Mi última plegaria antes de ti Capítulo 33 #3
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Capítulo 33 #3

—Por las noches llevaba los libros hasta la casa y revisaba conmigo. Si encontraba una diferencia, no se acostaba hasta descubrirla.

—¿Y Sergio?

—Decía que los números lo mareaban.

—Conveniente.

—Mucho.

Osvaldo miró hacia la ventana.

—La cabaña también pertenecía a mis padres. Mi padre la construyó poco a poco, durante varios veranos. Allí nos obligaba a cortar leña, reparar cercos y limpiar el terreno.

—Eso explica lo de ayer.

—Sergio era más rápido con el hacha.

—No voy a decírselo.

—Te lo agradecería.

Noelia pasó el pulgar sobre la mano de Osvaldo.

—¿Eran cercanos?

Él demoró un momento en contestar.

—Lo fuimos mucho cuando éramos niños. Después cada uno comenzó a construir su propia vida. Sergio se quedó junto a mis padres y terminó haciéndose cargo del negocio. Yo me fui.

—Pero siguen hablando.

—Sí. Nunca hemos estado peleados.

Osvaldo entrelazó los dedos con los de ella.

—Cuando murieron mis padres, dejaron la ferretería y la cabaña a nombre de los dos. Sergio podría haberme pedido que vendiera mi parte o que le cediera la administración. Nunca lo hizo. Continuó trabajando y cada mes me envía lo que me corresponde de las ganancias.

—Parece un hombre justo.

—Lo es. También es orgulloso, impaciente y capaz de discutir durante una hora por el precio de una caja de clavos.

—Entonces son hermanos.

Osvaldo sonrió.

—Supongo que sí.

—¿Él sabe lo que ha ocurrido?

—No sé cuánto sabe. Las noticias pueden haber llegado hasta él, pero no hemos hablado desde antes de que todo se hiciera público.

—¿Por qué no lo llamaste?

Osvaldo bajó la vista.

—No quería contarle una decisión a medias.

—Ahora ya no lo está.

—Estuve pensando anoche, mientras dormías.

—Espero que no hayas pasado toda la noche pensando.

—Solo una parte.

—¿En qué?

Osvaldo levantó los ojos.

—Mañana temprano iré a hablar con Sergio.

—¿A la ferretería?

—Quiero llegar antes de que abra. Así podremos conversar sin clientes entrando y saliendo.

Noelia asintió lentamente.

—¿Qué vas a decirle?

—La verdad.

—Eso puede tomar bastante tiempo.

—Comenzaré por decirle que necesito trabajar.

Noelia apoyó la taza en el plato.

—Quiero preguntarle si necesita ayuda con las cuentas, el inventario o cualquier otra cosa que pueda hacer.

—Sabes llevar cuentas y conoces el negocio.

—Ha pasado mucho tiempo.

—Los tornillos no deben haber cambiado demasiado.

Osvaldo sonrió.

—Espero que no.

—¿Crees que se negará?

—No. Lo más probable es que me haga esperar mientras termina de abrir, me prepare un café demasiado cargado y después me pregunte por qué tardé tanto en acudir a él.

—Entonces, ¿qué te preocupa?

Osvaldo respiró profundamente.

—Que me mire y vea a un extraño.

Noelia apretó suavemente sus dedos.

—Eres su hermano.

—También soy el que se marchó mientras él se quedaba ocupándose de todo.

—Tomaste una vida diferente. No lo abandonaste.

—Tal vez él no lo vea así.

—Mañana podrás preguntárselo.

Osvaldo sostuvo su mirada.

—Tienes una manera muy sencilla de resolver las cosas difíciles.

Él soltó una risa breve.

—Cuando regrese, te contaré cómo resultó.

—Quiero saberlo todo.

—Probablemente habrá gritos.

—También quiero saber los gritos.

—Intentaré recordarlos en orden.

Noelia sonrió, pero no soltó su mano.

—Si comienzas a trabajar con él, ¿seguirás viviendo aquí?

La pregunta hizo que Osvaldo levantara ligeramente las cejas.

—Pensé que eso estaba decidido.

—Quiero escucharlo.

Él comprendió la devolución de sus propias palabras.

—Sí. Seguiré viviendo aquí, si tú todavía quieres.

—Todavía quiero.

—Entonces tendrás que soportar que salga temprano, llegue con olor a pintura y posiblemente deje algún tornillo dentro de los bolsillos.

—Los tornillos pueden quedarse. Los calcetines debajo de la cama no.

—Recordaré la diferencia.

Noelia acercó su silla. Apoyó la cabeza sobre su hombro y permaneció algunos segundos contemplando el jardín.

Osvaldo rodeó su espalda con un brazo.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo ella.

—Lo que quieras.

Noelia mantuvo los ojos sobre los rosales.

—¿Has dejado de creer en Dios?

Osvaldo no respondió de inmediato.

Noelia levantó la cabeza para mirarlo.

—No —dijo finalmente—. No he dejado de creer.

—¿Y de rezar?

—Tampoco.

—Nunca te veo hacerlo.

—No siempre necesito arrodillarme ni juntar las manos.

Noelia esperó.

Osvaldo observó la luz que atravesaba las gotas adheridas al vidrio.

—Sigo creyendo en Dios, pero de una manera distinta. Antes pensaba que la fe debía entregarme respuestas claras. Que, si rezaba lo suficiente, terminaría sabiendo exactamente qué camino tomar.

—¿Y ahora?

—Ahora creo que algunas respuestas no llegan.

Noelia volvió a apoyar la cabeza sobre su hombro.

—¿Cómo rezas entonces?

—A veces permanezco en silencio. Otras veces doy gracias. También pido fuerza, pero ya no para escapar de aquello que me asusta.

—¿Rezaste antes de decirme que me amabas?

La mano de Osvaldo se detuvo sobre su espalda.

—Sí.

—¿Qué pediste?

Él respiró lentamente.

—Durante mucho tiempo pedí señales. Esperaba una certeza tan grande que me evitara tener que elegir. Pero la noche antes de decirte la verdad comprendí que ya conocía la respuesta.

Noelia levantó nuevamente el rostro.

—Entonces, ¿para qué rezaste?

Osvaldo sostuvo su mirada.

—Para pedir perdón.

Ella frunció apenas el ceño.

—¿Por amarme?

—No. Por haber pasado tanto tiempo creyendo que amarte era una falta.

Sus dedos recorrieron con suavidad el cabello de Noelia.

—Esa fue mi última plegaria antes de ti.

Noelia permaneció mirándolo.

—¿La última?

—La última en la que le hablé a Dios de ti como si fueras alguien de quien debía salvarme.

—¿Rezaste anoche?

—Sí.

—¿Y qué pediste?

Osvaldo rozó su mejilla con los dedos.

—Nada. Esta vez di las gracias porque seguías aquí.

Se inclinó y besó su frente.

El reloj del comedor comenzó a marcar las nueve, pero ninguno de los dos se separó hasta que la última campanada terminó de resonar dentro de la casa.