Mi última plegaria antes de ti Capítulo 31 #2
68%

Capítulo 31 #2

Las manos de Noelia quedaron inmóviles.

—Todo Puerto Ceniza la escuchó.

—Probablemente.

—Pero no vine a preguntarle nada.

Elvira soltó la rama y limpió sus dedos en el abrigo.

—Lo que ocurre entre usted y el vecino Osvaldo les pertenece a ustedes. No a la radio ni a las señoras que se asoman detrás de las cortinas.

Noelia volvió el rostro hacia la casa.

A través del ventanal alcanzaba a ver a Osvaldo inclinado sobre la mesa de la cocina. Cristóbal hablaba mientras él cortaba el pan.

—La gente va a seguir hablando —dijo.

—La gente siempre habla.

—No quiero que esto termine afectando a mis hijos.

—Ya han pasado demasiadas cosas para que ahora también tengan que verla renunciar a su vida por miedo.

Noelia no respondió.

La mujer sostuvo su mirada.

—Usted es joven. Yo no le doy más de treinta y seis.

Una sonrisa breve apareció en el rostro de Noelia.

—Está bastante cerca.

—Entonces todavía está en la flor de la vida. Haber quedado viuda no significa que usted haya dejado de estar viva.

Noelia miró hacia el ventanal.

Elvira se agachó para recoger el palo que Niebla había dejado junto al sendero y lo arrojó lejos de los rosales.

—Yo también aprendí eso a la fuerza.

—¿Por Ernesto?

Elvira asintió.

—Cuando comenzamos a vivir juntos, él llevaba años separado de su primera mujer. Pero ante la Iglesia seguía casado. Para algunos, eso era lo único que importaba.

Noelia guardó silencio.

—Nos dijeron que podíamos asistir a misa, pero que no debíamos comulgar —continuó Elvira—. Ernesto siguió yendo. Todavía se queda al fondo, cerca de la puerta, como si tuviera que pedir disculpas por entrar.

—¿Y usted?

—Yo dejé de acompañarlo.

Elvira juntó las manos frente al cuerpo.

—No porque haya dejado de creer. Me cansé de las miradas. Algunas mujeres se volvían para observarnos apenas cruzábamos la puerta. Otras bajaban la voz cuando pasábamos cerca. Una termina sintiendo que Dios puede recibirla, pero las personas no.

Noelia sostuvo sus ojos.

—Lo siento.

—Fue hace mucho tiempo. Aprendimos a vivir con eso.

Elvira dirigió una mirada hacia el interior de la casa.

—Por eso sé de qué hablo cuando le digo que no permita que esa gente decida por usted. Osvaldo es un buen hombre. Siempre trató a Ernesto con respeto y nunca lo hizo sentirse menos digno que los demás.

Miró a Noelia.

—Y usted tiene derecho a ser feliz.

Los ojos de Noelia comenzaron a humedecerse.

—Gracias, Elvira.

—No tiene que agradecérmelo.

La mujer le apretó suavemente un brazo.

—Aquí tiene una vecina. Si alguno de los dos necesita algo, pueden contar conmigo.

Permanecieron unos segundos junto al rosal. Desde la cocina llegó la risa de Cristóbal, seguida por el golpe de algo que cayó al suelo.

Niebla comenzó a ladrar dentro de la casa.

—Espero que no haya encontrado los zapatos nuevos —dijo Noelia.

Elvira sonrió.

—Antes de entrar, quería pedirle otra cosa.

Abrió su cartera y sacó una hoja doblada.

—Mañana mis nietos van a un campamento de su grupo scout. Salimos temprano y regresamos el domingo por la tarde.

Noelia miró el papel.

—¿Un campamento? Él nunca ha pasado una noche fuera de casa sin Vicente.

—Yo voy a estar con ellos todo el tiempo. También habrá más adultos y tenemos un saco de dormir para él. Solamente necesita ropa de cambio y su autorización firmada.

Elvira le entregó el documento.

—Creo que le haría bien distraerse.

Noelia abrió la hoja y comenzó a leerla.

—No sé si querrá ir.

—Podemos preguntárselo.

Elvira esperó unos segundos antes de añadir:

—Y a ustedes también les hará bien.

Noelia levantó la cabeza.

—¿A nosotros?

—Tendrán la casa tranquila. Usted y el vecino Osvaldo deben tener muchas cosas que conversar.

Desde el interior se escuchó la voz de Cristóbal.

—¡Mamá! ¡Niebla se llevó un calcetín!

Noelia dobló la autorización.

—Preguntémosle antes de que destruya el resto de las compras.

Ambas caminaron hacia la casa.

Encontraron a Niebla debajo de la mesa del comedor, con uno de los calcetines azules colgándole de la boca.

Cristóbal se encontraba arrodillado frente a él, tratando de convencerlo de que lo soltara.

—Dámelo.

Niebla retrocedió arrastrando el calcetín.

—Te van a retar.

El perro movió la cola.

—Niebla —dijo Noelia desde la puerta.

El animal levantó la cabeza. Osvaldo se acercó por el otro lado de la mesa y extendió una mano.

—Suéltalo.

Niebla sostuvo el calcetín durante algunos segundos más. Finalmente abrió el hocico y lo dejó caer sobre la mano de Osvaldo.

La tela estaba húmeda, pero no parecía rota.

—Todavía se puede salvar —dijo él.

