Capítulo 27
Capítulo
Poco después de hablar con Berta, Javier Cavieres dobló el ejemplar de El Faro, lo guardó bajo el brazo y salió de su casa.
Se había puesto unos pantalones blancos —los mismos que Berta había considerado demasiado blancos—, una camisa azul clara, un abrigo oscuro y una bufanda color vino anudada alrededor del cuello.
Llevaba también un paraguas de mango curvo, aunque la llovizna era tan fina que la mayoría de las personas caminaba sin protegerse.
El viento proveniente del suroeste descendía por las calles y arrastraba consigo el olor del mercado, el humo de las chimeneas y la humedad de los muelles.
Desde la bahía llegaban el ruido de los motores y el golpe metálico de las cadenas contra los costados de los barcos.
Las gaviotas giraban sobre los techos mientras los primeros camiones avanzaban cargados con cajas de pescado.
Javier abrió el paraguas al doblar la esquina.
Una ráfaga lo volvió del revés.
Tuvo que detenerse junto a un poste y forcejear con las varillas hasta devolverlas a su posición. Cuando volvió a caminar, una de ellas permaneció torcida y el borde inferior de sus pantalones ya se encontraba salpicado de barro.
En el quiosco cercano a la plaza, tres trabajadores del muelle leían el mismo ejemplar de El Faro. Uno sostenía el periódico abierto mientras los demás se inclinaban sobre sus hombros.
—Dice que el cura quiere dejar la Iglesia por una viuda —comentó uno.
Javier disminuyó el paso. La fotografía de Osvaldo y Noelia podía verse desde la vereda.
Desde una fuente de soda llegó la voz de una radio:
—Continúan las repercusiones por la información publicada esta mañana por el diario El Faro, según la cual un reconocido sacerdote de nuestra diócesis habría solicitado abandonar el ministerio…
Javier apretó el periódico debajo del brazo y siguió caminando.
La sirena de una fábrica marcó las ocho. En la entrada del astillero, otros trabajadores se pasaban la portada mientras esperaban el inicio del turno. Algunos leían de pie; otros arrancaban la página del reportaje para llevarla consigo.
A esa misma hora, dos reporteros radiales esperaban frente al portón de San Sebastián con grabadoras colgadas de los hombros. En el Arzobispado, los primeros periodistas se reunían junto a la entrada y preguntaban por un comunicado oficial.
Javier avanzó con mayor rapidez.
El Hospital de Puerto Ceniza se levantaba a varias cuadras de la avenida costera. Frente al edificio se acumulaban automóviles y bicicletas. Una ambulancia permanecía detenida junto a una puerta lateral.
Javier entró por ese acceso y terminó en un corredor estrecho donde dos auxiliares trasladaban una camilla.
—¿Informaciones? —preguntó.
Uno de ellos señaló hacia atrás.
—Por la entrada principal.
Javier regresó al exterior. Cerró el paraguas antes de cruzar la puerta central, pero el viento se lo arrebató de las manos y lo hizo rodar algunos metros por la vereda. Alcanzó a sujetarlo antes de que llegara hasta la calle.
Cuando entró finalmente al hospital, llevaba el cabello desordenado, la bufanda torcida y el paraguas goteando sobre uno de sus zapatos.
Se aproximó al mesón de recepción del primer piso.
—Buenos días. Busco al padre Osvaldo Cárdenas.
La funcionaria levantó la cabeza.
—¿Está internado?
Javier permaneció en silencio durante un momento.
—Espero que no.
—Entonces, ¿a quién viene a visitar?
—Al padre Osvaldo. Me dijeron que está acompañando a Noelia y a su hijo.
La mujer lo observó por encima del mesón.
—¿Es familiar del niño?
—No.
—Las visitas de pediatría están restringidas.
—No necesito ver al niño. Necesito hablar con su madre y con el padre Osvaldo.
—¿Por qué motivo?
