Capítulo 30
Capítulo
Osvaldo abrió los ojos sin saber dónde se encontraba.
Llevaba poco más de una semana durmiendo en la Casa Amarilla, pero algunas mañanas todavía necesitaba unos segundos para reconocer el techo. La luz atravesaba las cortinas y proyectaba sobre la pared el dibujo irregular de las ramas del jardín.
La cama era más estrecha que aquella en la que había dormido durante los últimos años. Al extender un brazo, sus dedos rozaron una caja de cartón colocada junto al velador.
La habitación de huéspedes se había convertido en el lugar donde Noelia guardaba cuanto no sabía dónde poner.
Junto a una pared había cajas con cuadernos escolares, ropa que ya no les servía a los niños y juguetes incompletos.
Sobre un estante descansaban un camión de madera sin una rueda, un frasco lleno de bolitas y un volantín enrollado sobre sus tirantes.
Las pertenencias de Osvaldo ocupaban poco lugar.
Desde la bahía llegó la bocina prolongada de un barco. Luego se escuchó un camión avanzando por la calle y el grito de las gaviotas que se disputaban algo sobre uno de los techos.
Osvaldo volvió el rostro hacia la ventana.
Después de varios días de lluvia, algunos espacios azules comenzaban a abrirse entre las nubes. El sol iluminaba los tejados todavía húmedos.
Desde el piso inferior llegó la voz de un locutor.
—Continúan las repercusiones tras las declaraciones entregadas la semana pasada por el ex párroco de San Sebastián…
La transmisión se interrumpió.
Se oyó el movimiento rápido del dial, unos segundos de estática y el comienzo de una canción.
Osvaldo reconoció la voz de Mari Trini.
Poco después escuchó también a Noelia cantando sobre la melodía de Yo no soy esa . No recordaba todas las palabras y a veces se adelantaba a la cantante, pero aquello no parecía importarle.
Otra voz se impuso sobre la música.
—¡Mamá! ¡No encuentro mi cuaderno de matemáticas!
—Está dentro de tu mochila.
—Ya miré.
—Entonces vuelve a mirar.
Se oyó el cierre de una mochila y el movimiento de varias sillas.
—No está.
—Cristóbal, lo guardé anoche en el bolsillo grande.
Hubo unos segundos de silencio.
—Aquí está.
—Qué sorprendente.
Niebla comenzó a ladrar en el jardín.
Desde la calle llegó la voz de Elvira.
—¡Cristóbal! ¡Si no salimos ahora, vas a llegar cuando ya hayan comenzado las vacaciones!
El niño corrió por el pasillo. La puerta de entrada se abrió con un gemido y Niebla ladró con mayor fuerza.
—Quieto —ordenó Noelia—. Tú no vas al colegio.
—¡Adiós, mamá!
—Compórtate y no pierdas el cuaderno que acabamos de encontrar.
—Sí, mamá.
El portón se cerró de golpe.
Las voces de Elvira y Cristóbal se alejaron por la calle. Niebla continuó ladrando durante algunos segundos antes de regresar a la casa.
Noelia volvió a cantar.
Osvaldo miró el reloj sobre el velador. Eran poco más de las ocho.
Apartó las mantas y apoyó los pies en el suelo. Se vistió con uno de sus pantalones negros y una camisa de Daniel. Las mangas le quedaban ligeramente largas y tuvo que doblarlas a la altura de las muñecas.
Al abrir la puerta, encontró a Niebla sentado en el pasillo.
El perro lo miró, levantó una pata trasera y se rascó detrás de la oreja.
—Buenos días —dijo Osvaldo.
Niebla dejó de rascarse y bajó la escalera delante de él.
Noelia se encontraba en la cocina. Llevaba una falda oscura, una blusa clara y el cabello recogido de manera descuidada. Sobre la mesa había dos tazas de café, una panera cubierta con una servilleta y un plato con mantequilla.
Al verlo entrar, bajó el volumen de la radio.
—Por fin despertó el hombre más famoso de Puerto Ceniza.
Osvaldo se detuvo junto a la puerta.
Noelia sonrió.
—No sabía que cantabas tan bien —dijo él.
—Eso demuestra lo poco que me conoces.
Tomó una de las tazas y se acercó. La apoyó suavemente contra su pecho hasta que él la recibió con ambas manos.
—Vas a tener que comenzar a conocerme.
Antes de que pudiera responder, lo sujetó por la camisa y lo besó en la boca.
Fue un beso breve, sin temor a que alguien apareciera en el pasillo ni necesidad de escuchar pasos detrás de las puertas.
Cuando Noelia se apartó, Osvaldo todavía sostenía la taza frente al pecho.
—Buenos días —murmuró.
—Buenos días.
