Capítulo 38
Capítulo
Poco después de las cinco, Niebla fue el primero en escuchar el portón.
Corrió por el pasillo ladrando. Vicente dejó el vaso de agua sobre la mesa y fue detrás de él, mientras Cristóbal se asomaba por la ventana.
—Es Osvaldo.
Noelia terminó de cerrar una de las bolsas y la dejó junto a las toallas.
Llevaban buena parte de la tarde esperando aquel momento.
A un costado de la puerta se acumulaban el balde, la pelota, las chalas y una toalla que Vicente se había empeñado en llevar enrollada alrededor del cuello desde hacía casi una hora.
Junto a las demás cosas había dejado también el radiocasete. Lo había envuelto en una toalla pequeña para protegerlo de la arena y había guardado dos casetes en uno de los bolsillos laterales del bolso.
Osvaldo entró en el jardín con el bolso de trabajo colgado del hombro. Llevaba las mangas de la camisa arremangadas y una mancha de polvo gris cerca del bolsillo. El calor del viaje le había humedecido el cabello junto a la frente.
Niebla lo recibió saltando alrededor de sus piernas.
—Hola —dijo Osvaldo, intentando avanzar sin pisarlo—. Yo también me alegro de verte.
Vicente apareció en el corredor.
—Vamos a la playa.
Osvaldo se detuvo.
—Buenas tardes para ti también.
—Buenas tardes. Vamos a la playa.
Cristóbal salió detrás de su hermano.
—Mamá dijo que cuando llegaras.
Osvaldo miró hacia la casa.
Noelia permanecía apoyada en el marco de la puerta, observándolo con una sonrisa que terminó de explicarle lo que las bolsas y los niños habían dejado bastante claro.
—¿Esto estaba organizado?
—Desde la mañana.
—Nadie me avisó.
—Te estamos avisando ahora —dijo Vicente.
Osvaldo miró las toallas, el balde y la pelota. Después alzó los ojos hacia el cielo antes de consultar el reloj.
—¿No será muy tarde para ir?
Noelia bajó los escalones del corredor.
—Nunca es tarde para ir a la playa.
Osvaldo volvió a mirar el reloj.
—Ya son más de las cinco.
—Todavía quedan varias horas de luz. Además, a esta hora habrá menos gente.
Osvaldo levantó la vista hacia el cielo.
El sol continuaba alto sobre los techos y el aire conservaba el calor de la tarde.
Había llegado pensando en quitarse los zapatos, lavarse las manos y sentarse unos minutos antes de la once.
Sin embargo, al ver a Vicente con el traje de baño asomando por encima de los pantalones, a Cristóbal aferrado a la pelota y a Niebla sin dejar de mover la cola, el cansancio pareció perder importancia.
—¿Cuándo quieren salir?
—En cuanto te cambies.
Noelia esperaba todavía alguna objeción, quizás que pidiera unos minutos para descansar después del viaje. En cambio, Osvaldo dejó el bolso sobre una silla del corredor.
—Voy a buscar una toalla.
Entró en la casa y subió la escalera con tal rapidez que Vicente tuvo que apartarse para dejarlo pasar.
Noelia sonrió.
Desde el segundo piso llegó la voz de Osvaldo.
—¡No tengo pantalón corto!
—Sí tienes —respondió ella.
Osvaldo apareció en lo alto de la escalera.
—No tengo.
—Segundo cajón del armario.
Él frunció el ceño.
—¿Guardaste qué?
—Un pantalón corto.
—¿De quién?
Cristóbal se cubrió la boca para contener la risa.
Noelia cruzó los brazos.
—Tuyo, Osvaldo.
—Yo no compré ningún pantalón corto.
—Lo compré yo.
—¿Cuándo?
—Hace varios días.
—¿Y por qué no me dijiste?
—Porque habrías dicho que no lo necesitabas.
Osvaldo abrió la boca para responder, pero se detuvo.
