Mi última plegaria antes de ti Capítulo 39 #2
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Capítulo 39 #2

A esa hora el movimiento comenzaba a ordenarse.

Las filas habían desaparecido y desde las salas llegaban las voces de los profesores mezcladas con el arrastre de algunas sillas y el murmullo de los cursos.

Al pasar frente a una de las ventanas reconoció a una colega escribiendo la fecha en la pizarra.

La mujer levantó una mano para saludarla y Noelia respondió del mismo modo, sin detenerse.

El corredor que conducía a dirección estaba más tranquilo.

La puerta de la oficina de Salgado se encontraba abierta.

Noelia golpeó dos veces sobre la madera antes de asomarse.

—Buenos días.

Salgado levantó la cabeza.

Estaba detrás del escritorio, con las mangas de la camisa dobladas hasta los antebrazos. Había carpetas abiertas a ambos lados, varias hojas mecanografiadas y una taza de café.

—Noelia. Pase.

Ella entró.

—Espero no interrumpirlo.

—En marzo todo el mundo interrumpe a todo el mundo.

Salgado dejó el lápiz sobre una carpeta y se quitó los lentes.

—¿Cómo están los niños?

—Bien. Acabo de dejarlos en sus salas.

—¿Y Vicente?

Noelia sonrió.

—Como si no hubiera pasado nada. Esta mañana estaba más preocupado de contar sus lápices que de llegar a tiempo.

—Me alegro.

—A mí también.

Noelia se acercó al escritorio. La naturalidad de aquella conversación hizo que sacara la libreta de su cartera casi sin pensarlo.

—Precisamente aproveché que venía a dejarlos porque quería preguntarle por mis cursos. Como los mayores empiezan la próxima semana, todavía tengo algunos días para preparar las clases, pero no me han dicho qué niveles voy a tomar ni si voy a tener jefatura.

Abrió la libreta por una página limpia.

—Si me dejan los mismos cursos del año pasado tengo bastante avanzado. Aunque también podría tomar otro nivel si hace falta. Lo único que necesito es saberlo con tiempo para ordenar los materiales.

Salgado no respondió de inmediato.

Noelia levantó la vista de la libreta.

El director había apoyado ambas manos sobre el escritorio y miraba las carpetas que tenía delante.

—¿Todavía no está hecha la distribución?

—Sí. Está hecha.

—Perfecto.

Noelia acercó el lápiz al papel.

—Entonces dígame.

Salgado volvió a ponerse los lentes, pero en lugar de buscar entre los horarios tomó una carpeta que permanecía apartada junto a su mano derecha.

—Antes de hablar de eso hay algo que necesito comunicarle.

Noelia bajó lentamente el lápiz.

—¿Qué ocurre?

Salgado abrió la carpeta.

Revisó unos documentos hasta encontrar una hoja escrita a máquina. La sacó, la dejó frente a él y pasó la mano por uno de los bordes antes de deslizarla hacia Noelia.

Ella observó primero el membrete del establecimiento.

Después encontró su nombre.

—¿Qué es esto?

—Una notificación.

Noelia comenzó a leer.

No llegó muy lejos.

Las primeras líneas estaban construidas con esa clase de lenguaje administrativo que parecía utilizar muchas palabras para evitar una sola. Leyó «reorganización», «necesidades institucionales» y, un poco más abajo, «término de funciones».

Volvió al principio.

—No entiendo.

Salgado guardó los lentes y entrelazó las manos sobre el escritorio.

—La administración decidió que usted no continuará trabajando en el establecimiento este año.

Noelia permaneció mirando la hoja.

El lápiz seguía entre sus dedos.

—Yo vine a preguntarle qué cursos me tocaron.

—Lo sé.

—La próxima semana tenía que volver a clases.

Salgado asintió lentamente.

—Noelia, quiero que sepa algo antes de que continuemos. Esto no tiene relación con su trabajo como profesora. Nunca hemos tenido motivos para cuestionar su desempeño dentro de una sala.

Ella levantó la cabeza.

—Entonces no entiendo por qué tengo esta carta delante.

—La decisión no se tomó por razones académicas.

Noelia dejó el lápiz sobre la libreta.

—He trabajado aquí durante años, Salgado. Si hubo algún problema con mis clases, con mis evaluaciones, con los alumnos o con algún apoderado, prefiero que me lo diga directamente.

—No hubo ninguno.

—Entonces no me diga primero que soy una buena profesora y después me entregue una carta para despedirme. Explíqueme qué está pasando.

Salgado se reclinó ligeramente en la silla.

Por el corredor pasó un grupo de niños. Sus voces se acercaron a la puerta y se alejaron pocos segundos después.

