaron —le recordó Noelia.
—Sí, profesora.
Andrea y Pablo se despidieron y emprendieron juntos el camino hacia la población. Cavieres salió con su sobrino poco después.
Cuando el portón volvió a cerrarse, la Casa Amarilla quedó repentinamente silenciosa.
Noelia regresó al comedor.
Había lápices fuera de lugar, restos de goma sobre la mesa y tres vasos usados junto a la jarra.
Osvaldo se quedó en la puerta observándola.
—¿Y?
Noelia comenzó a juntar las hojas.
—Bien.
—¿Solo bien?
Ella intentó ordenar los cuadernos, pero terminó sonriendo.
—Muy bien.
Osvaldo entró.
—Entonces el próximo sábado tengo que volver a desaparecer con los niños.
—A las dos.
—¿Dos horas?
—Dos horas.
Desde el jardín, Vicente gritó:
—¡Niebla se llevó la pelota otra vez!
Osvaldo cerró los ojos.
Noelia rió.
—Tu clase todavía no termina.
Él volvió hacia la puerta, aunque antes de salir se detuvo.
—Te queda bien.
Noelia levantó la mirada.
—¿Qué cosa?
Osvaldo señaló la mesa, los cuadernos y las hojas todavía extendidas.
—Esto.
Después miró el lugar donde habían estado sentados los tres estudiantes, pasó una mano sobre la mesa y comenzó a ordenar las hojas para la semana siguiente.