Noelia la examinó.

—Ya veremos.

—Fue él —aseguró Cristóbal, señalando al perro.

—Eso estaba bastante claro.

Elvira cerró la puerta detrás de ellas y se quitó el abrigo. Niebla salió de debajo de la mesa y se sacudió como si hubiera sido acusado injustamente.

—Antes de que encontremos algo más en su boca, la señora Elvira quiere preguntarte una cosa —dijo Noelia.

Cristóbal miró a la mujer.

Elvira sacó nuevamente la autorización y la dejó sobre la mesa.

—Mañana voy a un campamento con mis nietos y su grupo scout. Nos permitieron llevar a un invitado y ellos quieren que vengas con nosotros.

Los ojos del niño se abrieron.

—¿A dormir?

—Una noche. Volvemos el domingo por la tarde.

—¿En carpa?

—En carpa.

Cristóbal miró inmediatamente a su madre.

—¿Puedo ir?

Noelia dejó el calcetín junto a las demás prendas.

—Nunca has pasado una noche fuera de casa sin nosotros.

—Voy a estar con la señora Elvira.

—Y con varios apoderados —añadió Elvira—. No estará solo en ningún momento.

—¿Dónde queda?

—En un recinto scout a las afueras de Puerto Ceniza. Está cercado y tiene una casa grande por si llueve. Los niños dormirán en carpas, pero los adultos estaremos cerca.

Cristóbal tomó la autorización.

—Yo quiero ir.

Noelia observó su rostro. Desde el accidente, el niño había pasado los días entre el colegio, la casa de Elvira y las noticias que llegaban desde el hospital. La posibilidad del campamento parecía haber apartado por un momento todo lo demás.

—Tendrás que obedecer a la señora Elvira —dijo—. No puedes alejarte del grupo ni salir del recinto por tu cuenta.

—No lo haré.

—Y si sientes miedo durante la noche, se lo dices. No tienes que quedarte callado para demostrar nada.

—No voy a tener miedo.

—Eso no puedes saberlo todavía.

Cristóbal bajó los ojos hacia el documento.

—Pero puedo ir igual.

Noelia miró a Elvira.

—Yo lo cuidaré —aseguró la mujer—. Si ocurre cualquier cosa, lo traeré de regreso.

Noelia tomó un lápiz desde el mueble del comedor.

—Está bien.

—¿De verdad? —preguntó Cristóbal.

Ella firmó la autorización y escribió su número de teléfono debajo del nombre.

—De verdad.

Cristóbal levantó los brazos y la rodeó por la cintura.

—¡Gracias, mamá!

Noelia apoyó una mano sobre su cabeza.

—Todavía no sabes qué tienes que llevar.

Elvira recogió la autorización.

—Un cambio de ropa, pijama, cepillo de dientes, una toalla y un chaleco para la noche. Nosotros tenemos un saco de dormir adicional.

—Voy a preparar mi mochila ahora.

—Primero toma once —dijo Osvaldo.

Cristóbal soltó a su madre y corrió hacia la cocina.

—Después puedes ayudarme.

Osvaldo lo siguió con la mirada.

—¿Yo?

Elvira rió.

—Ya comenzó a encontrarle nuevas ocupaciones, vecino Osvaldo.

—Parece que sí.

Noelia guardó el calcetín húmedo dentro de la bolsa.

—Lo lavaré antes de que lo uses.

—Gracias.

Elvira se colocó nuevamente el abrigo.

—Pasaré a buscarlo mañana a las ocho. No necesitamos que lleve comida; el grupo se encargará de todo.

—Estará listo —respondió Noelia.

Cristóbal regresó desde la cocina con una rebanada de pan en la mano.

—¿A las ocho de la mañana?

—A las ocho —confirmó Elvira—. Y si todavía estás durmiendo, me iré sin ti.

—Voy a levantarme antes.

Cristóbal la abrazó antes de que saliera. Elvira le acomodó el cabello y le recordó una vez más que no necesitaba llevar juguetes.

Noelia la acompañó hasta el portón.

—Gracias por invitarlo.

—Le hará bien.

Elvira apretó la autorización dentro de su cartera.

—Y a usted también.

Noelia comprendió que no se refería solamente al descanso. Antes de que pudiera responder, la mujer salió a la calle.

—Hasta mañana —dijo Elvira.

Después se volvió hacia la puerta de la casa, donde Osvaldo permanecía esperando.

—Hasta mañana, vecino Osvaldo.

—Hasta mañana, señora Elvira.

Noelia cerró el portón y regresó.

En la cocina, Osvaldo había servido tres tazas de té. Cristóbal comía junto a la mesa mientras enumeraba todo lo que pretendía guardar en la mochila.

—También voy a llevar el camión de madera.

—No —respondió Noelia mientras se sentaba.

—Entonces las bolitas.

—Tampoco.

Cristóbal miró a Osvaldo buscando apoyo.

—Tu mamá tiene razón.

Cristóbal tomó otro trozo de pan. Permaneció callado durante unos segundos antes de mirar nuevamente a Osvaldo.

—¿Tú vas a estar aquí cuando vuelva?

Osvaldo dejó la taza sobre la mesa.

Noelia mantuvo los ojos en él.

—Sí —respondió—. Aquí voy a estar.

Cristóbal asintió y continuó comiendo, satisfecho con la respuesta.