Mi última plegaria antes de ti Capítulo 35
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Capítulo 35

Capítulo

La mañana de Nochebuena encontró a Berta arrodillada frente al armario de la sacristía, revisando por tercera vez los mismos cajones.

Durante los dos días anteriores había recorrido las bodegas, la oficina parroquial y cada una de las cajas utilizadas para guardar los adornos. Javier Cavieres la había acompañado durante buena parte de la búsqueda.

Nadie había visto al Niño Jesús.

El pesebre ya estaba instalado a un costado del altar. Cavieres había reparado la pata de la oveja, pegado la corona del Rey Mago y devuelto la mano al ángel. Entre la Virgen y san José continuaba el espacio vacío.

—No está aquí —dijo Berta.

Cavieres reemplazaba las últimas ampolletas de una serie de luces.

—Eso mismo comprobamos el lunes.

—El lunes revisamos con apuro.

—Estuvimos cuatro horas.

—El tiempo no garantiza que una persona haga bien su trabajo.

Cavieres levantó la cabeza para responder y reparó en una pequeña caja colocada sobre el armario. Estaba cubierta de polvo y parcialmente oculta detrás de un florero.

—¿No estará en esa caja de ahí arriba?

Berta se incorporó.

—¿Cuál caja?

Cavieres la señaló.

—Esa.

—Esa caja no pertenece al pesebre.

—Entonces no perdemos nada con revisarla.

Acercó una silla y se subió.

—Tenga cuidado —dijo Berta—. No se afirme de la puerta.

—Estoy bien.

—La silla se está moviendo.

—Porque usted la empuja.

Berta soltó el respaldo. Cavieres estiró los brazos y consiguió alcanzar la caja. Al retirarla, una capa de polvo cayó sobre su cabello y sus hombros.

Descendió y la dejó sobre la mesa.

—Parece que nadie la toca desde el año pasado.

—Ábrala.

En el interior encontraron un bulto envuelto en un paño blanco. Sobre él había un papel doblado.

Cavieres lo abrió y leyó:

—«Niño Jesús. Guardar por separado para evitar que se quiebre».

Al final aparecía un nombre escrito con tinta azul.

Cavieres levantó los ojos.

—Dice Berta.

Ella le quitó el papel.

—Reconozco mi letra.

—Entonces fue usted quien lo guardó aquí.

—Quise protegerlo. Mire lo que ocurrió con la oveja y el ángel.

—Fue una buena precaución.

—No si después olvidé dónde estaba.

Cavieres apartó el paño. La figura apareció intacta, con los brazos extendidos y la pintura ligeramente desgastada alrededor de los pies.

Berta la recibió con ambas manos. Se persignó y dejó escapar el aire que había contenido.

—Bendito sea Dios.

Durante unos segundos contempló la figura en silencio.

—Al final sí estaba en un lugar seguro —dijo Cavieres.

—Demasiado seguro.

Él sonrió.

—Entonces ya no será necesario que me ofrezca para reemplazarlo.

Berta estrechó la figura contra el pecho.

—Dios nos ha librado de esa posibilidad.

Llevó al Niño Jesús hasta una mesa de la sacristía y lo dejó sobre el paño blanco, a la vista de todos.

—Aquí permanecerá hasta la misa de medianoche.

—¿No va a guardarlo?

—No.

Berta colocó delante de la figura un papel en el que escribió: «NO MOVER».

Poco después, Cavieres conectó las luces. Las ampolletas rojas, verdes y amarillas se encendieron alrededor del pesebre. En el centro del establo continuaba el espacio vacío entre la Virgen y san José.

Poco antes del mediodía, el médico terminó de examinar a Vicente.

La habitación tenía otras tres camas ocupadas. Junto a cada una permanecía algún familiar: una mujer tejía junto a su hijo, un hombre leía el diario cerca de la ventana y otra madre ayudaba a terminar una estrella de papel.

Vicente se sentó en el borde de la cama y apoyó los pies en el suelo. El médico le pidió que se pusiera de pie. Alcanzó a dar dos pasos antes de sujetarse de su brazo.

—Todavía me mareo un poco.

El médico lo ayudó a regresar a la cama.

