Mi última plegaria antes de ti Capítulo 37
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Capítulo 37

Capítulo

La última mañana de enero, Osvaldo llegó a la ferretería cuando Sergio todavía forcejeaba con la cortina metálica.

Tuvo que agacharse para pasar por debajo.

Mientras dejaba la vianda sobre el escritorio del fondo, escuchó a su hermano tirar nuevamente de la cadena y el estrépito de la cortina ascendiendo por las guías.

El ruido se extendió por el local todavía vacío y pareció despertar los tarros de pintura, las herramientas y las cajas amontonadas sobre los estantes.

Dentro se conservaba el frío de la noche y un olor espeso a pintura, aceite y madera guardada.

Durante sus primeros días, aquella mezcla se le había quedado adherida a la ropa y le había resultado difícil no compararla con la cera, el incienso y la humedad de San Sebastián.

Ahora la reconocía antes de entrar y, algunas tardes, todavía la llevaba consigo cuando regresaba a la Casa Amarilla.

Sergio terminó de levantar la cortina y se sacudió las manos contra el pantalón.

—Llegaste temprano.

—El bus no se detuvo en San Ignacio.

—Debe haberse descompuesto el paradero.

Osvaldo se quitó el abrigo y lo colgó detrás del escritorio.

—Los paraderos no se descomponen.

—En este pueblo, todo puede descomponerse.

Sergio tomó una caja de bisagras abandonada junto a la entrada y la llevó hasta el mesón.

Osvaldo encendió la lámpara del escritorio.

La luz amarillenta cayó sobre los cuadernos, las facturas y una taza donde su hermano guardaba lápices, tornillos y una llave cuyo origen ninguno de los dos recordaba.

Durante las primeras semanas había tenido que preguntar dónde estaba casi todo.

Los estantes parecían seguir un orden que solo Sergio comprendía y que cambiaba cada vez que llegaba mercadería nueva.

Algunas cajas conservaban nombres que ya no correspondían a su contenido y ciertos productos aparecían en lugares que desafiaban cualquier intento de clasificación.

Aquella mañana encontró sin ayuda la guía de despacho que necesitaba.

La extendió sobre el escritorio, comparó las cantidades con el inventario y marcó dos diferencias. Antes de terminar, Sergio ya había abierto una de las cajas de bisagras y comenzaba a distribuirlas en el estante.

—Faltan tres cajas de tornillos para madera.

—Llegan el martes.

—La guía dice que las enviaron.

—Entonces deben de estar en la bodega.

Osvaldo levantó la vista del papel.

—Revisé ayer.

—Revísala otra vez.

—¿Para qué anotas las cosas si después no crees en lo que está escrito?

Sergio colocó la última caja sobre el estante y se volvió hacia él.

—Para que tú tengas algo que ordenar.

Osvaldo intentó mantener el gesto serio, pero terminó sonriendo. Aún no había aprendido a distinguir cuándo su hermano hablaba en broma y cuándo simplemente se negaba a reconocer el desorden en que había llevado las cuentas durante años.

La campanilla de la entrada sonó poco después de las nueve. Sergio se encontraba en la bodega descargando unas cajas con uno de los empleados, de modo que Osvaldo cerró el cuaderno, dejó el lápiz sobre el escritorio y atravesó el local hasta situarse detrás del mesón.

Una mujer de sombrero claro acababa de entrar con una bolsa de compras colgada del brazo. Recorrió los estantes con la mirada y avanzó hacia él.

—Padre Osvaldo.

La forma en que pronunció el tratamiento hizo que él enderezara la espalda.

Todavía le ocurría. Podía pasar una mañana completa atendiendo clientes, sumando ventas o revisando facturas y bastaba que alguien lo llamara padre para que, durante un segundo, volviera a sentir el alzacuello alrededor de la garganta.

—Buenos días —respondió.

La mujer observó la camisa celeste, las mangas dobladas sobre los antebrazos y el pantalón gris. Después dirigió una mirada rápida hacia el fondo, desde donde llegaba el ruido de las cajas que Sergio y el empleado acomodaban en la bodega.

—Supe que ya no estaba en San Sebastián.

—Así es.

Ella apretó la bolsa contra el cuerpo, como si no estuviera segura de qué podía preguntar y qué debía callar.

—Necesito una cosa para la llave del lavaplatos.

Osvaldo apoyó las manos sobre el mesón.

—¿La llave completa?

—No. Esa cosita que se cambia cuando empieza a gotear.

Abrió el cajón de las gomas y las arandelas. Había aprendido a reconocer algunas medidas, pero todavía necesitaba comparar las piezas antes de estar seguro.

—¿Sabe qué tamaño necesita?

La mujer separó el pulgar y el índice, dejando entre ambos un espacio impreciso.

—El tamaño de una llave normal.

Osvaldo escogió dos paquetes y los dejó frente a ella.

—Podría llevar ambos. Si uno no sirve, puede devolverlo.

La mujer los examinó. Luego lo miró otra vez.

—¿Y usted sabe de estas cosas?

La pregunta no parecía referirse únicamente a las gomas.

Osvaldo pasó un dedo por el borde de uno de los paquetes.

—Estoy aprendiendo.

Ella escogió uno, lo guardó dentro de la bolsa y dejó unas monedas sobre el mesón. Antes de recoger el vuelto, bajó la voz.

