Capítulo 34 #3
—No te estoy pidiendo que te mudes. Hace meses que nadie va y seguramente necesita algunas reparaciones, pero puedes utilizarla cuando quieras.
Empujó la llave hacia él.
—También es tuya. Y nunca está de más tener un lugar donde llegar.
Osvaldo tomó la llave.
—Gracias.
—Aquí no te vamos a dejar solo.
Osvaldo guardó la llave en el bolsillo interior del abrigo.
—También necesito trabajar.
—Eso supuse cuando te vi llegar vestido como si fueras a pedir un préstamo.
Osvaldo miró su camisa.
—Noelia me ayudó a elegirla.
—La camisa está bien. Eres tú quien parece incómodo dentro de ella.
Osvaldo sonrió.
Sergio abrió un cajón y extendió varias facturas sobre el escritorio.
—La ferretería ha crecido bastante. Estamos vendiendo a constructoras, talleres y negocios de la costa. Todas las semanas enviamos pedidos hacia Puerto Ceniza y cada vez resulta más difícil atenderlos desde aquí.
—¿Estás pensando abrir otro local?
—Desde hace más de un año. Podría ser en Puerto Ceniza o en alguna localidad cercana. Todavía no he encontrado el lugar, pero necesitaré a alguien que se haga cargo.
Osvaldo observó las facturas.
—Tienes empleados que conocen mejor el negocio.
—Tengo buenos empleados para este local. Para el otro necesito a alguien capaz de revisar pedidos, controlar los inventarios, negociar con los proveedores y tomar decisiones sin llamarme por cada caja de clavos.
—Han pasado muchos años desde la última vez que trabajé aquí.
—Los martillos no han cambiado demasiado.
—Ahora vendes bastante más que martillos.
—Y tú administraste una parroquia durante años. Supongo que aprendiste a pagar cuentas, organizar gastos y conseguir que el dinero alcanzara.
—Más o menos.
—Eso ya es suficiente para comenzar.
Sergio reunió las facturas y las ordenó golpeando suavemente sus bordes contra la mesa.
—Empieza aquí. Aprende cómo funciona el negocio, conoce a los proveedores y revisa las cuentas conmigo. Si finalmente abrimos el otro local y todavía te interesa, quiero que seas tú quien lo administre.
—¿Hablas en serio?
—Completamente.
—No quiero que me des trabajo solamente porque soy tu hermano.
—Ser mi hermano puede abrirte la puerta. Conservar el trabajo dependerá de ti.
Osvaldo sostuvo su mirada.
—¿Cuándo comienzo?
—El próximo lunes, a las diez.
Osvaldo bajó los ojos hacia los antiguos cuadernos azules que habían pertenecido a su madre.
—Ella estaría decepcionada.
—No —dijo Sergio—. Mamá solo querría saber si eres feliz.
Osvaldo pensó en Noelia y en los niños.
—Lo soy.
—Entonces eso habría sido suficiente para ella.
Desde el primer piso llegó la campanilla de la entrada. Sergio rodeó el escritorio y volvió a abrazar a su hermano.
—Vas a salir adelante.
—Gracias.
Sergio recogió las tazas y abrió la puerta.
—Vamos. Si vas a comenzar el lunes, será mejor que conozcas el desastre desde ahora.
Los dos bajaron juntos al primer piso. Para entonces, la cortina metálica estaba completamente levantada y tres clientes esperaban frente al mostrador.
Osvaldo permaneció a un costado mientras su hermano atendía. Lo vio calcular el precio de unas planchas de zinc, discutir un descuento por varias cajas de clavos y explicarle a un hombre por qué la pintura que buscaba no serviría para proteger una pared exterior.
Sergio hablaba con seguridad y recordaba los precios sin consultar las listas. Pasaba de un cliente a otro, entregaba instrucciones a los empleados y encontraba lo que necesitaba entre centenares de productos.
Un empleado se acercó con una hoja de pedido.
—Don Sergio, faltaron dos cajas de bisagras en la entrega.
Sergio recibió el documento y se lo entregó a Osvaldo.
—¿Qué harías?
—Todavía no he comenzado.
—Considéralo una prueba gratuita.
Osvaldo revisó las cantidades, encontró el número del proveedor y señaló una anotación escrita en el margen.
