Mi última plegaria antes de ti Capítulo 28
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Capítulo 28

Capítulo

Antes de las nueve de la mañana, Berta había respondido siete llamadas.

Las primeras provenían de Radio Puerto Ceniza y de otras emisoras locales.

Después llamaron desde dos periódicos que no solían interesarse por San Sebastián, salvo cuando había una procesión o alguien se robaba las limosnas.

Todos hacían las mismas preguntas: dónde se encontraba el padre Osvaldo, si era verdad que abandonaría el ministerio y desde cuándo mantenía una relación con Noelia.

Berta había repetido que la parroquia no entregaría declaraciones.

Después de la séptima llamada, dejó de contestar.

El teléfono continuó sonando dentro del despacho mientras ella atravesaba el corredor y comprobaba por tercera vez que la puerta principal estuviera cerrada. También había puesto llave al acceso del patio y corrido las cortinas que había abierto poco antes de comenzar a aspirar.

La aspiradora permanecía abandonada en medio del comedor, con el cable extendido entre las patas de las sillas. Sobre una mesa cercana estaban sus guantes verdes y el ejemplar abierto de El Faro.

Berta todavía llevaba puesto el delantal amarillo mostaza. Los lentes de carey colgaban sobre su pecho, sujetos por la cadena, porque cada vez que intentaba leer nuevamente el reportaje las letras comenzaban a confundirse.

La radio repetía la noticia a intervalos cada vez más breves.

—El Arzobispado aún no se ha pronunciado sobre las informaciones que vinculan al párroco de San Sebastián con una profesora viuda de Puerto Ceniza…

Berta apagó el aparato.

El silencio apenas duró unos segundos.

Alguien golpeó el portón.

—¡Señora Berta!

Ella permaneció inmóvil junto al comedor.

—¡Sabemos que está adentro! Solamente queremos hacerle unas preguntas.

Berta avanzó hasta la ventana sin acercarse demasiado. Separó ligeramente el visillo con dos dedos.

Frente a la parroquia había seis personas.

Dos hombres sostenían grabadoras portátiles; otro llevaba una cámara fotográfica colgada del cuello.

Una mujer protegía su cuaderno de la llovizna bajo un paraguas oscuro, mientras un reportero hablaba desde la cabina telefónica situada al otro lado de la calle.

Junto al portón, uno de ellos volvió a golpear.

—¿El padre Osvaldo celebrará misa hoy?

Berta soltó el visillo.

Un destello atravesó la tela.

Retrocedió sobresaltada al comprender que el fotógrafo había alcanzado a verla.

—¡Desvergonzado! —murmuró—. Fotografiar a una persona dentro de la casa.

El teléfono volvió a sonar.

Berta miró hacia el corredor, pero no se movió. El sonido se prolongó hasta interrumpirse y comenzó nuevamente pocos segundos después.

Esta vez levantó el teléfono.

—Parroquia San Sebastián.

—Buenos días. Hablo desde La Voz del Puerto. Quisiéramos saber si el padre Osvaldo continúa ejerciendo como párroco.

—Ya les dije que no tenemos declaraciones.

—¿Puede confirmarnos al menos si pasó la noche en la casa de la señora Noelia?

Colgó antes de que el periodista pudiera continuar.

Permaneció frente al teléfono, respirando con dificultad. Recordó la conversación con Mauricio, las preguntas sobre las ausencias de Osvaldo y el momento en que le había dicho que Jorge se encontraba en el Arzobispado.

En aquel instante, responder le había parecido una manera de proteger la parroquia.

Ahora cada palabra regresaba convertida en una acusación.

Un nuevo golpe sacudió el portón.

Berta salió del despacho, pero en lugar de acercarse a la entrada se dirigió hacia la capilla. Las bancas permanecían vacías y las velas del altar todavía no habían sido encendidas. Se arrodilló en la primera fila y juntó las manos.

—Señor, danos claridad —murmuró—. Y haz que esa gente se canse y se vaya.

Desde la calle llegó otra voz:

—¡Señora Berta!

Berta abrió los ojos.

—Y si fuera posible, que se vayan pronto.

No alcanzó a terminar la oración.

El timbre de la entrada volvió a sonar, esta vez de manera insistente. Berta se levantó y regresó al vestíbulo. Se acercó con cautela a una de las ventanas laterales y apartó apenas el borde del visillo.

El padre Jorge avanzaba desde la esquina con el abrigo cerrado hasta el cuello y un portafolios oscuro en una mano.

Los periodistas lo reconocieron de inmediato.

Abandonaron el portón y corrieron hacia él. En pocos segundos lo rodearon con grabadoras, cuadernos y preguntas.

—Padre Jorge, ¿el Arzobispado conocía la solicitud?

—¿Es cierto que el padre Osvaldo será apartado de la parroquia?

—¿Desde cuándo conoce la relación con la profesora?

Jorge continuó caminando sin responder. Levantó una mano para apartar un micrófono y consiguió avanzar hasta el portón mientras los periodistas se apretaban a su alrededor.

Berta salió rápidamente con las manos temblorosas. Abrió solamente el espacio necesario para dejarlo pasar y volvió a cerrar antes de que alguno de los reporteros pudiera introducirse detrás de él.

Jorge entró con varias gotas de lluvia sobre los hombros. Berta pasó el cerrojo y permaneció apoyada contra la puerta.

—Padre, ¿qué está pasando?

