Mi última plegaria antes de ti Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

—Le dije a monseñor que, si no comenzaban el procedimiento, informaría a la comunidad sobre mi solicitud.

—¿Y él habló de mí?

—Dijo que antes de hacerlo pensara en las consecuencias para ti.

—¿Qué consecuencias?

—El colegio depende de la diócesis. Monseñor sabe que te apartaron de las actividades religiosas.

—¿Qué dijo exactamente?

Osvaldo miró hacia el pasillo antes de responder.

—Que habías conservado tus clases. Al menos por ahora.

Las últimas palabras quedaron entre ambos.

—¿Por ahora? —repitió Noelia.

—Si yo hiciera pública mi decisión, los apoderados comenzarían a preguntar por nuestra relación. El colegio podría utilizarlo para revisar tu permanencia.

—Eso fue una amenaza.

—Dijo que solamente me estaba explicando las consecuencias.

—Fue una amenaza.

Osvaldo no la contradijo.

Noelia apoyó la espalda contra la pared. Durante algunos segundos respiró por la nariz, conteniendo algo que no sabía todavía cómo expresar.

—Te utilizó mi trabajo para mantenerte callado.

—Sí.

—Y funcionó.

Osvaldo bajó la cabeza.

—No iba a permitir que te despidieran por algo que decidí yo.

—Pero aceptaste antes de preguntarme.

—Noelia…

—Primero el colegio decidió qué podía enseñar. Después el obispo decidió qué podías decir para que yo conservara mis clases. Todos toman decisiones sobre mi vida mientras me explican que intentan protegerme.

Osvaldo cerró los ojos durante un instante.

—Tienes razón.

La respuesta la hizo callar.

—No sabía qué otra cosa hacer. Si hablaba, podían ir contra ti.

—¿Y también te ordenó mantenerte lejos?

Osvaldo asintió.

—Me dijo que, si realmente te amaba, no debía provocarte más problemas.

Noelia miró sus manos.

—Por eso no viniste.

—Sí.

—Pensé que habías cambiado de opinión.

—No.

La respuesta salió antes de que terminara de levantar los ojos.

—No he cambiado de opinión sobre ti ni sobre dejar el sacerdocio.

—Pero prometiste ir al retiro.

—Antes del accidente, sí.

Las puertas de cuidados intensivos se abrieron. Ambos levantaron la cabeza, pero solamente salió una enfermera con varias fichas entre los brazos.

Noelia esperó hasta que se alejara. Se inclinó y tomó una de sus manos.

—Tienes que presentarte mañana.

—Vicente continúa grave.

—Y yo voy a permanecer con él.

—Noelia…

—Si no vas, dirán que te retuve aquí. Utilizarán el accidente, a Vicente y cada hora que has pasado acompañándonos para demostrar todo lo que escribieron en esa carta.

—No me importa lo que digan.

—A mí sí.

Osvaldo intentó retirar la mano, pero ella la sostuvo con más fuerza.

—No permitiré que conviertan a mi hijo en otra acusación contra nosotros.

—No puedo irme mañana sin saber si despertará.

—Yo te llamaré.

La voz de Noelia se quebró por primera vez.

Bajó la cabeza y mantuvo la mano de Osvaldo entre las suyas.

—Yo soy su madre. Tengo que estar aquí aunque tú no puedas.

Osvaldo pasó el pulgar sobre sus dedos.

—No quiero que atravieses esto sola.

—No estaré sola. Elvira cuidará a Cristóbal. Los médicos estarán con Vicente. Y tú regresarás el sábado.

Noelia levantó la mirada. Tenía los ojos húmedos, pero su voz recuperó firmeza.

—No destruyas lo poco que todavía puedes proteger por quedarte sentado junto a mí.

Osvaldo guardó silencio.

Noelia apretó su mano.

—Tienes que ir.

Osvaldo no respondió.

Noelia continuó sosteniendo su mano. Al otro lado de las puertas, un monitor comenzó a emitir un sonido más rápido. Dos enfermeras entraron en la unidad y el ruido volvió a estabilizarse algunos segundos después.

Ambos permanecieron atentos.

Nadie salió a buscarlos.

Noelia soltó lentamente los dedos de Osvaldo.

—Necesito ir al baño —dijo—. Si preguntan por mí…

—Estaré aquí.

