Capítulo 36 #2
La señora Elvira tomó el plato vacío y lo examinó como si necesitara comprobarlo.
—Ni un fideo dejó.
—Tenía hambre.
—Eso es porque está mejorando.
Noelia sonrió, pero bajó la mirada hacia su propio plato. Osvaldo alcanzó a advertir cómo apretaba los labios.
Debajo de la mesa, Cristóbal tocó con la punta del zapato la pierna de su hermano.
—¿Quieres saber qué más preparó?
Vicente levantó la cabeza.
—¿Qué?
La señora Elvira abrió la alacena y sacó una fuente cubierta con un paño.
—Primero tiene que reposar un poco.
Retiró la tela. Debajo había una leche asada, con la superficie dorada y algunas zonas más oscuras alrededor de los bordes.
—Hice esto ayer —explicó—. Y también hay compota de manzana.
—Leche asada —eligió Vicente.
—Compota —dijo Noelia al mismo tiempo.
Vicente la miró.
—Pero la leche asada es blanda.
—Y tiene azúcar.
—La gelatina también tenía azúcar y me la daban.
Osvaldo llevó una mano a la boca para ocultar una sonrisa.
La señora Elvira cortó un trozo pequeño y lo puso en un plato.
—La mitad de esto —dijo Noelia.
Vicente comenzó a comer antes de que pudieran continuar discutiendo. Probó el primer bocado y cerró los ojos.
—Está buena.
La señora Elvira enderezó la espalda.
—Naturalmente.
—Mejor que la gelatina.
Cristóbal estiró el cuello para mirar la fuente.
—¿Yo también puedo?
—Usted ha comido leche asada durante toda la semana.
—Pero hoy volvió Vicente.
Finalmente, la señora Elvira le sirvió un pedazo más pequeño. También dejó una porción frente a Osvaldo y otra frente a Noelia.
Vicente comió lentamente esta vez. Al llegar a la mitad, se detuvo y miró hacia la sala. Desde su asiento alcanzaba a ver una parte del árbol y los paquetes que permanecían debajo.
—¿Esos son los que guardaste? —preguntó.
Cristóbal siguió la dirección de sus ojos.
—Esos y otro que escondí.
—¿Dónde?
—Si te digo, deja de estar escondido.
—Pero es mío.
—Por eso tienes que encontrarlo.
—No voy a buscar nada hoy —intervino Noelia.
—No tiene que buscarlo —dijo Cristóbal—. Yo se lo paso.
Vicente dejó la cuchara.
—Quiero abrirlos.
—Después de descansar —respondió Noelia.
—No estoy cansado.
En ese momento bostezó.
Cristóbal comenzó a reír.
—No fue un bostezo —protestó Vicente—. Respiré con la boca abierta.
—Claro —dijo Osvaldo—. A veces pasa.
Vicente lo miró, intentando averiguar si se estaba burlando.
La señora Elvira recogió los platos y abrió la puerta de la cocina. Niebla entró de inmediato, olfateando el suelo alrededor de la mesa.
—No cayó nada —le informó Vicente.
El perro continuó buscando.
Noelia se levantó y apoyó una mano sobre el hombro de su hijo.
—Puedes descansar en el sofá.
Vicente miró hacia la escalera.
—Quiero ir a mi pieza.
—Para llegar a tu pieza tienes que subir.
—Puedo hacerlo.
—El médico dijo que no hicieras esfuerzos.
—Quiero ver mi pieza.
Noelia le acarició el cabello.
—Sigue igual.
—Quiero verla yo.
Osvaldo dejó la servilleta junto a su plato.
—Podemos acompañarte.
Vicente apartó la silla y se puso de pie. Permaneció quieto unos segundos, esperando que las piernas recuperaran firmeza. Después tomó el barco del mueble y volvió a apretarlo contra el pecho.
Noelia recogió la bolsa con los remedios.
—Primero vamos despacio.
Vicente avanzó hacia la escalera. Niebla lo siguió hasta el primer peldaño, pero Cristóbal lo sujetó por el collar.
—Tú no. Vas a hacerlo caer.
El niño apoyó una mano sobre la baranda y levantó el pie.
—Puedo subir solo —dijo.
Vicente subió el primer peldaño sin dificultad. En el segundo tuvo que tirar de la baranda para levantar el cuerpo. Al llegar al tercero, se detuvo.
Noelia permanecía detrás de él.
—¿Qué pasa?
—Nada.
Vicente intentó avanzar, pero el pie no llegó al siguiente escalón. Cerró los ojos y apoyó la frente contra los barrotes de madera.
Osvaldo advirtió que las piernas comenzaban a temblarle. Subió dos peldaños y lo sostuvo por la cintura antes de que perdiera el equilibrio.
—Vicente.
El niño abrió los ojos.
—Me mareé un poco —admitió Vicente.
—Entonces bajamos —dijo Noelia.
—No.
—Puedes ver tu pieza más tarde.
—Quiero verla ahora.
Intentó enderezarse, pero Osvaldo no retiró el brazo que lo sostenía.
—Seguiremos de otra manera.
Tomó el barco de las manos del niño y se lo entregó a Cristóbal.
Osvaldo pasó un brazo por debajo de las rodillas de Vicente y el otro alrededor de su espalda. El niño comprendió lo que iba a hacer y trató de afirmarse en la baranda.
—Puedo subir solo.
—Ya lo intentaste.
—No soy una guagua.
