Mi última plegaria antes de ti Capítulo 31
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Capítulo 31

Capítulo

Osvaldo regresó a la Casa Amarilla poco después de las cuatro.

Llevaba tres bolsas de papel apretadas contra el pecho y una caja de zapatos bajo el brazo. Para sacar la llave del bolsillo tuvo que apoyar la caja sobre uno de los pilares del portón.

Niebla lo esperaba al otro lado, siguiendo cada uno de sus movimientos con la cola agitada.

Era la primera vez que Osvaldo entraba solo utilizando la llave que Noelia le había entregado. Todavía le producía una sensación extraña llevarla en el bolsillo, entre las monedas y el pañuelo.

Apenas abrió el portón, Niebla metió el hocico entre las bolsas.

—No es comida.

El perro olfateó la caja de zapatos y concentró su atención en la bolsa más grande.

—Tampoco es para ti.

Niebla lo siguió hasta la casa, rozándole las piernas y obligándolo a avanzar con pasos cortos. Osvaldo dejó las compras sobre la mesa del comedor y se quitó el abrigo. Cuando volvió la cabeza, descubrió al perro con medio hocico dentro de una de las bolsas.

—Niebla.

El animal retrocedió y se sentó. Un trozo de papel sobresalía de su boca.

Osvaldo se lo quitó antes de que pudiera tragárselo.

Osvaldo abrió una de ellas y comprobó que las camisas continuaran dobladas. Debajo encontró los paquetes de calcetines grises, azules y cafés que había elegido después de recordar la prohibición de Noelia.

Sonrió al pensar en ella.

Dejó las compras sobre la mesa y fue a la cocina. Encendió la estufa, llenó la tetera y puso agua a calentar. Después encontró pan dentro de una alacena y lo cubrió con una servilleta.

Niebla permaneció junto a las bolsas, vigilándolas.

—Ni se te ocurra.

El perro apoyó el hocico sobre las patas delanteras.

Poco después de las cinco, el ruido del portón lo hizo levantar la cabeza. Niebla llegó a la puerta antes que él y comenzó a mover la cola contra la pared.

Noelia entró con la cartera colgada del hombro y varios documentos doblados dentro de una mano. Llevaba el cabello desordenado por el viento.

Osvaldo recibió su abrigo.

—¿Cómo está Vicente?

—Mejor.

Noelia dejó los documentos sobre la mesa de la cocina y se sentó. Osvaldo acercó la tetera, pero ella negó con la cabeza.

—Primero cuéntame —dijo él.

Noelia respiró profundamente.

—El médico está conforme con su evolución. Hoy consiguió sentarse al borde de la cama y permaneció de pie durante algunos segundos con ayuda.

—¿Pudo sostenerse?

—Lo sujetaron entre dos personas, pero sí. Las piernas respondieron bien.

Una sonrisa cansada apareció en su rostro.

—Después se enojó porque querían que repitiera el ejercicio. Dijo que ya había demostrado que podía hacerlo.

—Eso significa que está recuperándose.

—El kinesiólogo dijo algo parecido.

Los documentos continuaban sobre la mesa.

—A partir de mañana van a intensificar los ejercicios. Quieren que recupere fuerza, equilibrio y movilidad antes de enviarlo a casa.

—¿Hablaron del alta?

—Si continúa avanzando, podrían dársela antes de Navidad. Tal vez el lunes o el martes.

Osvaldo se sentó frente a ella.

—Eso es una buena noticia.

—Podría serlo. El médico no quiso prometerme nada.

Noelia pasó un dedo por el borde de uno de los papeles.

—Si Vicente se cansa demasiado, vuelven los mareos o no consigue caminar con ayuda, tendrá que quedarse algunos días más.

Noelia bajó la mirada.

—Pero quiero que pase la Navidad en casa.

Osvaldo extendió la mano sobre la mesa y cubrió la suya.

—Y si no puede, estaremos con él en el hospital.

