Capítulo 34
Capítulo
El árbol de Navidad llegó a la plaza poco después de las siete, tendido sobre la plataforma de un camión municipal y sujeto por varias cuerdas que mantenían las ramas hundidas contra el tronco.
Cuatro trabajadores descendieron del vehículo. Dos comenzaron a soltar los nudos mientras los otros examinaban el soporte metálico instalado en el centro de uno de los jardines. La lluvia del fin de semana había dejado la tierra blanda y pequeñas pozas alrededor de las baldosas.
Cuando retiraron la primera cuerda, las ramas se abrieron de golpe y alcanzaron a uno de los hombres en el rostro.
—Te dije que la soltaras despacio.
—La solté despacio.
Los demás se rieron.
Desde la vereda, varios niños observaban el trabajo.
Algunos todavía llevaban el pijama debajo de los abrigos.
Uno sostenía un trozo de pan en una mano y calculaba en voz alta si el árbol sería más alto que el edificio municipal.
Cada vez que los trabajadores intentaban levantarlo, los niños avanzaban hasta el borde de la calle y retrocedían cuando alguna rama se acercaba demasiado.
Los comerciantes comenzaron a subir las cortinas metálicas de sus locales.
En la panadería colgaron una guirnalda alrededor de la puerta y, en la farmacia, apareció un letrero pintado a mano que deseaba felices fiestas.
Las ampolletas de colores tendidas sobre la calle continuaban apagadas y se balanceaban con el viento.
Al otro lado de la plaza, las puertas de la iglesia San Sebastián permanecían abiertas.
Berta había llegado primero.
Llevaba un chaleco café abotonado hasta el cuello y sostenía una lista escrita en el reverso de una hoja de la novena de Navidad. A sus pies se acumulaban seis cajas que Javier Cavieres había retirado de la bodega situada detrás de la sacristía.
Cavieres había acudido porque Berta se lo pidió la tarde anterior. Según ella, era uno de los más jóvenes de la parroquia, podía cargar peso y disponía de más tiempo que los demás. Él intentó discutir aquella última afirmación, pero a las siete se encontraba allí.
—Esa no —dijo Berta cuando lo vio acercarse a la caja más grande—. Primero las luces.
Cavieres leyó la palabra trazada sobre la tapa.
—Aquí dice «pesebre».
—Precisamente por eso no es la de las luces.
—Pensé que era mejor comenzar por lo importante.
Berta se persignó.
—Todo lo relacionado con el nacimiento de Nuestro Señor es importante. Pero si no revisamos primero las luces, terminaremos presentando el pesebre a oscuras.
Cavieres dejó la caja en el suelo y abrió otra más pequeña. En el interior encontró varios cables enredados alrededor de una estrella dorada.
—Aquí están.
Berta se acercó inmediatamente.
—No tire de ellos.
—No estoy tirando.
—Los sostiene como si fueran una red de pesca.
Cavieres levantó las manos para demostrar que apenas tocaba los cables.
—Los estoy tratando con mucho respeto.
Comenzó a separar los alambres. Algunas ampolletas chocaron unas contra otras y Berta hizo una mueca al escuchar el contacto del vidrio.
—Las cosas mal guardadas rara vez se enredan por intervención divina, joven Cavieres.
—Entonces descarto el milagro.
Berta apretó los labios y consultó su lista.
—Primero debemos comprobar que funcionen.
Cavieres encontró uno de los extremos y lo llevó hasta un enchufe cercano. Al conectarlo, se encendieron cinco ampolletas rojas, dos verdes y una amarilla. Las demás permanecieron oscuras.
—Solo encendieron ocho —dijo él.
—De cuarenta. Tenemos treinta y dos malas.
Cavieres desconectó el cable.
Berta trazó una marca junto a la palabra «luces» y señaló la caja grande.
—Ahora abra el pesebre. Debemos comprobar que estén todas las figuras antes de instalarlo.
Cavieres se arrodilló y levantó la tapa. Una nube de polvo surgió del interior y lo hizo estornudar dos veces.
—Tenga cuidado —advirtió Berta—. Esas figuras llevan más años en esta parroquia que usted.
Cavieres sacó un paquete envuelto en papel de diario.
—Entonces procuraré tratarlas con la consideración debida a los mayores.
—No haga bromas con el pesebre.
Berta recibió el paquete y desenvolvió un pastor. Antes de dejarlo sobre la mesa, retiró con los dedos el polvo acumulado sobre su túnica.
Después aparecieron una oveja sin una pata, el buey y uno de los Reyes Magos.
—A este se le salió nuevamente la corona —dijo Cavieres.
—Déjelo aparte. Se puede pegar.
—La oveja también necesita una pata.
—La pata está guardada.
—¿Dónde?
—En alguna de las cajas.
Berta desenvolvió a san José. Lo sostuvo con ambas manos, comprobó que no tuviera grietas y limpió cuidadosamente su rostro con la esquina de un paño.
Cuando apareció la Virgen, bajó la voz.
—Póngala sobre la mesa. No la deje en el suelo.
Por unos segundos, su expresión perdió la rigidez habitual. Juntó las manos delante del pecho y contempló las figuras con una devoción sencilla.
—Todos los años pienso lo mismo —dijo—. Uno puede guardarlas durante meses, dejarlas cubiertas de polvo y hasta olvidar en qué caja las puso. Pero cuando vuelve a verlas juntas comprende que la Navidad ya está cerca.
Cavieres permaneció respetuosamente callado.
Berta se inclinó para abrir otro paquete.
—No se quede ahí. Continúe buscando.
