Mi última plegaria antes de ti Capítulo 29
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Capítulo 29

Capítulo

Osvaldo y Javier abandonaron San Sebastián por la puerta que daba al patio trasero.

Los gritos de los periodistas continuaban frente al portón, pero comenzaron a apagarse cuando ambos se alejaron por una calle lateral de Puerto Ceniza. La llovizna persistía y el agua descendía por los bordes de las veredas.

Caminaron dos cuadras sin hablar.

Javier llevaba el paraguas torcido apoyado sobre un hombro. Osvaldo avanzaba con las manos dentro de los bolsillos del abrigo y la mirada fija en el pavimento.

Al llegar a una esquina, Javier se detuvo.

—Bueno, creo que hasta aquí llega mi compañía.

Osvaldo levantó la cabeza.

—Gracias por acompañarme.

Javier hizo un gesto con la mano, como si todavía le quedara algo por decir.

—¿Y ahora qué hará, padre?

Se corrigió inmediatamente.

—Perdón. Osvaldo.

Por primera vez desde que habían salido de la parroquia, Osvaldo sonrió ligeramente.

—Va a costar acostumbrarse.

—A usted y a todos nosotros.

Javier acomodó el paraguas sobre su hombro.

—¿Y ahora qué hará, Osvaldo?

—Volveré al hospital. Necesito hablar con Noelia.

—¿Quiere que lo acompañe?

—No. Esta conversación tengo que tenerla a solas con ella.

Javier asintió.

—Si necesita algo, sabe dónde encontrarme.

Se estrecharon la mano. Después Javier tomó la calle que conducía hacia la plaza y Osvaldo continuó solo en dirección al hospital.

Cuando llegó, Vicente dormía.

Noelia se encontraba sentada junto a la cama, con un libro abierto sobre las rodillas. No había pasado de la misma página durante varios minutos.

Al ver a Osvaldo en la puerta, cerró el libro y se puso de pie.

Él permaneció en el umbral.

—¿Puedo entrar?

Noelia miró a Vicente antes de salir al corredor. Cerró la puerta con cuidado, sin encajarla por completo.

—Te escuché —dijo.

Osvaldo guardó silencio.

—Escuché lo que dijiste frente a la parroquia.

—No hablé por ti.

—Lo sé.

Noelia bajó la mirada.

—Dijiste que me amabas delante de todo Puerto Ceniza.

—Era la verdad. Y era lo único que podía decir sin poner palabras en tu boca.

Los ojos de Noelia comenzaron a llenarse de lágrimas.

—Ahora todo es real.

—Ya lo era.

—No de esta manera.

Intentó secarse el rostro, pero las lágrimas continuaron cayendo. Osvaldo se acercó y la rodeó con los brazos.

Noelia apoyó la frente contra su pecho. Durante unos segundos consiguió contenerse; después sus hombros comenzaron a temblar.

—Todo va a estar bien —murmuró él.

—No puedes saberlo.

Osvaldo cerró los ojos.

—No. Pero no voy a dejarte sola.

Permanecieron abrazados hasta que la respiración de Noelia comenzó a serenarse.

Ella se apartó lentamente y se secó el rostro antes de regresar a la habitación.

Vicente había abierto los ojos, aunque parecía demasiado cansado para hablar. Noelia se sentó junto a él y le acomodó el cabello mientras Osvaldo permanecía al otro lado de la cama.

Una enfermera entró poco después y revisó la vía de su brazo.

—Creo que es momento de dejarlo descansar —dijo—. Pueden regresar durante la tarde.

Noelia inclinó el cuerpo y besó la frente de Vicente.

—Volveremos más tarde.

El niño cerró nuevamente los ojos.

Salieron del hospital cerca del mediodía. La llovizna había disminuido, pero el viento continuaba descendiendo desde la bahía y levantaba pequeñas corrientes de agua sobre la vereda.

Caminaron uno al lado del otro sin tocarse.

Algunas personas volvieron la cabeza al reconocerlos. Una mujer que salía de una farmacia disminuyó el paso y un hombre permaneció inmóvil frente a la vitrina de una panadería mientras ellos se acercaban.

Noelia bajó la mirada.

Osvaldo buscó su mano y cerró los dedos alrededor de ella.

Noelia se detuvo.

—Tengo miedo.

Él permaneció frente a ella sin soltarla.

—¿Y qué nos van a hacer?

Le acarició el rostro y la besó brevemente. Noelia cerró los ojos, pero no apartó la mano de la suya.

—Van a hablar —murmuró.

—Si quieren hablar, que hablen.

Reanudaron el camino tomados de la mano.

Ninguno volvió a separarse hasta llegar a la Casa Amarilla.

Niebla comenzó a ladrar apenas los reconoció al otro lado del portón. Corrió alrededor de ellos cuando entraron al jardín y siguió a Noelia hasta la puerta.

La casa estaba vacía. Cristóbal continuaba en el colegio y Elvira lo recogería más tarde.

Noelia cerró la puerta detrás de ellos.

Por primera vez desde que había comenzado aquella mañana, quedaron completamente solos.

Ninguno se movió.