—¿Y Cristóbal?

—Encontraremos una manera de estar con los dos.

Noelia asintió, aunque continuó observando sus manos.

—También me dijeron que ya no podré quedarme por las noches. Desde hoy tendré que salir cuando termine el horario de visitas.

—Eso significa que ya no necesita que permanezcas junto a él todo el tiempo.

—Eso dijo el médico. Que está fuera de peligro, que necesita descansar y que las enfermeras se ocuparán de él.

—Está bien cuidado.

—Ya lo sé.

Noelia levantó los ojos.

—Pero saberlo no hace más fácil dejarlo allí.

Osvaldo apretó suavemente sus dedos.

—No está solo. Y mañana volveremos a verlo.

Ella sostuvo su mirada durante unos segundos. Después respiró con mayor tranquilidad y señaló hacia el comedor.

—Ahora enséñame qué compraste antes de que Niebla se lo coma.

El perro levantó las orejas al escuchar su nombre.

Osvaldo se puso de pie.

—No confías mucho en él.

—Lo conozco.

Entraron en el comedor. Niebla caminó detrás de ellos y se instaló junto a la mesa.

Noelia abrió la primera bolsa. Sacó una camisa azul claro, otra verde y una tercera de color crema. Las extendió una al lado de la otra sobre el respaldo de una silla.

—Tres camisas.

—Necesitaba más de una.

Abrió la segunda bolsa.

—Tres pantalones.

—También necesitaba más de uno.

Noelia sacó un chaleco azul oscuro y lo sostuvo frente a él.

—Y un chaleco.

—Las mañanas siguen siendo frías.

Noelia examinó las prendas. Después levantó la camisa verde y la apoyó contra el pecho de Osvaldo.

—Qué colorido. Vas a terminar haciéndole la competencia a Cavieres.

—No creo que esté preparado para competir con sus corbatas.

Noelia rió.

Osvaldo se unió a ella. Por un momento ninguno recordó el hospital, la parroquia ni las voces de la radio. Niebla terminó agitando la cola, desconcertado.

Noelia retiró la camisa y abrió la última bolsa.

—¿Zapatos negros?

Encontró los paquetes de calcetines y los levantó.

—Hasta compraste calcetines de colores.

—No quise arriesgarme a un sermón.

—Hiciste bien.

Noelia colocó la camisa verde contra su pecho y alisó la tela sobre uno de sus hombros.

—Esta me gusta.

—Entonces será la primera que use.

—Mañana.

—¿Ya decidiste por mí?

—Alguien tendrá que hacerlo hasta que aprendas a vestirte sin parecer que vas a celebrar un funeral.

Osvaldo rodeó su cintura con un brazo.

Noelia dejó la camisa sobre la mesa y lo besó. Osvaldo la acercó un poco más antes de que ella se apartara.

Desde el jardín llegó un ladrido.

Niebla corrió hacia la puerta.

Se escuchó el sonido del portón y luego la voz de Cristóbal al otro lado del jardín.

Era la hora en que debían regresar.

—Deben ser ellos.

Niebla insistió con un ladrido, esta vez con todo el cuerpo apoyado contra la puerta.

Noelia salió a recibirlos mientras Osvaldo comenzaba a recoger las prendas extendidas sobre la mesa.

Apenas Noelia abrió la puerta, Niebla pasó entre sus piernas y corrió hacia el portón.

Cristóbal avanzaba por el sendero con la mochila golpeándole la espalda. Elvira entró detrás de él, cerrando el portón antes de que el perro pudiera escapar.

—¡Salí de vacaciones! —anunció el niño.

Se detuvo frente a su madre solamente el tiempo necesario para besarla en una mejilla. Después vio a Osvaldo dentro de la casa.

—¡Tío Osvaldo!

Corrió hasta él y lo abrazó alrededor de la cintura.