Jorge dejó el portafolios sobre una silla y miró hacia las cortinas cerradas.

—¿Ha hablado con alguno de ellos?

—He dicho que no entregaremos declaraciones. Pero no dejan de llamar, golpean el portón y uno de ellos me fotografió detrás del visillo.

—No vuelva a acercarse a las ventanas.

—¿Es verdad lo que publicaron?

Él colgó el abrigo en el perchero.

—El Arzobispado dará a conocer un comunicado durante la mañana. Hasta entonces, no abra la puerta ni responda ninguna otra pregunta.

—Eso no explica qué está ocurriendo.

El teléfono volvió a sonar en el despacho.

Jorge dirigió la mirada hacia el corredor.

—No lo conteste.

Berta observó su rostro. Había esperado que su llegada trajera alguna explicación, pero Jorge parecía más preocupado por controlar lo que pudiera decirse que por averiguar cómo había comenzado todo.

Al otro lado de la puerta, los periodistas volvieron a llamarlo por su nombre.

Dentro de la parroquia, el teléfono continuó sonando.

Jorge entró en el despacho y levantó el teléfono.

—Parroquia San Sebastián.

Berta permaneció junto a la puerta.

—Sí, monseñor —dijo Jorge después de escuchar unos segundos—. Ya me encuentro aquí.

La voz del obispo no alcanzaba a distinguirse desde el corredor.

—No, todavía no ha regresado… Comprendo… Estaremos atentos.

Jorge volvió la espalda hacia Berta y bajó la voz.

—No hablaré con la prensa. Sí, se lo comunicaré apenas llegue.

Berta se ajustó los lentes de carey.

—¿A quién tiene que comunicarle?

Jorge levantó una mano para pedirle silencio.

—De acuerdo, monseñor. Esperaremos el comunicado.

Colgó y permaneció con la mano sobre el teléfono.

—¿Era el obispo? —preguntó Berta.

—Sí.

—¿Sabe dónde está el padre Osvaldo?

—En el hospital.

—Eso ya lo sé. Le pregunto si monseñor habló con él.

Jorge levantó la mirada.

—Lo hará cuando corresponda.

Berta entró en el despacho.

—¿Y qué tenemos que hacer nosotros mientras tanto? Afuera preguntan si celebrará misa, si regresará a vivir aquí y si usted quedará definitivamente a cargo. Yo no sé qué responder.

—No tiene que responder nada.

—Pero soy yo quien levanta el teléfono.

—Entonces no lo levante.

Jorge abrió el portafolios y retiró una carpeta. Berta observó sus movimientos sin apartarse.

—¿El padre Osvaldo realmente presentó esa solicitud?

—El Arzobispado explicará lo que considere necesario.

—El diario dice que usted lo reemplaza porque quiere dejar de ser sacerdote.

—Desde hace varios días me encuentro temporalmente a cargo de San Sebastián. Eso es lo único que necesita saber.

Berta juntó las manos sobre el delantal.

—He trabajado en esta parroquia durante años. Creo que necesito saber algo más.

Jorge cerró el portafolios.

—Encienda la radio. El comunicado será transmitido dentro de unos minutos.

Berta regresó al comedor. Recogió el aparato y lo llevó hasta el despacho, procurando no acercarse a las ventanas. Lo instaló sobre una mesa auxiliar y giró el botón.

Una canción ocupaba los últimos compases. Después se escuchó la identificación de Radio Puerto Ceniza.

Jorge consultó su reloj.

Berta permaneció de pie junto a la puerta. Desde la calle llegaba el murmullo de los periodistas y el sonido ocasional de una cámara fotográfica.

La música se interrumpió.

—Entregamos una información de último minuto —anunció el locutor—. El Arzobispado de Puerto Ceniza acaba de emitir una declaración respecto del reportaje publicado esta mañana por el diario El Faro.

Berta se llevó una mano hasta los lentes.

El locutor comenzó a leer:

—«Ante las informaciones aparecidas durante la presente jornada, el Arzobispado de Puerto Ceniza confirma que el padre Osvaldo Cárdenas presentó una solicitud relacionada con su continuidad en el ejercicio del ministerio sacerdotal.

Los antecedentes se encuentran bajo estudio de las instancias eclesiásticas correspondientes.

Se solicita a la comunidad evitar juicios precipitados, actuar con prudencia y respetar la dignidad de todas las personas involucradas y de sus familias».

La lectura terminó.

Solamente se escuchó el ruido de la transmisión.

Casi inmediatamente, los periodistas reunidos frente a la parroquia comenzaron a hablar al mismo tiempo. Uno de ellos se apartó hacia la cabina telefónica mientras otro se aproximaba nuevamente al portón.

—¡Padre Jorge!

—¿El padre Osvaldo continuará como párroco?

Berta miró hacia la ventana.

—Ahora será peor.

En el hospital, el mismo comunicado acababa de escucharse desde la radio instalada en el puesto de enfermería.

Osvaldo permanecía frente a la oficina desde la que había llamado al obispo. Noelia y Javier habían salido de la sala de espera al oír su nombre.

Ninguno habló hasta que el locutor terminó de comentar la declaración.

—Voy a regresar a San Sebastián.

Noelia lo miró.

—¿A hablar con Jorge?

—Quiero preguntarle directamente si entregó la copia.

—¿Y después?

Osvaldo volvió los ojos hacia la radio.

—Daré una declaración.

Noelia permaneció en silencio.