Capítulo 36
Capítulo
Niebla fue el primero en escuchar el taxi.
Levantó la cabeza desde el corredor y corrió hacia el portón ladrando. Cristóbal salió detrás de él, todavía con una cinta de regalo enredada alrededor de la muñeca.
—¡Llegaron!
Osvaldo abandonó la sala y alcanzó a sujetar al perro por el collar antes de que el automóvil terminara de detenerse frente a la casa. Niebla tiró con tanta fuerza que las patas traseras le resbalaron sobre la tierra del sendero.
La señora Elvira apareció en la puerta, secándose las manos en el delantal.
—No lo suelte todavía —advirtió—. Va a botar al niño.
El motor del taxi se apagó.
Noelia descendió primero. Llevaba el bolso con la ropa del hospital colgado del hombro y sostenía entre las manos una carpeta con las indicaciones médicas. Antes de cerrar la puerta, se inclinó nuevamente hacia el interior.
Vicente apareció detrás del vidrio.
Cristóbal avanzó hasta la mitad del jardín y se detuvo.
Noelia abrió la puerta trasera y extendió ambos brazos. Vicente apoyó una mano en el asiento y la otra en el hombro de su madre para incorporarse.
Cuando finalmente puso los pies sobre la vereda, permaneció quieto unos segundos.
Llevaba el barco de madera apretado contra el pecho. Estaba más delgado y el pantalón le quedaba suelto alrededor de la cintura. Su rostro conservaba la palidez de las últimas semanas, pero sonrió apenas vio a su hermano.
—¡Vicente! —gritó Cristóbal.
Corrió hacia el portón y estuvo a punto de abrirlo de golpe. Osvaldo lo sujetó por un hombro.
—Espera a que entre.
Noelia pagó al conductor y cruzó la calle caminando despacio, pendiente de cada paso de su hijo. Vicente intentó adelantarse, pero ella no le soltó el brazo.
Cristóbal abrió el portón apenas estuvieron frente a él.
—¿Puedo abrazarlo?
—No me voy a quebrar.
Cristóbal lo rodeó con los brazos. Al principio lo hizo con cuidado, dejando las manos apenas apoyadas sobre su espalda. Después apretó un poco más.
Vicente sostuvo el barco con una mano y le devolvió el abrazo con la otra.
—Te demoraste mucho —murmuró Cristóbal.
—No fue culpa mía.
—Te guardé tus regalos.
—¿Todos?
Cristóbal se apartó.
—Algunos.
—¿Cuántos?
—Después los cuentas.
Niebla volvió a tirar del collar y dejó escapar un gemido.
Vicente miró hacia él.
—Suéltalo.
—Espera un poco —dijo Osvaldo—. Está demasiado entusiasmado.
—No me va a hacer nada.
Osvaldo se agachó junto al perro y aflojó lentamente los dedos. Niebla avanzó un paso, pero no saltó. Se acercó con el cuerpo inclinado y comenzó a olfatear los pantalones de Vicente. Después le lamió las manos y apoyó la cabeza contra su vientre.
El niño dejó el barco sobre el suelo y lo abrazó por el cuello.
Niebla lanzó otro gemido, esta vez más largo, y movió la cola contra las tablas del cerco.
—Yo también te extrañé —le dijo Vicente.
El perro intentó lamerle la cara. Vicente se echó hacia atrás riendo y tuvo que apoyar una mano en el portón para mantener el equilibrio.
Noelia dio un paso hacia él.
—¡Despacio Niebla!
—Estoy bien.
El perro levantó las orejas al escuchar su nombre, como si quisiera defenderse.
La señora Elvira bajó los escalones de la entrada. Había dejado una mancha de harina en un costado del delantal.
Al llegar junto a Vicente, le sostuvo el rostro entre las manos.
Le acarició el cabello y lo estrechó con cuidado contra su pecho.
—Mijito lindo.
Vicente apoyó la mejilla sobre su hombro.
—Ya estoy bien, señora Elvira.
Ella se apartó para examinarlo de arriba abajo.
—Eso lo decidiré después de verlo comer.
—En el hospital me daban comida.
—Pero no de la buena.
—A veces había gelatina.
—Eso no es comida. Eso tiembla porque sabe que nadie se la quiere comer.
Cristóbal soltó una carcajada. Vicente también rio, aunque la risa terminó convertida en una respiración más profunda.
Noelia lo observó.
—¿Estás cansado?
—No.
—Vicente.
—Un poco.
Osvaldo tomó el bolso con la ropa y la bolsa que contenía los remedios. Noelia quiso entregarle también la carpeta, pero él ya no tenía las manos libres.
—Con eso basta —dijo ella.
La señora Elvira se adelantó hacia la casa.
—Entren antes de que se enfríe el consomé.
Vicente levantó la cabeza.
—¿Hizo consomé?
—Desde temprano. Con pollo de verdad, no con esas cosas que les echan agua y les ponen nombres raros.
—¿Tiene fideos?
—Fideos, pollo desmenuzado y un poco de perejil.
—No me gusta el perejil.
—Hoy le va a gustar.
Vicente sonrió.
Comenzaron a caminar por el sendero. Cristóbal avanzaba a su lado, sin separarse más de un paso. Niebla los seguía por el otro costado y cada pocos segundos levantaba el hocico para comprobar que Vicente continuaba allí.
Noelia caminaba detrás, con una mano extendida por si el niño volvía a perder el equilibrio. No llegó a tocarlo, pero tampoco la bajó.
Al subir el primer escalón de la entrada, Vicente tuvo que apoyarse en la baranda.
Cristóbal fingió no darse cuenta.
—Te dejé tu lado de la pieza igual —le contó—. Pero Niebla se metió una vez.