—Has mejorado bastante, pero quiero que permanezcas otra noche en observación.

Vicente dirigió la atención hacia Noelia.

—¿No puedo irme hoy?

—Mañana volveremos a evaluarte —respondió el médico.

—Pero hoy es Nochebuena.

Noelia se acercó y acomodó la manta sobre sus piernas.

—Es mejor esperar hasta que puedas caminar sin marearte.

Vicente apoyó la espalda contra la almohada.

—Entonces voy a pasar la Navidad aquí.

—La Nochebuena —lo corrigió el médico—. La Navidad todavía podemos negociarla.

Antes de salir explicó que esa noche permitirían que las familias permanecieran hasta después de medianoche. En varias habitaciones ya estaban preparando adornos y las enfermeras repartirían una cena especial para los niños.

Cuando la puerta se cerró, Vicente observó la estrella de papel que colgaba sobre la cama vecina.

—Cristóbal va a querer abrir los regalos sin mí.

—Cristóbal va a venir.

—¿Aquí?

—Vamos a pasar la Nochebuena contigo.

Vicente pareció considerarlo.

—¿Tío Osvaldo también?

Noelia tardó apenas un segundo en responder.

—También.

Salió al pasillo y caminó hasta el teléfono instalado cerca de la estación de enfermería. Después de introducir una moneda marcó el número de la Casa Amarilla.

Cristóbal atendió.

—¿Le dieron el alta?

—Todavía no. El médico quiere que permanezca una noche más.

Hubo un breve silencio.

—¿Está peor?

—No. Está mucho mejor, pero todavía se marea al caminar.

—Entonces vamos a verlo en la tarde.

—Vamos a pasar la Nochebuena acá.

—¿En el hospital?

—Sí.

Cristóbal aceptó la noticia con más facilidad de la que Noelia había esperado.

—Podemos llevar los regalos.

Osvaldo habló al otro lado y Cristóbal le entregó el teléfono.

—¿Qué dijo el médico? —preguntó.

Noelia volvió a explicárselo.

—Vicente está decepcionado.

—Es comprensible.

—Dice que pasará la Navidad en el hospital.

—Entonces llevaremos la Navidad al hospital.

Noelia sonrió.

—Los espero a las siete.

—Ahí estaremos —respondió Osvaldo.

Cuando regresó a la habitación, Vicente continuaba observando la puerta.

—¿Qué dijeron?

—Que vendrán a las siete.

—¿Los dos?

—Los dos.

Vicente acomodó la cabeza sobre la almohada.

—Entonces no va a ser tan malo.

En la cama vecina, el hombre que había estado leyendo el diario comenzó a colgar una guirnalda de papel entre dos ventanas. Noelia tomó una de las estrellas que quedaban sobre la mesa y se sentó junto a su hijo para ayudarlo a terminarla.

A las seis de la tarde, la mesa de la Casa Amarilla estaba cubierta de paquetes, bolsas y adornos.

Cristóbal había insistido en llevar el árbol de Navidad al hospital. Osvaldo consiguió convencerlo de que las enfermeras difícilmente permitirían introducirlo en la habitación.

—Entonces llevamos una parte.

Escogieron una rama de pino que había sobrado de los adornos y la colocaron dentro de una botella cubierta con papel rojo. Cristóbal colgó de ella dos estrellas y una esfera pequeña.

—Ahora parece un árbol.

—Un árbol bastante reducido.

—Tiene que caber en la mesa de Vicente.

En una bolsa guardaron los regalos de los niños, un pan de Pascua y un termo. Osvaldo añadió cuatro tazas y una baraja.

Niebla olfateó cada uno de los paquetes y trató de llevarse una cinta.

—Tú no puedes venir —le explicó Cristóbal.

El perro movió la cola.

—Tampoco puedes quedarte con los regalos.

Osvaldo recuperó la cinta y cerró la bolsa.

—¿Te molesta pasar la Nochebuena en el hospital?

Cristóbal negó con la cabeza.

—Si Vicente está allá, tenemos que estar allá.

La respuesta le pareció suficiente.

Salieron poco después de las seis y media. Niebla los siguió hasta el portón y permaneció observándolos desde el sendero cuando cerraron.

