Mi última plegaria antes de ti Capítulo 32 #3
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Capítulo 32 #3

—Puede esperar bajo el alero.

Noelia le acarició la nuca antes de separarse.

—¿Tienes hambre?

—Sí. Me dio hambre con tanto beso.

Ella levantó las cejas.

—Eres una buena profesora —añadió Osvaldo.

Noelia echó la cabeza hacia atrás.

—Ja, ja, ja. No seas ridículo.

—Solo estoy reconociendo tus méritos.

—Vamos a preparar la once antes de que sigas diciendo tonteras.

Recogieron las herramientas. Osvaldo guardó el hacha dentro del cobertizo y Noelia dejó las tijeras sobre una repisa. Niebla continuó corriendo por el jardín con el palo, indiferente a las primeras gotas.

Cuando llegaron bajo el alero, Osvaldo recogió la camisa verde y el chaleco.

—Antes necesito bañarme.

—Sí, anda tranquilo. Hay toallas en el mueble del baño.

—¿En el de abajo?

—Ya sabes dónde está.

Noelia abrió la puerta.

—Mientras tanto prepararé la once.

Osvaldo entró llevando la ropa sobre un brazo. Noelia permaneció bajo el alero hasta que desapareció por el pasillo.

Después se volvió hacia Niebla.

—Tú también deberías entrar.

El perro recogió el palo y corrió hacia el fondo del jardín.

—Haz lo que quieras.

Noelia cerró la puerta sin asegurarla por completo.

En la cocina llenó la tetera y la dejó sobre el fuego. Se quitó las botas, limpió el barro que llevaba en las manos y encendió la radio. Una canción comenzó a llenar la casa mientras ella buscaba el pan y colocaba dos tazas sobre la mesa.

Desde el baño llegó el sonido de las cañerías.

Primero escuchó varios golpes dentro de los tubos. Después comenzó a correr el agua.

Noelia se detuvo con el cuchillo sobre la tabla.

La canción continuaba sonando, pero ya no prestaba atención. El agua golpeaba el fondo de la tina con un ritmo constante.

Regresó la vista hacia la tetera.

El vapor comenzó a escapar por la boquilla. Noelia bajó el fuego, esperó algunos segundos y terminó apagándolo antes de que el agua hirviera por completo.

Permaneció frente a la cocina con ambas manos apoyadas sobre el borde.

Luego dejó el paño que sostenía, bajó el volumen de la radio y caminó hacia el baño.

La puerta estaba cerrada.

Noelia la abrió y entró.

El vapor había comenzado a empañar el espejo. Detrás de la cortina se distinguía la figura de Osvaldo bajo el agua.

—¿Noelia? —preguntó él.

Ella cerró la puerta.

Se quitó la camisa y la dejó sobre una silla. Después desabrochó lentamente los pantalones y permitió que el resto de la ropa quedara junto a ellos.

El agua continuó corriendo.

Noelia se acercó a la tina y apartó la cortina.

Osvaldo se volvió sobresaltado.

—¿Qué haces?

Ella permaneció frente a él.

Durante un instante, ninguno se movió. El agua descendía por el cabello de Osvaldo, recorría su rostro y continuaba sobre su pecho.

Noelia extendió una mano.

—Quiero estar contigo.

Osvaldo miró su rostro y después la mano que ella le ofrecía.

—Si no quieres —continuó Noelia—, me iré.

Él negó lentamente.

Noelia entró en la tina y cerró la cortina.

El espacio era estrecho. El agua cayó primero sobre sus hombros y luego se deslizó entre los dos. Osvaldo permaneció inmóvil, como si todavía temiera que cualquier movimiento pudiera romper aquel momento.

—Noelia…

Ella apoyó un dedo sobre sus labios.

—No tienes que explicarme nada.

—Yo nunca…

—Lo sé.

Noelia retiró el dedo y sostuvo su mirada.

—No tenemos prisa.

Osvaldo respiró profundamente. Sus manos permanecían junto al cuerpo.

Ella tomó una de ellas y la llevó hasta su cintura.

—Puedes tocarme.

Los dedos de Osvaldo se afirmaron con cautela sobre su piel. Noelia guio después su mano hacia su pecho y esperó hasta que él dejara de contener la respiración.

—Mírame —murmuró.

Osvaldo levantó los ojos.

Noelia lo besó.

