Capítulo 20 #3
—La señora Elvira. Dijo que llama desde su casa.
La preocupación atravesó inmediatamente su rostro.
—¿Ocurrió algo con Cristóbal?
—No me informaron. Puede atender en el mesón del primer piso.
Noelia recogió la cartera y el abrigo.
—Si sale alguien de la unidad…
—Me quedaré aquí —dijo Osvaldo.
Ella miró al padre Jorge.
—Gracias por la medalla.
—Rezaremos por Vicente.
Ella caminó hacia el ascensor. Esperó hasta que las puertas se abrieron y volvió el rostro una última vez antes de entrar.
Osvaldo y Jorge permanecieron en silencio hasta que el ascensor comenzó a descender.
La familia sentada al otro extremo de la sala continuaba hablando en voz baja. El hombre había dejado la cartera de la mujer sobre una silla y ahora sostenía una de sus manos.
Jorge se quitó el abrigo.
—Necesito hablar contigo. Mañana debo hacerme cargo de San Sebastián.
Osvaldo sostuvo su mirada.
—¿Qué quieres saber?
—A qué hora piensas presentarte en la casa de retiro.
—Eso tendré que conversarlo con monseñor.
—Debes llegar antes de las nueve.
—Conozco el horario.
Osvaldo dirigió la mirada hacia las puertas de cuidados intensivos.
—Mañana comenzarán a disminuir la sedación de Vicente.
—Lo escuché.
Jorge dobló el abrigo sobre uno de sus brazos.
Osvaldo volvió los ojos hacia él.
—Tú no eres el obispo.
—No. Soy el sacerdote que tendrá que asumir tu parroquia mientras estés ausente.
—La entrega está hecha. No necesitas nada más de mí.
Jorge se acercó un paso.
—Sé que pasaste la noche del jueves en casa de Noelia.
La mandíbula de Osvaldo se tensó.
—Berta te llamó.
Jorge no respondió.
—Lo hizo ayer por la mañana —continuó Osvaldo—. Llegó a la parroquia, descubrió que yo no estaba y te llamó.
—No importa quién me lo dijo. Lo importante es que pasaste la noche en esa casa.
—A mí sí me importa quién te lo dijo.
—Y regresaste vestido con ropa que te prestaron allí.
Osvaldo miró el alzacuello de Jorge.
—Mi ropa estaba empapada.
—Podías haber regresado a la parroquia.
—Cristóbal estaba aterrorizado. Su hermano acababa de ser atropellado y Noelia no podía permanecer sola con él.
Jorge bajó la voz.
—No eres el padre de esos niños.
Osvaldo frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Que ya no distingues entre acompañar a una familia y convertirte en parte de ella.
—No estoy dispuesto a discutir contigo el lugar que ocupo en la vida de Noelia.
—Pero ese lugar está afectando tus decisiones como sacerdote.
—Presenté mi solicitud antes de todo esto.
—Y mientras continúes ejerciendo, sigues teniendo obligaciones.
—No necesito que me las recuerdes.
—Al parecer, sí.
Osvaldo dio un paso hacia él.
—No tienes autoridad sobre mí, Jorge.
Las palabras fueron pronunciadas en voz baja, pero hicieron que la familia del otro extremo levantara brevemente la cabeza.
Jorge esperó hasta que volvieran a su conversación.
—Tienes razón —respondió—. No soy tu superior.
Osvaldo no esperaba que lo admitiera tan fácilmente.
—No puedo ordenarte que asistas al retiro —continuó Jorge—. Tampoco puedo sancionarte si no lo haces. Pero mañana quedaré a cargo de San Sebastián y, si no te presentas, tendré que informárselo a monseñor.
—Entonces hazlo.
—No vine a amenazarte.
—Viniste hasta el hospital después de escuchar un informe sobre mi ropa, mis horarios y el lugar donde dormí.
—Vine porque estás a punto de empeorar una situación que ya es grave.
—¿Te envió monseñor?
Jorge vaciló.
—No.
—Entonces viniste por iniciativa propia.
—Vine porque soy tu colega.
—Berta anota a qué hora salgo, revisa si llevo alzacuello y pregunta por cada persona que llama a la parroquia. Eso no es de colegas.
—Algunas de las cosas que contó resultaron ciertas.
—Los hechos sin contexto sirven para construir cualquier mentira.
—El contexto no cambia que dormiste en casa de Noelia.
—No ocurrió nada que deba avergonzarme.
—No se trata únicamente de lo que ocurrió dentro de esa casa. Se trata de lo que estás dispuesto a abandonar para permanecer cerca de ella.
Osvaldo cerró una mano alrededor de la otra.
—Noelia acaba de pedirme que vaya al retiro.
La expresión de Jorge cambió.
—Ella comprende las consecuencias.
—Noelia me pide que vaya porque teme que la castiguen por mi decisión. No porque crea que dejarla ahora sea lo correcto.
—El retiro dura seis días.
Jorge soltó lentamente el aire.
—Puedes llamar al hospital. Puedes pedir noticias y regresar el sábado.
Jorge apretó el abrigo contra su cuerpo.
Osvaldo observó durante algunos segundos el alzacuello de Jorge.
—Eso mismo me dijo Noelia.
—Entonces escúchala.
Las puertas del ascensor se abrieron al fondo del pasillo, pero salió un funcionario con una caja de documentos. Noelia todavía no regresaba.
Jorge consultó el reloj.
—Necesito una respuesta.
—Cuando Vicente se encuentre fuera de peligro, asistiré al retiro o responderé personalmente por no haberlo hecho.
—No puedes imponer tus propias condiciones.
—Tú tampoco.
—No soy yo quien las impone.
—Entonces deja de hablar como si pudieras hacerlo.
Jorge sostuvo su mirada.
—¿Qué quieres que le diga a monseñor mañana?
—La verdad.
—¿Cuál de todas?
—Que decidí quedarme.