Capítulo 32 #2
Las lágrimas aparecieron antes de que Noelia pudiera contenerlas.
—Yo también te quiero, hijito.
Se inclinó y apoyó los labios sobre su frente.
—Descansa. Mañana volveremos.
Vicente cerró los ojos.
Noelia continuó sosteniendo su mano hasta que la respiración del niño adquirió un ritmo más profundo y regular.
La enfermera se acercó a la cama y acomodó la manta sobre sus piernas.
—Se esforzó mucho durante la mañana —dijo en voz baja—. Todo estuvo dentro de lo indicado por el kinesiólogo, pero él quiso repetir algunos movimientos. Tiene muchas ganas de regresar a su casa.
—¿Podemos esperar hasta que despierte? —preguntó Noelia.
—Pueden quedarse, pero probablemente dormirá durante varias horas. Cuando despierte tendrá que comer y después continuará descansando.
La enfermera comprobó que el niño seguía dormido.
—Lo mejor sería que regresaran mañana. Hoy ya hizo suficiente.
Noelia mantuvo la vista sobre Vicente.
—No me gusta dejarlo solo.
—No estará solo. Nosotros lo vigilaremos y, si ocurre cualquier cambio, la llamaremos inmediatamente.
La mujer apoyó una mano sobre el borde de la cama.
—Está avanzando muy bien, señora Noelia. Ahora también necesita que usted descanse.
Noelia asintió, aunque las lágrimas continuaron cayendo en silencio.
Osvaldo se situó detrás de ella y pasó una mano lentamente por su espalda.
—Volveremos mañana —murmuró.
Ella soltó los dedos de Vicente con cuidado y acomodó su mano sobre la manta. Después se inclinó una última vez para besar su mejilla.
—Hasta mañana, mi niño.
Vicente no despertó.
La enfermera permaneció junto a la cama mientras Noelia y Osvaldo salían de la habitación.
En el corredor, ella se detuvo. Se secó las mejillas con ambas manos y respiró profundamente.
—Cada vez que lo dejo aquí siento que lo estoy abandonando.
Osvaldo apoyó una mano sobre su hombro.
—Cada vez que sales, está un poco más cerca de regresar contigo.
Ella cerró los ojos durante un instante. Después tomó nuevamente la mano de Osvaldo.
Salieron del hospital cerca del mediodía.
En la calle, algunas personas volvieron a mirarlos. Noelia caminó junto a él sin disminuir el paso y ninguno soltó la mano del otro durante el regreso a la Casa Amarilla.
Niebla los oyó antes de que Osvaldo introdujera la llave en el portón.
El perro apareció corriendo por el sendero con el palo entre los dientes. Dio dos vueltas alrededor de ellos, golpeó las piernas de Noelia con la cola y después trató de empujar a Osvaldo hacia la casa.
—Nos extrañó —dijo él.
—Siempre cree que llevamos una semana fuera.
Niebla dejó caer el palo delante de Noelia. Ella lo recogió y lo arrojó hacia el fondo del jardín. El perro corrió detrás, atravesando los rosales y llevándose por delante varias ramas.
—¡Por el sendero! —gritó Noelia.
Niebla no la escuchó.
Entraron en la casa.
El silencio resultaba diferente sin Cristóbal. Su taza permanecía junto al lavaplatos y el camión de madera que había intentado llevar al campamento continuaba sobre una silla.
Noelia dejó la cartera y el abrigo. Permaneció inmóvil junto a la mesa.
—¿Quieres comer algo? —preguntó Osvaldo.
—Después.
Miró hacia el ventanal.
—Tengo que arreglar esos rosales antes de que vuelva a levantarse viento.
Noelia comenzó a subir la escalera.
—Voy a cambiarme de ropa.
Osvaldo volvió la atención al jardín.
—Puedo ayudarte.
Ella se detuvo a mitad de la escalera.
—Tengo un trabajo para ti.
—¿Los rosales?
—Todavía no confío tanto en tus habilidades.
Señaló hacia el cobertizo.
—Hay varios troncos que necesito partir antes de que vuelva a llover.
—Parece menos delicado.
—Exactamente.
Noelia regresó poco después con unos pantalones viejos, una camisa de cuadros y botas de goma. Se había recogido el cabello y llevaba las tijeras de podar dentro de uno de los bolsillos.
Osvaldo se quitó el abrigo y el chaleco azul. Los dejó sobre una silla bajo el alero y fue a buscar el hacha.
La leña se encontraba apilada junto al cobertizo. Escogió uno de los troncos, lo colocó de pie sobre un tocón y probó el peso del hacha entre las manos.
—¿Sabes utilizarla? —preguntó Noelia.
—Sí. Mi padre nos hacía cortar leña en la cabaña.
Noelia retrocedió.
—Entonces procura conservar todos los dedos.
—Haré lo posible.
El primer golpe abrió una grieta en el centro del tronco. El segundo lo partió en dos mitades que cayeron a ambos lados del tocón.
Noelia levantó ligeramente las cejas.
—Veo que no mentías.
Ella se alejó hacia los rosales.
Durante un tiempo trabajaron sin hablar. Noelia cortó las ramas secas, retiró las hojas dañadas y sostuvo con cordel el tallo amarillo que Niebla había doblado el día anterior. Osvaldo continuó partiendo los troncos y apilando los trozos bajo el alero.
El golpe del hacha se extendía por el jardín a intervalos regulares. Entre uno y otro se escuchaban las tijeras de Noelia, el viento entre las hojas y las gaviotas sobre los tejados.
Niebla corría de un extremo al otro con el palo. Cada vez que Osvaldo levantaba el hacha, el perro se alejaba. Apenas el golpe caía, regresaba para inspeccionar la leña.
—No te acerques —le advirtió Osvaldo.
