Mi última plegaria antes de ti Capítulo 39 #3
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Capítulo 39 #3

—Le recomiendo que se la lleve. Puede necesitarla.

Ella sostuvo su mirada.

—Necesitaba mi trabajo.

Salgado retiró lentamente la mano del sobre.

—Lo siento.

Noelia tomó la notificación, la dobló y la guardó dentro de la cartera, junto a la libreta que había llevado para anotar horarios que ya no existirían.

Después se puso de pie.

Salgado hizo lo mismo.

—Noelia.

Ella se acomodó la cartera sobre el hombro.

—No quiero que me diga otra vez que esto no tiene que ver con mi capacidad como profesora. Ya lo entendí.

Él permaneció inmóvil detrás del escritorio.

Ella caminó hacia la puerta.

Antes de abrirla escuchó nuevamente las voces de los niños en alguna de las salas cercanas. Un profesor pidió silencio; después varios alumnos respondieron algo al mismo tiempo.

Noelia sostuvo el picaporte.

La semana siguiente había imaginado estar al otro lado de una de aquellas puertas.

Salgado la llamó antes de que saliera.

—De verdad lamento que termine así.

—Ustedes decidieron terminarlo de esta manera.

Y salió de la oficina.

Noelia atravesó el corredor sin detenerse.

Algunas voces llegaban desde las salas y, al pasar frente al patio, vio a dos profesores acomodando a un grupo de niños junto a una de las galerías. Todo continuaba con la misma normalidad de unos minutos antes, como si nada hubiera ocurrido dentro de la oficina de Salgado.

Una auxiliar que caminaba en dirección contraria la saludó.

—Hasta luego, profesora.

Noelia respondió con una leve inclinación de cabeza y siguió hacia la salida.

Al cruzar el portón sintió por primera vez que no quería regresar todavía a la Casa Amarilla. Necesitaba caminar, alejarse un poco del colegio y de aquellas voces que seguían llegando desde las salas.

Tomó una calle lateral y, después de algunas cuadras, llegó hasta la plaza.

A esa hora había poca gente. Una mujer empujaba un coche cerca de la fuente y un hombre mayor leía el diario bajo la sombra de un árbol. Noelia encontró una banca apartada y se sentó con la cartera sobre las piernas.

Durante unos minutos permaneció mirando hacia ninguna parte.

Después abrió la cartera y sacó la notificación.

La leyó nuevamente.

Las palabras seguían siendo las mismas: reorganización, necesidades institucionales, término de funciones. Ninguna hablaba de sus alumnos, de sus años en el colegio ni de las veces que había preparado clases hasta tarde o comprado materiales para algún estudiante que llegaba sin ellos.

Las lágrimas comenzaron a correrle por las mejillas.

Noelia dobló la carta y volvió a guardarla.

Un perro pequeño apareció junto a uno de los senderos. Tenía el pelo gris y desordenado y una de las orejas ligeramente levantada. Se acercó con cautela, olfateó cerca de sus zapatos y terminó sentándose a pocos pasos de ella.

Noelia lo miró.

—No tengo nada para darte.

El perro ladeó la cabeza.

Noelia dejó escapar una sonrisa breve, todavía con los ojos húmedos, y bajó la mirada hacia la cartera. Dentro estaba la libreta que había llevado al colegio para anotar los cursos que tendría.

La sacó.

Pasó algunas páginas donde había escrito ideas para las primeras clases del año y se quedó mirando sus propias anotaciones.

Salgado podía impedirle volver a ese colegio, pero no podía quitarle los años que llevaba enseñando.

Ni lo que sabía hacer.

Levantó nuevamente los ojos hacia el perro.

—Podría hacer clases en la casa.

El animal permaneció sentado.

Noelia abrió la libreta por una página en blanco.

—Siempre hay niños que necesitan ayuda.

Lo dijo casi para sí misma.

Podía recibirlos en la Casa Amarilla, usar la mesa del comedor, los libros de la biblioteca, prepararles ejercicios.

Quizás al principio llegara uno. Después otro.

No sabía si alcanzaría para reemplazar su sueldo ni cuánto demoraría en conseguir alumnos, pero por primera vez desde que había salido de la oficina de Salgado aquella idea le ofreció algo distinto a lo que aferrarse.

Escribió solamente dos palabras:

Clases particulares.

Las observó durante unos segundos y cerró la libreta.

—Habrá que intentarlo.

El perro se levantó, se acercó a olfatearle una mano y después se alejó hacia la fuente.

Noelia lo siguió con la mirada hasta verlo desaparecer detrás de unos arbustos.

Guardó la libreta en la cartera y se puso de pie.

Al salir de la plaza tomó el camino hacia la Casa Amarilla.

Puerto Ceniza estaba ya completamente despierto. Los negocios tenían las puertas abiertas, algunos vendedores acomodaban frutas y verduras frente a sus locales y, desde una panadería, llegaba olor a pan recién horneado.

Noelia caminó entre la gente con la cartera apretada contra el costado.

De vez en cuando las lágrimas volvían a llenarle los ojos y ella se las secaba con el dorso de la mano sin dejar de avanzar.

Cuando dobló finalmente hacia la calle de la Casa Amarilla, respiró hondo.

Todavía tendría que contarle a Osvaldo lo que había ocurrido.

Pero mientras caminaba los últimos metros pensó otra vez en aquellas dos palabras escritas en su libreta.

Clases particulares.

Y siguió hacia su casa.