Capítulo 26
Capítulo
Poco después de las siete de la mañana, un ejemplar de El Faro pasó por encima del cerco de la casa de Javier Cavieres y cayó sobre las baldosas del patio.
Javier escuchó el golpe desde el comedor. Dejó la taza de café sobre la mesa y salió vestido con una bata oscura. El aire fresco de la mañana entraba desde el mar y movía las ramas de los arbustos junto al muro.
Recogió el periódico y regresó hasta la puerta. Antes de entrar, retiró la bolsa que lo mantenía doblado.
La fotografía de la portada lo detuvo.
Reconoció la imagen tomada durante una de las primeras reuniones de la comisión encargada de preparar la visita papal. Él mismo había aparecido en uno de sus extremos. Sin embargo, en la versión publicada solo quedaban Osvaldo y Noelia.
Sobre la imagen se extendía el titular:
ESCÁNDALO PARROQUIAL
SACERDOTE CLAVE EN LA VISITA PAPAL DEJARÍA EL MINISTERIO POR ROMANCE CON PROFESORA VIUDA
Debajo, en letras más pequeñas, se leía:
Documento reservado confirma que el presbítero Osvaldo Cárdenas, párroco de San Sebastián, solicitó abandonar el ministerio, mientras una fuente anónima acusa a la diócesis de mantener ocultos los antecedentes a pocos meses de la llegada del Santo Padre.
Javier dejó el café sobre el alféizar y abrió el periódico por completo.
El reportaje llevaba la firma de Mauricio Rivas.
Las primeras líneas presentaban al padre Osvaldo como uno de los principales responsables de coordinar a las parroquias durante la visita del Papa. Después mencionaban su ausencia de San Sebastián y el reemplazo temporal del padre Jorge.
La publicación reproducía parte de la solicitud presentada por Osvaldo.
Javier acercó el periódico.
El artículo afirmaba que Osvaldo visitaba con frecuencia la casa de una profesora viuda llamada Noelia, madre de dos hijos. También mencionaba las ausencias en la parroquia y las ocasiones en que había sido visto sin sotana ni alzacuello por las calles de Puerto Ceniza.
Una fuente anónima, descrita por el periódico como confiable, aseguraba que el sacerdote había reconocido estar enamorado de la mujer. Según esa misma fuente, el obispo mantenía detenida la solicitud para impedir que su salida provocara un escándalo antes de la llegada del Santo Padre.
La supuesta relación aparecía redactada en condicional. La existencia de la solicitud, en cambio, se presentaba como un hecho comprobado.
Javier continuó leyendo hasta encontrar el último párrafo.
El Faro señalaba que había intentado obtener las versiones de Osvaldo y Noelia, pero que ambos habían rechazado entregar declaraciones. El Arzobispado tampoco había respondido las preguntas enviadas antes del cierre de la edición.
Javier volvió a mirar la fotografía.
Dobló el periódico y entró en la casa.
La taza permanecía sobre el alféizar. Javier pasó junto a ella sin recogerla y se dirigió al teléfono instalado en el pasillo. Dejó El Faro abierto sobre una mesa, buscó el número de San Sebastián en una libreta y levantó el teléfono.
Marcó lentamente.
Al otro lado de la ciudad, el teléfono de la parroquia comenzó a sonar.
El café quedó enfriándose junto a la ventana.
Desde que el padre Jorge había quedado a cargo de San Sebastián, Berta comenzó a presentarse en la parroquia más temprano de lo habitual. Aquel miércoles llegó antes de las siete, cuando la casa permanecía en silencio y todavía no se escuchaban pasos en el corredor de las oficinas.
Llevaba un delantal amarillo mostaza sobre el vestido, guantes verdes de goma y los lentes de carey sujetos por una cadena fina detrás del cuello.
Abrió las cortinas del comedor y encendió la radio. Después desenrolló el cable de la aspiradora y lo conectó junto a la puerta.
El locutor terminaba de entregar el pronóstico para la zona costera.
—Se espera nubosidad durante la mañana, con viento moderado proveniente del suroeste y cielos parcialmente despejados durante la tarde.