—La gente habla demasiado.

Osvaldo levantó los ojos.

La mujer se acomodó el sombrero y miró hacia la calle.

—Siempre lo ha hecho. Pero no les haga caso.

Se marchó antes de que él encontrara una respuesta. La campanilla de la puerta sonó dos veces y después quedó balanceándose sobre el marco.

Osvaldo todavía miraba hacia la entrada cuando Sergio apareció a su lado, cargando una caja contra el pecho.

—¿Qué quería?

—Una goma para el lavaplatos.

—¿Se la vendiste?

—Dos.

Sergio dejó la caja en el suelo.

—Entonces estás progresando.

—También quería saber si sigo siendo sacerdote.

—¿Y qué le dijiste?

Osvaldo guardó las monedas dentro de la caja.

—Que necesitaba una goma.

Sergio lo observó unos segundos. Una sonrisa fue apareciendo lentamente bajo el bigote.

—Así se hace. En la ferretería todos vienen por algo, aunque a veces no sepan muy bien qué es.

El movimiento aumentó durante la mañana.

Entraron dos hombres buscando clavos para una ampliación, una mujer pidió pintura para una puerta y un muchacho trató de explicar que necesitaba un alambre resistente, pero no demasiado grueso.

Osvaldo encontró varias piezas sin tener que llamar a Sergio.

Todavía consultaba algunos precios y se equivocó dos veces al calcular el vuelto, pero ya no recorría todos los estantes antes de descubrir lo que tenía frente a los ojos.

Cerca del mediodía, cuando el calor comenzaba a concentrarse entre los pasillos, Sergio entró en la oficina y dejó un sobre en el escritorio.

Osvaldo estaba terminando de sumar una columna. Vio la mano de su hermano retirarse, pero no levantó inmediatamente la cabeza.

—¿Qué es?

—Ábrelo.

Dentro encontró varios billetes ordenados por valor. Los contó una vez. Después los contó de nuevo.

—Es demasiado.

Sergio arrastró una silla y se sentó al otro lado del escritorio.

—No es demasiado.

—Llevo poco más de un mes.

—Y en ese mes descubriste que, según mis cuadernos, llevo tres años regalando martillos y criando candados.

Osvaldo sostuvo los billetes entre los dedos.

—También recibo mi parte de las ganancias.

—Esa parte te corresponde por ser dueño de la mitad de este lugar. Esto es por levantarte antes de las seis, viajar todos los días y trabajar aquí.

—No acordamos un sueldo.

—Lo acordé yo.

Sergio se inclinó hacia adelante y apoyó los antebrazos sobre las piernas.

—Noelia tiene una casa, dos niños y una cantidad de gastos que tú todavía no conoces.

—Quiero aportar.

—Entonces deja de discutir cuando alguien intenta pagarte.

Osvaldo volvió a guardar el dinero dentro del sobre.

Durante años había recibido y administrado dinero sin considerarlo verdaderamente suyo.

Servía para reparar goteras, comprar velas, pagar las cuentas de San Sebastián o ayudar a alguna familia de la comunidad.

Incluso la parte de las ganancias de la ferretería que Sergio depositaba cada mes solía permanecer intacta en una libreta de ahorros o terminaba cubriendo alguna necesidad parroquial.

Aquel sobre tenía otro peso.

No era una donación ni una cantidad que debiera distribuir entre obligaciones ajenas. Lo había ganado revisando inventarios, atendiendo detrás del mesón y tratando de convertir los apuntes de Sergio en cuentas comprensibles.

Por primera vez, nadie había decidido antes que él qué debía hacer con aquel dinero.

Guardó el sobre en el bolsillo interior del abrigo y, casi de inmediato, pensó en la Casa Amarilla.

Vio la cama de Vicente junto a la ventana, los colchones que cada noche ocupaban el comedor y desaparecían por la mañana, las frazadas sobre las sillas y las camisas de los niños esperando los remiendos de Noelia.

Recordó también las veces que ella había calculado los gastos sobre un cuaderno, restando y volviendo a sumar antes de decir que los uniformes todavía podían esperar unas semanas.

Después recordó una vitrina del centro.

Habían pasado frente a ella al regresar del último control médico. Cristóbal y Vicente se detuvieron a mirar un televisor encendido. Transmitían un partido de fútbol y la camiseta de uno de los equipos tenía un rojo tan intenso que Vicente acercó la cara al vidrio.

—Es rojo de verdad —había dicho.

—En la casa se vería genial.

Noelia lo tomó suavemente por los hombros y lo apartó de la vitrina antes de que terminara apoyando la nariz contra el vidrio.

La imagen regresó a Osvaldo mientras cerraba el cajón del escritorio.

Al terminar la jornada no caminó directamente hacia el terminal.

Se desvió por una calle lateral y llegó hasta la tienda de electrodomésticos situada a dos cuadras de la plaza.

En la vitrina había tres televisores. El más pequeño transmitía una imagen en blanco y negro.

Los otros dos eran a color: en uno, una mujer anunciaba una bebida; en el otro, varios niños corrían por un parque de un verde casi imposible.

Osvaldo se detuvo frente al precio.

Era más alto de lo que había calculado. El sueldo completo no alcanzaba y tendría que retirar una parte de sus ahorros. Permaneció varios minutos observando el cartel, buscando razones para continuar hasta el terminal.