—Los acontecimientos del año pasado provocaron una situación difícil para el establecimiento.

Noelia no necesitó preguntarle a qué se refería.

Lo miró durante unos segundos.

—Osvaldo.

Salgado bajó brevemente los ojos.

—Su relación con él tuvo repercusiones que terminaron involucrando al colegio.

—Mi relación con Osvaldo no cambió una sola de mis clases.

—Lo sé.

—Entonces tampoco debería cambiar mi contrato.

—Noelia…

—Usted acaba de decirme que no existe ninguna objeción a mi trabajo.

Salgado respiró profundamente.

—Y lo sostengo. Si esta decisión hubiera dependido únicamente de una evaluación profesional, esta conversación no estaría ocurriendo.

Aquello la hizo detenerse.

Noelia volvió los ojos hacia la notificación.

—¿De quién dependió entonces?

Salgado guardó silencio un momento antes de responder.

—La instrucción llegó desde el arzobispado.

Noelia dejó de mirar el documento.

—¿El arzobispado?

—Usted sabe que es el sostenedor del establecimiento.

—Sé perfectamente la relación que existe con el colegio. Lo que no sabía era que también decidían quién podía hacer clases.

—No es una decisión que yo haya solicitado.

Noelia pasó una mano por el borde de la hoja.

—Pero la firmó.

Salgado miró su propia firma en la parte inferior.

—Sí.

No intentó justificarse inmediatamente y aquel silencio le pareció más sincero que cualquier explicación.

—¿Pidieron expresamente que me despidieran?

Salgado tardó unos segundos.

—Sí.

La respuesta fue tan breve que durante un instante no encontró qué hacer con ella.

Miró alrededor de la oficina, las carpetas, los horarios, el calendario colgado en la pared. A pocos metros de allí había salas en las que había trabajado durante años. La semana siguiente había imaginado volver a caminar por esos mismos corredores con libros bajo el brazo.

—¿Por qué?

Salgado se inclinó hacia delante.

—Desde el año pasado existe preocupación por la exposición pública que tuvo todo esto. Hubo comentarios, cartas, reclamos. Usted ya sabe lo que ocurrió con algunas actividades del colegio.

—Me apartaron de ellas.

—Sí.

—Y seguí haciendo mis clases.

—Así fue.

—Entonces no fue suficiente.

Salgado apretó los labios.

—No.

Noelia comprendió antes de que él continuara.

—La visita del Papa.

El director no respondió inmediatamente.

Eso bastó.

Noelia soltó una respiración corta y miró hacia la ventana.

—Falta poco más de un mes.

—Hay mucha presión sobre todas las instituciones que participarán en las actividades. El arzobispado considera que cualquier situación que pueda volver a generar controversia debe evitarse.

Ella volvió lentamente el rostro.

—¿Y yo soy una situación?

—No he dicho eso.

—No hace falta.

Noelia tomó la notificación y la sostuvo entre ambas manos.

—Osvaldo ya no está en la parroquia. Trabaja todos los días en una ferretería. Vive conmigo. Yo sigo haciendo exactamente el mismo trabajo que hacía antes. Dígame qué controversia queda por evitar.

Salgado no respondió.

—No quieren cabos sueltos —dijo ella.

—Yo no utilizaría esas palabras.

—Pero es lo que significa.

El director se pasó una mano por la frente.

—Noelia, intenté explicar que su permanencia en el colegio no representaba ningún problema académico.

—¿Sabe qué es lo peor? Que ni siquiera están diciendo que soy una mala profesora. Sería más fácil si pudieran decirlo. Podrían inventar que mis alumnos tienen malas notas, que falto, que no preparo las clases. Pero no pueden.

—Nunca diría algo así porque no sería cierto.

—Entonces me despiden por vivir con el hombre que amo.

Noelia sintió que algo se endurecía dentro de ella.

—Vine a este colegio esta mañana pensando en mis alumnos. Traje una libreta para anotar los cursos que tendría, estaba pensando si volvería a tener jefatura y qué materiales debía preparar. Y usted tenía esa carta guardada en una carpeta.

—No sabía que vendría hoy.

—Eso no cambia nada.

Salgado tomó aire, abrió un cajón del escritorio y sacó un sobre.

—Preparé esto para usted.

Noelia lo miró sin extender la mano.

—¿Qué es?

—Una carta de recomendación.

La dejó junto a la notificación.

—Indica que durante todos estos años su desempeño profesional ha sido satisfactorio y que no existe ningún antecedente negativo respecto de su trabajo. Puede servirle si decide postular a otro establecimiento.

Noelia leyó su nombre escrito sobre el sobre.

—¿Satisfactorio?