Berta apartó una silla y comenzó a aspirar debajo de la mesa.
—En informaciones nacionales, representantes políticos españoles iniciaron en Santiago una visita privada para participar en unas jornadas sobre consenso y transición democrá…
La voz desapareció bajo el ruido de la aspiradora.
Berta avanzó lentamente hacia la sala de estar. Movió una mesa auxiliar, levantó el borde de una alfombra con el pie y pasó la boquilla varias veces por el mismo lugar.
El teléfono comenzó a sonar en el despacho parroquial.
No lo escuchó hasta la tercera llamada.
Apagó la aspiradora y permaneció inmóvil, tratando de distinguir el sonido que continuaba al otro lado del corredor. Se quitó uno de los guantes.
—Parroquia San Sebastián, buenos días.
—Berta, soy Javier. Necesito hablar con el padre Osvaldo.
—No está aquí.
—¿Sabe dónde puedo encontrarlo?
Berta miró hacia la puerta de la cocina.
—Si se lo digo, no me lo creería.
—Dígame.
—¿Y por qué está llamando a esta hora, joven Cavieres?
—¿Ya leyó el diario?
—Ni siquiera lo he visto.
—Entonces búsquelo.
Berta acomodó el teléfono contra su oído.
—¿Qué ocurrió?
—Eso era lo que quería advertirle. Ahora dígame dónde puedo encontrar al padre Osvaldo.
—Ay, joven Cavieres… Está en el hospital.
—¿En el hospital?
—Con esa mujer.
Javier guardó silencio.
—Gracias, Berta.
La comunicación se cortó.
Berta contempló el teléfono antes de devolverlo a su sitio.
—¿Qué tanto escándalo habrá ocurrido para que esté llamando a esta hora?
Volvió a ponerse el guante y salió hacia el patio. El ejemplar de El Faro se encontraba cerca del portón.
Berta lo recogió y lo abrió mientras regresaba.
La fotografía apareció primero.
Se detuvo en medio del patio y leyó el titular completo.
—¡Dios santo y misericordioso! ¿Quién pudo escribir semejante disparate?
Empujó los lentes de carey hacia arriba con el dorso de la muñeca y acercó el periódico al rostro.
Reconoció la fotografía de la comisión, pero todos los demás habían desaparecido. Solo quedaban Osvaldo y Noelia, colocados uno junto al otro.
Berta pasó a las primeras líneas.
Las preguntas que el periodista le había hecho adquirieron un sentido distinto al verlas convertidas en una noticia.
Berta dobló el periódico y entró apresuradamente.
—¡Padre Jorge!
La aspiradora permanecía en medio del comedor, con el cable extendido entre las sillas.
—¡Padre Jorge!
El sacerdote desayunaba con una taza de café y un plato con pan sobre la mesa.
Jorge dejó la taza.
—Berta, ¿qué ocurre?
Ella extendió el periódico.
—Mire lo que publicaron.
Jorge tomó el ejemplar y leyó el titular.
Sus ojos se abrieron ligeramente. Recorrió las primeras líneas y se detuvo al encontrar la reproducción de la solicitud de Osvaldo.
Berta permaneció frente a él, con las manos todavía cubiertas por los guantes verdes.
Continuó leyendo hasta el final del reportaje. Después dobló el periódico, se puso de pie y caminó hacia el vestíbulo.
—¿Adónde va? —preguntó Berta.
El sacerdote retiró su abrigo del perchero.
—Padre Jorge, ¿qué está ocurriendo?
Él abrió la puerta y salió con el ejemplar de El Faro bajo el brazo.
Berta alcanzó a dar unos pasos detrás de él, pero la puerta se cerró antes de que pudiera hacer otra pregunta.
El teléfono volvió a sonar.
Se quitó apresuradamente los guantes y levantó el teléfono.
—Parroquia San Sebastián.
—Buenos días. Llamamos desde Radio Puerto Ceniza. Queremos conocer la posición de la parroquia respecto de las informaciones publicadas esta mañana por el diario El Faro.
Berta miró hacia la puerta por la que acababa de salir Jorge.
La jornada acababa de comenzar.