Capítulo 23
Capítulo
El martes por la mañana, Osvaldo desayunaba con Noelia y Cristóbal en la cocina de la Casa Amarilla.
Habían regresado del hospital poco después de las diez de la noche. Una enfermera les aseguró que los signos de Vicente continuaban estables y que llamarían si presentaba algún cambio. Elvira había cuidado de Cristóbal y permaneció con él hasta que Noelia regresó.
Osvaldo durmió en la habitación de huéspedes.
Ninguno de los dos habló de cuánto tiempo permanecería allí.
Llevaba la misma camisa negra del día anterior, aunque sin el alzacuello y con las mangas recogidas hasta los antebrazos. Había preparado café y cortado el pan que quedaba dentro del paquete. Noelia sostenía su taza con ambas manos, pero todavía no había probado nada.
Cristóbal desmenuzaba una rebanada sobre el plato.
—¿Puedo ir con ustedes al hospital?
—Hoy tienes que volver al colegio —respondió Noelia.
—Pero quiero ver a Vicente.
—Todavía no dejan entrar niños a cuidados intensivos.
—Puedo esperar afuera.
Noelia dirigió la mirada hacia el teléfono instalado junto a la entrada de la cocina.
—La señora Elvira vendrá a buscarte dentro de un rato.
—¿Y si Vicente despierta mientras estoy en clases?
—Te lo diremos apenas regreses.
Cristóbal bajó los ojos hacia el plato.
—También quiero que sepa que fui a verlo.
—Lo sabe —dijo Osvaldo—. Tu mamá le ha contado que preguntas por él todos los días.
—Pero no puede escucharla si está dormido.
—Tal vez sí —respondió Noelia—. Por eso se lo repito cada vez que entro.
Cristóbal dejó caer una miga.
—¿Y le dijiste lo de Niebla?
—Anoche se lo dije dos veces.
Al otro lado de la ventana, Niebla recorría el jardín y se detenía de vez en cuando junto al portón.
—Dile que sigue esperándolo.
—Se lo diré.
Osvaldo acercó el canasto del pan.
—Come un poco antes de que llegue la señora Elvira.
—No tengo hambre.
—Tu mamá tampoco, pero los dos van a intentarlo.
Noelia levantó la vista.
—¿Y tú?
Osvaldo mostró la mitad de una rebanada.
—Estoy intentándolo.
Cristóbal tomó otro pedazo de pan sin entusiasmo. Niebla había olfateado el bolso de Osvaldo durante varios minutos antes de aceptar que no contenía nada para comer.
La mañana permaneció en silencio hasta que el perro comenzó a ladrar.
Primero fueron dos ladridos aislados. Después se escuchó el golpe de sus patas contra la madera del portón y la voz de una mujer desde la calle.
—¡Aléjate, bestia! ¡Aléjate!
Cristóbal levantó la cabeza.
—¿Quién está gritando?
Niebla ladró con mayor fuerza.
—¡No te acerques! ¡Fuera de aquí!
Noelia dejó la taza sobre la mesa.
—¿Pero quién es?
Osvaldo se acercó a la ventana y apartó ligeramente la cortina.
Berta permanecía al otro lado del portón, con la cartera apretada contra el pecho. Cada vez que Niebla se acercaba entre los rosales, ella retrocedía hacia la calle.
—Es Berta.
Noelia se puso de pie.
—¿Berta? ¿Qué quiere?
—No lo sé.
Osvaldo salió de la cocina. Noelia lo siguió hasta la puerta, pero permaneció junto a los peldaños.
—¡Niebla! —llamó—. Ven aquí.
El perro volvió el rostro hacia ella, aunque no dejó de ladrar.
—Niebla, ven.
Esta vez obedeció. Se alejó del portón y se detuvo junto a Noelia, con el cuerpo todavía orientado hacia la calle.
Osvaldo atravesó el jardín.
—No iba a morderte.
—Eso no puede saberlo —respondió Berta—. Los animales actúan por instinto.
—Ladra cuando alguien está en el portón.
Berta miró por encima del hombro de Osvaldo. Alcanzó a distinguir a Noelia junto a la puerta y a Cristóbal observando desde una de las ventanas.
