Mi última plegaria antes de ti Capítulo 33 #2
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Capítulo 33 #2

—Recuerdo lo que me has contado desde que viniste a Puerto Ceniza. Pero no sé quién eras antes de llegar aquí.

Ella rodeó la taza con ambas manos.

—Nací en el norte.

—Eso lo sabía.

—Entonces sabes más de lo que crees.

—Solo sé que viviste allá. Nunca me has hablado de tu familia.

Noelia tomó un sorbo de café antes de responder.

—Tengo varios hermanos. Todos siguen viviendo en el norte.

—¿Los ves con frecuencia?

—No tanto como quisiera. Nos escribimos y hablamos por teléfono cuando podemos. Ellos tienen sus familias y yo construí la mía aquí.

Miró nuevamente hacia los rosales.

—Mis padres murieron hace muchos años. Mi papá falleció cuando yo tenía dieciséis.

Osvaldo dejó el pan sobre el plato.

—Eras muy joven.

—Lo suficiente para comprender lo que había ocurrido y demasiado joven para saber qué hacer con eso.

Noelia pasó un dedo por el borde de la taza.

—Hasta entonces yo pensaba que los padres envejecían lentamente y que uno tenía tiempo para acostumbrarse a la idea de perderlos. Después descubrí que la vida no siempre avisa.

—¿Y tu madre?

—Mi mamá murió varios años después, cuando la dictadura ya había comenzado. Para entonces, mis hermanos y yo ya habíamos aprendido a cuidarnos entre nosotros.

No había amargura en su voz. Hablaba con una tranquilidad adquirida después de repetir aquella historia muchas veces dentro de sí misma.

—Mi mamá tenía rosales —continuó—. No tantos como estos. Apenas tres plantas en un patio donde casi nunca llovía.

Osvaldo miró hacia el jardín.

—¿Ella te enseñó a cuidarlos?

—A podarlos, a revisar las hojas y a no desesperarme cuando parecían muertos.

Una sonrisa pequeña apareció en el rostro de Noelia.

—Durante algunos inviernos no quedaba más que un montón de ramas secas. Yo le decía que las arrancara, pero ella siempre respondía que esperara. Después aparecía un brote y se pasaba una semana recordándome que había tenido razón.

—Ahora comprendo de quién heredaste la paciencia.

Noelia levantó las cejas.

—¿Crees que soy paciente?

—Con los rosales.

—Eso está mejor.

Osvaldo sonrió.

—¿Siempre quisiste ser profesora?

—Desde bastante joven. Cuando terminé el colegio comencé a estudiar Pedagogía, pero necesitaba trabajar. Conseguí un puesto como secretaria en un centro donde realizaban cursos y capacitaciones para trabajadores.

—¿Y allí conociste a Daniel?

Noelia asintió.

—Llegó desde Puerto Ceniza para participar en unos talleres relacionados con el trabajo industrial. El primer día entró en la oficina con una carpeta doblada debajo del brazo y me preguntó dónde quedaba la sala.

—¿Estaba perdido?

—Eso creí.

Noelia dejó la taza sobre el plato.

—Al día siguiente volvió a preguntarme dónde debía firmar la asistencia. Después quiso saber a qué hora comenzaba el segundo módulo. Más tarde regresó porque, según él, había perdido uno de los documentos.

—No parecía demasiado organizado.

—No lo era. Pero la sala estaba al final de un único pasillo y la hoja de asistencia permanecía junto a la puerta. Tardé varios días en comprender que ya no necesitaba ninguna indicación.

Osvaldo sonrió.

—Solamente buscaba una excusa para verte.

—Según él, intentaba ser discreto.

—¿Lo consiguió?

—En absoluto.

Noelia apoyó un codo sobre la mesa.

—Cuando terminó la primera semana del curso, me invitó a tomar café. Le dije que no salía con hombres incapaces de encontrar una sala situada a veinte pasos de mi escritorio.

—Parece razonable.

—Al día siguiente llegó con un plano dibujado a mano. Había marcado la oficina, la sala de clases y el lugar donde servían café.

Osvaldo rió.

—Eso funcionó.

—Acepté solamente porque había dedicado demasiado tiempo al dibujo.

Los recuerdos suavizaron su expresión.

—Los cursos duraron varios meses. Daniel regresaba al norte cada cierto tiempo y, cuando debía volver a Puerto Ceniza, nos escribíamos. Sus cartas estaban llenas de manchas de grasa y tenían una caligrafía espantosa.

—Pero las guardaste.

—Todas.

Noelia miró hacia el mueble donde conservaba la fotografía.

—Cuando terminé Pedagogía, Daniel regresó para buscarme. Yo nunca había imaginado vivir tan lejos de mis hermanos ni en un lugar donde lloviera durante semanas. Sin embargo, me vine con él.

—¿No tuviste miedo?

—Mucho.

—Y viniste de todas maneras.

—Estaba enamorada.

La sencillez con que lo dijo hizo que Osvaldo bajara los ojos hacia sus manos.

—Daniel volvió a trabajar en el astillero —continuó ella—. Al principio arrendamos una pieza cerca del puerto. Después encontramos esta casa. Se llovía, las ventanas no cerraban y el jardín era solamente barro, pero él insistía en que podíamos repararla.

—Y lo hicieron.

—Poco a poco.

Noelia señaló hacia el jardín.

—Una tarde le conté a Daniel de los rosales de mi mamá. Poco después apareció con el blanco que está junto a la entrada.

—El más caro del cementerio.

—Ese mismo.

Ambos sonrieron.

La expresión de Noelia cambió lentamente. Bajó la mirada y pasó el pulgar sobre una pequeña marca de la mesa.