—Aquí dice que las enviarán con el próximo despacho.
El empleado se inclinó para leerla.
—No había visto eso.
—Por eso comienza el lunes —dijo Sergio.
Cerca de la una atravesaron el patio hasta la casa. Era una construcción ancha de ladrillos oscuros, separada del negocio por un corredor cubierto. Sobre una parte del patio se extendía un parrón cuyas ramas comenzaban a llenarse de hojas.
La esposa de Sergio apareció en la puerta de la cocina. Se secó las manos en el delantal y bajó los dos escalones del corredor.
—Pensé que Sergio estaba bromeando cuando dijo que habías llegado.
Abrazó a Osvaldo antes de que pudiera responder.
—Hace demasiado tiempo que no vienes.
—Eso mismo le dije yo —intervino Sergio.
Su esposa se apartó lo suficiente para examinar a Osvaldo.
—Estás más delgado.
Sergio levantó una mano.
—Eso también lo habría dicho mamá.
—Porque es verdad. Pasa. El almuerzo está casi listo.
La cocina conservaba la mesa grande que Osvaldo recordaba de las celebraciones familiares. Habían cambiado las cortinas y pintado los muebles, pero el reloj de pared continuaba adelantándose varios minutos y una grieta atravesaba uno de los azulejos detrás de la cocina.
Junto a la ventana habían colocado una rama de pino dentro de un balde cubierto con papel rojo. Colgaban de ella algunas esferas, estrellas de cartón y figuras confeccionadas por los niños.
—El árbol verdadero está en el comedor —explicó su cuñada al advertir que Osvaldo lo observaba—. Este lo hicieron en el colegio.
—Tiene más adornos que ramas —comentó Sergio.
Poco después se escuchó abrirse el portón. Los tres hijos de Sergio aparecieron en el patio, todavía con sus uniformes después de una jornada reducida de fin de año.
Las dos niñas se detuvieron al descubrir a Osvaldo en la cocina. La mayor fue la primera en reconocerlo.
—¡El tío Osvaldo!
Ambas dejaron sus mochilas junto a la puerta y corrieron a abrazarlo. Habían crecido tanto que la mayor ya le llegaba casi a los hombros. La menor comenzó a contarle algo sobre una presentación del colegio antes de terminar de saludarlo.
El niño permaneció cerca de la puerta. Sostenía la mochila por una correa y contemplaba a Osvaldo con una mezcla de curiosidad y timidez.
Sergio apoyó una mano sobre su hombro.
—¿No vas a saludar a tu tío?
—No me acuerdo de él.
—Eras muy pequeño la última vez que vino —explicó su madre.
Osvaldo se agachó hasta quedar a su altura.
—Entonces tendremos que conocernos nuevamente.
El niño lo estudió durante unos segundos.
—¿Tú eres el que salió en el diario?
Sergio dejó escapar una carcajada.
—Te dije que alguien terminaría pidiéndote un autógrafo.
—No soy famoso —respondió Osvaldo.
—Papá dijo que sí.
—Tu padre exagera.
El niño consideró la explicación y finalmente se acercó. Osvaldo lo abrazó con cuidado.
—¿Vas a volver otro día? —preguntó.
—Sí. Comenzaré a trabajar con tu papá la próxima semana.
—Entonces te voy a ver siempre.
—Probablemente.
—No le prometas tanto —intervino Sergio—. Todavía no sabe cuánto trabajo pienso darle.
Se sentaron a la mesa. Su cuñada sirvió el almuerzo mientras los niños hablaban al mismo tiempo sobre el colegio, los regalos de Navidad y una discusión ocurrida durante el recreo.
Osvaldo escuchó sin intentar ordenar las historias. La mayor explicaba los preparativos de una presentación; la segunda la interrumpía para corregir detalles y el menor preguntaba si podía acompañarlo a la ferretería el lunes.
—El lunes tienes que quedarte en casa —dijo su madre.
—Pero ya no hay clases.
—Precisamente por eso. No vas a convertir tus vacaciones en un problema para tu padre.
Sergio aprovechó el interés de sus hijos para recordar otros episodios. Contó la vez que ambos rompieron una ventana mientras jugaban con un martillo y el verano en que Osvaldo intentó construir un confesionario utilizando varias cajas de madera.