El sol todavía iluminaba los techos, aunque las sombras comenzaban a extenderse sobre las calles. Al acercarse a la plaza vieron encenderse las ampolletas del árbol municipal. El tronco conservaba una ligera inclinación, pero las luces y los adornos conseguían disimularla.

Continuaron caminando.

En el hospital habían colocado guirnaldas de papel en los pasillos. Algunas familias llegaban con paquetes, termos y fuentes cubiertas con paños. Desde una radio situada en la estación de enfermería sonaban villancicos a bajo volumen.

Noelia los esperaba cerca de la entrada de la habitación.

—Pensé que se traerían la casa completa.

—Yo quería traer el árbol —dijo Cristóbal.

—Logré detenerlo a tiempo —explicó Osvaldo.

Vicente se incorporó apenas los vio entrar.

—¿Qué llevan ahí?

Cristóbal levantó la botella con la rama de pino.

—Tu árbol.

Lo instalaron sobre la mesa junto a la cama. Después dejaron los regalos a sus pies y colgaron una estrella de papel sobre el respaldo.

Las demás familias también habían comenzado a prepararse. El hombre de la cama vecina repartía vasos de bebida, la mujer que tejía había llevado una bandeja cubierta y una de las madres acomodaba pequeños paquetes sobre el velador de su hijo.

Vicente contempló la rama, los regalos y la bolsa que Osvaldo dejó junto a la pared.

—Parece que de verdad vamos a pasar la Nochebuena aquí.

Noelia se sentó a su lado.

—Te dijimos que vendríamos.

Cristóbal ocupó el borde de la cama y comenzó a contarle todo lo que habían preparado. Osvaldo acercó dos sillas y sirvió el té.

Fuera de la habitación, el cielo comenzaba a oscurecer sobre Puerto Ceniza.

Cerca de las nueve, las enfermeras repartieron la cena. Las familias agregaron lo que habían llevado y pronto circularon entre las camas vasos de bebida, trozos de pan de Pascua y platos con galletas.

El hombre de la cama vecina encendió una radio pequeña. La música se mezcló con las conversaciones y las risas de los niños.

Vicente comió sentado, con la espalda apoyada sobre dos almohadas. Después dejó la bandeja a un costado y observó a Osvaldo.

—¿Entonces ya no eres sacerdote?

—No.

—¿Y el cuello blanco?

—Ya no voy a usarlo.

—¿Lo botaste?

—Sí.

—Ah.

Cristóbal dejó la baraja sobre sus piernas.

—¿Te echaron?

—No. Yo decidí irme.

—¿Por qué?

Osvaldo miró brevemente a Noelia.

—Porque quería vivir de otra manera.

Noelia tomó la mano de Osvaldo.

—Y hay otra cosa. Nosotros estamos pololeando.

Vicente contempló sus manos unidas.

—¿Ustedes dos?

—Sí —respondió Noelia.

—¿De verdad?

—De verdad.

Cristóbal sonrió.

—Yo ya sabía.

—No sabías —dijo Vicente.

—Sí sabía.

—¿Cómo?

—Los vi tomados de la mano.

Vicente volvió a mirar a su madre.

—¿Se dan besos?

—Vicente —dijo Noelia.

—¿Qué? Los pololos se dan besos.

Cristóbal rió y se tapó la boca.

—Algunas veces —admitió Noelia.

—Yo también los vi —dijo Cristóbal.

—¿Y por qué no me contaste?

—Porque no.

Vicente guardó silencio unos segundos.

—¿Dios sabe?

Osvaldo le sostuvo la mirada.

—Sí.

—¿Y no se enojó?

—No. Dios no se enoja porque dos personas se quieran.

Vicente asintió.

—Entonces está bien.

Cristóbal volvió a tomar las cartas.

—¿Vas a seguir viviendo en la casa?

—Sí —respondió Osvaldo.

—¿No vas a volver a la iglesia?

—No.

—Niebla se va a alegrar.

—Niebla ya está bastante contento conmigo.

Vicente estiró una mano fuera de la manta.

—¿Y cuando yo vuelva vas a estar ahí?

Osvaldo tomó su mano.

—Sí. Voy a estar.

—Bueno.