Noelia permaneció apoyada contra la puerta. Osvaldo se encontraba en medio de la sala, con el cabello húmedo y algunas gotas de lluvia todavía prendidas a los hombros del abrigo.

Desde el comedor llegaba el sonido regular del reloj.

Noelia se quitó el abrigo y lo colgó junto a la entrada. Después extendió una mano hacia Osvaldo. Él comprendió el gesto, se lo entregó y observó cómo ella dejaba ambas prendas una al lado de la otra.

A través del ventanal, Niebla corría por el jardín con un palo entre los dientes. Era demasiado largo y golpeaba los rosales cada vez que intentaba girar.

Noelia se volvió hacia Osvaldo.

Él abrió la boca, pero no consiguió hablar de inmediato.

—Esta mañana se lo dije a todo Puerto Ceniza —murmuró finalmente—. Pero necesito decírtelo a ti, mirándote a los ojos.

Noelia esperó.

—Estoy enamorado de ti —continuó él—. Te amo.

Ella bajó la mirada durante un instante.

—Yo también te amo.

Osvaldo dio un paso hacia ella.

—¿Desde cuándo?

Noelia sonrió apenas.

—Desde mucho antes de lo que imaginas.

—¿Cuánto antes?

—Desde que me preparabas como catequista.

La sorpresa se dibujó en el rostro de Osvaldo.

—Eso fue hace más de un año.

—¿Desde entonces?

—Desde la primera clase. Apenas te vi, te eché el ojo.

Una sonrisa alcanzó a aparecer en el rostro de Osvaldo.

—Nunca lo habría imaginado.

—Me esforcé bastante para que no lo notaras.

—Creí que no me mirabas.

—Porque procuraba no hacerlo.

Noelia sostuvo sus ojos.

—Te veía demasiado.

La sonrisa de Osvaldo desapareció lentamente.

—¿Por qué nunca me dijiste nada?

—Eras sacerdote.

Él bajó la mirada.

—Todavía lo soy.

Osvaldo se acercó y tomó sus manos.

—Lamento todo lo que te he hecho pasar.

La voz comenzó a quebrársele.

—Perdóname por haberte dejado sola con los rumores. Por haber entrado y salido de esta casa como si amarte fuera algo que debíamos esconder. Por Cristóbal, por Vicente… por todo lo que ahora tendrán que soportar.

—Osvaldo…

Él negó con la cabeza.

—Noelia, perdóname.

Se arrodilló frente a ella sin soltarle las manos.

Noelia intentó hacerlo levantar.

—No tienes que pedirme perdón así.

Osvaldo mantuvo la cabeza inclinada.

Las primeras lágrimas cayeron sobre sus manos entrelazadas. Intentó contenerse, pero un sollozo le cerró la garganta.

—Estoy siguiendo mi corazón —dijo.

Noelia se agachó frente a él.

—Lo sé.

—Amé mi ministerio. Amé a esa comunidad. Nada de eso fue una mentira.

—Nunca pensé que lo fuera.

—Entonces, ¿por qué siento que he traicionado una vida para poder elegir la otra?

Noelia le sostuvo el rostro entre las manos.

—Porque estás despidiéndote de una parte de ti. Y tienes derecho a llorarla.

Osvaldo cerró los ojos.

Él apoyó la frente contra su hombro. Noelia descendió hasta quedar arrodillada frente a él y lo rodeó con los brazos.

Entonces Osvaldo dejó de resistirse.

Lloró por la parroquia que acababa de abandonar, por los años consagrados a una vida que alguna vez creyó definitiva y por esta nueva vida que comenzaba junto a Noelia.

Afuera, Niebla dejó caer el palo sobre la hierba mojada. Lo olfateó, retrocedió unos pasos y volvió a recogerlo antes de correr hacia el otro extremo del jardín.

Osvaldo continuó llorando contra el hombro de Noelia. Ella le acarició lentamente el cabello.

—Te amo, Osvaldo —murmuró.

Él apretó los ojos.

—No sé si lo merezco.

Noelia se apartó lo necesario para mirarlo.

—No vuelvas a decir eso.

Osvaldo levantó el rostro.

—Te amo —repitió ella—. No por lo que dejaste esta mañana. Te amo por quien eres.

Él volvió a abrazarla.

Permanecieron en el suelo hasta que el llanto comenzó a ceder. Afuera, Niebla dejó el palo frente a la puerta y se sentó a esperar.

—¿Dónde vas a quedarte? —preguntó Noelia.

—No lo sé. Puedo arrendar o ir a la cabaña de mis padres.

—Entonces quédate aquí.

Osvaldo se apartó lentamente.

—No quiero que me recibas porque no tengo otro lugar adonde ir.

—No te lo estoy diciendo por pena.

Noelia tomó nuevamente sus manos.

—Esta tarde hablaremos con Cristóbal. Y cuando Vicente regrese, también hablaremos con él. No voy a ocultarles nada.

—Van a señalar esta casa.

Al otro lado del ventanal, Niebla continuaba sentado frente a la puerta, con el palo entre las patas.

Después volvió los ojos hacia Osvaldo.

—Entonces, si quieren hablar, que hablen.

Le secó las últimas lágrimas con los pulgares.

—Quédate conmigo.