Mi última plegaria antes de ti Capítulo 32
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Capítulo 32

Capítulo

A las seis y cuarto de la mañana, Cristóbal ya había preparado tres veces la misma mochila.

Osvaldo escuchó el cierre abrirse y cerrarse en el piso inferior. Después sonó el arrastre de una silla, el golpe de algo contra la mesa y la voz de Noelia pidiéndole al niño que no despertara a toda la casa.

Niebla comenzó a correr por el pasillo.

Osvaldo abrió los ojos y consultó el reloj del velador. Permaneció algunos minutos debajo de las mantas, esperando que los ruidos disminuyeran. En lugar de eso, escuchó nuevamente los pasos de Cristóbal sobre la escalera.

La puerta de un armario se abrió.

—¿Dónde está mi otro chaleco? —preguntó el niño.

—Dentro del dormitorio —respondió Noelia—. Pero ya guardaste uno.

—Este es más abrigado.

—Entonces trae el otro y saca el que pusiste en la mochila.

—¿Y si llevo los dos?

Osvaldo apartó las mantas.

Al abrir la puerta de su habitación encontró a Niebla en medio del pasillo, con una correa de la mochila entre los dientes. Cristóbal tiraba del otro extremo.

—Suéltala.

Niebla retrocedió.

—La va a romper.

El perro tiró.

—¿Qué ocurre? —preguntó Osvaldo.

Cristóbal levantó la mirada.

—No quiere que me vaya.

—Creo que quiere quedarse con la mochila.

Osvaldo se agachó y consiguió abrir el hocico de Niebla. Cristóbal recuperó la correa y examinó las marcas de los dientes.

Noelia apareció en el pasillo con una bata sobre el camisón. Llevaba el cabello suelto y los ojos todavía hinchados por el sueño.

—¿Qué hora es? —preguntó Osvaldo.

—Las seis y media.

—Pensé que ya eran las siete.

Noelia señaló a Cristóbal.

—Lleva media hora preguntando cuándo llegará Elvira.

—¿A qué hora va a venir? —preguntó nuevamente el niño.

—A las ocho.

Cristóbal consultó el reloj de la pared.

—Falta mucho.

—Falta lo suficiente para que tomes desayuno y revisemos la mochila una última vez.

—Ya la revisé.

—Tres veces —añadió Osvaldo.

Cristóbal apretó la mochila contra el cuerpo.

—Voy a esperar junto al portón.

—Vas a esperar en la cocina —respondió Noelia—. Y primero vas a tomar leche.

El niño comenzó a bajar la escalera. Niebla corrió detrás de él.

Noelia observó a Osvaldo.

—Lamento haberte despertado.

—Creo que el campamento comenzó aquí.

Ella sonrió con cansancio.

—Puedes seguir durmiendo.

Osvaldo regresó a la habitación y encendió la lámpara.

Sobre el respaldo de una silla había dejado la ropa que Noelia había elegido el día anterior.

Se puso el pantalón gris, una polera y la camisa verde.

La tela todavía conservaba los dobleces de la tienda y el cuello le resultaba extraño después de tantos años usando camisas oscuras.

Terminó de abotonársela frente al espejo.

Durante algunos segundos apenas reconoció al hombre reflejado. Se colocó el chaleco azul oscuro y bajó a la cocina.

Noelia había encendido la estufa y preparaba café. Cristóbal estaba sentado junto a la mesa, vestido con un pantalón grueso y una chaqueta. La mochila descansaba sobre la silla contigua y Niebla permanecía echado debajo de ella, vigilándola.

Noelia dejó una taza de café frente a Osvaldo.

Noelia colocó la mochila sobre la mesa y la abrió.

—Pijama, ropa interior, pantalón de cambio, dos camisas, toalla, cepillo de dientes…

Retiró el chaleco que se encontraba encima y descubrió el camión de madera escondido debajo.

—¿Qué hace esto aquí?

Cristóbal bajó los ojos hacia la taza.

—Por si no puedo dormir.

