Capítulo 34 #4
—No era un confesionario —protestó Osvaldo—. Era una caseta.
—Tenía una cortina, dos compartimientos y me obligaste a confesar quién se había comido el dulce de membrillo.
—Porque habías sido tú.
—Eso no cambia el hecho de que la construiste.
—¿Confesó? —preguntó la menor de las niñas.
—No —respondió Osvaldo—. Culpó al perro.
—El perro no podía defenderse.
—Por eso era el sospechoso más conveniente —explicó Sergio.
Su esposa le dio un golpe suave en el brazo.
—No les enseñes esas cosas.
—Solo les estoy contando la historia familiar.
Los niños quisieron saber más. Sergio habló de una pelea por una bicicleta que ninguno quería compartir y de la tarde en que intentaron caminar por los techos de los vecinos. Omitió su propia participación en varios de los castigos y atribuyó a Osvaldo decisiones que habían tomado juntos.
—Eso no ocurrió así —lo interrumpió su hermano por tercera vez.
—Yo permanecí en este pueblo. Mi versión tiene más testigos.
—Tenías dos años más y todas las ideas eran tuyas.
—Pero tú aceptabas.
—Porque era pequeño.
—Tenías catorce.
—En comparación contigo, era pequeño.
Las niñas rieron. El menor se levantó para buscar una libreta y anunció que comenzaría a escribir las historias antes de que alguno las olvidara.
Durante más de una hora, Osvaldo no tuvo que explicar por qué había dejado la parroquia ni qué ocurriría cuando la Iglesia respondiera a su solicitud. Nadie le pidió que defendiera sus decisiones.
Para los niños era simplemente su tío. Para la mujer que servía otra porción en su plato, continuaba siendo el hermano de su esposo. Y para Sergio seguía siendo el muchacho que ordenaba tornillos, rompía ventanas y discutía por una bicicleta.
Cuando consultó el reloj, faltaban pocos minutos para las tres.
—Tengo que regresar a Puerto Ceniza.
Su cuñada comenzó a retirar los platos.
—El próximo bus sale a las tres y media. Alcanzas a llegar si Sergio te lleva.
—Puedo caminar hasta el paradero.
Osvaldo se puso el abrigo.
—Me quedan algunos asuntos pendientes.
Sergio levantó la cabeza.
—Si sigues hablando de esa manera, Noelia terminará echándote de la casa.
—¿De qué manera?
—«Me quedan algunos asuntos pendientes». Hablas como si fueras a anunciar el término de una reunión parroquial.
—¿Cómo debería decirlo?
—Que quieres regresar con ella.
Osvaldo terminó de abotonarse el abrigo.
—Quiero regresar con ella.
—Mucho mejor.
Su esposa volvió a golpear a Sergio en el brazo.
—Déjalo tranquilo.
—Solo intento ayudarlo a hablar como una persona normal.
—Ahí iremos aprendiendo —dijo Osvaldo.
—Eso también sonó a sacerdote.
Los niños lo acompañaron hasta el patio. Las niñas volvieron a abrazarlo y le hicieron prometer que regresaría pronto. El menor permaneció frente a él con la libreta apretada contra el pecho.
—La próxima vez tienes que contarme una historia de mi papá.
—Conozco varias.
Sergio abrió los ojos.
—No le hagas caso.
—¿Son mejores que las tuyas? —preguntó el niño.
—Mucho mejores.
—Entonces puedes venir mañana.
—El próximo lunes —corrigió Sergio.
Osvaldo extendió una mano y el niño la estrechó con solemnidad.
—El lunes —prometió.
Su cuñada le entregó la bolsa con el pan que Noelia había preparado.
—No alcanzaron a comerlo.
—Sergio dijo que aquí sabían alimentar a las visitas.
—En algo tenía razón.
Atravesaron el patio hasta la ferretería. El movimiento había disminuido y uno de los empleados colocaba mercadería nueva en las vitrinas.
Sergio tomó las llaves de una camioneta estacionada junto a la bodega.
—Te llevaré al paradero.
—Está a tres calles.
—Por eso no gastaré demasiada gasolina.
Subieron al vehículo. Durante el trayecto, Sergio le explicó qué documentos necesitaba para el contrato. Al detenerse frente al almacén donde esperaba el bus, apagó el motor.
—A las diez —recordó.
—Aquí estaré.
Los hermanos descendieron y se abrazaron junto a la camioneta.
—Trae a Noelia y a los muchachos cuando Vicente salga del hospital —dijo Sergio.
—Los traeré.
—Y si necesitas algo antes, llamas.
Osvaldo asintió.
Caminó algunos pasos antes de que Sergio lo llamara.
—Oye.
Osvaldo se volvió.
Sergio se acercó con las manos dentro de los bolsillos.
—Tú entraste al seminario a los dieciocho años, ¿cierto?
—Sí.
—Y antes de eso eras bastante más tímido que ahora.
Osvaldo comenzó a sospechar hacia dónde se dirigía la conversación.
—¿Qué quieres decir?
—Nada.
—Sergio.
Su hermano contuvo una sonrisa.
—Solamente pensaba que, después de tantos años, Noelia tendrá que ser una mujer paciente.
Osvaldo comprendió que no se refería a su adaptación al trabajo en la ferretería.
—Eso no es asunto tuyo.
La sonrisa de Sergio se ensanchó.
—Entonces no estaba equivocado.
Osvaldo miró alrededor. Una mujer examinaba unos maceteros frente a un almacén.
—¿Puedes bajar la voz?
—No he dicho nada inapropiado.
—Adiós, Sergio.
Osvaldo se alejó hacia el paradero. A sus espaldas escuchó la risa de su hermano.
El bus apareció pocos minutos después. Antes de subir, Osvaldo volvió el rostro. Sergio había regresado junto a la camioneta y levantó una mano para despedirse.