Capítulo 37 #2
Había gastos más urgentes.
Los uniformes de marzo. Los zapatos. Las cuentas de la casa. Los remedios que todavía tomaba Vicente.
Sin embargo, al otro lado del vidrio, los niños seguían corriendo por aquel parque exageradamente verde.
Entró antes de convencerse de que se trataba de una decisión sensata.
El vendedor lo reconoció. La sorpresa se le notó durante un instante, pero tuvo la prudencia de no llamarlo padre. Le mostró los modelos, explicó las diferencias de tamaño y giró varias perillas para demostrar la calidad de la imagen.
—La antena viene incluida —dijo—. Si no se ve bien, mandamos un técnico. Depende de dónde esté la casa.
—Cerca del centro.
—Entonces no debería tener problemas.
Osvaldo volvió a mirar el aparato. Alcanzaba a imaginar a Vicente sentado frente a la pantalla, a Cristóbal apropiándose de una de las perillas y a Noelia anunciando, antes de que lo conectaran, que los niños no pasarían el día entero mirándolo.
Terminó pagando antes de cambiar de opinión.
El televisor llegó a la Casa Amarilla al día siguiente, dentro de una caja de cartón amarrada sobre la plataforma de una camioneta.
El ruido del motor hizo que Niebla abandonara el corredor y corriera hacia el portón. Ladró primero al vehículo, luego al conductor y finalmente al hombre que descendió para desatar las cuerdas.
Cristóbal apareció detrás del perro.
—¿Qué trajeron?
Osvaldo bajó de la cabina y abrió el portón, procurando que Niebla no escapara entre sus piernas.
Vicente salió al corredor con una mano apoyada sobre la baranda. Todavía caminaba con más cuidado del que estaba dispuesto a reconocer, pero al ver el bulto rectangular olvidó afirmarse.
—¿Qué es?
Noelia apareció detrás de él. Había estado lavando ropa; llevaba las mangas recogidas sobre los codos y pequeñas gotas le recorrían las manos. Al principio miró la camioneta. Después miró a Osvaldo.
—¿Qué compraste?
No había enojo en su voz, pero él reconoció el tono con que ella se preparaba para descubrir un gasto que no habían conversado.
El conductor abrió la compuerta. Entre ambos hombres levantaron la caja y comenzaron a transportarla por el sendero.
Cristóbal sujetó a Niebla por el collar.
—Es un mueble.
Vicente caminó detrás de ellos, examinando el cable que sobresalía por una de las aberturas del cartón.
—No es un mueble.
—¿Cómo sabes?
Noelia observó la forma de la caja y finalmente volvió la cara hacia Osvaldo.
—Compraste un televisor.
Él sostuvo el portón mientras los hombres pasaban.
—Parece que sí.
—¿Cómo que parece?
—Ya está aquí.
La respuesta no consiguió tranquilizarla, pero una sonrisa pequeña alteró durante un instante la firmeza de su boca.
Dentro del comedor tuvieron que despejar una mesa baja situada junto a la pared.
Noelia retiró unas revistas, un florero y dos caracolas que durante años habían permanecido allí.
Movió los objetos de un lado a otro buscando otro sitio donde dejarlos, como si aquella reorganización fuera la primera prueba de que el aparato había llegado para quedarse.
Cuando los hombres abrieron la caja y retiraron las protecciones, Vicente se acercó un paso.
—Es nuevo.
—Eso parece —dijo Noelia.
La preocupación volvió a su rostro.
—¿Cuánto costó?
Osvaldo evitó mirarla mientras ayudaba a retirar uno de los cartones.
—Después hablamos.
—Eso significa que costó mucho.
El técnico conectó el aparato y extendió una antena provisional sobre la cubierta. Cuando hizo girar el interruptor, la pantalla permaneció oscura. Vicente contuvo la respiración.
Un punto blanco apareció en el centro y comenzó a crecer hasta llenar el vidrio. La imagen se inclinó, se dividió en dos y volvió a reunirse cuando el técnico movió la antena.
Los niños se acercaron casi al mismo tiempo.
—Más atrás —dijo Noelia.
Ninguno pareció escucharla.
El técnico ajustó otra vez la señal. La pantalla dejó de temblar y apareció una mujer con un vestido rojo.
Vicente abrió los ojos.
—Es rojo de verdad.
Cristóbal avanzó un poco más.
—Y el pelo es café.
Noelia permanecía detrás de ellos. La pregunta sobre el precio parecía haber quedado suspendida por unos instantes. Los colores del aparato se reflejaban débilmente sobre su blusa y sobre la madera del comedor, alterando la luz familiar de la casa.
Vicente se volvió hacia Osvaldo.
—¿Es nuestro?
Osvaldo miró alrededor antes de responder. La cama permanecía junto a la ventana, los colchones se acumulaban contra la pared y una hilera de ropa se secaba al otro lado del vidrio.
—Es de la casa.
—Entonces también es mío.
—Y mío —dijo Cristóbal.
Vicente frunció el ceño.
—Dijo de la casa.
—Yo vivo en la casa.
—Yo también.
Noelia cruzó los brazos, recuperando por fin la voz de autoridad.
—Antes de que comiencen a repartirlo, quiero dejar algo claro: no van a pasar todo el día sentados frente a esa pantalla.
Los dos volvieron inmediatamente la mirada hacia el televisor.
—Todavía no llevamos todo el día —observó Vicente.