—La señora Elvira dijo que no llevaras juguetes.

—Pero este es pequeño.

Noelia dejó el camión sobre otra silla.

—Se queda.

Continuó revisando y encontró el frasco de bolitas envuelto dentro de una camiseta.

—Cristóbal.

—Esas ocupan menos espacio.

Osvaldo escondió una sonrisa detrás de la taza.

Noelia dejó también el frasco sobre la silla.

—¿Hay algo más que debamos encontrar?

—No.

—¿Seguro?

Cristóbal miró la mochila.

—Hay un libro.

—El libro puede ir.

El niño levantó la cabeza.

—¿Y una bolita?

—Ninguna.

Noelia cerró la mochila y la dejó en el suelo.

Durante la hora siguiente, Cristóbal preguntó cinco veces cuánto faltaba. A las siete y media se puso la mochila. A las siete y cuarenta salió al corredor. Cuando faltaban diez minutos para las ocho, se instaló frente a la ventana.

Niebla permaneció junto a él, levantándose cada vez que alguien pasaba por la calle.

Poco antes de las ocho, el perro comenzó a ladrar.

Cristóbal abrió la puerta.

—¡Es la señora Elvira!

—Espera —ordenó Noelia.

Pero el niño ya había cruzado el jardín.

Elvira apareció al otro lado del portón acompañada por sus dos nietos. Ambos llevaban pañuelos scout alrededor del cuello, mochilas grandes y sacos de dormir enrollados sobre los hombros.

Noelia y Osvaldo salieron detrás de Cristóbal. Niebla corrió delante de ellos con el palo entre los dientes.

Elvira abrió el portón.

—Buenos días.

Dirigió los ojos hacia la camisa de Osvaldo.

—Veo que el vecino Osvaldo amaneció renovado.

—Estoy haciendo el intento.

—Le sienta bien el color.

Noelia sonrió sin decir nada.

Cristóbal saludó a los otros niños y comenzó a hacerles preguntas sobre las carpas.

—Regresaremos mañana cerca de las cinco —dijo.

Noelia se acercó a su hijo.

—Obedece a la señora Elvira y no te alejes del grupo.

—Sí, mamá.

—No te acerques al fuego sin un adulto.

—Sí, mamá.

—Y abrígate durante la noche.

Cristóbal la abrazó.

—Voy a estar bien.

Noelia cerró los brazos alrededor de él y lo mantuvo unos segundos contra su cuerpo.

Cuando lo soltó, le acomodó el cuello de la chaqueta y besó su frente.

Cristóbal se volvió hacia Osvaldo.

—Dile a Vicente que me fui al campamento.

—Se lo diremos.

—Y que mañana le voy a contar todo.

—También.

El niño lo abrazó brevemente. Después se agachó frente a Niebla y le sostuvo el hocico con ambas manos.

—No te escapes mientras no estoy.

Niebla dejó caer el palo.

—Y no te comas la ropa de tío Osvaldo.

El perro le lamió la cara.

Cristóbal se limpió con la manga y corrió para reunirse con los demás.

Elvira se despidió de Noelia y después miró a Osvaldo.

—Hasta mañana, vecino Osvaldo.

—Cuídese, señora Elvira.

—Usted también.

Noelia permaneció junto a la puerta de la casa. Osvaldo se situó a su lado mientras sostenía a Niebla por el collar para impedir que corriera tras ellos.

Al llegar al portón, Cristóbal volvió la cabeza y levantó una mano.

—¡Adiós!

—¡Adiós, hijo! —respondió Noelia.

Elvira cerró el portón y el grupo comenzó a alejarse por la calle. Cristóbal se volvió dos veces más antes de desaparecer detrás de la esquina.

Osvaldo soltó el collar de Niebla. El perro corrió hasta el portón y olfateó el espacio por donde habían salido. Después regresó lentamente hacia la casa.

—Se fue.

Cruzó los brazos sobre el pecho. La casa parecía haber quedado demasiado silenciosa de un momento a otro.