Noelia levantó ligeramente las cejas.
—¿Ves?
Vicente miró hacia arriba.
—Pruébatelo.
Osvaldo desapareció nuevamente.
Noelia llevó una de las botellas de agua a la cocina para terminar de llenarla. Cuando regresó al comedor, escuchó cajones abrirse y cerrarse en el piso superior.
—¡Esto es muy corto! —gritó Osvaldo.
—Es un pantalón corto.
—Ya sé cómo se llama.
—Entonces póntelo.
—¿No había uno más largo?
Noelia dejó la botella dentro de la bolsa.
—Sí. Se llama pantalón.
Cristóbal soltó finalmente la carcajada.
Unos minutos después, Osvaldo comenzó a bajar la escalera. Llevaba una polera clara, el pantalón corto azul oscuro que Noelia había comprado y unas sandalias que casi nunca utilizaba. Al llegar al último peldaño se quedó quieto, como si todavía pudiera reconsiderar la decisión.
Vicente lo examinó de arriba abajo.
—Pareces turista.
—Gracias.
Noelia se acercó y estiró con ambas manos una pequeña arruga de la polera.
—Te queda bien.
Osvaldo miró sus propias piernas.
—Es demasiado corto.
El pantalón terminaba algunos centímetros por encima de las rodillas.
—Te acostumbrarás.
—¿Tengo otra opción?
Ella recogió una toalla y se la entregó.
—Puedes quedarte en la casa.
Osvaldo tomó la toalla.
—Vamos a la playa.
Salieron cerca de las cinco y media.
Noelia llevaba una bolsa grande colgada del hombro y otra más pequeña con unas manzanas, el protector solar y el radiocasete envuelto en una toalla. Cristóbal cargaba la pelota bajo un brazo y el balde en la otra mano. Vicente avanzaba con la toalla enrollada alrededor del cuello.
Osvaldo cerró el portón.
—¿Y Niebla?
El perro esperaba al otro lado de las tablas, con el hocico asomado por una abertura.
—Pensé que lo llevarías tú —dijo Osvaldo.
Vicente sujetó las puntas de su toalla.
—Yo llevo esto.
Noelia volvió a abrir el portón. Niebla salió con tal impulso que estuvo a punto de arrancarle la correa de las manos.
Osvaldo se la quitó y la enrolló dos veces alrededor de la muñeca.
—Yo lo llevo.
Cristóbal lo miró.
—No sabes cómo se pone cuando ve el mar.
Niebla tiró de él con tanta fuerza que lo obligó a dar dos pasos hacia delante.
Osvaldo afirmó los pies.
—Estoy empezando a imaginarlo.
Caminaron por las calles todavía calientes de Puerto Ceniza.
Algunas ventanas permanecían abiertas y desde los patios llegaba olor a ropa secándose, carbón encendido y pescado frito.
Una radio sonaba detrás de un cerco. Más adelante, dos niñas jugaban con una manguera y habían dejado un hilo de agua corriendo por la vereda.
Al llegar a la avenida costera, el olor a sal se hizo más intenso.
Una brisa ligera llegaba desde el mar, pero no era fría.
El aire continuaba tibio y se movía apenas lo suficiente para levantar el borde del vestido de Noelia y refrescar la piel sin obligarlos a buscar abrigo.
Ella sostuvo la tela con una mano mientras con la otra se apartaba el cabello de la cara.
Desde allí ya podían ver el mar.
La marea había dejado una franja ancha de arena húmeda junto a la orilla. El sol continuaba alto, aunque su luz empezaba a perder la dureza del mediodía. Sobre el agua se extendía un resplandor largo que llegaba casi hasta la playa.
Todavía quedaban varias familias, pero los grupos más numerosos comenzaban a recoger sus cosas. Un hombre sacudía una manta mientras su mujer intentaba cerrar un quitasol. Cerca del acceso, una pareja se ponía los zapatos con los pies cubiertos de arena.
