Capítulo 33
Capítulo
Osvaldo despertó con el brazo izquierdo completamente dormido.
Abrió los ojos y permaneció inmóvil, tratando de comprender por qué no podía sentir los dedos.
La habitación de huéspedes se encontraba en penumbra.
Una claridad gris atravesaba las cortinas y dejaba ver las cajas apiladas junto a la pared, la lámpara torcida y el camión de madera que Cristóbal no había podido llevar al campamento.
Noelia dormía apoyada sobre su hombro.
Tenía la cabeza acomodada sobre el brazo de Osvaldo y una mano extendida encima de su pecho. Su cabello se había desordenado durante la noche y algunos mechones le cubrían parte del rostro.
Osvaldo volvió los ojos hacia el reloj del velador.
Eran las siete y cuarto.
Después de despertar la tarde anterior, ambos habían bajado a la cocina.
Terminaron preparando la once varias horas más tarde de lo previsto, calentaron nuevamente el agua de la tetera y comieron mientras la lluvia golpeaba las ventanas.
Noelia regresó luego a su dormitorio y Osvaldo creyó que se despedirían hasta la mañana siguiente.
Sin embargo, poco antes de la medianoche, ella apareció en la puerta de la habitación de huéspedes con una almohada entre los brazos.
—Hazme un lugar —le había dicho.
Noelia se había acostado junto a él sin explicaciones ni preguntas. Hablaron durante un rato en la oscuridad y terminaron durmiéndose uno frente al otro.
Ahora Osvaldo contempló su rostro.
Al recordar la tarde anterior, una serenidad desconocida recorrió su cuerpo. Había amado a Noelia con toda la torpeza y la ternura de las que había sido capaz, y la certeza de haber sido amado por ella le producía una felicidad que no necesitaba comprender.
Intentó mover lentamente los dedos.
Noelia abrió los ojos.
—Buenos días —murmuró.
—Buenos días.
Ella levantó ligeramente la cabeza.
—¿Hace cuánto estás despierto?
—No mucho.
Noelia advirtió la posición en la que se encontraba y miró el brazo atrapado debajo de su cuerpo.
—¿Puedes sentirlo?
—En este momento, no.
Se incorporó de inmediato.
—¿Por qué no me moviste?
Osvaldo llevó el brazo hacia su pecho y comenzó a abrir y cerrar la mano.
—Estabas durmiendo.
—Osvaldo, no tienes que perder una extremidad para demostrarme cariño.
Él sonrió.
Noelia tomó su mano y comenzó a masajearle los dedos.
—¿Así?
—Está regresando.
—Avísame cuando vuelva por completo.
Permanecieron sentados bajo la manta. Noelia continuó frotando la mano de Osvaldo hasta que él consiguió mover los dedos con normalidad.
Desde algún lugar del pueblo llegó el sonido de unas campanas.
Osvaldo volvió el rostro hacia la ventana.
Escuchó tres golpes separados y luego un repique más prolongado que se extendió por encima de los tejados todavía húmedos. Noelia permaneció junto a él mientras las campanas continuaban sonando a lo lejos.
Cuando el último repique comenzó a desvanecerse, Osvaldo movió nuevamente los dedos.
—Ya volvió.
—¿El brazo?
—Casi por completo.
—Entonces puedo dejar de masajearlo.
Noelia soltó su mano e intentó acomodarse junto a la almohada. Osvaldo la sujetó por la cintura antes de que pudiera alejarse.
—Todavía podría necesitarlo.
—Hace un momento dijiste que estaba bien.
—Quería utilizarlo para otra cosa.
—¿Para qué?
Osvaldo la atrajo hacia él.
—Para esto.
La rodeó con ambos brazos y la besó.
Noelia respondió sin apartar los ojos de su rostro. El beso fue lento al principio, pero Osvaldo dejó de contenerse y la acercó un poco más. Sus dedos recorrieron la espalda de Noelia mientras ella le acariciaba la nuca.
Cuando se separaron, permanecieron con las frentes unidas.
—Has aprendido rápido —murmuró ella.
—Tuve una buena profesora.
—No vuelvas a empezar.
—Solo estoy reconociendo tus méritos.
Noelia trató de contener la risa, pero terminó escondiendo el rostro junto a su cuello.
Osvaldo la abrazó.
—Nunca había despertado junto a alguien —dijo.
Noelia levantó la cabeza.
—¿Y qué te parece?
Él miró la estrecha cama y después el brazo que acababa de recuperar.
—Un poco incómodo.
Ella le dio un golpe suave en el pecho.
—Me refería a estar conmigo.
—También.
Noelia abrió la boca con fingida indignación.
Osvaldo sonrió y volvió a acercarla.
—Me gusta —dijo antes de que ella pudiera protestar—. Me gusta mucho.
Noelia sostuvo sus ojos.
—A mí también.
Osvaldo apartó un mechón de cabello de su rostro.
—Estoy feliz.
Noelia rozó sus labios con los de él.
—Yo también estoy feliz.
Un arañazo sonó al otro lado de la puerta.
Los dos volvieron la cabeza.
Niebla rascó nuevamente la madera y dejó escapar un gemido.
—Nos encontró —dijo Osvaldo.
—Lleva toda la vida viviendo en esta casa. Sabía perfectamente dónde estábamos.
El perro golpeó la puerta con una pata.
—Debe tener hambre.
—O quiere subirse a la cama.
—No se lo permitirás.
Noelia apartó la manta y apoyó los pies sobre el suelo.
—Claro que no.
Abrió la puerta.
Niebla entró de inmediato, corrió alrededor de la cama y apoyó las patas delanteras sobre el colchón.
—Abajo —ordenó Noelia.
El perro ignoró la orden y saltó entre ambos.
