Mi última plegaria antes de ti Capítulo 39
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Capítulo 39

Capítulo

A las seis y media de la mañana, la Casa Amarilla ya estaba despierta.

Noelia había puesto agua a hervir antes de que sonara el despertador y, cuando bajó nuevamente desde el segundo piso, encontró a Osvaldo frente a la mesa de la cocina, terminando una taza de café. Llevaba la camisa celeste dentro del pantalón y el abrigo doblado sobre el respaldo de una silla.

—Pensé que todavía dormías —dijo él.

—Hoy no podría.

Abrió la alacena, sacó una taza y, mientras se servía agua, miró hacia la escalera.

—Primer día de clases y todavía tengo dos niños arriba. El pantalón de Cristóbal anoche le quedaba bien, pero perfectamente pudo haber crecido durante la noche, y Vicente no sabe dónde dejó la mitad de sus útiles.

—Los dejó sobre la mesa.

Noelia se volvió hacia el comedor. Las dos mochilas estaban apoyadas junto a una silla y, sobre la mesa, permanecían varios cuadernos nuevos, una caja de lápices y el estuche verde que Vicente había abierto la noche anterior para comprobar, por tercera vez, que nada hubiera desaparecido mientras dormía.

—Eso es porque los puse yo ahí.

Osvaldo sonrió.

Desde el segundo piso llegó un golpe y, casi enseguida, la voz de Cristóbal.

—¡Mamá!

Noelia cerró los ojos.

—Todavía puedes fingir que no escuchaste.

—Tú puedes. Ya te vas.

—Ventajas de trabajar lejos.

Noelia lo miró de lado antes de subir.

Encontró a Cristóbal frente al armario, con la camisa blanca puesta y un zapato en cada mano.

—¿Qué pasó?

—Estos no son iguales.

Noelia examinó los zapatos.

—Son iguales.

—Este tiene la punta más redonda.

—Porque es el izquierdo.

Cristóbal los juntó sobre el suelo y los estudió con una seriedad que a ella le pareció desproporcionada para aquella hora de la mañana.

—No.

—Póntelos.

—Pero…

—Cristóbal.

El niño terminó sentándose en la cama.

En ese momento Vicente apareció en el corredor con la camisa todavía desabotonada y el cabello revuelto hacia un lado.

—No encuentro mi corbata.

Noelia lo miró y después bajó los ojos hacia su pecho.

—La tienes en el cuello.

Vicente siguió la dirección de su mirada. La corbata colgaba abierta sobre la camisa.

—Ah.

Cristóbal rió.

—Y después dice que yo pierdo las cosas.

—Tú perdiste un zapato ayer.

—Lo encontré.

—Debajo de tu cama.

—Por eso lo encontré.

Noelia se acercó a Vicente y comenzó a abrocharle la camisa.

—Anda a lavarte la cara.

—Ya me la lavé.

Ella pasó un dedo por una mancha oscura que todavía tenía junto a la mejilla. Vicente intentó borrarla con la manga, pero Noelia le bajó el brazo.

—Con agua.

El niño salió hacia el baño refunfuñando algo que ella prefirió no preguntar.

Cristóbal terminó de ponerse los zapatos y se levantó. Noelia comprobó con alivio que el pantalón seguía llegando hasta donde correspondía y le acomodó el cuello de la camisa antes de indicarle que bajara.

Cuando regresó a la cocina, Osvaldo ya se estaba poniendo el abrigo. Los niños descendieron detrás de ella con el ruido suficiente para llenar la casa: Vicente todavía luchaba con el nudo de la corbata y Cristóbal intentaba cerrar el último botón del puño mientras bajaba.

Las mochilas seguían en el comedor, junto a la mesa.

—Siéntense primero —dijo Noelia—. Después se preocupan del resto.

Osvaldo consultó el reloj.

—Tengo que irme.

Vicente ocupó su silla.

—¿No nos vas a acompañar?

—Si los acompaño, pierdo el bus.

Noelia se acercó a Osvaldo y le acomodó una parte del cuello del abrigo que había quedado doblada.

—Anda, o vas a terminar perdiéndolo de verdad.

Él tomó su bolso, aunque antes de dirigirse a la puerta miró los cuadernos extendidos sobre la mesa.

—¿Tú trabajas hoy?

—Todavía no. Mis cursos empiezan la próxima semana.

Noelia retiró una taza vacía y la llevó al lavaplatos.

—Voy a dejar a los niños y aprovecharé de hablar con Salgado. Todavía no sé qué cursos me van a tocar este año ni si voy a tener alguna jefatura.

—¿No han hecho la distribución?

—Seguramente sí, pero a mí todavía no me la han comunicado. Como los cursos mayores entran la próxima semana, no hay mucho apuro.

Se secó las manos y volvió hacia él.

—Así que, ya que voy a estar allá, prefiero dejarlo resuelto de una vez. Quiero saber con qué me voy a encontrar el lunes.

Osvaldo asintió con naturalidad.

—Además necesito saber qué materiales voy a ocupar. No quiero pasarme el fin de semana buscando cosas a última hora.

Noelia sonrió.

Osvaldo se inclinó para besarla.

—Nos vemos en la tarde.

Después se volvió hacia los niños.

—Pórtense bien.

—Siempre —respondió Vicente.

Cristóbal, que acababa de llevarse un trozo de marraqueta a la boca, lo miró.

—Habla por ti.

Osvaldo salió riendo.