Al principio él respondió con la misma precaución del jardín. Después la atrajo hacia su cuerpo y el beso comenzó a perder la inseguridad. El agua corrió sobre sus espaldas mientras sus manos aprendían a reconocerse sin la barrera de la ropa.

Noelia rodeó su cuello con los brazos. Osvaldo la sostuvo por la cintura y cerró los ojos.

Cuando se separaron, él apoyó la frente contra la suya.

—Estoy temblando.

—Lo sé.

—No es por el frío.

Noelia acarició su mejilla.

Lo besó, esta vez con mayor lentitud. Osvaldo respondió recorriendo su espalda con una mano. Cada vez que la tensión regresaba a sus dedos, Noelia permanecía cerca, dándole tiempo para comprender que no necesitaba retroceder.

El agua comenzó a enfriarse.

Noelia estiró un brazo y cerró la llave.

El silencio que quedó dentro del baño pareció más profundo después del ruido constante de la ducha. Solamente se escucharon sus respiraciones y las últimas gotas cayendo sobre la tina.

Noelia apartó la cortina.

Salieron sin separarse por completo. Osvaldo tomó dos toallas del mueble y le entregó una. Noelia se envolvió en ella mientras él se secaba el cabello.

Cuando estuvo cubierto, ella lo besó.

Osvaldo dejó caer la segunda toalla sobre sus hombros y sostuvo el rostro de Noelia entre las manos.

—Ven conmigo —dijo ella.

—¿Adónde?

Noelia abrió la puerta del baño y tomó su mano.

—A tu habitación.

Atravesaron el pasillo. La radio continuaba sonando en la cocina y la tetera permanecía sobre el fuego apagado. Afuera, Niebla golpeó la puerta con el palo antes de volver a correr por el jardín.

Subieron la escalera dejando pequeñas huellas de agua sobre la madera.

Al entrar en la habitación de huéspedes, Noelia cerró la puerta. La luz gris de la tarde atravesaba las cortinas y caía sobre la cama estrecha.

Osvaldo permaneció junto a ella.

Noelia apoyó una mano sobre el nudo de su toalla.

—Todavía estás temblando.

Ella sostuvo la toalla, pero se detuvo antes de retirarla.

—¿Quieres estar conmigo?

—Sí.

Noelia dejó caer la toalla y lo besó.

Llegaron hasta la cama sin apartarse. Osvaldo se recostó junto a ella y permaneció algunos segundos contemplando su rostro, como si necesitara guardar cada detalle antes de continuar.

Noelia tomó su mano.

—No tengas miedo.

Osvaldo acercó la frente a la suya.

Ella le acarició el cabello húmedo.

—Ámame como puedas. Yo estoy aquí porque quiero estar.

Se besaron nuevamente.

Su primera vez juntos tuvo vacilaciones, pausas y algunas sonrisas que interrumpieron la solemnidad.

Noelia lo guio sin apresurarlo, deteniéndose cada vez que el cuerpo de Osvaldo volvía a tensarse.

Él aprendió a escucharla en la forma en que lo acercaba, en su respiración y en las manos que lo sostenían.

Poco a poco dejó de preguntarse qué debía hacer.

Durante un largo momento no existieron la parroquia, las voces de la radio ni las ventanas desde las cuales podían observarlos. Solamente estuvieron ellos, descubriéndose con una ternura que volvía innecesarias las palabras.

Cuando finalmente el cuerpo de Osvaldo se estremeció y toda la tensión comenzó a abandonarlo, escondió el rostro junto al cuello de Noelia.

Ella lo rodeó con los brazos y permaneció abrazándolo hasta que su respiración se serenó.

Después se acomodó contra su pecho.

Osvaldo pasó un brazo alrededor de ella y cubrió ambos cuerpos con la manta. Noelia mantuvo una mano sobre su corazón, sintiendo cómo los latidos disminuían lentamente.

—¿Estás bien? —preguntó él.

—Sí.

Noelia cerró los ojos.

—¿Y tú?

Osvaldo besó su cabello.

—Sí.

Afuera comenzó a llover.

Las primeras gotas golpearon el vidrio y Niebla corrió a refugiarse bajo el alero. En el piso inferior, la radio continuó tocando para una cocina vacía y el agua de la tetera comenzó a enfriarse.

Noelia se quedó dormida entre los brazos de Osvaldo.