Capítulo 38 #2
—Puedes mirar, amor.
Esta vez él no apartó los ojos.
—Estoy mirando.
Ella sonrió y se acercó. Apoyó una mano sobre su pecho y lo besó.
Osvaldo la rodeó por la cintura. El beso fue breve, pero cuando Noelia separó los labios dejó la frente apoyada contra la suya.
—Te amo —dijo—. Soy feliz.
Él permaneció mirándola durante un momento. La brisa movía algunos mechones alrededor de su rostro.
—Yo también te amo.
Noelia volvió a rozarle los labios. Después tomó el frasco de protector solar y se lo puso en la mano.
—Ahora ponme bloqueador en la espalda.
Se sentó sobre la toalla, de espaldas a él, y llevó el cabello hacia un costado.
Osvaldo vertió un poco de crema en la palma.
—Está fría.
Apoyó las manos sobre sus hombros y comenzó a extenderla. Noelia se estremeció.
—Te dije.
—Sigue.
Él deslizó las manos cuidadosamente por la espalda. Al acercarse a las tiras del bikini vaciló apenas antes de continuar.
Noelia volvió el rostro.
—No tengas miedo de tocarme.
—No tengo miedo.
—Entonces no pongas esa cara.
Osvaldo sonrió y terminó de extender la crema.
Desde la orilla llegó la voz de Vicente:
—¡Mamá! ¡Niebla se está comiendo el mar!
Noelia miró hacia ellos.
—Mientras no se lo termine.
Osvaldo dejó el frasco sobre la toalla.
Cristóbal y Vicente corrían junto a la espuma. Niebla saltaba entre las olas y las gaviotas levantaban vuelo a su paso.
Noelia permaneció sentada junto a Osvaldo y por un rato no hicieron nada más que mirar.
La tarde fue perdiendo lentamente su ruido.
Primero se marchó una familia que había permanecido cerca de las rocas. Después el matrimonio del quitasol comenzó a doblar sus cosas. Los muchachos que jugaban con una pelota dieron por terminado el partido y subieron hacia la costanera con las camisetas sobre los hombros.
La playa fue quedándose vacía sin que ellos lo notaran.
El aire seguía tibio.
La brisa llegaba desde el agua y levantaba apenas las puntas de las toallas. Noelia hundió los dedos de los pies en la arena todavía caliente. A su lado, Osvaldo miraba a los niños correr detrás de Niebla.
Después de un rato se llevó las manos al borde de la polera.
Noelia lo vio.
Él se la quitó de una vez y la dejó doblada sobre la bolsa.
—Al final tenías calor.
—No dije que tuvieras razón.
—No hace falta.
Osvaldo se pasó una mano por el pecho y miró alrededor.
Ya casi no quedaba nadie.
Noelia no dijo nada.
Solo sonrió.
A medida que el sol descendía, la luz comenzó a cambiar.
El amarillo de la tarde fue tornándose más profundo sobre el agua y las sombras de ellos se alargaron detrás de la toalla.
Las gaviotas descendían ahora sobre la arena húmeda, caminando entre las huellas abandonadas por quienes se habían marchado.
Cristóbal lanzó la pelota hacia Vicente.
Niebla trató de interceptarla y terminó cayendo de costado dentro de una ola.
Las risas de los niños llegaron hasta ellos.
—Parece que no se cansan nunca.
Noelia siguió observándolos.
Había algo distinto en aquella hora. La playa se había vuelto más amplia con cada persona que se marchaba y Puerto Ceniza parecía haberse retirado también unos metros, como si la ciudad hubiera decidido dejarlos solos por un momento.
El sol se acercaba al horizonte.
Noelia abrió entonces la bolsa.
Osvaldo la vio retirar la toalla pequeña que envolvía el radiocasete.
—¿Trajiste eso?
—Desde la casa.
—No lo vi.
—Porque ibas demasiado preocupado por tu pantalón corto.
Lo dejó sobre la toalla y revisó el bolsillo lateral del bolso.
Sacó un casete.
Osvaldo alcanzó a leer el nombre escrito en la etiqueta.
