Mi última plegaria antes de ti Capítulo 25
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Capítulo 25

Capítulo

El médico recibió a Noelia y a Osvaldo poco después de las diez de la mañana en una pequeña oficina situada junto a la unidad de pediatría.

Noelia permaneció de pie. Llevaba la cartera apretada contra el cuerpo y no apartaba los ojos de la ficha que el médico había dejado sobre el escritorio.

—Esta mañana trasladamos a Vicente a una sala de pediatría —les informó—. Ya no necesita permanecer en cuidados intensivos.

Noelia tardó unos segundos en reaccionar.

—¿Ya lo trasladaron?

—Hace poco más de una hora.

—¿Está despierto?

—Sí. Está completamente consciente, reconoce a las personas y comprende lo que le decimos. Ya no recibe sedantes y respira sin ninguna ayuda.

Los dedos de Noelia se cerraron alrededor del asa de la cartera.

—¿Preguntó por nosotros?

El médico la miró.

—Esta mañana preguntó por usted y por su hermano.

Noelia bajó la cabeza. Se llevó una mano hasta la boca y cerró los ojos. Osvaldo se acercó y apoyó una mano sobre su espalda.

—¿Podemos verlo? —preguntó ella.

—Dentro de unos minutos. Una enfermera vendrá a buscarlos.

—¿Cuánto tiempo podremos quedarnos?

—Usted puede permanecer con él. Solamente procure no cansarlo. Aunque su evolución ha sido muy favorable, todavía está débil y puede quedarse dormido mientras hablan.

Noelia asintió rápidamente.

—No me importa si se duerme.

—También puede presentar dolores de cabeza, mareos o momentos de desorientación. No deben alarmarse si olvida alguna palabra o no recuerda el accidente. Necesitará tiempo.

—¿Cuándo podrá levantarse? —preguntó Osvaldo.

—Primero tiene que recuperar fuerzas. Durante los próximos días comenzará a sentarse y a ponerse de pie con ayuda. Todavía no quiero hablar de una fecha para el alta.

Noelia levantó los ojos.

—Pero podrá volver a casa.

—Si continúa evolucionando de esta manera, sí.

La puerta se abrió y apareció una enfermera.

—Ya pueden pasar.

Noelia salió antes que los demás. La enfermera la condujo por un pasillo más luminoso que el de cuidados intensivos. Varias puertas permanecían abiertas y desde una de las habitaciones llegaba la voz de un niño que discutía con su madre porque no quería beber leche.

Se detuvieron frente a la última habitación.

—Está un poco cansado —advirtió la enfermera—. Terminamos de instalarlo hace unos minutos.

Noelia permaneció junto a la puerta. Osvaldo se situó detrás de ella.

Vicente estaba recostado con la cama ligeramente incorporada.

Ya no tenía vendas alrededor de la cabeza ni cables conectados al pecho.

Una vía venosa permanecía fijada con tela adhesiva sobre uno de sus antebrazos.

Conservaba algunos moretones en el rostro y parecía más delgado, pero mantenía los ojos abiertos.

Volvió la cabeza al escuchar la puerta.

—Mamá.

Noelia dejó caer la cartera sobre una silla.

Atravesó la habitación y se inclinó sobre la cama. Rodeó a Vicente con los brazos, procurando no apoyar el cuerpo sobre él. El niño levantó lentamente las manos y las cerró alrededor de su espalda.

—Mi amor —murmuró Noelia—. Mi niño.

Apoyó el rostro contra su cabello. Las lágrimas comenzaron a caer antes de que pudiera contenerlas.

—No llores —dijo débilmente Vicente.

Noelia rió brevemente entre las lágrimas.

—Es porque estoy contenta.

Vicente mantuvo los brazos alrededor de ella. Después de tantos días viéndolo inmóvil entre monitores, Noelia podía sentir nuevamente su respiración contra el cuello y el peso de sus manos sobre la espalda.

Osvaldo permaneció cerca de la puerta.

El médico entró detrás de él y se detuvo junto a la enfermera. Ninguno interrumpió el abrazo.

Cuando Noelia se separó, sostuvo el rostro de Vicente entre las manos y lo observó como si necesitara comprobar cada uno de sus rasgos.

—¿Te duele algo?

—La cabeza.

—¿Mucho?

—Un poco.

—¿Y el brazo?

Vicente bajó los ojos hacia la vía.

—Esto molesta.

—Tenemos que conservarla por ahora —explicó la enfermera—. Si continúas comiendo y tomando agua, posiblemente podamos retirarla dentro de poco.

Noelia le acomodó el cabello.

—¿Tienes hambre?

—No.

—El médico dijo que tienes que alimentarte.

—Llevas despierto toda la mañana —intervino la enfermera.

Vicente frunció ligeramente el ceño.

Noelia volvió a sonreír.

El niño dirigió la mirada hacia la puerta.

Osvaldo se acercó a la cama.

—Hola, Vicente.

Apoyó una mano sobre su hombro.

—Nos diste un buen susto.

—¿Cristóbal vino?

—Está en el colegio —respondió Noelia—. Quería quedarse, pero le prometí que vendría apenas lo autorizaran.

—¿Y Niebla?

—Sigue esperándote.

Vicente cerró los ojos durante un momento y volvió a abrirlos.

—Quiero irme a la casa.

—Primero tienes que recuperar fuerzas —dijo Noelia.

El médico se aproximó.

—Si haces caso, comes y trabajas con el kinesiólogo, podrás regresar antes.

Vicente apoyó la cabeza contra la almohada. La conversación comenzaba a cansarlo, aunque todavía sostenía una de las manos de su madre.

Alguien golpeó suavemente la puerta.

Una secretaria del hospital asomó la cabeza.

—Disculpen que los moleste.

El médico se volvió hacia ella.

—¿Qué ocurre?

La mujer miró a Noelia y después a Osvaldo.

—En recepción hay un periodista que quiere hablar con usted.

Noelia frunció el ceño.

—¿Un periodista?

—De El Faro.

Noelia miró inmediatamente a Vicente.

—Debe de ser por el accidente.

Osvaldo retiró la mano del hombro del niño.

—¿Dijo cómo se llama?

La secretaria consultó la tarjeta que llevaba entre los dedos.

—Mauricio Rivas.

El nombre no significó nada para ninguno de los dos.

—No quiero que escriban sobre Vicente —dijo Noelia—. Todavía está recuperándose.

—¿Quiere que le entregue algún mensaje?

—Dígale que agradecemos el interés, pero que no voy a recibirlo. Tampoco daremos declaraciones.

La secretaria asintió.

—Se lo comunicaré.

Cuando volvió a cerrarse la puerta, Noelia se sentó al lado de la cama y tomó nuevamente la mano de su hijo.

—No quiero que conviertan esto en una noticia.

La puerta se cerró detrás de la mujer. Osvaldo volvió la atención hacia Vicente.

—Hiciste bien.

En el primer piso, Mauricio esperaba junto al mesón de recepción con el abrigo doblado sobre un brazo y el cuaderno dentro de la mano.

La secretaria se acercó.

—La señora Noelia no lo recibirá. Dijo que no entregarán declaraciones.

Mauricio permaneció callado.

—¿Y el padre Osvaldo?

—La respuesta fue para los dos.

Faltaban pocos minutos para las once.

Abrió el cuaderno y buscó la página donde había escrito los nombres de Osvaldo y Noelia.

Debajo de ambos anotó:

«No quisieron entregar declaraciones».

Cerró el cuaderno, se puso el abrigo y salió del hospital.