Vicente señaló los paquetes colocados junto a la rama de pino.

—¿Ahora podemos abrirlos?

—Todavía no —respondió Noelia.

El niño dejó caer la cabeza sobre la almohada.

—Falta mucho.

Cristóbal comenzó a repartir las cartas.

—Juguemos hasta que sea la hora.

—Pero no hagas trampa.

—Tú haces trampa.

—Estoy enfermo.

Mientras los hermanos discutían, Noelia no soltó la mano de Osvaldo.

Las horas siguientes transcurrieron entre partidas de cartas, conversaciones y visitas de las enfermeras. Poco antes de medianoche, la habitación comenzó a tranquilizarse. Algunos de los niños más pequeños ya dormían y los adultos consultaban sus relojes.

En San Sebastián, Berta esperaba junto al pesebre con la figura del Niño Jesús entre las manos. Había retirado el papel que decía «NO MOVER» y extendido el paño blanco sobre una mesa.

Cuando las campanas comenzaron a anunciar la medianoche, llevó la figura hasta el establo y la colocó entre la Virgen y san José.

Cavieres conectó las luces.

—Ahora sí está completo.

Berta se persignó sin apartar la vista del pesebre.

En el hospital, la voz del locutor anunció las doce desde la radio. Las familias comenzaron a desearse feliz Navidad. Algunos padres abrazaron a sus hijos sobre las camas y otros se acercaron para intercambiar saludos con quienes habían compartido la habitación durante los últimos días.

Noelia besó a Vicente y después abrazó a Cristóbal. Osvaldo permaneció junto a ellos hasta que Noelia lo rodeó también con un brazo.

—Ahora sí —dijo Vicente—. Los regalos.

Cristóbal se apresuró a recoger los paquetes colocados bajo la rama de pino. Repartió dos y dejó uno pequeño sobre las piernas de su hermano.

—Ese es de Osvaldo.

Vicente rompió el papel. Dentro encontró un barco de madera con una vela blanca y el casco pintado de azul.

—¿Flota?

—Eso espero —respondió Osvaldo.

—Podemos probarlo en la tina.

—Cuando vuelvas a la casa.

Vicente sostuvo el barco frente a sus ojos.

—Entonces tiene que esperarme.

Cristóbal abrió su propio regalo mientras Noelia recogía los papeles que caían al suelo. Durante un rato, la habitación recuperó el movimiento de las primeras horas de la noche. Las familias compartieron lo que quedaba de la comida y los niños enseñaron sus regalos de una cama a otra.

Pasada la una, una enfermera avisó que la visita había terminado.

Vicente ya mantenía los ojos entrecerrados. Noelia guardó sus cosas, acomodó la manta y se inclinó para besarlo en la frente.

—Vendremos temprano.

—¿Los tres?

—Los tres.

Osvaldo dejó el barco sobre la mesa.

—Quiero tenerlo aquí —dijo Vicente.

Se lo devolvió y el niño lo apoyó junto a la almohada.

Cristóbal abrazó a su hermano con cuidado.

—No juegues sin mí.

—Voy a estar durmiendo.

Cuando salieron de la habitación, Vicente ya había cerrado los ojos. Las otras familias también comenzaban a despedirse y las enfermeras recogían vasos y platos de los veladores.

Afuera, el aire estaba frío y las calles casi vacías. Algunas ventanas continuaban iluminadas y desde varias casas llegaban voces, música y risas.

Noelia tomó la mano de Osvaldo.

Al pasar junto a la plaza, vieron salir a los últimos asistentes de la misa. Las puertas de San Sebastián permanecían abiertas y desde la calle se alcanzaban a distinguir las luces del pesebre.

Cristóbal caminaba unos pasos por delante. Cerca de la esquina disminuyó la marcha, se colocó al otro lado de Osvaldo y tomó su mano libre.

Osvaldo cerró los dedos alrededor de la suya. Noelia apretó suavemente la otra.

Ninguno dijo nada.

Continuaron los tres por las calles de Puerto Ceniza hasta que apareció la Casa Amarilla. Niebla comenzó a ladrar desde el interior apenas los escuchó acercarse.

Al llegar al portón, Cristóbal todavía no había soltado la mano de Osvaldo.