Capítulo 21
Capítulo
La llamada de Elvira no había sido una emergencia.
Cristóbal solamente quería escuchar la voz de su madre y saber si Vicente había despertado. Cuando Noelia regresó a la sala de espera de cuidados intensivos, el padre Jorge ya se había marchado.
Osvaldo no le contó lo que habían hablado.
Permaneció con ella hasta cerca de la medianoche. Después de insistir varias veces, Noelia consiguió que regresara a San Sebastián para dormir algunas horas.
Durante la noche, a Noelia le permitieron entrar dos veces a la unidad.
Vicente continuaba sin reaccionar.
A la mañana siguiente, Noelia escuchó abrirse las puertas del ascensor.
Osvaldo apareció con dos vasos de café y un paquete de papel entre las manos. Tenía los ojos enrojecidos y el cabello todavía húmedo.
Al verlo, Noelia se puso de pie.
El alivio llegó antes que cualquier otra cosa.
Osvaldo dejó los vasos y el paquete sobre una silla. Noelia caminó hacia él y apoyó la frente contra su pecho.
Él la rodeó con los brazos.
Permanecieron así. El pasillo estaba vacío y desde el mesón no llegaba ninguna voz.
—Pensé que tardarías más —dijo Noelia.
—No pude dormir.
—Yo tampoco.
Osvaldo pasó una mano lentamente sobre su cabello.
—¿Te dejaron entrar?
—Dos veces.
—¿Hubo algún cambio?
Noelia negó sin apartarse.
—Sigue igual.
Osvaldo cerró los ojos y apoyó la mejilla sobre su cabeza.
—Traje café y un poco de pan.
—No tengo hambre.
—Lo imaginé.
Noelia permaneció entre sus brazos. Después levantó el rostro.
—¿Viniste a despedirte?
—No.
—Entonces, ¿por qué volviste?
Osvaldo sostuvo su mirada.
—Vine a quedarme.
Las manos de Noelia continuaban apoyadas sobre su pecho.
—Te pedí que fueras al retiro.
—No voy a ir —dijo Osvaldo—. Me quedaré contigo y con Vicente.
Ella retiró lentamente las manos, pero no se alejó.
—¿Jorge lo sabe?
—Sí.
—¿Se lo dijiste ayer?
—Le dije que había decidido quedarme.
Noelia cerró los ojos durante un instante.
—Entonces hoy se lo contará al obispo.
—Probablemente.
—Y cuando le pregunten por qué desobedeciste, dirá que fue por mí.
—Jorge sabe que tú me pediste que fuera.
—Eso no cambiará nada.
Noelia dio un paso atrás.
—Que te quedes es lo que quiero —continuó—. Y también es lo que más miedo me da.
Osvaldo intentó tomar una de sus manos, pero ella cruzó los brazos sobre el pecho.
—El obispo ya utilizó mi trabajo para obligarte a guardar silencio —dijo—. Si ahora desobedeces para quedarte aquí, le estás entregando exactamente lo que necesita para actuar contra mí.
—La decisión es mía.
—Las consecuencias no serán solamente tuyas.
—Lo sé.
—No, Osvaldo. Para ti pueden significar que te aparten de San Sebastián o que te prohíban celebrar misa. Terminarían dándote lo que llevas semanas pidiendo.
Osvaldo guardó silencio.
—Pero si me apartan del colegio, no me estarán liberando de nada —continuó Noelia—. Pueden dejarme sin clases y sin sueldo. Mi trabajo es lo que mantiene nuestra casa y a mis hijos.
—Cuando me pregunten, diré la verdad.
—Puedes decir que te supliqué que fueras. Puedes repetirlo delante del obispo y de toda la parroquia. No impedirá que digan que te retuve aquí.
Noelia miró hacia las puertas de cuidados intensivos.
—Tú puedes responder por haber desobedecido. No puedes responder por lo que hagan conmigo después.
Osvaldo se acercó nuevamente.
—No —admitió—. No puedo.
La respuesta hizo que Noelia volviera el rostro hacia él.
—Tampoco puedo prometerte que no intentarán perjudicarte —continuó—. Ya demostraron que están dispuestos a utilizar tu trabajo para mantenerme callado.
—Entonces vete.
La voz de Noelia se quebró.
Osvaldo negó lentamente.
—No.
—Elvira puede acompañarme. Los médicos están con Vicente.
—No hablo solamente de que haya alguien sentado a tu lado.
Osvaldo tomó sus brazos con cuidado y esperó hasta que ella lo mirara.
—Te amo, Noelia.
Ella contuvo la respiración.
—No puedo abandonarte cuando tienes miedo.
Noelia intentó contener las lágrimas, pero una de ellas descendió por su mejilla.
Osvaldo la secó con el pulgar.
—Si me fuera al retiro, pasaría cada minuto pensando que estás aquí, esperando que alguien salga por esas puertas. No escucharía una sola oración. No podría pensar en nada que no fueran tú y Vicente.
—Esto puede destruir lo poco que todavía podemos proteger.
Osvaldo dejó la mano sobre su mejilla.
Noelia inclinó el rostro contra su palma.
—Tengo miedo.
Osvaldo acercó la frente a la suya.
—Yo también.
Noelia cerró los ojos.
Osvaldo la atrajo hacia su cuerpo y besó su frente. Noelia rodeó su cintura con los brazos y escondió el rostro contra su pecho. Él dejó una mano sobre su cabello y la otra en medio de su espalda.
Durante algunos segundos no existieron el retiro, el colegio ni el Arzobispado.
Las puertas de cuidados intensivos se abrieron detrás de ellos.
El médico salió acompañado por una enfermera. Alcanzó a dar dos pasos antes de detenerse.
Su mirada pasó de los brazos de Noelia a la mano que Osvaldo mantenía sobre su espalda. La enfermera también los observó y después bajó los ojos hacia la ficha que llevaba.
Noelia advirtió su presencia y se separó ligeramente. No soltó por completo a Osvaldo; una de sus manos permaneció apoyada sobre su pecho. Él bajó el brazo y se situó a su lado.
El médico los miró durante un instante más, pero no hizo ningún comentario.
—Señora Noelia.
Ella se volvió hacia él.
—¿Ocurrió algo?
—Comenzamos a disminuir la sedación hace un rato.
Noelia buscó la mano de Osvaldo.
—¿Cómo respondió?
—Bien. Sus signos se han mantenido estables y reaccionó cuando lo examinamos.
—¿Despertó?
—Todavía no. Necesitará tiempo para eliminar los medicamentos.
—¿Pero que haya reaccionado es una buena señal?
—Es alentador. Continuaremos disminuyendo la sedación y observaremos su respuesta durante el día.
Noelia asintió lentamente.
—¿Puedo verlo?
—Más tarde. Primero necesitamos terminar esta etapa sin interrupciones. Vendré a buscarla cuando pueda entrar.
El médico regresó a la unidad acompañado por la enfermera.
Por primera vez desde el accidente Noelia consiguió respirar sin sentir que el aire se detenía antes de llegar a sus pulmones.
Noelia continuaba sosteniendo la mano de Osvaldo.
Esta vez no le pidió que se marchara.