Capítulo 34 #2
Osvaldo dejó escapar una risa.
—Shh —susurró Noelia—. Vas a despertar a Cristóbal. Llegó rendido del campamento.
Ella tiró suavemente de las solapas hasta acercarlo y lo besó. Osvaldo rodeó su cintura y prolongó el contacto algunos segundos.
Niebla arañó la puerta desde el pasillo.
Noelia se apartó apenas.
—También quiere despedirse.
—Seguramente quiere salir.
El perro introdujo el hocico por la abertura y empujó hasta entrar. Olfateó los zapatos de Osvaldo, dio una vuelta alrededor de sus piernas y se dirigió hacia la cama para examinar la ropa que había quedado sobre ella.
Bajaron juntos.
Sobre la mesa de la cocina había un paquete envuelto en papel de diario y amarrado con un hilo.
—¿Qué es eso?
—Pan con queso para el viaje.
—Estaré de regreso durante la tarde.
—El viaje dura una hora y media. Puedes sentir hambre antes de llegar.
Osvaldo guardó el paquete dentro de una bolsa pequeña.
—Sergio probablemente me dará algo de comer.
Noelia lo acompañó hasta el portón. El aire de la mañana conservaba la humedad de la lluvia y varias gotas permanecían suspendidas en los rosales. Niebla salió detrás de ellos y trató de cruzar antes de que cerraran.
—Tú te quedas —le ordenó Noelia.
El perro se sentó en medio del sendero.
Osvaldo abrió el portón y se detuvo en la vereda.
—Nos vemos en la tarde.
—Que te vaya bien.
Comenzó a caminar hacia el centro. Al llegar a la esquina levantó una mano. Noelia permanecía junto al portón, sujetando a Niebla por el collar. Respondió con el mismo gesto antes de hacerlo entrar.
El trayecto hasta el terminal pasaba junto a la plaza.
Cuando Osvaldo llegó, los trabajadores municipales todavía intentaban enderezar el árbol. Uno de los hombres afirmaba una cuña con un mazo. Una cuerda atravesaba provisionalmente el sendero.
—Espere un momento —le pidió un trabajador.
Osvaldo se detuvo junto a una banca.
Desde allí alcanzaba a ver el interior de San Sebastián. Las puertas abiertas enmarcaban una parte de la nave central.
Desde la sacristía llegó la voz de Berta.
—¡Revise también detrás del armario de los manteles!
Cavieres cruzó la nave cargando una caja vacía.
—¡Ya revisé!
Osvaldo dejó escapar una sonrisa.
Hasta hacía poco, aquella habría sido también su mañana. Berta le habría pedido que decidiera dónde instalar el pesebre.
Ahora permanecía al otro lado de la calle, vestido con ropa corriente y una bolsa con pan y queso en una mano.
No experimentó deseos de entrar, pero tampoco indiferencia. San Sebastián continuaba siendo el lugar donde había pasado una parte importante de su vida. Recordaba el sonido de sus puertas, el olor de la madera húmeda y la forma en que las voces se prolongaban bajo la bóveda.
El trabajador terminó de tensar la cuerda y la levantó para permitirle pasar.
—Ahora sí.
—Gracias.
Osvaldo cruzó por debajo y continuó hasta el terminal.
El bus esperaba con el motor encendido. Era un vehículo antiguo, de color azul y blanco, con cortinas oscuras recogidas sobre las ventanas. El conductor permanecía junto a la puerta revisando los boletos mientras algunas personas guardaban cajas y bolsos en el compartimiento lateral.
Osvaldo entregó el pasaje y ocupó un asiento junto a la ventana.
El reloj del terminal marcaba las siete y cuarenta y siete cuando el conductor subió. Cerró la puerta, comprobó los espejos y comenzó a avanzar tres minutos después.
Las últimas calles de Puerto Ceniza quedaron atrás con rapidez. El bus pasó junto a talleres, bodegas y terrenos donde se acumulaban maderas ennegrecidas por la humedad. Más adelante aparecieron casas separadas por cercos y caminos de tierra que se internaban entre los campos.
Osvaldo apoyó la bolsa sobre sus piernas.
Había realizado aquel trayecto muchas veces durante su juventud. Después entró al seminario. Sergio se quedó al frente de la ferretería.
A medida que el bus avanzaba hacia el interior, el aire fue perdiendo el olor a sal.
Las nubes comenzaron a abrirse sobre los cerros y algunos rayos de sol descendieron sobre los campos todavía mojados.
En las cunetas crecían flores amarillas y, detrás de los cercos, varias vacas permanecían inmóviles sobre la hierba.
Osvaldo intentó retomar las frases que había ensayado.
Buenos días, Sergio.
Eso podía decirlo.
Después tendría que contarle que no regresaría al ministerio, que la resolución de la Iglesia todavía podía tardar y que estaba viviendo en la Casa Amarilla. Tendría que hablarle de Noelia, de los niños y de la decisión que ambos habían tomado.
Somos una pareja.
La expresión todavía le producía una mezcla de extrañeza y alegría.
Luego tendría que pedirle trabajo.
Lo que más le preocupaba, sin embargo, no era la respuesta. Conocía lo suficiente a Sergio para saber que no lo dejaría sin ayuda. Temía algo más sencillo: descubrir que los años habían convertido a su hermano en alguien ante quien debía explicar toda su vida desde el principio.
Sergio tampoco lo había llamado después de escuchar las noticias. Osvaldo no sabía si aquel silencio había nacido del enojo, del orgullo o del deseo de esperar hasta que él estuviera preparado para hablar.