Cavieres encontró los otros dos Reyes Magos, cuatro pastores, varias ovejas y el burro. En el fondo de la caja había una bolsa con musgo seco, algunas piedras y un ángel al que le faltaba una mano.
Berta tomó el ángel y lo acercó a la luz.
—¿Qué le ocurrió?
—Ya estaba así el año pasado.
—El año pasado tenía las dos manos.
—Entonces quizá la otra está junto a la pata de la oveja.
Berta dejó escapar un suspiro.
Desde la plaza llegó un grito. Los trabajadores municipales habían comenzado a bajar el árbol del camión y una de las ramas quedó atrapada en el borde de la plataforma.
—¡Cuidado con la punta! —gritó uno.
—¡Estoy cuidando la punta!
Dentro de San Sebastián, Berta retiró los papeles arrugados que quedaban en la caja. Levantó la bolsa de musgo y examinó nuevamente los paquetes abiertos.
Su mano se detuvo sobre el borde.
—No puede ser.
Cavieres levantó la cabeza.
Berta revisó y comenzó a abrir por segunda vez los envoltorios.
—¿Qué falta?
Ella se incorporó.
—El Niño Jesús.
Cavieres observó la mesa. La Virgen, san José, los pastores, los animales y los Reyes Magos rodeaban un espacio vacío.
Berta se llevó una mano al pecho.
—¡Dios santo! ¿Quién pudo guardar al Niño Jesús en una caja distinta de la del pesebre?
—Quizá alguien quiso protegerlo.
—¿Protegerlo de quién?
—Del ángel que pierde las manos y de la oveja que pierde las patas. Aquí ocurren muchas cosas durante el año.
Berta se persignó con rapidez.
—No es momento para sus ocurrencias. Faltan dos días para Nochebuena y hemos perdido la figura principal.
—Todavía tenemos tiempo.
—¿Tiempo? El Niño Jesús no es un adorno que podamos reemplazar con una vela. Sin Él no hay nacimiento y, sin nacimiento, no tenemos pesebre.
Cavieres examinó el espacio vacío entre la Virgen y san José.
—Si necesita una solución provisional, puedo ofrecerme.
Berta tardó unos segundos en comprender.
—¿Ofrecerse para qué?
—Para ocupar el lugar del Niño Jesús mientras aparece la figura.
—¡Javier Cavieres!
Él levantó las manos.
—Usted dijo que necesitaba una solución.
—¡No puede ofrecerse para representar a Nuestro Señor recién nacido!
—Admito que el tamaño podría ser un inconveniente.
Berta aferró la cruz que colgaba sobre su pecho.
—Dios bendito, perdónalo. No sabe lo que dice.
—Solo intentaba ayudar.
—No vuelva a ofrecerse como una figura sagrada.
—Lo tendré presente.
Berta cerró los ojos y movió los labios en una oración breve.
—Que el Señor me conceda paciencia.
Desde la plaza llegó otro grito.
Los trabajadores habían conseguido colocar el árbol en posición vertical, pero el tronco se inclinó hacia un costado. Dos hombres tiraban de una cuerda mientras un tercero intentaba encajarlo mejor dentro del soporte.
Los niños volvieron a acercarse.
—¡Más para allá!
—¡Se va a caer!
—¡Está chueco!
Uno de los trabajadores levantó una mano.
—Si saben tanto, vengan a sostenerlo ustedes.
Los niños retrocedieron riendo.
Berta cerró las cajas que ya habían revisado.
—Buscaremos en la sacristía, en los armarios y en la bodega pequeña.
Cavieres señaló los cables abandonados junto a la pared.
—¿Y las luces?
—Pueden esperar.
—Hace un momento eran lo primero.
Berta observó el espacio vacío entre la Virgen y san José.
—Eso fue antes de que desapareciera el Niño Jesús.
Recogió la lista y caminó hacia la bodega. Cavieres la siguió cargando la caja vacía, sin hacer más comentarios.
Todavía no eran las siete y media.
En la plaza, el árbol continuaba inclinado. Dentro de San Sebastián, la Virgen y san José permanecían a ambos lados de un espacio vacío.
A esa misma hora, en la Casa Amarilla, Osvaldo se encontraba de pie frente al espejo de la habitación, tratando de acomodar el cuello de su camisa.
Llevaba un pantalón gris, la camisa de color crema que había comprado y un chaleco azul oscuro debajo del abrigo. Había elegido la ropa la noche anterior, pero aun así tardó varios minutos en vestirse.
—Buenos días, Sergio —ensayó frente al espejo.
La frase sonó demasiado formal.
—Necesito hablar contigo.
Esta vez pareció una amenaza.
—Necesito trabajar.
Peor todavía.
Noelia se encontraba apoyada contra el marco de la puerta entreabierta. Llevaba la bata cerrada y se había recogido el cabello de manera apresurada con el lápiz amarillo.
—Creo que «buenos días» estaba bien.
En el espejo, Osvaldo encontró el reflejo de Noelia detrás del suyo y sonrió. Introdujo una mano en el bolsillo interior del abrigo, sacó la billetera y comprobó que llevara dinero para el pasaje antes de volver a guardarla.
Noelia se acercó y acomodó la punta del cuello que continuaba doblada.
—No necesitas llevar cada palabra decidida.
—Preferiría saber al menos con cuál comenzar.
—Ya la encontraste.
—Buenos días.
Noelia alisó las solapas de su abrigo y dejó las manos sobre ellas.
—¿Y si comienza a gritar antes?
—Trata de recordar sus palabras en orden.