Mi última plegaria antes de ti Capítulo 28 #2
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Capítulo 28 #2

—No puedo permitir que el Arzobispado siga hablando por nosotros —continuó él—. Confirmaron lo que les convenía y ocultaron todo lo demás.

—Tampoco conviertas la declaración en una venganza contra el obispo o contra Jorge.

—No quiero vengarme.

—Di solamente la verdad —respondió Noelia—. No la adornes y no permitas que vuelvan a poner palabras en mi boca.

Desde la habitación llegó la voz débil de Vicente llamando a su madre.

Noelia volvió el rostro inmediatamente.

—Tengo que regresar con él.

Osvaldo asintió.

Ella caminó hasta la puerta, pero se detuvo antes de entrar.

—¿Vas a ir solo?

Javier recogió la bufanda que había dejado sobre una silla.

—No será necesario.

Se la acomodó alrededor del cuello y tomó el paraguas torcido.

—Lo acompañaré. Después de todo lo que sufrí para llegar hasta este hospital, sería una lástima no completar el recorrido.

Noelia estuvo a punto de sonreír.

—Procure que piense antes de abrir la boca.

Javier miró a Osvaldo.

—Haré lo posible. No prometo milagros.

Noelia entró en la habitación de Vicente. Antes de cerrar, volvió a mirarlo.

—Ten cuidado.

Osvaldo permaneció unos segundos frente a la puerta. Después se volvió hacia Javier.

—Vamos.

Ambos comenzaron a caminar hacia la escalera.

En San Sebastián, los periodistas continuaban esperando.

Poco después de las diez, el grupo reunido frente a San Sebastián se había duplicado.

Osvaldo y Javier aparecieron al final de la calle compartiendo el paraguas torcido. Javier intentaba mantenerlo inclinado hacia el sacerdote, pero una de las varillas dejaba caer el agua directamente sobre su propio hombro.

Los periodistas reconocieron a Osvaldo antes de que llegara al portón.

Abandonaron la entrada de la parroquia y avanzaron hacia él con las grabadoras encendidas. El fotógrafo levantó la cámara.

—Padre Osvaldo, ¿es verdad que está enamorado de Noelia?

—¿Por qué el Arzobispado mantuvo oculta su solicitud?

—¿Continúa ejerciendo como párroco?

—¿Dónde pasó la noche?

Las preguntas se superpusieron.

Javier cerró el paraguas y lo sostuvo delante del cuerpo para impedir que los reporteros continuaran acercándose.

—Si todos hablan al mismo tiempo, no podrán escuchar ninguna respuesta.

Las voces disminuyeron apenas.

Osvaldo levantó una mano.

—Hablaré dentro de unos minutos. Primero necesito entrar.

—¿Va a responder todas las preguntas?

—Daré una declaración.

Los periodistas lo siguieron hasta el portón.

Berta observaba desde detrás del visillo. Al verlos acercarse, tomó las llaves y atravesó el patio. Abrió el portón solamente lo necesario para dejarlos pasar.

—Rápido, padre.

Javier entró detrás de Osvaldo y ayudó a cerrar mientras una grabadora aparecía por la abertura.

Berta corrió el cerrojo.

—Padre Osvaldo…

Él se volvió hacia ella.

Berta mantenía los lentes sujetos con una mano. El delantal amarillo mostraba una mancha de polvo a la altura de las rodillas.

—Yo no sabía lo que estaba preparando ese periodista —dijo—. Me hizo preguntas sobre la comisión y después comenzó a hablar de sus ausencias. Le dije que el padre Jorge conocía mejor los asuntos del Arzobispado.

Osvaldo miró hacia el corredor.

—¿Lo envió donde Jorge?

—Le dije que podía encontrarlo allí. Pero no sabía que terminarían publicando todo esto.

Osvaldo guardó silencio durante un momento.

—Después hablaremos, Berta.

Caminó hacia el despacho.

Jorge se encontraba sentado detrás del escritorio, con una carpeta abierta frente a él. Al escuchar los pasos, levantó la cabeza.

—Padre Osvaldo. Monseñor le ordenó regresar y esperar instrucciones.

—Regresé para hablar con usted.

Javier apoyó el paraguas junto a la puerta. Berta se detuvo detrás de él.

Jorge cerró la carpeta.

—Creo que antes debería tranquilizarse.

Osvaldo dejó el ejemplar de El Faro sobre el escritorio. La reproducción de la solicitud quedó frente a Jorge.

—¿Fue usted quien entregó mi carta al periódico?

Jorge miró la página.