Ella recogió el abrigo y caminó hacia el final del pasillo.

Osvaldo se quedó solo.

Apoyó la cabeza contra la pared y cerró los ojos. Sabía que Noelia tenía razón. Presentarse al retiro impediría que el Arzobispado utilizara el accidente para confirmar la denuncia. También protegería su trabajo y mantendría a Vicente fuera de un conflicto que no le pertenecía.

Sin embargo, la idea de marcharse mientras comenzaban a disminuir la sedación le resultaba imposible.

Escuchó pasos aproximándose.

Creyó que Noelia regresaba, pero al abrir los ojos encontró al padre Jorge al otro extremo del pasillo.

Llevaba un abrigo oscuro sobre la camisa clerical y sostenía una pequeña caja entre las manos. Caminaba sin prisa, observando los números situados sobre las puertas.

Cuando reconoció a Osvaldo, se detuvo.

—Sabía que te encontraría aquí.

Osvaldo se puso de pie.

—¿Qué haces en el hospital?

—Vine a visitar al niño.

Jorge sostuvo su mirada.

Osvaldo observó la pequeña caja.

—Ya recibió la unción.

—No he venido a reemplazarte.

Noelia apareció al final del pasillo. Al ver a Jorge, disminuyó el paso y se acomodó el cabello con una mano.

—Padre Jorge.

Él se volvió hacia ella.

—Señora Noelia. Lamento mucho lo que ocurrió con su hijo.

—Gracias.

—¿Cómo se encuentra?

—No ha presentado nuevas complicaciones. Mañana comenzarán a disminuir la sedación.

—Es una noticia esperanzadora.

—Los médicos todavía no saben cómo responderá.

Jorge inclinó la cabeza.

—Rezaremos para que pueda despertar pronto.

Noelia miró la caja que llevaba.

—Traje una medalla de la Virgen del Carmen —explicó él—. Pertenecía a una capilla que cerraron hace algunos años. Pensé que podría dejarla cerca de Vicente.

Abrió la caja.

Sobre un trozo de tela azul descansaba una medalla pequeña, oscurecida alrededor de los bordes. Noelia la contempló sin tocarla.

—No permiten dejar objetos dentro de la unidad.

—Puede guardarla usted.

Jorge cerró la caja y se la ofreció.

Noelia la recibió con ambas manos.

—Gracias.

—No es necesario que me agradezca.

El sacerdote dirigió la mirada hacia las puertas de cuidados intensivos.

—¿Puedo verlo?

—Las visitas están restringidas —respondió Osvaldo—. Acabamos de salir.

Jorge volvió los ojos hacia él.

—No insistiré.

Noelia guardó la caja dentro de su cartera. Sus movimientos eran lentos, como si temiera dejar caer algo.

Una enfermera salió de la unidad y se acercó a Noelia.

—Señora, su hijo continúa igual. Puede ir a comer algo si lo necesita. Si ocurre cualquier cambio, la llamaremos de inmediato.

—Prefiero quedarme.

—Como quiera.

La enfermera miró a los dos sacerdotes y regresó a la unidad.

Jorge esperó hasta que las puertas se cerraron.

—¿Ha comido, señora Noelia?

—No tengo hambre.

Noelia esbozó una sonrisa cansada.

—Hoy todos parecen preocupados por lo que como.

Osvaldo bajó la mirada.

Jorge observó el gesto, pero no hizo ningún comentario.

—¿Cristóbal está con la señora Elvira? —preguntó.

—Sí. No permiten que entre a cuidados intensivos.

—Debe estar asustado.

—Lo está.

—Si necesita que alguien lo acompañe durante la semana, podemos pedir ayuda a las Damas de la Caridad.

Noelia levantó ligeramente la cabeza.

—Elvira se ocupará de él.

—Por supuesto. Solo quería que supiera que la comunidad puede ayudar.

—Gracias.

Una familia apareció desde el ascensor. Caminó frente a ellos y ocupó varias sillas al otro extremo de la sala. Una mujer lloraba en silencio mientras un hombre sostenía su cartera.

Jorge bajó la voz.

—También puedo pedir que una de las religiosas del hospital venga a acompañarla mañana.

—No será necesario.

Noelia miró a Osvaldo antes de continuar, pero una enfermera apareció nuevamente en el pasillo.

—Señora Noelia, la llaman desde recepción.

—¿Quién?