Osvaldo alcanzó a cubrirse antes de que Niebla caminara sobre la manta, moviendo la cola con tanta fuerza que golpeó una de las cajas junto al velador.
Niebla se dejó caer en medio de la cama y apoyó el hocico sobre las piernas de Osvaldo.
Noelia intentó empujarlo.
—Vamos. Afuera.
El perro cerró los ojos.
Osvaldo comenzó a reír. Noelia terminó riendo con él y abandonó el intento de mover a Niebla.
—Si bajas, te doy comida —dijo Noelia.
El perro levantó las orejas.
—Mira qué rápido entiende cuando le conviene —observó Osvaldo.
Noelia señaló la puerta.
—Vamos.
Niebla saltó al suelo y salió de la habitación sin esperar a comprobar si cumplirían lo prometido.
Noelia recogió su almohada y se acomodó la bata sobre los hombros.
—Voy a vestirme.
Osvaldo apartó las mantas.
Ella se detuvo junto a la puerta.
—No es necesario que esperes hasta que salga.
—No estaba esperando.
—Acabas de cubrirte.
Osvaldo bajó los ojos hacia la manta que mantenía sobre la cintura.
—Es la costumbre.
—Tendrás que comenzar a perder algunas.
Noelia sonrió y salió con la almohada bajo el brazo.
Cuando Osvaldo bajó a la cocina, llevaba un pantalón café y la camisa de color crema que había comprado el viernes. Había intentado quitarle los dobleces con las manos, aunque todavía se marcaban sobre las mangas.
Noelia se encontraba frente a la cocina con la bata cerrada y el cabello recogido con un lápiz amarillo. Niebla esperaba junto a su plato, siguiendo cada movimiento de ella.
Al ver entrar a Osvaldo, lo observó de arriba abajo.
—Otra camisa nueva.
—Pensé que la verde necesitaba descansar.
—Después de la leña, la lluvia y todo lo demás, probablemente.
Noelia dejó el plato de Niebla en el suelo.
El perro comenzó a comer sin levantar la cabeza.
Osvaldo fue hasta el comedor. La fotografía de Daniel se había inclinado nuevamente hacia la izquierda. Se detuvo frente a ella y acomodó el marco con cuidado antes de continuar hacia la cocina.
Noelia alcanzó a verlo, pero no dijo nada.
Osvaldo abrió una de las alacenas y sacó dos tazas.
—Ya aprendiste dónde están —comentó ella.
Noelia llenó la tetera mientras Osvaldo sacaba el pan y la mantequilla. Trabajaron alrededor de la mesa sin estorbarse. Cuando ambos intentaron alcanzar el mismo cuchillo, sus manos se encontraron sobre el mango.
Noelia soltó el utensilio.
—Adelante.
—Puedes tomarlo.
—Llegaste primero.
—Esta conversación es demasiado larga para un cuchillo.
Noelia lo tomó y cortó el pan.
—Vas a descubrir que convivir consiste en discutir asuntos todavía menos importantes.
Osvaldo se apoyó contra la mesa.
—No sé nada sobre convivir.
—Eso ya lo imaginaba.
—Tampoco sé exactamente qué se supone que debemos hacer ahora.
Noelia dejó de cortar.
—¿Ahora mismo?
—¿Me estás preguntando si somos una pareja?
—Sí.
—Pensé que ayer había quedado suficientemente claro.
—Quiero escucharlo.
La tetera comenzó a calentarse detrás de ella. Noelia dejó el cuchillo sobre la tabla y se acercó.
—Somos una pareja, Osvaldo.
Él repitió la palabra en voz baja.
—Una pareja.
Noelia cruzó los brazos.
Osvaldo apoyó las manos sobre su cintura.
—Es extraño porque nadie me había llamado así. Pero me gusta.
—Más te vale.
La besó.
Noelia apoyó las manos sobre su pecho y respondió durante algunos segundos. Cuando se apartó, alisó el cuello de la camisa nueva.
—Tampoco existe una forma correcta de hacer esto —dijo—. No tienes que aprender una lista de reglas.
—Eso habría sido más sencillo.
—Solo necesito que hables conmigo. Si algo te preocupa, me lo dices. Si no sabes qué hacer, preguntas. Y no tomes decisiones por mí creyendo que estás protegiéndome.
Osvaldo asintió.
—¿Alguna otra condición?
Noelia fingió pensarlo.
—No dejes los calcetines debajo de la cama.
—Todavía no he dejado ninguno.
—Estoy previniendo.
—Entonces yo también tengo una condición.
—Te escucho.
—Besos por las mañanas y antes de dormir.
—Sabía que sería difícil negociar contigo —dijo Noelia.
La tetera comenzó a silbar.
Noelia regresó a la cocina y apagó el fuego. Osvaldo llevó el pan y la mantequilla hasta la mesa. Después sirvió el café mientras ella se sentaba.
Durante algunos minutos desayunaron en silencio. La lluvia de la noche había dejado gotas suspendidas en los vidrios y pequeñas corrientes de agua avanzaban por los bordes del jardín. Niebla terminó de comer y se instaló debajo de la mesa.
Osvaldo untó mantequilla sobre un trozo de pan.
—Hay muchas cosas que todavía no sé de ti.
—Conoces bastantes.
—Sé que te gustan los rosales.
Noelia siguió la dirección de su mirada hacia el jardín.
Las hojas todavía conservaban el agua de la noche. Algunas flores se habían inclinado por el peso de las gotas y una rama amarilla golpeaba suavemente contra el vidrio cada vez que se levantaba viento.
—Eso no ha sido difícil de descubrir —respondió.
—También sé que Daniel plantó el primero y que esta casa era casi inhabitable cuando llegaron.
Noelia volvió los ojos hacia él.
—Recuerdas bastante.