Capítulo 20
Capítulo
Vicente permaneció estable durante el sábado.
Osvaldo pasó el día entre el hospital y la parroquia. Regresó a San Sebastián cerca de la medianoche, durmió menos de cuatro horas y, antes del amanecer, volvió a revisar los textos de la misa.
A las once y cuarenta, las campanas comenzaron a sonar.
La iglesia se llenó lentamente. Algunas personas ya conocían el accidente y preguntaban en voz baja por el hijo de Noelia. Otras se enteraron al leer su nombre escrito por Berta en la hoja de las intenciones.
Osvaldo permaneció en la sacristía hasta el último momento.
Tenía los ojos enrojecidos y la barba más oscura de lo habitual. Frente al espejo, introdujo dos dedos debajo del alzacuello y lo separó brevemente de la garganta. Después se acomodó la casulla y entró en el templo.
La misa fue breve.
Osvaldo pronunció la homilía sin apartarse de los apuntes. Habló de quienes esperaban una respuesta y de la dificultad de conservar la esperanza cuando nada parecía cambiar.
No mencionó el hospital.
Durante la oración de los fieles, recibió la hoja que Berta había preparado.
Leyó las primeras peticiones sin dificultad. Al llegar a la última, guardó silencio.
—Por Vicente —dijo finalmente—, niño de nuestra comunidad, que permanece gravemente enfermo; para que encuentre fuerza, consuelo y sanación.
Varias personas inclinaron la cabeza.
—Roguemos al Señor.
La respuesta de la asamblea llenó la iglesia.
Berta se encontraba en la primera banca, con las manos unidas sobre el regazo. Observó cómo Osvaldo bajaba la hoja y respiraba antes de continuar.
Cuando terminó la misa, algunos feligreses intentaron acercarse.
—¿Cómo sigue el niño, padre?
—Estable —respondió Osvaldo—. Los médicos continúan observándolo.
—Dígale a la profesora que estamos rezando.
—Se lo diré.
No permaneció a conversar.
Entró en la sacristía, se quitó la casulla y la dejó cuidadosamente sobre la mesa. Después tomó el abrigo y el bolso café.
Berta apareció en la puerta.
—¿No va a almorzar?
—Comeré algo en el camino.
—Eso mismo dijo el viernes.
Osvaldo terminó de abrocharse el abrigo.
—Noelia lleva toda la mañana sola.
—La señora Elvira podría acompañarla.
—Está cuidando a Cristóbal.
Berta apretó los labios.
—Entonces regresará al hospital.
—Sí.
Osvaldo se cruzó el bolso sobre el pecho y pasó junto a ella.
—Dejé preparadas las lecturas de la tarde.
—Las encontré.
—Volveré cuando pueda.
Berta lo siguió hasta el vestíbulo.
Osvaldo tomó la bicicleta y se alejó por la calle todavía húmeda.
Berta no le dijo que el padre Jorge también iría al hospital.
El hospital estaba más silencioso que durante los días anteriores.
Osvaldo dejó la bicicleta bajo el alero y entró con el bolso cruzado sobre el pecho. La funcionaria del mesón lo reconoció y señaló hacia los ascensores antes de que alcanzara a preguntar.
—La señora Noelia está arriba.
—Gracias.
La encontró en la sala de espera de cuidados intensivos.
Permanecía sentada junto a la ventana con el abrigo doblado sobre las piernas. Tenía un vaso de agua entre las manos y el cabello recogido. Al verlo aparecer, se puso de pie.
—¿Cómo sigue?
—Igual.
La palabra parecía haber perdido todo significado después de repetirla durante tres días.
Osvaldo se acercó.
—¿Hablaste con el médico?
—Todavía no. Dijo que vendría después del cambio de turno.
Noelia miró el alzacuello y después el bolso café.
—¿Cómo estuvo la misa?
—Breve.
—¿Pidieron por Vicente?