Sus ojos regresaron a la camisa negra abierta alrededor del cuello.
—¿Qué haces aquí, Berta?
Ella acomodó la cartera sobre su brazo.
—Pasé temprano por San Sebastián.
Osvaldo esperó.
—Como no había regresado —continuó—, vine directamente hasta aquí.
—¿Por qué pensaste que estaría en esta casa?
—Lo quería ver y confirmar con mis propios ojos.
—¿Confirmar qué?
Berta volvió a mirar hacia la casa.
—Que había pasado la noche aquí.
El viento movió algunas ramas de los rosales entre ambos.
—Sí —respondió Osvaldo—. Pasé la noche en esta casa.
Berta bajó los ojos. Sus dedos se cerraron alrededor del asa de la cartera.
—Entonces era verdad.
—¿Qué cosa?
—Lo que sospechaba desde hace tiempo.
Osvaldo comprobó que no había nadie más en la calle.
—El hijo de Noelia continúa en cuidados intensivos.
—No vine a preguntar por el niño.
—Entonces ya viste lo que necesitabas ver.
Los ojos de Berta regresaron a la abertura de la camisa donde debía encontrarse el alzacuello.
—¿Va a volver?
—Hoy iré nuevamente al hospital.
—No le pregunté eso.
Osvaldo guardó silencio.
—¿Va a regresar a San Sebastián? —insistió Berta.
—No puedo decirte cuándo.
Los ojos de Berta comenzaron a llenarse de lágrimas.
—Durante años esa parroquia fue su casa.
Berta volvió el rostro hacia la calle y se secó rápidamente debajo de un ojo.
—Berta…
—Ya vi lo que necesitaba ver.
La voz se le quebró. Apretó los labios, acomodó la cartera sobre el brazo y retrocedió.
Se volvió antes de que Osvaldo pudiera decir algo más.
Niebla dejó de ladrar mientras Berta comenzaba a alejarse. Caminó algunos metros con la cabeza inclinada y se secó el rostro con una mano.
Osvaldo permaneció junto al portón.
Cuando regresó a la casa, Noelia continuaba junto a la puerta. Había escuchado la conversación, pero no preguntó nada.
Desde el interior, el teléfono comenzó a sonar.
Noelia levantó el teléfono.
—¿Aló?
—¿Señora Noelia? La llamo desde cuidados intensivos.
Noelia apretó el teléfono contra su oído.
Osvaldo entró detrás de ella. Cristóbal permaneció en la cocina, mirando desde la mesa.
—¿Ocurrió algo?
—Antes de explicarle, quiero que sepa que no se trata de una emergencia.
Noelia cerró los ojos durante un instante.
—¿Es Vicente?
—Sí. Abrió los ojos hace unos minutos y respondió cuando la enfermera le habló. El médico quiere conversar con usted cuando llegue.
Noelia apoyó una mano contra la pared.
—¿Está despierto ahora?
—Volvió a cerrar los ojos, pero eso es esperable.
—Voy inmediatamente.
—No necesita apresurarse. Su hijo se encuentra estable.
Noelia agradeció y colgó.
Permaneció de espaldas a la cocina.
—¿Qué pasó? —preguntó Cristóbal.
Ella se volvió.
—Vicente abrió los ojos.
El niño abandonó la silla.
—¿Despertó?
—Está comenzando a despertar.
Cristóbal miró primero a su madre y después a Osvaldo. Una sonrisa apareció lentamente en su rostro.
Noelia se acercó y le acomodó el cuello de la camisa.
—Ve a buscar tu mochila. La señora Elvira debe estar por llegar.
Cristóbal subió las escaleras sin protestar.
Osvaldo tomó el abrigo de Noelia y se lo entregó. Después bajó las mangas de su camisa.
Ninguno mencionó la conversación que acababa de mantener junto al portón.
Elvira llegó poco después. Encontró a Cristóbal esperando con la mochila puesta y una rebanada de pan envuelta en una servilleta.
—Vicente abrió los ojos —le anunció el niño antes de saludarla.
La mujer llevó una mano hasta su pecho.
—Gracias a Dios.