Osvaldo todavía sostenía la camisa verde entre las manos. La dejó sobre la mesa y apoyó un brazo alrededor de los hombros del niño.

—¿Cómo te fue?

—Bien. No nos hicieron hacer casi nada.

Niebla regresó del jardín y trató de introducirse entre ambos. Empujó a Cristóbal con el hocico y después levantó las patas delanteras contra Osvaldo.

—Tú también —dijo él, acariciándole la cabeza.

Cristóbal descubrió la ropa extendida sobre la mesa.

—¿De quién es todo eso?

—De Osvaldo —respondió Noelia desde la puerta.

El niño tomó una de las mangas de la camisa azul.

—¿Ya no vas a usar negro?

—No todos los días.

—Mejor.

Cristóbal levantó la camisa verde y la observó.

—Esta parece mantel.

Noelia se llevó una mano a la boca para contener la risa.

—Hace un momento dijiste que era la que más te gustaba —le recordó Osvaldo.

—Antes de verla bien.

Elvira llegó hasta la puerta y se acomodó el abrigo. Miró las bolsas, la ropa y después a Osvaldo.

—Buenas tardes, pa…

La palabra quedó detenida en su boca.

—Buenas tardes, señora Elvira —respondió él.

—Perdón. Es la costumbre.

Elvira apretó los labios mientras buscaba otra forma de dirigirse a él.

—¿Don Osvaldo?

—Con Osvaldo basta.

—Eso va a costarme más.

Lo observó.

—Por ahora tendrá que conformarse con vecino Osvaldo.

—Me parece bien.

—Entonces, buenas tardes, vecino Osvaldo.

Cristóbal dejó la camisa sobre la mesa.

—Tengo hambre.

—Hay pan en la cocina —dijo Osvaldo—. También estaba preparando agua para el té.

El niño se quitó la mochila y la abandonó junto a una silla.

—¿Me das once?

—Primero guarda la mochila.

Cristóbal la recogió, arrastrándola por una de las correas.

Cristóbal caminó hacia el pasillo y Osvaldo fue detrás de él. Niebla los siguió.

Noelia miró a Elvira.

—Voy a revisar lo que hizo Niebla con mis rosales.

Elvira comprendió la invitación.

—La acompaño.

Salieron al jardín.

El sol de la tarde alcanzaba solamente una parte del terreno. Bajo los aleros todavía permanecían algunas zonas húmedas y el viento hacía caer gotas desde las ramas. Niebla había dejado su palo junto al sendero y uno de los rosales amarillos presentaba una rama doblada hacia el suelo.

Noelia se agachó para examinarla.

—Sabía que algo había roto.

—Con un poco de cuerda puede salvarla —dijo Elvira.

Noelia levantó la rama con cuidado. Algunas hojas se habían desprendido, pero el tallo no estaba completamente quebrado.

—¿Cómo encontró a Vicente? —preguntó Elvira.

—Mucho mejor. Hoy consiguió ponerse de pie con ayuda.

Elvira juntó las manos frente al pecho.

—Gracias a Dios.

—Todavía tiene que recuperar fuerza y aprender a caminar nuevamente. El médico cree que podrían darle el alta antes de Navidad, pero no quiso asegurarlo.

—Va a volver a casa.

—Eso espero.

Noelia dejó la rama apoyada sobre otra más firme y se incorporó.

Elvira la observó durante unos segundos.

—¿Y usted cómo está?

—Bien.

Noelia bajó los ojos hacia el rosal.

—Estoy cansada.

—Se le nota.

Elvira se acercó para ayudarla a sostener la rama.

—Menos mal que en el colegio comprendieron la situación.

—El director me dio permiso hasta que termine el año. Mis compañeros están terminando las actas y las últimas clases.

—Es lo mínimo que podían hacer. Bastante ha tenido con el hospital y… todo lo demás.

Noelia advirtió la pausa.

Elvira mantuvo los ojos sobre la rama.

—Escuché la radio —dijo finalmente.