Capítulo 22
Capítulo
La llamada de la casa de retiro llegó mientras el obispo discutía por teléfono la ubicación destinada a la prensa durante la visita del Papa.
Sobre su escritorio permanecía extendido un plano de la explanada, marcado con líneas rojas y anotaciones en los márgenes. A un costado se acumulaban cartas de parroquias, solicitudes de acreditación y una carpeta que debía enviar a Santiago antes del final de la semana.
—No podemos modificar la distribución cada vez que alguien añade un nombre —dijo—. Trabajen con la nómina que enviamos el viernes y dejen algunos lugares disponibles.
La secretaria golpeó suavemente la puerta antes de asomar la cabeza.
El obispo levantó una mano para indicarle que esperara.
—Sí, comprendo que vendrán corresponsales extranjeros —continuó—. Precisamente por eso necesitamos mantener algún orden.
La secretaria no se retiró.
El obispo cubrió el teléfono con la palma.
—¿Qué ocurre?
—Perdone que lo interrumpa, monseñor. Lo llaman desde la casa de retiro.
—Dígales que devolveré la llamada.
—Es por el padre Osvaldo.
El obispo dejó de mirar el plano.
—Pásemelos.
Esperó hasta escuchar el cambio de línea y levantó nuevamente el teléfono.
—¿Sí?
La voz al otro extremo se presentó y explicó que habían esperado a Osvaldo durante toda la mañana. Los demás sacerdotes ya habían iniciado las actividades, pero él no había llegado ni enviado ningún mensaje.
—¿Intentaron comunicarse con San Sebastián?
La respuesta fue afirmativa. Una mujer había contestado en la casa parroquial y les informó que Osvaldo había salido temprano.
—¿Dijo hacia dónde?
No lo sabía.
El obispo tomó un lápiz, pero no escribió nada.
—Si llega durante el día, comuníquense conmigo antes de incorporarlo al retiro.
Escuchó la respuesta y colgó.
El teléfono volvió a sonar casi inmediatamente. Era la llamada anterior, que continuaba en espera. El obispo la retomó y trató de seguir la conversación sobre los periodistas, pero tuvo que pedir que le repitieran dos veces la misma información.
Finalmente aceptó revisar una nueva propuesta y colgó.
Permaneció mirando el teléfono.
La carpeta con la solicitud de Osvaldo seguía guardada en el último cajón de su escritorio. No había vuelto a abrirla desde la conversación del jueves.
La secretaria apareció otra vez.
—Monseñor.
—¿Qué ocurre ahora?
—Está el padre Jorge. Dice que necesita hablar con usted.
—¿Tenía una cita?
—No.
El obispo miró los documentos acumulados frente a él.
—Dígale que vuelva por la tarde.
—Le advertí que estaba ocupado, pero insiste en que no puede esperar.
El obispo sostuvo la mirada de la secretaria.
—Hágalo pasar.
Ella cerró la puerta.
Pocos segundos después, Jorge entró en el despacho. Llevaba el abrigo doblado sobre una mano.
—Monseñor.
El obispo no lo invitó a sentarse.
—Acaban de informarme que Osvaldo no se presentó en la casa de retiro.
—Lo sé.
El obispo apoyó ambas manos sobre el escritorio.
—¿Cómo puede saberlo?
—Hablé con él ayer por la tarde.
—¿Y no consideró necesario comunicármelo?
—Dijo que asumiría personalmente las consecuencias si no se presentaba. Pensé que todavía podía cambiar de opinión durante la noche.
—No lo hizo.
—No.
El obispo se apartó del escritorio y caminó hasta la ventana. Desde allí se alcanzaba a ver uno de los costados de la catedral y parte del patio interior del Arzobispado.
—¿Dónde habló con él?
—En el hospital.
El obispo volvió el rostro.
—¿Fue a buscarlo?
—Fui a visitar al hijo de la señora Noelia. Cuando llegué, Osvaldo estaba con ella.
—Por supuesto.
Jorge no respondió al comentario.
—Le recordé que debía asistir al retiro —continuó—. También le advertí que hoy tendría que informar de su ausencia.
—¿Qué contestó?
—Que dijera la verdad.
—¿Y cuál sería esa verdad?
Jorge sostuvo su mirada.
—Que decidió quedarse en el hospital.
El obispo regresó lentamente hacia el escritorio.
—Con ella.
—Con la señora Noelia y con su hijo.
—No intente corregirme, padre Jorge.
—Solo estoy repitiendo lo que dijo.
El obispo se sentó y cruzó las manos sobre el plano.
El obispo levantó la mirada.
—Osvaldo me dijo que ella le había pedido que asistiera al retiro —continuó Jorge.
El silencio se prolongó dentro del despacho.
—¿Y usted le creyó?
—Sí.
La respuesta pareció contrariar al obispo más que cualquier explicación.
—¿Por qué?
—Porque Osvaldo no tenía ninguna razón para inventarlo. También dijo que ella temía que las consecuencias de su decisión terminaran recayendo sobre su trabajo.
El obispo desvió los ojos hacia el cajón cerrado del escritorio.
—Pero decidió quedarse de todas maneras.
—Noelia no lo retuvo en ese hospital —dijo Jorge—. Osvaldo desobedeció por decisión propia.
—¿Qué espera que haga?
—Que lo suspenda y haga pública la medida en San Sebastián.
—No.
Jorge frunció el ceño.
—Desobedeció una orden directa.
El obispo señaló el plano extendido sobre el escritorio.
—A pocos meses de la visita del Papa, no permitiré un escándalo semejante.
—Entonces el temor al escándalo pesa más que la desobediencia.
—En este momento, sí.
Jorge tomó su abrigo.
—¿Qué ocurrirá con San Sebastián?
—Usted quedará a cargo provisionalmente. No habrá suspensión ni anuncio público.
—De esa forma también protege a Osvaldo.
—Protejo a la diócesis.
El obispo se sentó.
—Y tiene prohibido comentar la denuncia o la relación de Osvaldo con Noelia.
—¿Hasta cuándo?
—Hasta que termine la visita del Santo Padre.
Jorge salió del despacho sin despedirse.