Noelia le explicó que todavía no sabían nada más y que irían directamente al hospital. Elvira asintió, tomó a Cristóbal de una mano y se despidió sin prolongar la conversación.
Noelia y Osvaldo salieron detrás de ellos.
Cuando llegaron a cuidados intensivos, el médico los esperaba. Había dejado la ficha de Vicente abierta sobre la mesa.
—Ha abierto los ojos en varias ocasiones —dijo.
Noelia no se sentó.
—Esta mañana le pedimos que apretara la mano de una enfermera y lo hizo. También dirigió la mirada hacia ella cuando escuchó su voz.
—¿Sabe dónde está?
—No lo creemos. Se encuentra desorientado y es probable que todavía no comprenda qué ocurrió.
Noelia juntó las manos frente a su cuerpo.
—¿Me reconocería?
—No podemos asegurarlo. Durante las primeras horas puede mirar un rostro conocido sin demostrar que lo reconoce. Necesitamos darle tiempo.
—Pero que obedezca es una buena señal.
—Sí —respondió el médico—. Es una respuesta alentadora.
Osvaldo permanecía junto a Noelia. Ella buscó su mano y cerró los dedos alrededor de los suyos.
—¿Podemos verlo?
—Unos minutos. No intenten mantenerlo despierto. Háblenle con tranquilidad.
La enfermera los acompañó hasta la habitación.
Vicente permanecía recostado en la misma posición. Tenía los ojos cerrados y el rostro todavía pálido, aunque la hinchazón había disminuido. Los monitores continuaban marcando un ritmo regular.
Noelia se acercó por el lado derecho de la cama. Osvaldo permaneció junto a ella, dejando el bolso en el suelo.
—Vicente —dijo Noelia—. Soy mamá.
Los párpados del niño se movieron. Abrió los ojos lentamente, sin fijarlos de inmediato en ningún punto.
Noelia inclinó el cuerpo hacia él.
—Estoy aquí.
Vicente dirigió la mirada hacia el lugar de donde provenía su voz. Pareció detenerse en su rostro, aunque Noelia no pudo saber si realmente la veía.
Tomó su mano con cuidado. Los dedos permanecieron inmóviles entre los suyos.
—Cristóbal fue al colegio. Quería venir, pero todavía no lo dejan entrar. Me pidió que te dijera que Niebla sigue esperándote junto al portón.
Vicente volvió a cerrar los ojos.
Noelia se volvió hacia la enfermera.
—Vicente, si puedes escucharme, aprieta mis dedos.
Osvaldo se acercó un poco más, pero no habló.
Noelia contuvo la respiración.
La presión se repitió. Fue breve, apenas suficiente para sentirla, pero esta vez Noelia no tuvo dudas.
Levantó los ojos hacia Osvaldo.
Él mantenía una mano apoyada sobre el borde de la cama. Sus labios se separaron en una sonrisa pequeña y los ojos se le llenaron de lágrimas.
—Muy bien —dijo Noelia, volviendo hacia Vicente—. Eso es. No tienes que hacer nada más.
Rozó con el pulgar el dorso de su mano.
La enfermera esperó unos segundos.
—Tenemos que dejarlo descansar.
Noelia soltó sus dedos con cuidado.
—Volveré más tarde —le prometió—. Cristóbal también está esperando que salgas de aquí.
Osvaldo recogió el bolso y acompañó a Noelia hasta la salida.
Cruzaron las puertas de la unidad y avanzaron hacia la sala de espera. Noelia dio apenas unos pasos antes de detenerse.
—Me apretó la mano —dijo.
—Lo vi.
Ella volvió el rostro hacia él. Intentó sonreír, pero el llanto apareció antes.
Osvaldo abrió los brazos.
Noelia se aferró a su camisa y apoyó el rostro contra su pecho. Las lágrimas que había contenido frente a Vicente comenzaron a caer. Osvaldo la rodeó, sosteniéndola mientras el cuerpo de Noelia temblaba entre sus brazos.
—Me escuchó —murmuró ella.
Osvaldo apoyó la mejilla sobre su cabello.
Noelia siguió llorando contra su pecho, y Osvaldo simplemente la sostuvo en silencio, sin intentar interrumpirla.