—Antes de venir a Puerto Ceniza, viví los primeros años de la dictadura en el norte.

Osvaldo permaneció en silencio.

—En mi familia nadie militaba en ningún partido ni participaba en organizaciones. Mis hermanos trabajaban o estudiaban y mi mamá apenas salía de la casa. Pero eso no impidió que tuviéramos miedo.

Noelia juntó las manos alrededor de la taza.

—Algunas noches se escuchaban vehículos detenerse en la calle. Después venían golpes contra una puerta, voces y pasos. A la mañana siguiente faltaba alguien.

El viento movió nuevamente la rama contra el vidrio.

—Se llevaron a muchachos con los que yo había crecido —continuó—. Un vecino que vivía casi al final de la calle, dos hermanos que habían estudiado con los míos y una joven que trabajaba cerca de la oficina. Algunos aparecieron días o semanas después muertos. Otros nunca regresaron.

—¿Eran amigos tuyos?

—Algunos sí. Con otros había compartido el colegio, cumpleaños o tardes conversando en la vereda. No éramos íntimos, pero conocía sus voces, sabía en qué casas vivían y quiénes eran sus padres.

Noelia levantó los ojos.

—Nunca logramos saber dónde quedaron.

Osvaldo extendió una mano sobre la mesa, pero esperó hasta que ella colocó la suya encima.

—Sus familias recorrían oficinas, hospitales y cuarteles —prosiguió—. Llevaban fotografías dobladas dentro de la cartera y repetían los nombres como si temieran que también pudieran quitárselos.

Sus dedos se cerraron alrededor de los de Osvaldo.

—Cuando mi papá murió, yo supe que había muerto. Tuvimos un cuerpo, un funeral y un lugar donde ir a recordarlo. Con Daniel ocurrió lo mismo, por terrible que fuera.

Respiró profundamente antes de continuar.

—Pero aquellas familias no tuvieron nada de eso. No podían despedirse y tampoco podían dejar de esperar. Para sus padres era perderlos nuevamente cada día.

Osvaldo bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas.

Solo se escuchó el roce de Niebla acomodándose debajo de la mesa.

—¿Fue por eso que dejaste el norte?

Noelia negó lentamente.

—Me fui porque amaba a Daniel y quería construir una vida con él. Pero también es verdad que, para entonces, muchas cosas habían cambiado. Había calles que ya no se sentían como las de mi infancia y conversaciones que solamente podían mantenerse con las ventanas cerradas.

Volvió los ojos hacia el jardín.

—Mis hermanos decidieron quedarse. Yo vine a Puerto Ceniza. Después nacieron los niños, encontré trabajo y esta casa terminó convirtiéndose en mi hogar.

—¿Nunca has pensado en regresar?

—A veces. Extraño a mis hermanos, la luz y ese olor a tierra seca que aparece cuando caen las primeras gotas después de muchos meses.

Noelia contempló las rosas cubiertas de agua.

—Pero mi vida está aquí. Mis hijos nacieron aquí. Daniel está aquí.

Osvaldo apretó suavemente su mano.

—Y ahora también estás tú —añadió ella.

Él levantó la mirada.

Noelia no apartó los ojos.

—No quiero que vuelvas a sentir que esta es una habitación prestada o una casa en la que debes pedir permiso para ocupar una silla.

—Estoy intentando acostumbrarme.

—Tendrás tiempo.

Osvaldo llevó la mano de Noelia hasta sus labios y besó sus dedos.

Ella dejó escapar lentamente el aire.

—Ahora ya sabes de dónde salieron los rosales.

—Sé un poco más.

—Entonces te toca a ti.

—¿Qué quieres saber?

Noelia giró la mano debajo de la suya y entrelazó nuevamente sus dedos.

—Háblame de tu familia.

Osvaldo contempló el café antes de responder.

—Tengo un hermano. Se llama Sergio.

—El que administra la ferretería.

—Sí.

Noelia esperó.

—¿Es mayor que tú?

—Por dos años. Aunque durante toda nuestra infancia se comportó como si fueran diez.

—¿Te cuidaba?

—Cuando no estaba intentando convencerme de hacer algo que después terminaría en castigo.

Una sonrisa apareció en el rostro de Osvaldo.

—Una vez quiso comprobar si podíamos llegar desde el techo de la ferretería hasta la casa caminando por los techos de los vecinos.

—Supongo que no podían.

—Él llegó. Yo terminé dentro de un gallinero.

Noelia bajó el rostro para disimular la risa.

—Ahora comprendo por qué elegiste una vida menos arriesgada.

Osvaldo sonrió y tomó un sorbo de café.

—Mi padre abrió la ferretería cuando nosotros todavía éramos niños. Al principio era un local pequeño. Vendía herramientas, clavos, pintura y algunos materiales de construcción. Después comenzó a ampliarlo.

—¿Trabajaban con él?

—Desde que tuvimos edad suficiente para alcanzar el mostrador. Sergio atendía a los clientes. Siempre tuvo facilidad para conversar con cualquiera. Yo prefería ordenar las mercaderías y llevar las cuentas. Era un vendedor bastante mejor que yo.

—¿Tan malo eras?

—Una vez convencí a un hombre de que no necesitaba comprar la herramienta que había ido a buscar.

Noelia rió.

—Tu padre debió quedar encantado.

—Me envió a ordenar tornillos durante una semana.

—Parece que reconoció rápidamente tus habilidades.

—Mi madre también se ocupaba de las cuentas. Guardaba cada recibo y anotaba hasta el último peso en unos cuadernos azules. Fue ella quien me enseñó.

La expresión de Osvaldo se suavizó.