—No he dicho que lo seas.
Osvaldo lo levantó con cuidado. Vicente mantuvo los brazos pegados al cuerpo durante unos segundos, como si todavía pudiera resistirse. Después terminó por rodearle el cuello.
—Solo porque la escalera se movió —murmuró.
—Por supuesto.
—No te estás riendo, ¿cierto?
—No.
Cristóbal los siguió con el barco. Noelia subió detrás de ellos, pendiente de que Osvaldo no tropezara. Niebla intentó avanzar, pero la señora Elvira lo retuvo desde abajo.
—Usted se queda conmigo.
El perro apoyó las patas delanteras en el primer peldaño y dejó escapar un gemido. Niebla se sentó frente a la escalera.
Osvaldo ascendió lentamente. Al llegar al descanso, acomodó mejor el cuerpo del niño contra el suyo.
Al alcanzar el segundo piso, Cristóbal se adelantó y abrió la puerta de la habitación.
La luz de la tarde entraba por la ventana.
Las camas permanecían en su lugar, separadas por el velador.
Sobre la pared seguían pegados los dibujos de barcos, animales y casas que los niños habían hecho durante el año.
Junto a la cama de Vicente había una pila de libros y, encima de la almohada, un paquete envuelto en papel azul.
Vicente levantó la cabeza.
—Ese no estaba abajo.
Cristóbal dejó el barco sobre el velador.
—Es el que escondí.
—¿Qué es?
—Si te digo, tampoco sería una sorpresa.
Osvaldo se acercó a la cama y lo depositó sobre el colchón. Vicente permaneció aferrado a su cuello durante unos segundos más.
—Ya llegamos —dijo Osvaldo.
El niño aflojó los brazos.
Noelia retiró el paquete de la almohada y dejó la bolsa con los remedios sobre una silla.
—Lo abrirás después de dormir.
—No tengo sueño.
Cristóbal se sentó en el borde de la cama.
Noelia le quitó los zapatos y lo ayudó a acomodarse. Después extendió la frazada sobre sus piernas.
Vicente recorrió la habitación con la mirada. Observó los dibujos, los libros y una piedra blanca que descansaba sobre el marco de la ventana.
—Está todo igual.
—Te lo dije —respondió Cristóbal.
Vicente volvió la cabeza hacia el barco. Osvaldo lo tomó y se lo puso junto a la almohada.
—¿Y Niebla?
Como si hubiera escuchado su nombre, el perro apareció en el pasillo. Avanzó hasta el umbral, pero no entró.
—Déjalo pasar —pidió Vicente.
—Solo si se queda en el suelo —dijo Noelia.
Niebla cruzó la habitación despacio. Olfateó la cama y se tendió junto a ella, apoyando el hocico sobre las patas.
—No encima de la frazada —le advirtió Noelia.
El perro cerró los ojos.
—Entendió —dijo Vicente.
Noelia se sentó a su lado y le apartó el cabello de la frente.
—Ahora tienes que descansar.
—¿Cuánto?
—Hasta que despiertes.
Vicente miró el paquete azul.
—Cuando despierte, lo voy a abrir.
Noelia permaneció sentada junto a él. Durante algunos minutos, Vicente siguió moviendo los dedos sobre el costado del barco. Poco a poco dejó de hacerlo y su respiración se volvió más lenta.
Cuando estuvieron seguros de que dormía, salieron de la habitación. Niebla permaneció tendido junto a la cama.
En el pasillo, Noelia cerró la puerta hasta dejar una pequeña abertura.
—No puede seguir subiendo y bajando —dijo en voz baja.
—Podemos bajar su cama —respondió Osvaldo.
—No va a querer dormir abajo.
—Durante unos días tendrá que hacerlo.
Cristóbal miró hacia la habitación.
—Podemos ponerla en la sala, junto a la ventana.
—Primero tenemos que ver si pasa por la escalera —dijo Osvaldo.
Bajaron al primer piso.
La señora Elvira ya había recogido los platos y guardado lo que quedaba de la leche asada. Sobre la mesa permanecía solamente la sopera vacía y algunas migas de pan.
—¿Se durmió? —preguntó.
—Antes de admitir que tenía sueño —respondió Noelia.
La señora Elvira sonrió.
—Dos platos de consomé hacen más que todos esos remedios.
Osvaldo entró en la sala y observó el espacio junto a la ventana. Apartó una silla, calculó la distancia hasta la chimenea y después levantó la vista hacia la escalera.
—La cama no va a pasar armada.
—Yo sé dónde están las herramientas —dijo Cristóbal.
Corrió hacia la parte posterior de la casa y regresó con una caja de madera. La dejó en el suelo y comenzó a sacar un martillo, dos destornilladores y una llave oxidada.
—Esa no sirve —dijo Osvaldo, tomando la llave.
—Mi mamá la usa para abrir las latas de pintura.
—Por eso está así.
Cristóbal se agachó junto a la caja.
—¿La desarmamos ahora?
Osvaldo miró hacia el segundo piso.
—Cuando Vicente despierte.
Noelia se había quedado en el último peldaño. Desde allí observó a Cristóbal ordenar las herramientas y a Osvaldo medir con los brazos el espacio que ocuparía la cama. La señora Elvira regresó a la cocina y comenzó a guardar el pan para la noche.
Arriba, el piso crujió levemente.
Todos levantaron la cabeza.
No se escuchó nada más.
Noelia bajó el último escalón y se acercó a ellos.