—A las diez comienzan las visitas —dijo—. Voy a ir al hospital.

—Te acompaño.

Noelia volvió los ojos hacia él.

—Está bien.

Entraron para recoger sus abrigos. Poco después de las nueve, dejaron a Niebla en el jardín, cerraron el portón y comenzaron a caminar hacia el hospital.

La mañana había comenzado a entibiarse cuando descendieron hacia el centro.

Caminaron uno al lado del otro. Al llegar a la primera esquina, Noelia buscó la mano de Osvaldo y entrelazó sus dedos con los de él.

Un hombre que esperaba locomoción los reconoció y siguió con la mirada hasta que pasaron frente al paradero. Más adelante, dos mujeres interrumpieron su conversación al verlos acercarse.

Noelia advirtió las miradas, pero no soltó la mano de Osvaldo.

Llegaron al hospital algunos minutos antes de las diez. Esperaron en el corredor hasta que una enfermera abrió las puertas de pediatría y les indicó que podían entrar.

—Vicente acaba de terminar con el kinesiólogo —les explicó mientras caminaban—. Está bastante cansado, así que no se preocupen si se queda dormido mientras hablan.

—¿Cómo respondió? —preguntó Noelia.

—Muy bien. Consiguió ponerse de pie dos veces y caminó algunos pasos con ayuda.

Noelia disminuyó el paso.

—¿Caminó?

—Solamente una distancia corta. El kinesiólogo lo sujetó en todo momento.

Vicente estaba recostado con la cama ligeramente incorporada. Tenía el cabello húmedo pegado a la frente y las mejillas pálidas. Al verlos entrar, intentó sentarse un poco más.

—No te muevas —dijo Noelia.

Atravesó la habitación y se inclinó sobre él. Besó su frente y le acomodó la almohada.

—¿Cómo estás, mi amor?

—Cansado.

—La enfermera nos contó lo que hiciste.

Una sonrisa pequeña apareció en el rostro del niño.

—Caminé.

—Eso me dijeron.

—Fueron tres pasos.

Noelia le besó la frente.

—Tres pasos son muchos.

Osvaldo se acercó al otro lado de la cama.

—Ayer solamente podías permanecer de pie.

—Hoy caminé hasta la silla.

Vicente señaló un sillón situado cerca de la ventana. El movimiento pareció exigirle demasiado esfuerzo y dejó caer nuevamente el brazo sobre la cama.

—Entonces avanzaste bastante.

El niño observó la camisa de Osvaldo.

—Estás verde.

Osvaldo bajó la mirada hacia su ropa.

—Es una camisa nueva.

Osvaldo sonrió.

—¿Cristóbal no vino?

Noelia se sentó junto a la cama y tomó su mano.

—La señora Elvira lo llevó a un campamento con sus nietos.

El niño reabrió los ojos.

—¿Sin mí?

—Solo por una noche. Regresará mañana y vendrá a contarte todo.

Vicente miró hacia la ventana.

—Yo también quería ir.

—Habrá otros campamentos —dijo Osvaldo—. Primero tienes que recuperar fuerzas.

—Cuando salga, ¿puedo ir?

—Cuando estés bien —repitió ella.

Vicente cerró los dedos alrededor de su mano.

—Quiero irme a la casa.

—Lo sé, mi amor.

—Aquí me hacen levantarme.

—Porque necesitas aprender a caminar nuevamente.

—Ya sé caminar.

Vicente volvió el rostro hacia él.

—Si hago más ejercicios, salgo antes.

—También necesitas descansar.

—Descansé muchos días.

—Y gracias a eso pudiste dar esos tres pasos.

El niño guardó silencio. Sus ojos volvieron a cerrarse, aunque todavía sostenía la mano de su madre.

Noelia le acarició el cabello.

Vicente dejó escapar lentamente el aire. Durante algunos segundos pareció haberse dormido, pero reabrió los ojos.

—Mamá.

—Estoy aquí.

—Te quiero.