—¿Se subió a mi cama?
—No lo dejé.
—Mentira —dijo la señora Elvira desde la puerta—. Lo encontré durmiendo encima.
—Pero lo bajé.
—Después de que llenó la frazada de pelos.
Vicente miró al perro.
—No importa.
Al entrar, se detuvo.
El árbol de Navidad permanecía junto a la ventana. Las luces estaban apagadas, pero las ramas todavía sostenían las guirnaldas, las figuras de papel y las pequeñas bolas de colores. Debajo había varios paquetes envueltos que nadie había abierto.
—No lo sacaron —dijo.
—Te estábamos esperando —respondió Cristóbal.
Vicente contempló el árbol durante unos segundos. Después miró la escalera, las caracolas sobre los muebles y la fotografía de Daniel junto a la chimenea.
Desde la cocina llegó el aroma del consomé caliente y del pan recién puesto sobre la estufa.
La señora Elvira abrió la puerta del comedor.
—Primero va a sentarse a comer —anunció—. Después puede revisar si la casa sigue en su sitio.
Vicente aspiró el olor y apretó el barco contra el pecho.
—Tengo hambre.
La señora Elvira había puesto el mantel de flores. En el centro de la mesa humeaba una sopera de loza blanca, acompañada por una fuente con pan amasado todavía tibio, y un pequeño pocillo de perejil picado.
—Siéntese aquí —dijo, apartando una silla.
Era el lugar que Vicente ocupaba siempre.
El niño dejó el barco sobre la mesa, pero Noelia lo tomó antes de que recibiera alguna salpicadura y lo acomodó sobre un mueble cercano.
—Desde ahí puedes verlo.
—No se va a caer, ¿cierto?
—No se va a caer.
Vicente se sentó. Cristóbal ocupó la silla de al lado y Niebla se instaló inmediatamente entre ambos, con el hocico apenas visible por encima de las rodillas.
—Tú afuera —ordenó la señora Elvira.
El perro bajó las orejas.
—No está haciendo nada —lo defendió Vicente.
—Todavía.
La señora Elvira señaló la puerta de la cocina. Niebla miró primero a Vicente, después a Noelia y, al comprender que no encontraría apoyo, caminó lentamente hacia el corredor. Antes de salir, se volvió una última vez.
—Parece que lo estuvieran desterrando —comentó Osvaldo.
—Lo estoy desterrando hasta que terminemos de comer —respondió la señora Elvira—. Después puede volver a llenarnos de pelos.
Noelia dejó la carpeta con las indicaciones médicas y la bolsa de remedios sobre un extremo del aparador. Después se quitó el abrigo y lo colgó en el respaldo de una silla.
—El médico dijo que no comiera demasiado de una sola vez.
La señora Elvira levantó la tapa de la sopera.
—El médico no conoce el tamaño de mis platos.
Sirvió una porción pequeña de consomé y la dejó frente a Vicente. En la superficie flotaban fideos finos, trozos de zanahoria y algunas hebras de pollo.
—Está caliente —advirtió Noelia.
Vicente acercó el rostro al vapor.
—Huele mejor que el del hospital.
—Porque este tiene pollo —dijo la señora Elvira—. El de allá debía de tener solamente las plumas.
Cristóbal rió.
Vicente tomó la cuchara y probó el caldo. Lo hizo con cuidado al principio, soplando cada vez. Después de la tercera cucharada dejó de esperar a que se enfriara.
Noelia se sentó frente a él.
La señora Elvira colocó una rebanada de pan junto al plato.
—Que coma tranquilo. Llevo toda la mañana preparando esto.
Vicente partió el pan y sumergió una esquina en el consomé.
Noelia lo observaba en silencio. Durante los últimos días había tenido que convencerlo para que probara cada cucharada. Algunas veces él apartaba la bandeja sin haber comido casi nada. Ahora inclinaba el plato para alcanzar el caldo restante.
—¿Hay más? —preguntó.
La señora Elvira se volvió hacia Noelia con una expresión satisfecha.
—Claro que hay más. Preparé una olla, no una muestra.
—Solo un poco —dijo Noelia.
—Estoy bien, mamá.
La señora Elvira volvió a llenar el plato, esta vez con una porción ligeramente mayor. Añadió pollo desmenuzado y dejó el perejil aparte.
—Para que no diga que lo estoy envenenando.
Vicente miró el pocillo.
—No me gusta.
—Ni siquiera lo ha probado.
—Es verde.
—Las cosas verdes también se comen.
—Los árboles son verdes.
—Y por eso no se comen los árboles.
Osvaldo se sentó en la silla situada al otro extremo de la mesa. La señora Elvira le sirvió consomé sin preguntarle.
—Yo puedo esperar —dijo él.
—Aquí nadie espera con la comida delante.
Noelia recibió también un plato, aunque apenas comenzó a probarlo. Seguía pendiente de la respiración de Vicente, de la forma en que sostenía la cuchara y de cualquier cambio en el color de su rostro.
El niño levantó la vista.
—Mamá, estás mirando otra vez.
—Estoy comiendo.
—No. Me estás mirando comer.
—Quiero comprobar que mastiques.
—El consomé no se mastica.
Cristóbal se rio con la boca llena de pan.
—Tú tampoco hables —dijo Noelia—. Traga primero.
Durante unos minutos solo se escucharon las cucharas golpeando los platos y el crujido del pan al partirse. Desde el corredor llegó un resoplido de Niebla, que seguía esperando junto a la puerta.
Vicente terminó la segunda porción. Dejó la cuchara dentro del plato y apoyó ambas manos sobre el vientre.
—Me lo comí todo.
—Lo estamos viendo —dijo Noelia.