Javier extrajo el periódico de debajo del brazo, pero no lo abrió.
—Por algo que conviene que conozcan antes de volver a encender una radio.
La funcionaria reconoció el nombre de El Faro en la cabecera. Después miró hacia el teléfono.
—Espere aquí.
Marcó una extensión y habló en voz baja con el puesto de enfermería. Javier permaneció frente al mesón, sosteniendo el paraguas cerrado entre las rodillas para impedir que volviera a caer.
La mujer terminó la llamada.
—Puede subir. Pediatría está arriba, por la escalera del fondo. Cuando llegue, pregunte por la señora Noelia.
Javier miró hacia el corredor. Dos escaleras se encontraban en direcciones opuestas.
—¿Cuál de las dos es la del fondo?
La funcionaria señaló con el lápiz la escalera de la izquierda.
—Esa.
—Gracias. Ya tomé suficientes caminos equivocados por hoy.
Acomodó el periódico bajo el brazo y comenzó a caminar.
Detrás de él, el teléfono de recepción volvió a sonar. Desde una radio encendida en alguna oficina cercana llegó nuevamente el nombre del padre Osvaldo Cárdenas.
Javier apretó el paso hacia la escalera.
En el piso superior, Javier encontró un corredor más amplio, con varias bancas adosadas a las paredes y dibujos infantiles sujetos con cinta adhesiva junto a las puertas. Una enfermera empujaba un carro con bandejas cubiertas, mientras otra ordenaba frascos en el puesto de atención.
El olor a desinfectante se mezclaba con el de la leche caliente que llegaba desde alguna habitación.
Javier se acercó al mesón.
—Busco a la señora Noelia. Me dijeron que preguntara aquí.
La enfermera observó el paraguas torcido y las manchas de barro en sus pantalones antes de mirar el periódico que llevaba bajo el brazo.
—¿La están esperando?
—Todavía no sabe que vine.
—¿Su nombre?
—Javier Cavieres.
La mujer le indicó una de las bancas.
—Espere un momento.
Entró en la última habitación del corredor y regresó poco después acompañada por Noelia.
Ella se detuvo al reconocerlo.
—Javier. Qué sorpresa.
—Lamento mucho lo de Vicente. Me enteré por esos conductos oficiales que en Puerto Ceniza llamamos vecinos.
Noelia miró hacia la habitación.
—Está mejor. Ahora está descansando.
—Me alegra saberlo.
—No pensé encontrarlo alguna vez en el hospital.
—Yo tampoco. Hace unos minutos todavía estaba intentando encontrar la entrada.
Noelia advirtió el cabello desordenado, la bufanda torcida y el paraguas que apenas conseguía mantener cerrado. Estuvo a punto de sonreír, pero la expresión de Javier la detuvo.
—¿Qué ocurre?
Él apoyó el paraguas contra una de las bancas.
—Traigo otra mala noticia.
El rostro de Noelia cambió.
—¿Le pasó algo a usted?
—No. No se trata de mí.
Javier sacó el periódico de debajo del brazo y se lo entregó.
—Tiene que leer esto.
Noelia reconoció primero su propia fotografía.
Permaneció inmóvil, sosteniendo el diario abierto entre las manos. Después leyó las dos líneas del titular.
—¿Qué es esto?
Javier no respondió.
Noelia acercó el periódico. Reconoció la imagen tomada durante la reunión de la comisión, pero el obispo, Berta, Jorge y los demás participantes habían desaparecido.
—Recortaron la fotografía.
—Sí.
Pasó a las primeras líneas del reportaje.
Javier permaneció frente a ella mientras sus ojos avanzaban por la página. Noelia se detuvo al encontrar la mención a una profesora viuda y madre de dos hijos.
Sus dedos se cerraron sobre los bordes del papel.
Continuó leyendo hasta llegar al último párrafo.
—Aquí dice que nos negamos a entregar declaraciones.
Noelia levantó la mirada.