El técnico inclinó la cabeza para ocultar una sonrisa y continuó ajustando los controles.
Les explicó cómo cambiar de canal, dónde regular el volumen y qué debían hacer si la imagen comenzaba a desplazarse.
Cristóbal atendía cada palabra con una concentración que rara vez mostraba frente a una tarea escolar.
Vicente extendió la mano hacia una de las perillas.
Noelia se la apartó antes de que alcanzara a tocarla.
—Primero aprendemos. Después desarmamos.
—No la iba a desarmar.
—Eso dicen siempre antes de desarmar algo.
El técnico prometió volver durante la semana para instalar una antena en el techo. Cuando terminó de guardar las herramientas, Noelia lo acompañó por el jardín.
Osvaldo se quedó en el comedor. Escuchó el portón abrirse y después la voz de ella despidiéndose. Sabía que, apenas regresara, tendría que responder la pregunta que había logrado aplazar.
Noelia entró limpiándose las manos contra la falda. Se detuvo junto a él y bajó la voz para que los niños no escucharan.
—¿Cuánto costó?
Osvaldo se lo dijo.
Ella no respondió de inmediato. Levantó las cejas y miró el televisor como si el aparato hubiera aumentado de tamaño.
—Osvaldo.
—Utilicé mi sueldo y una parte de los ahorros.
—En marzo tengo que comprar uniformes y zapatos.
—Ese dinero está guardado.
—También hay cuentas.
—Lo sé.
Noelia observó a los niños, sentados ya en el suelo. Niebla se había instalado entre ambos y seguía las imágenes con la cabeza inclinada hacia un lado.
—No tenías que comprarlo.
—Quería hacerlo.
—¿Por qué?
La pregunta era sencilla, pero Osvaldo tardó en responder.
Miró la cama de Vicente. En las semanas anteriores, casi todas las decisiones de la casa habían estado relacionadas con la enfermedad: qué podía comer, cuánto debía caminar, dónde dormirían para no dejarlo solo, cuánto costaban los remedios.
Incluso las pequeñas alegrías parecían necesitar una justificación.
Noelia aún tenía una marca de jabón cerca de la muñeca.
—Porque no todo tiene que ser necesario.
Ella siguió mirándolo. En su expresión permanecía la preocupación, pero algo comenzaba a ceder detrás de ella.
En la pantalla apareció un gato persiguiendo a un ratón.
Niebla se incorporó.
El gato corrió hacia el frente y pareció lanzarse fuera de la pantalla. El perro ladró y apoyó las patas delanteras sobre la mesa, haciendo que el aparato se moviera.
—¡Niebla! —gritaron los niños.
Noelia reaccionó antes que nadie. Lo sujetó por el lomo mientras Vicente trataba de apartarlo del mueble.
—No es de verdad —le explicó el niño, abrazándolo por el cuello—. Está adentro del televisor.
Niebla continuó gruñendo hacia la pantalla.
Osvaldo se agachó para ayudar a bajarlo. Cuando levantó la cabeza, encontró los ojos de Noelia por encima del perro y de los niños.
Ella intentó sostener la seriedad, pero una risa terminó escapándosele.
—Por lo menos se ve bien —dijo.
Aquella noche extendieron los colchones frente al aparato.
Vicente permaneció en su cama junto a la ventana. Cristóbal instaló el suyo cerca de la biblioteca y Osvaldo acomodó el último al otro lado de la mesa. Noelia apagó la lámpara del techo y la oscuridad se llenó de destellos azules, rojos y amarillos.
Durante los primeros minutos casi nadie habló. Los niños observaban la pantalla con una atención temerosa, como si los colores pudieran desaparecer si alguno pestañeaba demasiado tiempo.
Noelia se quedó de pie detrás de una silla.
Osvaldo volvió el rostro hacia ella.
—Pensé que no te interesaba.
—Estoy tratando de entender por qué todos se ríen.
—Eso es mirar.
Permaneció unos segundos más de pie, aunque ya no fingía ordenar nada. Finalmente rodeó la silla y se sentó junto a él.
Afuera, la última claridad de enero desaparecía sobre los techos de Puerto Ceniza. Dentro de la Casa Amarilla, la pantalla cambió nuevamente de color y dejó una luz rojiza sobre el rostro de Vicente.
El niño se había quedado dormido sin anunciar que no estaba cansado. Tenía una mano abierta sobre la frazada y la cabeza ligeramente inclinada hacia la ventana.
Noelia lo contempló.
Durante semanas, cada movimiento de Vicente la había obligado a levantarse, a acercar una mano a su frente o a esperar en la oscuridad hasta escuchar su respiración. Aquella noche permaneció sentada.
Solo cuando la frazada comenzó a deslizarse se puso de pie. La levantó hasta cubrirle las piernas y regresó a su sitio.
Sin apartar la mirada del niño, apoyó la cabeza sobre el hombro de Osvaldo.
—¿Sigues pensando que no era necesario? —preguntó él.
—Sigo pensándolo.
—Todavía puedo devolverlo.
Noelia acomodó mejor la mejilla contra su hombro.
—No exageres.
Osvaldo sonrió y volvió los ojos hacia la pantalla.
Cristóbal también se había quedado dormido. Niebla, en cambio, continuaba sentado frente al aparato, esperando con las orejas levantadas que el gato volviera a aparecer.
Para cuando enero terminó, el televisor ya ocupaba un lugar junto a la pared.