—No tiene pruebas para formular esa acusación.

—El lunes estuvo en el hospital. Vio a Noelia, a sus hijos y a mí. Sabía que había presentado una solicitud y conocía mis sentimientos por ella.

Jorge permaneció en silencio.

—Respóndame.

—Yo no escribí ese artículo ni decidí el titular.

—No le pregunté quién escribió el titular.

Jorge se puso de pie.

—Monseñor intentaba evitar un escándalo.

Osvaldo señaló el periódico.

—Pues aquí está.

—La comunidad tenía derecho a saber que su párroco pretendía abandonarla.

Berta abrió ligeramente la boca.

Osvaldo retiró las manos del escritorio.

—Entonces fue usted.

Jorge sostuvo su mirada.

—Su relación con esa mujer ya provocaba comentarios.

—Se llama Noelia.

—Ha pasado noches en su casa, se presenta sin alzacuello y permanece en el hospital como si formara parte de su familia. No puede culpar al periódico por observar lo que usted dejó a la vista.

El silencio se extendió por el despacho.

Javier continuaba junto a la puerta. El paraguas goteaba sobre el parqué.

—Es curioso —dijo—. Todos aseguran haber actuado por el bien de la Iglesia, pero quienes terminaron en la portada fueron Noelia y sus hijos.

Jorge recogió la carpeta.

—No aceptaré lecciones de usted, señor Cavieres.

—Eso me tranquiliza. No había preparado ninguna.

Osvaldo tomó el periódico.

—Voy a hablar con los periodistas.

—Monseñor le prohibió entregar declaraciones.

—No estoy pidiendo permiso para explicar mi propia decisión.

Osvaldo salió del despacho.

Javier recogió el paraguas y caminó detrás de él. Berta permaneció unos segundos mirando a Jorge.

—Berta —dijo Osvaldo desde el vestíbulo—. Abra el portón.

Ella dirigió los ojos hacia el sacerdote que se encontraba detrás del escritorio.

—No lo haga —ordenó Jorge.

Los periodistas volvieron a golpear desde la calle.

Berta se quitó los lentes de carey y dejó que la cadena los sostuviera sobre su pecho. Después tomó las llaves y salió del despacho.

Jorge la llamó nuevamente, pero ella continuó caminando.

En el patio, Osvaldo esperaba frente al portón con el periódico bajo el brazo. Javier se situó a su lado.

Berta introdujo la llave en la cerradura del portón.

Al otro lado, las voces comenzaron a levantarse.

Berta abrió el portón.

Los periodistas avanzaron de inmediato, pero Javier extendió un brazo para contenerlos. Osvaldo cruzó el portón y esperó hasta que las grabadoras quedaron frente a él.

—Considero inaceptable la falta de ética de quienes entregaron y publicaron un documento reservado. Y todavía más grave que hayan utilizado la viudez y los hijos de una mujer para construir un escándalo.

—¿La solicitud es auténtica?

—Sí. La presenté el treinta y uno de octubre para dejar el ministerio sacerdotal.

—¿Lo hizo por Noelia?

—No. Llevo años discerniendo esta decisión. Noelia no la provocó.

—¿Está enamorado de ella?

Osvaldo sostuvo la mirada del periodista.

—Sí. La amo.

Las voces se levantaron nuevamente.

—¿El obispo conocía su solicitud?

—Desde el treinta y uno de octubre.

—¿Por qué no informó a la comunidad?

—Porque monseñor Valdés me ordenó guardar silencio. Le pedí que remitiera mi solicitud y comunicara mi decisión. No hizo ninguna de las dos cosas.

—¿Por qué?

—Pregúntenselo a él.

Una mujer levantó su grabadora por encima de las demás.

—¿Qué ocurrirá con Noelia?

—Nada debería ocurrir con ella. Dejen en paz a Noelia y a sus hijos. Esta decisión es mía.

—¿No contradice ese amor su condición de sacerdote?

—El sacerdocio no ha borrado al hombre que soy ni mi derecho a amar.

—¿Continuará como párroco de San Sebastián?

Osvaldo respiró profundamente.

—No. Desde hoy ceso en el ejercicio público del ministerio sacerdotal y dejo de ejercer como párroco.

—¿Puede hacer eso sin autorización de Roma?

—No he dicho que haya dejado de ser sacerdote. He dicho que no continuaré ejerciendo. La resolución canónica le corresponde a la Iglesia. Mi conciencia me corresponde a mí.

Las preguntas volvieron a levantarse, pero él no respondió ninguna más.