Regresaron a la mesa. Noelia se sirvió café y tomó un trozo de pan.
—A las diez tengo la reunión con el médico —dijo—. Espero que hoy pueda hablarnos de una fecha para el alta.
—Me gustaría acompañarte.
—No es necesario. Solamente revisarán cómo ha respondido Vicente a los ejercicios y si puede continuar la recuperación en casa.
—Quiero estar contigo.
—Has estado todos los días conmigo. Aprovecha esta mañana para hacer lo que necesites. Nos encontraremos aquí durante la tarde.
Osvaldo bajó la vista hacia la camisa que llevaba puesta.
—Entonces iré a comprar ropa.
Noelia observó las mangas dobladas.
—Creo que Daniel tenía los brazos más largos.
—Y los hombros más anchos.
—También.
Osvaldo tiró suavemente de la tela.
—No puedo seguir usando su ropa cada vez que lave la mía. Y todo lo que quedó en la parroquia es negro.
—Eso se puede solucionar.
Noelia levantó la taza, pero se detuvo antes de beber.
—¿Tienes dinero para comprar?
—Sí. No te preocupes.
—Te lo pregunto en serio.
—Tengo algunos ahorros. Mi hermano administra la ferretería que nos dejaron nuestros padres y todos los meses me envía la parte de las ganancias que me corresponde.
—Pensé que todo quedaba en manos de él.
—No. La mayor parte se reinvierte en el negocio, pero siempre guardé algo.
—¿Y después?
—Hablaré con mi hermano. Podría trabajar en la ferretería durante un tiempo, como te dije. Aunque ahora tendré que preguntárselo de verdad.
—También hiciste clases antes de llegar a San Sebastián.
—Puedo enseñar, llevar cuentas y redactar documentos.
—Entonces no partes de cero.
—No. Solo tengo que descubrir por dónde comenzar.
Noelia extendió una mano sobre la mesa y cubrió una de las suyas.
—Si en algún momento necesitas dinero, puedes pedírmelo.
—Te lo diré. Pero por ahora quiero hacerme cargo de mis gastos y aportar en esta casa.
—No tienes que resolverlo todo esta semana.
Osvaldo guardó silencio.
Noelia apretó suavemente sus dedos.
—Puedes quedarte aquí sin tener que demostrar que mereces cada plato de comida.
—No quiero convertirme en una carga para ti.
—No eres una carga.
—Esta casa tiene gastos. Y tú tienes dos hijos.
—Tenemos tiempo para conversar de eso.
Osvaldo asintió.
Noelia retiró la mano y volvió a tomar su café.
—Primero compra ropa.
—Eso haré.
—Tengo una condición.
—Ya me imagino cuál.
—Nada negro. También existen el azul, el verde, el café…
Osvaldo tomó un trozo de pan.
—¿Puedo comprar zapatos negros?
Noelia lo pensó con una seriedad exagerada.
—Los zapatos pueden ser negros.
—Gracias.
—Los calcetines no.
—Eso parece arbitrario.
La música se interrumpió y la voz del locutor regresó a la radio.
—En otras informaciones, el Arzobispado de Puerto Ceniza…
Noelia se levantó y apagó el aparato.
La cocina quedó en silencio.
Osvaldo la observó.
—No tienes que apagarla por mí.
—No la apago por ti.
Noelia regresó a su asiento.
—La apago por mí. Ya sé lo que dijiste, sé lo que siento y sé lo que ocurre dentro de esta casa. No necesito que un hombre en la radio me lo explique cada media hora.
—De acuerdo.
Terminaron de desayunar y recogieron juntos la mesa. Noelia guardó el pan, enjuagó las tazas y fue a buscar su cartera. Osvaldo se puso el abrigo encima de la camisa prestada.
Al salir, Niebla intentó atravesar el portón detrás de ellos.
—Tú te quedas —ordenó Noelia.
El perro se sentó en medio del sendero, aunque su expresión indicaba que no aceptaba la decisión.
La mañana continuaba fresca, pero el sol había comenzado a calentar las fachadas. El agua acumulada en las canaletas caía a intervalos sobre las veredas y desde el puerto llegaba el ruido de los motores.
Caminaron juntos hasta la esquina donde debían separarse.
Noelia señaló la calle que descendía hacia el sector comercial.
—Recuerda lo que te dije.
—Nada negro.
Noelia sonrió, se acercó y le acomodó una de las mangas.
—Nos encontramos en casa durante la tarde.
Se besaron brevemente.
Noelia tomó la calle que conducía hacia el hospital. Osvaldo permaneció observándola hasta que cruzó la siguiente esquina.
Luego miró hacia las tiendas del centro, se acomodó el abrigo y comenzó a caminar en dirección contraria.