—¿Para qué?
Ella introdujo el casete y cerró la tapa.
—Para esto.
Presionó una tecla.
Solo se escuchó el roce de la cinta y un pequeño siseo. Después comenzó la música.
El sonido no era fuerte. Apenas alcanzaba a cubrir el espacio alrededor de la toalla antes de mezclarse con el mar.
Noelia subió un poco el volumen.
La voz de Cecilia empezó a acompañar la caída de la tarde con Baño de mar a medianoche .
Osvaldo miró hacia ella.
Noelia estaba contemplando el horizonte.
—Te gusta mucho esa canción.
—Sí.
—¿Por qué?
Ella se encogió ligeramente de hombros.
—No sé. Algunas canciones no necesitan una razón.
El sol había comenzado a tocar la línea del mar.
Su reflejo se estiraba sobre el agua en una franja de luz anaranjada. El cielo, todavía claro sobre sus cabezas, se volvía rosado cerca del horizonte.
Los niños seguían jugando más allá.
Niebla corría junto a ellos.
Noelia se puso de pie.
Osvaldo levantó la cabeza.
—¿Dónde vas?
Ella extendió una mano.
—Ven.
—¿Adónde?
—Al agua.
Osvaldo miró el mar.
—Noelia…
—Está tibia.
—Eso no te lo creo.
—Entonces averígualo.
Él tomó su mano y se levantó.
Caminaron hacia la orilla dejando el radiocasete sobre la toalla. La música continuó detrás de ellos, entrecortada algunas veces por el sonido de las olas.
El agua les cubrió primero los pies.
Osvaldo se detuvo.
—No está tibia.
Noelia siguió avanzando.
—Después se pasa.
Una ola les alcanzó las rodillas.
Noelia rió y retrocedió apenas cuando el agua subió por sus piernas.
Osvaldo terminó siguiéndola.
Cristóbal y Vicente los vieron desde más lejos.
—¡Se metieron! —gritó Vicente.
Noelia levantó una mano.
—¡No se alejen!
—¡Estamos aquí!
Niebla corrió hacia ellos, entró en el agua y volvió inmediatamente con los niños.
Noelia se volvió hacia Osvaldo.
La música llegaba debilitada por la distancia, pero todavía podía reconocerse.
—Baila conmigo.
Él miró alrededor.
La playa estaba prácticamente vacía.
Solo quedaban ellos, las gaviotas y algunas figuras lejanas subiendo hacia la costanera.
—Aquí.
—Aquí.
—En el agua.
—Precisamente.
Osvaldo sonrió.
Noelia pasó los brazos alrededor de su cuello.
Él apoyó las manos en su cintura.
Comenzaron a moverse lentamente, sin seguir realmente el ritmo, girando apenas sobre la arena bajo el agua.
La voz de Cecilia continuaba llegando desde la orilla.
El sol descendía frente a ellos.
Noelia apoyó la mejilla contra el pecho de Osvaldo.
Él bajó el rostro y dejó los labios sobre su cabello.
A unos metros, Cristóbal y Vicente perseguían a Niebla. Sus voces se mezclaban con las gaviotas, las olas y la música que salía del pequeño radiocasete.
Noelia levantó la cabeza.
—Mira.
Osvaldo siguió la dirección de sus ojos.
El sol parecía hundirse lentamente en el horizonte. Una franja anaranjada atravesaba el agua y llegaba casi hasta sus cuerpos.
—Hermoso —dijo él.
Noelia lo miró.
Osvaldo volvió hacia ella.
La besó.
La siguiente ola los alcanzó sin que dejaran de abrazarse.
Cuando finalmente separaron los labios, Noelia mantuvo los brazos alrededor de su cuello.
—Te estás acostumbrando al pantalón corto —dijo ella.
Él rió.
—No arruines el momento.
Noelia apoyó nuevamente la cabeza contra su pecho.
En la orilla, el radiocasete parecía pequeño sobre la toalla. Más allá, los niños corrían detrás de Niebla mientras las últimas gaviotas cruzaban el cielo.