—Yo pensé que quería preguntarme por el accidente de Vicente.
Ella buscó la firma situada debajo del título.
—Mauricio Rivas.
Volvió a leer el párrafo. Después dirigió la atención hacia la reproducción de la solicitud de Osvaldo. El sello del Arzobispado y la fecha podían distinguirse con claridad.
Al fondo del corredor apareció Osvaldo, que regresaba del baño.
Disminuyó el paso al encontrar a Javier junto a Noelia.
—Javier, ¿qué hace aquí?
Ninguno respondió.
Osvaldo se aproximó. Noelia le entregó el periódico sin decir una palabra.
Él vio la fotografía, leyó el titular y bajó los ojos hasta la imagen del documento.
Acercó la página al rostro.
—Esta es mi carta.
Osvaldo sostuvo el periódico con ambas manos.
—La fecha, el sello, mi firma… Todo está aquí.
—¿Quién tenía esa copia? —preguntó Javier.
—La solicitud quedó en el Arzobispado.
Una enfermera apareció empujando un carro y debió disminuir la marcha para pasar entre ellos.
Osvaldo miró hacia la habitación de Vicente.
—No deberíamos hablar aquí.
Al otro lado del corredor había una pequeña sala de espera. La habitación contenía cuatro sillas de cuerina, una mesa baja cubierta de revistas antiguas y una ventana que daba hacia un patio interior. Noelia dejó la puerta entornada para poder escuchar si Vicente la llamaba.
Osvaldo permaneció de pie y continuó leyendo.
Noelia se situó junto a la ventana. Mantenía los brazos cruzados, como si intentara contener algo dentro de sí.
—Me convirtieron en la responsable —dijo.
Osvaldo levantó la mirada.
—Noelia…
—Eso es lo que dice el titular. Que abandonas el ministerio por una profesora viuda.
Javier guardó silencio.
—Usaron que soy viuda —continuó ella—. Mencionaron a mis hijos como si fueran otro antecedente en mi contra. Como si yo hubiera llegado con ellos a buscar un sacerdote para quitárselo a la Iglesia.
—Eso no ocurrió —dijo Osvaldo.
La voz de Noelia no se quebró, pero sus manos se cerraron con mayor fuerza alrededor de sus brazos.
Javier se quitó la bufanda y la dejó sobre el respaldo de una silla.
—Voy a hacerle una pregunta directa, padre.
Osvaldo esperó.
—¿Ustedes están juntos?
Osvaldo miró a Noelia antes de responder.
—Sí. Estoy enamorado de Noelia y quiero abandonar el ministerio porque ya no puedo continuar siendo sacerdote.
Javier miró primero a Osvaldo y después a Noelia.
Osvaldo depositó el periódico sobre la mesa.
—No voy a negar lo que siento. Pero eso no convierte a Noelia en responsable de mi decisión ni demuestra que hayamos mantenido el romance clandestino que describe este reportaje.
—¿Cuándo presentó la solicitud? —preguntó Javier.
—El treinta y uno de octubre. Antes del accidente de Vicente y antes de todo este escándalo.
Noelia se acercó a la mesa.
—¿Y la frase sobre tus sentimientos?
Osvaldo volvió a leer el párrafo atribuido a una fuente anónima.
—Jorge sabía que estoy enamorado de ti.
—¿Solamente Jorge?
—Es la única persona de la Iglesia a quien se lo reconocí directamente.
—El lunes vino al hospital. Nos vio juntos.
Osvaldo asintió lentamente.
—¿Cree que entregó el documento? —preguntó Javier.
—No lo sé. Pero esta copia no salió de San Sebastián ni de la casa de Noelia.
Tomó nuevamente el periódico. Sus movimientos habían perdido la calma.
—Salió del mismo lugar donde retuvieron mi solicitud.
Noelia advirtió el cambio en su expresión.
—¿Qué vas a hacer?
Osvaldo dobló el ejemplar por la mitad.