Niebla corrió detrás de él hasta el portón y regresó pocos segundos más tarde. Dio una vuelta alrededor de la mesa, olfateó las mochilas y acabó instalándose junto a la puerta.

Durante el desayuno, los niños hablaron casi sin detenerse. Vicente quería saber si tendría al mismo profesor de matemáticas; Cristóbal aseguraba que ese año no volvería a sentarse cerca de la ventana porque el sol le daba directamente sobre los cuadernos.

Noelia los escuchaba mientras ordenaba la cocina.

Aquellas conversaciones le resultaban conocidas, igual que el olor de los cuadernos nuevos, las camisas recién planchadas y los zapatos que brillaban demasiado.

Marzo tenía esas cosas: una mañana bastaba para que la casa cambiara de ritmo y el verano, aunque todavía permaneciera en el aire y en la luz, comenzara a sentirse como algo que estaba quedando atrás.

—Terminen —dijo al ver la hora—. Ahora sí nos vamos a atrasar.

Los niños apuraron el desayuno mientras ella subía nuevamente al dormitorio.

Había dejado preparada su ropa sobre la cama: una falda azul oscura y una blusa clara que había comprado pocos días antes, después de detenerse varias veces frente a una vitrina sin decidirse.

Sus clases no comenzarían hasta la semana siguiente y aquella mañana ni siquiera tenía que quedarse en el colegio, pero después de tantos meses lejos de una sala de profesores le había parecido agradable arreglarse un poco más para entrar nuevamente al edificio.

Se vistió sin apuro. Frente al espejo cerró los botones de la blusa, acomodó la falda sobre la cintura y recogió el cabello antes de decidir que prefería llevarlo sujeto solamente a los lados.

Sobre la cómoda estaba la libreta donde había ido anotando, durante los últimos días, algunas ideas para el nuevo año.

No sabía todavía si volvería a trabajar con los mismos niveles ni si tendría una jefatura, de modo que muchas de aquellas anotaciones podían terminar sin servirle para nada.

Aun así, la guardó en la cartera junto con un lápiz.

La semana siguiente volverían sus alumnos.

Solo pensarlo le produjo una sensación familiar que había echado de menos.

Desde abajo llegó la voz de Vicente.

—¡Mamá! ¡Vamos a llegar tarde!

—¡Ya voy!

Noelia volvió a mirarse antes de salir.

La blusa le quedaba bien y, aunque probablemente Salgado apenas tendría tiempo para atenderla entre todo el movimiento del comienzo de año, se alegró de haberla comprado.

Bajó.

Cristóbal estaba junto a la mesa terminando de guardar un cuaderno. Vicente había abierto nuevamente el estuche azul y contaba los lápices uno por uno.

Noelia se detuvo frente a él.

—¿Otra vez?

—Quería asegurarme.

—Lo revisaste anoche.

—Podría faltar uno.

—¿Falta alguno?

Vicente terminó de contar.

—No.

—Entonces cierra el estuche antes de que consigamos perder uno de verdad.

El niño obedeció y lo guardó dentro de la mochila. Solo entonces Cristóbal tomó la suya del respaldo de la silla y se la puso sobre los hombros. Vicente hizo lo mismo.

Ahora sí estaban listos.

Noelia tomó las llaves.

—Vamos.

—¿Niebla puede venir? —preguntó Vicente.

El perro levantó inmediatamente la cabeza.

—No.

Niebla comenzó a mover la cola de todos modos.

Cristóbal lo miró.

—Dijo que no.

El perro intentó cruzar la puerta entre ellos y Noelia tuvo que empujarlo suavemente hacia el interior antes de conseguir cerrarla.

Caminaron por una mañana despejada que todavía conservaba algo del verano.

A lo largo de la calle aparecían otros niños uniformados, algunos de la mano de sus madres y otros avanzando en pequeños grupos, con mochilas nuevas sobre los hombros y conversaciones que parecían haber continuado exactamente donde las habían dejado antes de las vacaciones.

Vicente reconoció a un compañero en la esquina y aceleró el paso.

—¡Espera! —lo llamó Noelia.

Él se volvió mientras continuaba caminando hacia atrás.

Por costumbre, ella estuvo a punto de pedirle que fuera más despacio, pero terminó cambiando la advertencia.

—No pierdas la mochila.

Vicente levantó una mano y salió detrás de su compañero.

Cristóbal la miró.

—La lleva puesta.

—Ya lo sé.

—Con tu hermano nunca estoy completamente segura.

Cristóbal sonrió y siguió caminando junto a ella.

Desde otras casas llegaba el mismo movimiento: puertas que se abrían, madres llamando desde los portones, niños que regresaban corriendo porque habían olvidado un cuaderno o la colación. Marzo parecía haber puesto en marcha a Puerto Ceniza de una sola vez.

Al acercarse al colegio, las voces del patio se hicieron más claras. Los cursos menores ya ocupaban buena parte del recinto y, cerca de la entrada, varios profesores recibían a los niños mientras otros orientaban a los apoderados que todavía buscaban una sala.

Cristóbal alcanzó a Vicente frente al portón.

Noelia los siguió.

Había atravesado aquellas rejas durante años y esa mañana lo hizo con la misma familiaridad con que entraba a su propia casa.

Primero dejaría a los niños en sus cursos.

Después buscaría a Salgado.

Quería saber qué estudiantes la esperarían la semana siguiente y, sobre todo, si aquel año volvería a tener una jefatura.

Después de dejar a los niños, Noelia cruzó el patio en dirección al edificio administrativo.