Fuera cual fuera la razón, había durado demasiado.
Poco después de las ocho y media, el bus se detuvo en un poblado del camino para permitir que subieran otros pasajeros.
Una mujer ocupó el asiento del otro lado del pasillo llevando una canasta cubierta por un paño blanco.
El aroma de pan recién horneado se mezcló con el del paquete que Noelia había preparado.
Osvaldo sintió hambre, pero decidió esperar.
El camino comenzó a descender. Reconoció un puente estrecho, una hilera de álamos y la torre del pequeño templo que anunciaba la cercanía de la localidad donde vivía Sergio.
El bus llegó cerca de las nueve y veinte.
Osvaldo descendió frente a un almacén. Desde allí faltaban tres cuadras hasta la ferretería.
Las calles conservaban menos humedad que Puerto Ceniza.
Algunos negocios comenzaban a abrir y una camioneta descargaba sacos de afrecho frente a un local.
En varias ventanas habían colocado estrellas de papel y ramas de pino.
Una corona navideña colgaba torcida sobre la puerta de la oficina de correos.
Osvaldo reconoció la ferretería desde la esquina.
El negocio ocupaba dos locales unidos. El letrero conservaba el nombre elegido por su padre, aunque Sergio había renovado la madera y repintado las letras. Detrás de las vitrinas se distinguían estantes con herramientas, tarros de pintura y rollos de alambre.
Cuando llegó, faltaban unos minutos para las nueve y media. La cortina metálica permanecía levantada hasta la mitad.
Osvaldo disminuyó el paso.
El olor a madera, pintura y metal llegó hasta él antes de que pudiera distinguir el interior. Durante algunos segundos volvió a sentirse como el muchacho que ordenaba tornillos mientras su padre atendía a los primeros clientes del día y su madre revisaba los cuadernos azules en la oficina.
Se detuvo frente a la entrada.
Dentro se escuchó el desplazamiento de varias cajas y después el golpe de algo pesado contra el mostrador.
Osvaldo se agachó y golpeó dos veces la cortina.
Los movimientos cesaron.
—Todavía está cerrado —dijo una voz desde el interior.
Osvaldo mantuvo una mano apoyada sobre el metal.
—Lo sé.
Hubo un silencio.
Después se escucharon pasos.
Sergio levantó la cortina desde adentro. Primero aparecieron sus zapatos, luego el pantalón de trabajo y finalmente su rostro. Tenía más canas de las que Osvaldo recordaba, el cuerpo más ancho y una mancha de pintura cerca del codo.
Los dos hermanos permanecieron frente a frente.
—Buenos días, Sergio —dijo Osvaldo.
Sergio examinó la calle detrás de él y reparó en la bolsa que llevaba. Después se volvió ligeramente hacia el interior del negocio.
—Pero miren a quién tenemos aquí: al hombre más famoso de Puerto Ceniza.
Osvaldo sintió calor en las mejillas.
—Buenos días para ti también, hermano.
Sergio levantó un poco más la cortina.
—Entra antes de que alguien venga a pedirte un autógrafo.
Una sonrisa breve apareció en el rostro de Sergio.
Osvaldo se agachó y cruzó al interior de la ferretería.
Dos empleados ordenaban tarros de pintura detrás del mostrador. Sergio les indicó que terminaran de abrir y condujo a su hermano por la estrecha escalera del fondo.
La oficina ocupaba una parte del segundo piso. Sergio cerró la puerta y durante unos segundos permaneció mirándolo. Después se acercó y lo abrazó. Fue un abrazo fuerte, acompañado por dos golpes en la espalda.
—Podrías haber llamado.
—Debí hacerlo.
—Sí —respondió Sergio—. Pero ya estás aquí.
Le sirvió café y ocupó la silla detrás del escritorio.
—Te escuché por la radio.
—Lo imaginaba.
—También leí el diario. ¿Estás viviendo con Noelia?
—Sí. Somos una pareja.
Sergio levantó ligeramente las cejas, pero no pareció sorprendido.
—Entonces tendrás que traerla para que la conozcamos como corresponde.
—Lo haré.
Sergio tomó la taza.
—¿Y sus hijos? El diario decía que tiene dos.
—Cristóbal y Vicente.
—¿Cómo están llevando todo esto?
—Cristóbal se está acostumbrando. Vicente continúa hospitalizado.
Sergio dejó la taza sobre el escritorio.
—¿Qué le pasó?
—Lo atropellaron frente a la casa hace unas semanas. Estuvo en cuidados intensivos.
La expresión de Sergio perdió por completo el tono burlón.
—No sabía nada.
—No te lo conté.
—Eso ya lo sé.
Sergio apoyó los antebrazos sobre el escritorio.
—¿Está fuera de peligro?
—Sí. Todavía tiene que recuperar fuerza y aprender a caminar nuevamente, pero está mejorando.
—¿Y Noelia?
—Pasa casi todo el día en el hospital.
Sergio asintió lentamente.
—Si necesitan cualquier cosa, me llamas. Y esta vez no esperes hasta que todo Puerto Ceniza se entere antes que yo.
—Te llamaré.
Sergio se levantó y caminó hasta un tablero cubierto de llaves. Retiró una llave pequeña y oscura, con una cinta azul atada al aro, y la dejó sobre el escritorio.
—Esta es la llave de la cabaña.
—No creo que la necesite. Voy a seguir viviendo con Noelia.