—Llamar al obispo.
—Estás enojado.
—Publicaron tu nombre, utilizaron a tus hijos y entregaron un documento que solamente ellos tenían.
—Precisamente por eso tienes que pensar antes de hablar.
Osvaldo sostuvo su mirada.
—He pensado durante cinco semanas. Ahora le corresponde responder a él.
Abrió la puerta de la sala de espera y salió en dirección al puesto de enfermería, todavía con el periódico entre las manos.
En el puesto de enfermería, Osvaldo preguntó dónde podía utilizar un teléfono.
Una secretaria señaló el corredor.
La mujer observó el periódico que llevaba entre las manos.
—Puede usar el teléfono de esa oficina. Procure no tardar.
Javier había salido detrás de él.
—Padre.
Osvaldo se volvió.
—No permita que la rabia elija sus palabras —dijo Javier—. Pero tampoco se quede callado. Ya hablaron por usted y por Noelia. Ahora les corresponde a ustedes decir la verdad.
Osvaldo sostuvo el periódico contra el pecho.
—Primero quiero escuchar al obispo.
Entró en la oficina y cerró la puerta.
La habitación apenas contenía un escritorio, dos sillas y un archivador de metal. Sobre la mesa había un teléfono gris junto a varias fichas médicas y un calendario abierto en el mes de diciembre.
Osvaldo dejó el periódico frente a él y marcó el número del Arzobispado.
La secretaria de monseñor respondió después de varios tonos.
—Arzobispado de Puerto Ceniza, buenos días.
—Habla el padre Osvaldo. Necesito comunicarme con monseñor.
—En este momento se encuentra ocupado.
—Dígale que tengo delante la copia de mi solicitud publicada por El Faro.
La mujer guardó silencio.
—Espere un momento.
Osvaldo mantuvo el teléfono junto al oído. Desde el pasillo llegaban el movimiento del carro de las enfermeras y las voces de algunos niños.
El obispo atendió poco después.
—Osvaldo, estaba a punto de comunicarme con usted.
—¿Cómo llegó mi solicitud al periódico?
—Todavía no lo sabemos.
—Entonces sabe que la copia salió de su oficina.
—Eso no puede afirmarlo.
—¿Quién más tenía el documento?
El obispo demoró en responder.
—Varias personas trabajan en el Arzobispado. Estamos intentando determinar lo ocurrido.
—Durante cinco semanas me aseguró que la solicitud se encontraba resguardada.
—Y lo estaba.
—Esta mañana apareció en la portada de un periódico.
—Yo no autoricé ninguna filtración.
—No he dicho que la autorizara. He dicho que salió de su edificio.
—Está haciendo una acusación sin tener pruebas.
—Usted convirtió mi decisión en un secreto y ahora ese secreto está siendo utilizado contra Noelia.
—Su cercanía con esa mujer dio origen a los rumores.
Osvaldo apretó el teléfono.
—Su hijo está hospitalizado. Ella ha permanecido aquí acompañándolo y el periódico la presenta como la responsable de mi salida.
La voz del obispo se endureció.
—No entregue declaraciones. Regrese a San Sebastián y espere instrucciones.
—No voy a regresar para fingir que nada ocurrió.
—Usted continúa siendo sacerdote y seguirá siéndolo mientras la Santa Sede no se pronuncie.
—La Santa Sede no puede pronunciarse sobre una solicitud que usted todavía no ha enviado.
—Ese procedimiento no depende solamente de su voluntad.
—Mi decisión sí.
—Está alterado. Permita que el Arzobispado se haga cargo de la situación.
—Tuvo cinco semanas para hacerse cargo.
—Osvaldo, escúcheme. Si habla ahora, agravará todo. Piense en la visita del Santo Padre, en la comunidad y en el escándalo que puede provocar.
Osvaldo contempló la fotografía de la portada.
—El escándalo ya está impreso, monseñor.
Cortó la comunicación.