Capítulo 24
Capítulo
El sobre llegó a la redacción de El Faro poco después de las nueve de la mañana.
Las máquinas de escribir golpeaban a ritmos distintos y los teléfonos sonaban desde escritorios separados por archivadores metálicos. Junto a una de las ventanas, dos periodistas discutían la extensión de una nota policial mientras un fotógrafo ordenaba tiras de negativos sobre una mesa iluminada.
Mauricio Rivas corregía una nota sobre la ampliación del puerto cuando un empleado de recepción se detuvo a su lado.
—Esto lo dejaron para reportajes.
Colocó un sobre encima de las cuartillas.
—¿Quién lo trajo?
—No dio su nombre. Lo entregó y se marchó.
Mauricio examinó el sobre. No tenía remitente. El nombre del periódico había sido escrito a máquina, recortado y pegado sobre el papel.
—¿Dijo para quién era?
—Solamente que debía llegar a un periodista.
El empleado continuó repartiendo la correspondencia.
Mauricio apartó la nota del puerto y abrió el sobre con el cortapapeles. En el interior encontró tres hojas escritas a máquina y un recorte de periódico doblado por la mitad.
La primera línea lo obligó a enderezarse en la silla.
«A la dirección de El Faro de Puerto Ceniza: por responsabilidad con la comunidad católica, considero necesario informar de una grave situación que el obispado ha decidido mantener oculta».
Mauricio continuó leyendo.
La carta sostenía que el padre Osvaldo, párroco de San Sebastián y encargado de coordinar a las parroquias durante la visita del Papa, mantenía una relación sentimental con una profesora llamada Noelia.
La describía como viuda, madre de dos hijos y docente de uno de los colegios vinculados a los preparativos.
Según la denuncia, el sacerdote visitaba con frecuencia la casa de la mujer, se ausentaba durante largos periodos y había comenzado a presentarse sin sotana ni alzacuello.
También afirmaba que había solicitado abandonar el ministerio y que el obispo mantenía detenido el trámite para impedir que el caso se hiciera público antes de la llegada del Santo Padre.
Mauricio volvió a leer el último párrafo.
La carta no explicaba cómo su autor conocía aquellos detalles. Tampoco entregaba fechas, nombres de testigos ni otra información que permitiera comprobarlos.
Desdobló el recorte.
Correspondía a la edición publicada por El Faro después del anuncio oficial de la visita papal. En la fotografía aparecían el obispo, varios sacerdotes y los integrantes de la comisión. Alguien había trazado dos círculos con tinta azul: uno alrededor de Osvaldo y otro alrededor de Noelia.
Mauricio acercó la imagen.
Los dos no estaban juntos. Entre ellos había otras tres personas.
Recogió las hojas y caminó hasta el despacho del director. La puerta permanecía abierta. El hombre revisaba una prueba de imprenta con un lápiz azul entre los dedos.
—¿Tiene un momento?
Mauricio dejó el sobre en su escritorio.
—Una denuncia anónima.
El director leyó la primera página sin sentarse. Después examinó el recorte.
—Conozco a este sacerdote.
—El padre Osvaldo. Párroco de San Sebastián.
—Aparece cada vez que cubrimos algo relacionado con la visita.
—Además coordina el trabajo de las parroquias.
El director pasó a la segunda hoja.
—¿Y la profesora?
—Se llama Noelia. Según la carta, participó en una de las comisiones.
El director encontró su rostro dentro del segundo círculo.
—¿Qué pruebas mandaron?
—Ninguna. Solo esto.
—Mencionan una solicitud para abandonar el ministerio.
—Si existe, debería estar en el Arzobispado.
—Y el Arzobispado no reconocerá una carta reservada porque nosotros se lo preguntemos.
Mauricio recuperó el recorte.
—Una denuncia sin firma puede decir cualquier cosa.
—Por eso no vamos a publicarla.
El director dejó las hojas sobre el escritorio.
—Primero averigüe si algo de esto es cierto.
—¿Por dónde comienzo?
—Por San Sebastián.
—Si llego preguntando por un romance, nadie hablará conmigo.
—No pregunte por un romance. Estamos preparando la cobertura de la visita papal. Pregunte por la organización, por las responsabilidades del sacerdote y por la razón de su ausencia.
El director señaló a una de las mujeres que aparecían en la fotografía.
—Berta trabaja en San Sebastián y forma parte de la comisión. Empiece por ella.
—¿Y si no sabe nada?