—Berta incluyó su nombre en las intenciones.
Noelia bajó los ojos hacia el vaso.
—No esperaba que lo hiciera.
—La comunidad está rezando por él.
—Tampoco esperaba eso.
Osvaldo iba a responder, pero las puertas de cuidados intensivos se abrieron.
El médico salió acompañado por una enfermera. Llevaba la ficha de Vicente debajo del brazo.
Noelia dejó el vaso sobre una silla.
—Doctor.
Él se detuvo frente a ellos.
—Estaba buscándola.
—¿Ocurrió algo?
—No ha presentado nuevas complicaciones. Su estado se mantuvo estable durante el sábado y la noche.
Noelia juntó las manos.
—¿Sigue sedado?
—Sí. Necesitábamos comprobar que pudiera permanecer estable antes de realizar cualquier cambio.
—¿Cuándo van a despertarlo?
El médico levantó ligeramente una mano.
—No intentaremos despertarlo de golpe. Si continúa igual durante las próximas horas, mañana comenzaremos a disminuir la sedación.
Noelia tardó en comprender.
—¿Eso significa que podría abrir los ojos?
—Es una posibilidad, pero no puedo asegurarle cuándo ocurrirá. Puede tardar varias horas. También podría reaccionar sin reconocerlos inmediatamente.
La esperanza apareció en el rostro de Noelia y fue contenida de inmediato por el miedo.
—¿Y si no despierta?
—Podrían ocurrir muchas cosas. No quiero ofrecerle certezas que todavía no tenemos.
Noelia apretó una mano contra la otra.
Osvaldo se situó junto a ella.
—¿Podemos verlo?
—Sí. La enfermera los acompañará.
Noelia entró primero.
La habitación conservaba la misma luz blanca, el mismo olor a desinfectante y el mismo sonido regular del monitor. Vicente permanecía inmóvil, aunque le habían retirado parte de las vendas que cubrían uno de los costados de su cabeza.
Noelia se acercó a la cama.
—Hola, mi amor.
Tomó su mano.
—Hoy es domingo.
Acarició sus dedos.
—En San Sebastián rezaron por ti. Toda la iglesia.
Osvaldo permaneció al otro lado de la cama.
—Te hiciste famoso sin pedir permiso —dijo en voz baja.
Noelia levantó los ojos hacia él.
Una sonrisa pequeña apareció en sus labios.
—Eso no le va a gustar.
—Entonces tendrá que despertar para reclamar.
La sonrisa desapareció lentamente.
Noelia volvió a mirar a su hijo.
—El médico dice que mañana van a quitarte un poco de esa medicina que te mantiene dormido.
Se inclinó hacia él.
Apoyó los labios sobre sus dedos.
Osvaldo tomó la otra mano de Vicente. Al sentir su peso dentro de la suya, recordó las palabras del obispo, la carta anónima y la casa de retiro donde debía presentarse a la mañana siguiente.
Noelia continuó hablando.
Le contó que Cristóbal había preguntado si podría visitarlo cuando despertara y que Niebla se negaba a comer lejos del portón. Le prometió que nadie volvería a culpar al perro y que, cuando regresara, los tres dormirían juntos si era necesario.
La enfermera apareció junto a la puerta.
—Tienen que salir.
Noelia besó la mano de Vicente una vez más.
—Voy a estar afuera.
En la sala de espera, recuperó el vaso de agua. Se sentó y apoyó la cabeza contra la pared.
Osvaldo ocupó la silla contigua.
Durante algunos minutos permanecieron en silencio.
—Mañana —dijo Noelia.
—Mañana comenzarán a disminuir la sedación.
—Puede despertar.
—Sí.
Ella cerró los ojos.
—Tengo miedo de ilusionarme.
Noelia volvió el rostro hacia él.
—¿Y tú?
—¿Qué pasa conmigo?
—Llevas todo el día mirándome como si quisieras decirme algo.