Noelia miró a Osvaldo.
—Te dije que habría menos gente.
Él contempló la playa.
—Menos no significa poca.
—Para ser febrero, esto está casi vacío.
Bajaron por la escalera de madera.
Apenas sus patas tocaron la arena, Niebla comenzó a tirar otra vez. Olfateaba cada bolso y cada toalla y estuvo a punto de meter el hocico dentro de una canasta donde una familia comía sandía.
—Niebla.
Osvaldo logró apartarlo.
Cristóbal sonrió.
Caminaron hasta encontrar un lugar a pocos metros de la orilla.
—Aquí —dijo Noelia.
—Está lejos —protestó Vicente.
—Desde aquí no nos va a mojar ninguna ola.
Cristóbal dejó caer la pelota. Noelia extendió una toalla grande y colocó las bolsas sobre las esquinas para evitar que la brisa se la llevara. El radiocasete quedó envuelto dentro de una de ellas.
Niebla daba vueltas alrededor de todos, enredando la correa entre sus piernas.
—Suéltalo —pidió Vicente.
—Primero tenemos que instalarnos.
Cristóbal dejó el balde en la arena.
—Ahora estamos instalados.
Noelia sacó el frasco de protector solar.
Los niños dieron un paso atrás.
—Antes de correr.
—Ya me puse en la casa —dijo Cristóbal.
—Te pusiste una raya en la nariz.
Vicente intentó alejarse, pero Noelia alcanzó a sujetarlo por un brazo. Vertió un poco de crema en la palma y comenzó a distribuirla sobre su cara.
—Cierra los ojos.
—Está fría.
—Mejor.
—Me va a quedar la cara blanca.
—Eso sería difícil de distinguir.
Vicente apretó los labios para no reírse.
Cuando terminó con ellos, Noelia se quitó las chalas y hundió los pies en la arena. Después llevó las manos a los botones del vestido.
Osvaldo, que desenredaba la cuerda de Niebla, levantó la vista.
Noelia abrió el vestido y se lo quitó por los hombros. Debajo llevaba un bikini azul oscuro. Dejó la prenda cuidadosamente doblada sobre la toalla y reunió el cabello detrás de la nuca.
Osvaldo apartó los ojos hacia el mar.
Noelia lo observó.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Pareció que pasaba algo.
Osvaldo miró la correa que todavía sujetaba con demasiada fuerza. Niebla, ajeno a todo, olfateaba una piedra.
Noelia sonrió y comenzó a ponerse protector en los brazos.
—Sácate la polera.
—Estoy bien.
—Te estás asando.
—Corre viento.
Noelia levantó un brazo y dejó que la brisa le rozara la piel.
—Está tibio.
—Igual corre viento.
Cristóbal y Vicente habían dejado de discutir por la pelota y ahora miraban a Osvaldo.
—Yo también me la saqué —dijo Vicente, señalándose el pecho.
—Tú tienes ocho años.
—Por eso no me da vergüenza.
Osvaldo se volvió hacia Noelia.
—No me da vergüenza.
—Entonces después te la sacas.
Esta vez ella no insistió.
Cristóbal soltó la correa de Niebla y agarró la pelota.
—Vamos.
Los tres salieron corriendo hacia la orilla.
El perro fue el primero en entrar al agua y retrocedió sorprendido cuando una ola le golpeó el pecho. Después volvió a lanzarse contra la espuma, ladrando.
Noelia llevó una mano sobre los ojos para protegerse del sol.
Cristóbal y Vicente corrían junto a la orilla mientras Niebla iba de uno a otro intentando alcanzarlos.
Osvaldo permaneció de pie a su lado.
El viento le había movido una de las tiras del bikini. Noelia se la acomodó sobre el hombro y luego volvió el rostro.
Encontró a Osvaldo mirándola.