—Entonces habrá perdido una mañana.
Mauricio introdujo nuevamente las hojas y el recorte en el sobre.
—¿Cuándo quiere la nota?
—Todavía no quiero una nota. Quiero hechos.
Mauricio tomó su abrigo.
—Si la carta dice la verdad, alguien en San Sebastián tendrá que haber visto algo.
El director regresó a la prueba de imprenta.
—Esa es la forma más sencilla de comprobar una historia. Vaya hasta la fuente.
Mauricio guardó el sobre dentro de su bolso y abandonó el despacho.
Detrás de él, las máquinas de escribir continuaron golpeando sin interrupción.
Mauricio llegó a San Sebastián cerca del mediodía.
Encontró a Berta barriendo el patio de la parroquia. Al verlo, detuvo la escoba.
—¿En qué puedo ayudarlo?
Mauricio sacó una tarjeta del bolsillo interior de su chaqueta y se la entregó.
—Mauricio Rivas, de El Faro. Estamos preparando un reportaje sobre la organización de la visita del Santo Padre.
Berta leyó la tarjeta antes de hacerlo pasar.
—Justamente hoy vine a adelantar parte del trabajo. Estas responsabilidades no conocen horarios.
Retiró unos documentos de una silla. Después puso la tetera al fuego y buscó dos tazas.
Mauricio se sentó y abrió su cuaderno.
—¿Qué función cumple usted dentro de la comisión?
—Coordino algunas tareas y mantengo la comunicación con varias instituciones. Yo solamente procuro ayudar donde haga falta.
—¿Quién dirige el trabajo de las parroquias?
—El padre Osvaldo.
—¿Continúa haciéndolo?
Berta dejó una cucharilla sobre cada plato.
—El padre Jorge se encuentra a cargo mientras él está ausente.
—¿Por qué?
—Es una situación temporal.
Cuando el agua hirvió, Berta preparó el té y dejó una taza frente al periodista.
—¿Cómo había visto al padre Osvaldo durante las últimas semanas?
—Cansado, como todos nosotros.
—¿Modificó su rutina?
Berta se sentó al otro lado del escritorio.
—No comprendo qué relación tiene eso con la visita.
—Era uno de sus principales coordinadores y lleva varios días ausente.
—El padre Osvaldo ha debido atender una situación personal.
—¿Continúa viviendo aquí?
Berta sostuvo la taza sin beber.
—Los asuntos personales de un sacerdote no forman parte del trabajo de la comisión.
Mauricio dejó el lápiz sobre el cuaderno.
—Nos llegó información sobre sus visitas a una profesora llamada Noelia.
La expresión de Berta cambió.
—¿Qué clase de reportaje está preparando?
—Uno que todavía no sabemos si existe. Por eso estoy haciendo preguntas.
—El hijo de esa mujer sufrió un accidente. El padre Osvaldo fue a acompañar a la familia.
—¿Esa es la única razón de sus visitas?
—Es la única que me corresponde mencionar.
Mauricio esperó antes de continuar.
—También nos dijeron que pasa largos periodos en esa casa.
Berta dejó la taza sobre el plato.
—La gente puede convertir cualquier gesto en un escándalo.
—¿La información es falsa?
Ella guardó silencio.
—¿Usted sabe dónde ha permanecido? —preguntó Mauricio.
—El martes fui a hablar con él.
Mauricio tomó nuevamente el lápiz.
—¿Dónde lo encontró?
Berta comprendió que había dicho más de lo que pretendía.
—¿En la casa de Noelia?
—No voy a responder más preguntas sobre ese asunto.
Mauricio anotó unas palabras.
—También se comenta que el padre Osvaldo presentó una solicitud para abandonar el ministerio.
—Esos son chismes.
—¿Entonces la solicitud no existe?
—Debe preguntárselo al Arzobispado.
—¿Con quién?
Berta recogió las tazas, aunque ninguna estaba vacía.
—El padre Jorge conoce mejor los asuntos del obispo.
—¿Puedo decirle que usted me recomendó hablar con él?
—Preferiría que no.
—¿Dónde puedo encontrarlo?
—Esta mañana fue al Arzobispado.
Mauricio se puso el abrigo y le agradeció el té.
Berta esperó hasta escuchar el cierre de la puerta principal. Después regresó al despacho y permaneció mirando las dos tazas sobre la bandeja.
Solo entonces comprendió que Mauricio nunca había ido a preguntarle por la visita del Papa.