Osvaldo bajó la mirada hacia sus manos.
Había postergado aquella conversación desde el lunes. Primero por la orden del obispo. Después por el accidente. Cada hora que pasaba volvía más difícil encontrar un comienzo.
Noelia dejó el vaso sobre el suelo.
—¿Tiene que ver con el Arzobispado?
Osvaldo levantó la cabeza.
—Sí.
Ella permaneció inmóvil.
—Necesito contarte lo que ocurrió antes del accidente.
Noelia esperó.
Osvaldo apoyó los antebrazos sobre las piernas y entrelazó las manos. Al fondo del pasillo, una enfermera cruzó hasta desaparecer detrás de las puertas.
—El lunes me citaron en el Arzobispado —comenzó—. Pensé que finalmente hablaríamos de mi solicitud.
—¿No fue por eso?
—Había llegado una carta.
Noelia frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué carta?
—Una denuncia anónima.
—¿Contra ti?
—Contra los dos.
—¿Aparece mi nombre?
—Sí.
Osvaldo separó las manos.
—Dice que he visitado varias veces tu casa, que algunas de esas visitas ocurrieron al final de la tarde y que no llevaba sotana ni alzacuello.
—Eso es verdad.
—También menciona que nuestra cercanía podría provocar un escándalo antes de la visita del Santo Padre.
Noelia respiró lentamente.
—¿Qué dice de mí?
Osvaldo no respondió de inmediato.
—Necesito saberlo.
—Te describe como una profesora de planteamientos ideologizados. Afirma que tu influencia está afectando mi criterio y mi participación en los preparativos.
Los dedos de Noelia se cerraron sobre la falda.
—Entonces quien escribió esa carta conoce mi sanción.
—O habló con alguien que la conoce.
Noelia volvió el rostro hacia la ventana.
—¿Está firmada?
—No. La dejaron en la recepción del Arzobispado.
—Confirmé las visitas.
Ella lo miró.
—¿Qué más confirmaste?
Osvaldo sostuvo su mirada.
—Que estoy enamorado de ti.
Noelia dejó de apretar la falda.
El ruido del hospital pareció alejarse durante algunos segundos.
—¿Se lo dijiste al obispo?
—Me preguntó directamente qué existía entre nosotros.
—¿Y qué le contaste de mí?
—Nada que te perteneciera responder a ti. Cuando preguntó si correspondías a mis sentimientos, le dije que esa respuesta era tuya.
Noelia bajó la mirada.
—¿Qué ocurrió con tu solicitud?
Osvaldo se recostó contra la silla.
—No existe todavía un procedimiento.
—La entregaste hace casi un mes.
—No han abierto formalmente el expediente. Tampoco nombraron a la persona encargada de reunir los antecedentes.
—Entonces la dejaron guardada.
—Sí.
Noelia soltó una respiración breve.
—La carta anónima recibió más atención que una solicitud firmada por ti.
—Tres días después de recibirla ya me estaban interrogando.
—Pero tu carta continúa dentro de un cajón.
Osvaldo asintió.
Noelia observó las puertas de cuidados intensivos. Una luz se encendió sobre el marco y volvió a apagarse.
—¿Qué decidieron hacer contigo?
—Monseñor ordenó que ingresara a un retiro espiritual.
—¿Cuándo?
Osvaldo tardó un momento en responder.
—Mañana.
Ella volvió bruscamente la cabeza.
—¿Mañana lunes?
—Desde el primero hasta el sábado seis de diciembre.
—¿Seis días?
—El sacerdote encargado preparará un informe. Después monseñor decidirá qué hará con mi solicitud.
Noelia miró el bolso café apoyado junto a sus pies.
—Me llamaste el lunes, el martes y el miércoles.
—Lo sé.
—Y no me dijiste nada.
—No quería contártelo por teléfono.
Osvaldo levantó lentamente la cabeza.