Niebla retrocedió algunos pasos y se sentó.
Noelia estaba inclinada sobre uno de los rosales blancos cuando escuchó tierra removiéndose detrás de ella. Se volvió y encontró al perro escarbando junto a una planta recién afirmada.
—¡Niebla!
El animal levantó la cabeza con el hocico cubierto de barro.
—Sal de ahí.
Niebla tomó el palo y corrió hacia el otro extremo del jardín.
Noelia acomodó la tierra con las manos. Cuando se incorporó, dirigió los ojos hacia Osvaldo.
Él había dejado el chaleco bajo el alero y se había arremangado la camisa verde hasta los codos. El esfuerzo comenzaba a oscurecerle la tela alrededor del cuello y algunos mechones de cabello se le habían pegado a la frente.
Levantó nuevamente el hacha.
Los músculos de sus brazos se tensaron con el movimiento. La hoja descendió y el tronco se abrió de un solo golpe.
Noelia permaneció inmóvil, con las tijeras en una mano.
Nunca se había detenido a imaginar el cuerpo que escondían las camisas negras. Había supuesto, sin pensarlo demasiado, que debajo de ellas encontraría a un hombre delgado y algo encorvado por los años frente al altar.
En cambio, descubría unos hombros más anchos de lo que esperaba, brazos firmes y una espalda fortalecida por la bicicleta, las caminatas y los trabajos que la vida parroquial nunca mostraba.
Osvaldo dejó el hacha apoyada contra el tocón y se secó la frente con el antebrazo. Después comenzó a desabotonarse la camisa verde.
Noelia apartó la vista hacia los rosales, aunque lo miró antes de que terminara.
Osvaldo se quitó la camisa con cuidado para no ensuciarla y la dejó junto al chaleco. Debajo llevaba una polera interior blanca sin mangas. La tela se adhería ligeramente a su espalda por el sudor.
Tomó nuevamente el hacha.
Noelia cortó una rama que no necesitaba cortar.
El chasquido hizo que Osvaldo volviera la cabeza.
—¿Está todo bien?
—Sí.
Osvaldo continuó mirándola.
—¿Qué ocurre?
—Nada.
—Llevas un rato observándome.
Noelia dejó las tijeras sobre el borde de un macetero.
—Creí que eras más flacuchento.
Osvaldo bajó la vista hacia su cuerpo.
—No sé cómo responder a eso.
Ella comenzó a caminar hacia él.
Osvaldo dejó el hacha sobre el tronco. Se aseguró de que quedara firme antes de apartarse.
—Ven —dijo Noelia.
—Ya estoy aquí.
—Más cerca.
Noelia retrocedió entre los rosales. Las ramas más altas formaban una barrera irregular alrededor de ellos y algunas flores amarillas se inclinaban.
Osvaldo la siguió.
—¿Qué necesitas?
Ella apoyó una mano sobre su pecho.
La camiseta estaba tibia y ligeramente húmeda bajo sus dedos.
—Esto.
Lo besó.
Osvaldo permaneció inmóvil durante un instante. Después rodeó su cintura con las manos y la acercó a su cuerpo.
Noelia sostuvo su rostro y repitió el beso. Él respondió con mayor decisión. Una de sus manos subió lentamente por la espalda de ella mientras la otra permanecía firme sobre su cintura.
Cuando se separaron, Osvaldo respiraba cerca de sus labios.
—Nos pueden ver los vecinos.
Noelia dirigió una breve mirada hacia las casas cercanas.
—No voy a esconderme dentro de mi propio jardín.
Lo tomó por la nuca y lo besó nuevamente.
Esta vez Osvaldo la atrajo con demasiada fuerza y alcanzó a morderle ligeramente el labio inferior.
Noelia se apartó.
—Ay.
Él soltó inmediatamente su cintura.
—Perdón.
Noelia tocó su propio labio con la punta de la lengua.
—Te hice daño.
—Tienes que ir más despacio.
—Todavía no sé muy bien…
Noelia rozó sus labios con los dedos.
—Así. Mira.
Se acercó y lo besó lentamente. Primero dejó la boca apoyada contra la suya y esperó hasta sentir que Osvaldo dejaba de contener la respiración. Después profundizó el beso sin apresurarlo.
Las manos de él regresaron a su cintura. Esta vez la sostuvo con suavidad y siguió el ritmo que Noelia marcaba.
Niebla apareció corriendo entre los rosales.
Pasó entre sus piernas con el palo atravesado en la boca y obligó a Noelia a sujetarse de Osvaldo para no perder el equilibrio.
Los dos se separaron riendo.
—Hasta él quiere mirar —dijo Osvaldo.
—Él quiere que le lancemos el palo.
Niebla lo dejó caer junto a sus pies.
Osvaldo lo recogió y lo arrojó hacia el fondo del jardín. Esperó hasta que el perro se alejara antes de volver hacia Noelia.
Ella todavía sonreía.
—¿En qué estábamos?
Osvaldo rodeó nuevamente su cintura.
—Creo que estabas enseñándome algo.
—Entonces presta atención.
Noelia apoyó los brazos alrededor de su cuello.
Cuando Osvaldo la besó, lo hizo despacio. Esta vez no miró hacia las casas ni pidió perdón.
El beso terminó cuando una ráfaga de viento movió los rosales y varias gotas comenzaron a desprenderse de las hojas.
Noelia levantó la mirada.
Desde la bahía avanzaban nubes oscuras que comenzaban a cubrir los espacios azules del cielo. La luz sobre el jardín se volvió más tenue y el aire adquirió nuevamente el olor húmedo que precedía a la lluvia.
—Parece que alcanzamos justo —dijo.
Osvaldo continuaba con las manos alrededor de su cintura.
—Todavía queda leña.